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"DE N√ćNIVE A MOSUL‚ÄĚ
Clelia Martínez Maza (Universidad de Málaga)

“La destrucci√≥n no tiene nada de particular.
Se ha producido en todas las guerras
habidas a lo largo de la Historia.
Es la forma en la que se muestra
ante el mundo lo que es nuevo y sobrecogedor”
Margarete van Ess,
Directora del Instituto Arqueológico Alemán
Bagdad, Irak

***

Entre febrero y marzo del 2015 el Estado Isl√°mico dirigi√≥ uno de sus ataques m√°s aterradores contra el patrimonio iraqu√≠ ubicado en la zona bajo su control y entre sus objetivos se encontraron tres de las grandes capitales del per√≠odo neoasirio (932 a.C.- 612 a.C.): Nimrud, Khorsabad y N√≠nive. Estas ciudades alcanzaron su per√≠odo de m√°ximo esplendor en la primera mitad del primer milenio cuando el reino de Asiria¬† adquiri√≥ la extensi√≥n de un gran imperio que domin√≥ todo el Oriente Medio desde Ir√°n hasta Egipto, desde el Tigris y el E√ļfrates hasta el Nilo. Las tres capitales formaban parte del coraz√≥n de Asiria, la actual Irak, una llanura f√©rtil que se extiende entre los r√≠os Zab superior, afluente del Tigris y el propio Tigris, con capital en N√≠nive, rodeada de monta√Īas al Norte y al Este (la antigua Urartu) y de paisajes semides√©rticos¬† al S. y al O. En este per√≠odo, algunos monarcas decidieron inaugurar su reinado con la fundaci√≥n de una nueva capital. Y as√≠, Assurnasirpal II¬† establece su capital en Kalkhu, la Calah que aparece en la Biblia, la actual Nimrud, uno de los enclaves mejor conservados;¬† Sarg√≥n II¬† mand√≥ construir¬† la suya en Khorsabad y Senaquerib la traslada a N√≠nive a 22 km. de la √ļltima ciudad. El patrimonio mueble de estas ciudades que todav√≠a permanec√≠a in situ tras los sucesivos saqueos padecidos desde el s. XIX hasta la guerra de Irak en el 2003, quedaba custodiado y exhibido en el Museo de Mosul, actual capital de la provincia iraqu√≠ de N√≠nive y tambi√©n all√≠ recibi√≥ serios da√Īos, tal y como se preocup√≥ de difundir la propaganda yihadista. Las propias autoridades iraqu√≠es advierten del innegable peligro que corren estos fondos que, sin duda, habr√°n sido ya saqueados y puestos a disposici√≥n del mercado negro para obtener fuentes de financiaci√≥n alternativas.

A estas tres ciudades, emblema de la cultura asiria, y los vestigios que de ellas se conservaban hasta la intervención salafista, dedicaremos estas páginas.

 

El descubrimiento de Asiria

El descubrimiento de los primeros testimonios materiales de las ciudades a las que hemos dedicado estas páginas tuvo lugar en el s XIX y se enmarca en un ambiente intelectual cautivado por la fascinación despertada por la Grecia clásica. El estudio de historiadores griegos como Herodoto o Estrabón sensibilizados con la trascendencia de la civilización oriental condujo ineludiblemente a la curiosidad por la historia de estas culturas. Un segundo punto de partida fue la Biblia en la que se mencionan enclaves  asirios como Nínive o Calah (Nimrud). En efecto, la localización de las ciudades asirias recibió una gran acogida pues arrojaba luz sobre los acontecimientos recogidos en el Antiguo Testamento.  Por primera vez, los reyes asirios nombrados en el libro de los Reyes y en Crónicas (p. ej. Osnaper i.e. Asurbanipal en el Libro de Esdras, 4.10; Sargón II en Libro de Isaías 20.1; o Senaquerib 2 Crónicas 32.9) aparecían asimismo documentados en monumentos de tradición completamente distinta. Se podía probar ahora, con la nueva documentación arqueológica, que las figuras bíblicas eran personajes históricos y que,  en consecuencia,  la fidelidad de la Biblia era irrebatible en este caso y por ende, tampoco podía cuestionarse en asuntos de mayor calado. De hecho, estos primeros hallazgos y la traducción de los textos asirios fueron considerados como mandato divino para replicar la teoría de la evolución, el avance de la ciencia y la crítica en general a la palabra de Dios.

Por √ļltimo, hay que recordar el contexto contempor√°neo, pues durante el s. XIX,¬† la mayor parte de Oriente Medio se encontraba bajo el control del Imperio Otomano, una s√≥lida potencia pol√≠tica cuya historia y cultura despert√≥ entre los europeos una viva curiosidad. A pesar de no ser un espacio propicio para la presencia de extranjeros, pues los desplazamientos m√°s all√° de las grandes ciudades eran dif√≠ciles, a menudo peligrosos, y √°reas enteras del entorno rural estaban controladas por poblaci√≥n en permanente estado de rebeld√≠a contra el poder central y actuaba de manera independiente, la regi√≥n recib√≠a visitantes ocasionales, mercaderes, diplom√°ticos o simples viajeros que ansiaban localizar y recorrer en Oriente los escenarios del jard√≠n del Ed√©n, la torre de Babel y otros enclaves b√≠blicos.¬†

La primera expedici√≥n arqueol√≥gica se debe a Claudius Rich, brit√°nico residente en Bagdad desde 1801-1821 y responsable del primer n√ļcleo de antig√ľedades de la colecci√≥n mesopot√°mica del Museo Brit√°nico que identific√≥ topogr√°ficamente Babilonia. En 1820, visit√≥ Mosul y explor√≥ N√≠nive donde ya localiz√≥ algunas placas con relieves y¬† algunos lamassu, las reconocibles esculturas de grandes toros o leones alados con cabeza humana que una vez recuperados fueron llevados a Mosul. M√°s destacable fue la labor de Emile Botta, c√≥nsul franc√©s en 1842 en esta ciudad, por aquel entonces un pr√≥spero enclave por su posici√≥n estrat√©gica en una ruta comercial pol√≠ticamente estable¬† que enlazaba el Mediterr√°neo y el Golfo P√©rsico.¬† Aficionado en su tiempo libre a las antig√ľedades, comenz√≥ algunas pesquisas arqueol√≥gicas en N√≠nive donde no encontr√≥ m√°s que ladrillos y trozos de alabastro. Informado por un campesino de que en Khorsabad los restos eran m√°s abundantes e incluso pod√≠an encontrarse fragmentos escult√≥ricos, inici√≥ en este enclave unas excavaciones que sacaron a la luz pasadizos y corredores pertenecientes al palacio de Sarg√≥n II (722-705 a.C.) y dieron al Louvre la mejor colecci√≥n de esculturas procedentes de esta ciudad. Tan solo dos lamassu, que fueron descartados por ser demasiado pesados, pasaron a formar parte de la colecci√≥n del Museo Brit√°nico cuando en 1849 fueron adquiridos al c√≥nsul franc√©s por Henry Lawlinson, un residente brit√°nico en Bagdad, que destac√≥ adem√°s por su labor en el desciframiento del cuneiforme. El problema del peso (unas 16 toneladas cada uno)¬† fue resuelto fragmentando la escultura en piezas¬† m√°s manejables.

Las intervenciones arqueol√≥gicas que permitieron el descubrimiento de una segunda capital, Nimrud, fueron iniciadas de manera sistem√°tica por Henry Layard, en realidad un abogado que se dirig√≠a a Ceil√°n pero que despu√©s de pasar dos a√Īos viajando por las zonas m√°s rec√≥nditas del medio Oriente obtuvo un puesto en la embajada de Constantinopla. En oto√Īo de 1845, el embajador Sir Stratford Canning impresionado por las descripciones de H. Layard sobre la ciudad y sus posibilidades arqueol√≥gicas accedi√≥ a pagar los costes de una excavaci√≥n de prueba. Era un sitio no lejos de Mosul que Layard hab√≠a visitado en 1840 y en donde siempre hab√≠a so√Īado trabajar. De hecho, anim√≥ a Botta para que excavara all√≠ entonces, algo que, afortunadamente para el propio Layard, no hizo. Layard ten√≠a 28 a√Īos y toda la cualificaci√≥n que en esos d√≠as se precisaba para poner en marcha cualquier trabajo de arqueolog√≠a en el Oriente de aquellos d√≠as: un hombre educado, con coraje inteligencia, determinaci√≥n,¬† fuerza f√≠sica y con gran experiencia en el trato con √°rabes y turcos. En noviembre de 1845 y pertrechado en secreto, para evitar la suspicacia local, de todas las herramientas necesarias, Layard baj√≥ por el Tigris desde Mosul en balsa, desembarc√≥ en la gran colina de Nimrud y al d√≠a siguiente empez√≥ a excavar empleando a gentes de las tribus locales como mano de obra. No hizo falta m√°s que unas horas para poder vislumbrar los muros de piedra con textos en escritura cuneiforme que pertenec√≠an a construcciones palaciales. Durante las tres semanas siguientes, continu√≥ descubriendo inscripciones hasta que el 28 de noviembre aparecieron las primeras esculturas, y piezas similares fueron halladas en los cuatro meses siguientes. El primer recinto palacial descubierto por Layard en Nimrud, fue el palacio de Assurnasirpal II (884-859 a. C). Sus lamassu, que han sido uno de los objetivos de la iconoclasia salafista, provocaron ya entonces una gran desaz√≥n en las tribus vecinas hasta el punto de que el jeque local¬† se precipit√≥ a declarar que no eran obra de la mano humana sino de gigantes infieles “de los que el profeta, la paz sea con √©l, dijo que eran m√°s altos que las palmeras.... ¬°este es uno de los √≠dolos que No√©, la paz sea con √©l, maldijo antes del diluvio!”

Ante la creciente hostilidad de la poblaci√≥n contra los hallazgos, uno de los operarios fue enviado a Mosul para informar del descubrimiento de Nimrud, y el gobernador local, orden√≥ que esos restos, con independencia de la naturaleza de los objetos all√≠ encontrados, deb√≠an ser tratados con el m√°ximo respeto. Posteriormente, el gobernador visit√≥ el enclave y al observar el tama√Īo descomunal de tales figuras declar√≥ que eran prueba del trabajo de los Magos, y que deb√≠an ser enviados a Inglaterra para adornar la entrada del palacio de su majestad la reina.

El eco de los hallazgos, expuestos en el Museo Brit√°nico tan solo dos a√Īos despu√©s de los primeros descubrimientos, alent√≥ nuevas iniciativas, no solo en Nimrud, y en 1847 Layard comenz√≥ a excavar en N√≠nive donde en breve tiempo localiz√≥ los restos del palacio de Senaquerib, quiz√°s el m√°s grande del imperio asirio, bautizado por los propios arquitectos asirios que participaron en las obras como “el palacio sin igual” . Tan solo un a√Īo m√°s tarde, los hallazgos se incorporaron tambi√©n a la colecci√≥n del Museo Brit√°nico. El traslado hasta Inglaterra se realiz√≥ por v√≠a fluvial siguiendo el Tigris hasta Basora (actual Irak) en la desembocadura del r√≠o, de ah√≠ por mar a Bombay, donde fueron expuestos por primera vez, y v√≠a Ceil√°n llegaron a Londres. Layard prosigui√≥ los trabajos en el palacio de Senaquerib en N√≠nive y all√≠ entre 1849-1851 descubri√≥, en el bautizado palacio del SO., la llamada Biblioteca de Asurbanipal (668-631 a. C.),¬† nieto de Senaquerib,¬† formada por m√°s de 30.000¬† tablillas cuneiformes¬† que constituyen un corpus esencial para el conocimiento de la cultura, la religi√≥n y la experiencia cient√≠fica mesopot√°mica.

En momentos my pr√≥ximos, las excavaciones dirigidas por el c√≥nsul franc√©s en Mosul, Victor Place, desentra√Īaban las ruinas de Khorsabad. Los hallazgos, contenidos en 235 cajas que ten√≠an como destinatario el Louvre, sufrieron un naufragio en las aguas del Tigris, como consecuencia de un ataque rebelde en 1855. Los ataques no pretend√≠an la recuperaci√≥n de lo expoliado por los franceses y la p√©rdida de los objetos fue un da√Īo colateral de las frecuentes acciones de insurgentes locales que buscaban en el abordaje todos los productos de valor que hubiera a bordo, posesiones personales, pero tambi√©n el material de construcci√≥n de las balsas como cuerdas o velas. Este suceso pone fin a una primera etapa de actuaciones y ser√° la interpretaci√≥n y desciframiento de los textos los que centren la atenci√≥n de los estudiosos europeos. ¬†

 

El espacio urbano como vehículo de propaganda

A diferencia de lo que podremos comprobar m√°s adelante en la decoraci√≥n del interior de los palacios, los monumentos dise√Īados para su exhibici√≥n en espacios p√ļblicos muestran al rey asirio, m√°s que como brillante vencedor militar, sobre todo pr√≥ximo al arquetipo del gobernante mesopot√°mico y, por lo tanto, como custodio responsable de las tierras asirias y de los hombres que le confi√≥ su dios, Assur. El repertorio decorativo serv√≠a para exhibir los beneficios de la paz asiria y los monumentos p√ļblicos reflejaban la naturaleza cosmopolita de un Imperio que hacia finales del s. VII¬† hab√≠a logrado unir bajo un solo gobierno todos los pueblos del Medio Oriente como nunca antes se hab√≠a conseguido.

Entre los ejemplos de este lenguaje decorativo se encuentran las figuras del rey, estatuas de tama√Īo descomunal, elaboradas en piedra, aunque se supone que tambi√©n hubo otras de metales y piedras preciosas que fueron destruidas y reaprovechadas tras la ca√≠da del imperio en el 614-612 a.C.¬† Se trata de im√°genes idealizadas bien alejadas del realismo de las escenas b√©licas. El mejor ejemplo es la imagen del Assurnasirpal II erigida en el santuario de Ishtar en Nimrud para garantizarse el favor divino.

Un segundo ejemplo es el de los obeliscos tambi√©n expuestos en lugares p√ļblicos.¬† El obelisco negro de Salmanasar III,¬† hijo de¬† Assurnasirpal II, de dos metros de altura insiste en la naturaleza pac√≠fica del Imperio y los ben√©ficos efectos del √©xito de la pol√≠tica asiria. En √©l se recogen las campa√Īas de este monarca en el norte de la actual Siria y tienen como objetivo beneficiarse de la riqueza de la regi√≥n mediante la imposici√≥n de tributos; de esta manera, la modalidad tributaria se convierte en la principal fuente de ingresos para el estado y alienta la pol√≠tica militar y territorial¬† de sus sucesores. En el obelisco, el rey aparece recibiendo tributo de un mundo dominado.

Y como tercer ejemplo de monumentalizaci√≥n en espacios p√ļblicos hay que recordar, por un lado, las estelas que se erigen a partir del reinado de Assurnasirpal II. Los ejemplos m√°s destacados son la estela de este rey, Assurnasirpal II,¬† y la de Shamsi Adad V (824-811 a.C.) ambas en el museo Brit√°nico. Erigidas dentro y fuera de los templos y tambi√©n en los l√≠mites del Imperio, la mayor parte de los ejemplares muestran al rey ante los s√≠mbolos de los dioses principales (Assur, el diso supremo, Shamash, el dios sol, Sin, la diosa luna bajo la forma de cuarto creciente, Adad, el dios de las tormentas representado por dos l√≠neas ondulantes en un bidente, Ishtar bajo la forma de una estrella, Venus, diosa del amor y de la guerra). Por otro, hay que mencionar los relieves grabados en las rocas pr√≥ximas al campo de batalla.

 

Cuando la decoración palacial es mas que puro ornamento

Al mismo tiempo que la monumentalizaci√≥n del entorno p√ļblico hac√≠a gala del de las bondades del gobierno asirio, el palacio, como sede del poder y residencia del monarca tambi√©n era decorado con un esmerado repertorio iconogr√°fico puesto al servicio del rey.

La construcci√≥n de un palacio era un evento excepcional que solo suced√≠a una vez en el reinado de un monarca asirio. Los documentos escritos muestran que el rey se interesaba personalmente por el progreso en la construcci√≥n y participaba activamente en la elecci√≥n de los temas, en su ubicaci√≥n, de manera particular en los que se dispon√≠an en el sal√≥n del trono y sus proximidades y en las estancias privadas. El dise√Īo general era confiado a un comit√© que emprend√≠a la obra bajo la supervisi√≥n real y que planificaba la disposici√≥n tanto de las grandes figuras como de los m√°s peque√Īos relieves. Al menos uno de los responsables de estas tareas era un experto en magia con el fin de asegurar que las figuras grabadas en los muros cumplieran su funci√≥n protectora.¬†

Una vez decidida la decoración, el trabajo era asignado a distintas cuadrillas lo que explica, por ejemplo, que en el palacio de Nimrud algunas habitaciones fueran decoradas con escenas similares pero ejecutadas de modo muy distinto.  Se percibe que se usaban utensilios diferentes, y que no todas las cuadrillas los empleaban en el mismo orden y en ocasiones se hacían incluso rectificaciones. 

 

Las cacerías de Assurnarsipal II

En el repertorio iconogr√°fico de los palacios asirios, uno de los elementos m√°s peculiares es la reiterada aparici√≥n de cacer√≠as de leones y otros animales salvajes que aparecen recogidas en escenas de gran realismo y belleza. La elecci√≥n del tema aparece cargada de un simbolismo no alejado de los deberes exigidos al monarca. En efecto, la vida silvestre y los animales salvajes (leones, pero no s√≥lo, sino gacelas, cerdos salvajes, estos √ļltimos gran enemigos de los campesinos por el destrozo que provocaban en las cosechas) eran percibidos como un trasunto de las fuerzas hostiles contra las cuales un rey estaba obligado a actuar para proteger a sus s√ļbditos. Las escenas m√°s abundantes son, como ya he mencionado, aquellas en las que el monarca aparece batiendo uno o varios leones. El le√≥n era en esa √©poca abundante pero su captura y muerte era un actividad reservada en exclusiva a la realeza. Se conserva una carta en la que el remitente describe con ansiedad c√≥mo se hab√≠a colado en un edificio un le√≥n que m√°s tarde fue capturado y encerrado en una jaula para ser enviado por barco a la capital real. En algunas ocasiones, los reyes asirios mantuvieron incluso a leones domesticados en la corte. La caza, de hecho, se convierte en el deporte real por excelencia. En esas cacer√≠as, los leones no eran necesariamente capturados en su h√°bitat natural. Eran llevados en jaulas y liberados uno a uno en un coto rodeado por una doble fila de soldados¬† frente a los que se situaban ojeadores, con mastines listos para evitar la huida del animal, mientras, en medio del escenario, el rey en su carro disfruta de la cacer√≠a. En los anales quedaba registrado el n√ļmero de piezas cobradas por el monarca. Assurnasirpal II recuerda:¬† “Los dioses Ninurta y Nergal¬† a quienes debo mi sacerdocio, me dieron animales salvajes de la llanura, y me orden√≥ cazarlos. Atrap√© 30 elefantes y los mat√©.¬† Hice caer con mis armas a 257 carneros salvajes. Cuando atacaban mi carro, mat√© 370 leones con mis flechas”.

La caza requer√≠a, adem√°s, las mismas cualidades y entra√Īaba los mismos riesgos que el combate. De ah√≠ que el monarca deseara mostrarse, incluso en momentos privados aparentemente l√ļdicos, como un h√°bil cazador y en consecuencia como un h√°bil militar. Y en el siglo XIX se conservan noticias de j√≥venes √°rabes que para mostrar su osad√≠a convirtieron en un deporte popular lo que en el mundo asirio fue un privilegio del rey.¬†

La destreza real en esta (como en otras actividades) no solo ha quedado recogida en la escultura sino incluso en la gl√≠ptica y los sellos reales muestran al monarca enfrentado cuerpo a cuerpo a un le√≥n de pie, apoyado tan s√≥lo en sus patas traseras al que mata con un pu√Īal. El arrojo con el que los monarcas asirios se enfrentaban¬† a estas fieras no rayaba siquiera la temeridad porque lo cierto es que el √©xito del monarca era, en realidad, factible pues el le√≥n mesopot√°mico, ahora extinguido, era m√°s peque√Īo¬† que el africano.¬†

La serie de escenas leoninas m√°s rica forma parte del repertorio decorativo del palacio de Assurnasirpal II en N√≠nive (a pesar de que la capital de su reino fuera Nimrud) donde todo un corredor (donde aparecen leones machos y hembras, muertos, agonizando o heridos de muerte) aparece adornado de estas escenas consideradas como piezas maestras del arte asirio. Los animales se muestran ag√≥nicos lo que acent√ļa el sentido dram√°tico de la escena. Y en el sal√≥n del trono tambi√©n aparecen relieves que mostraban su habilidad cazando leones y ganado salvaje, la posterior retirada de los cad√°veres y la ulterior celebraci√≥n con libaciones sobre los cad√°veres.

 

Asiria en guerra  

            Un segundo tema que aparece de manera reiterada en los relieves asirios son las escenas de guerra.

Los asirios consideraban incomprensible y del todo inaceptable la oposici√≥n a su gobernante y dejan testimonio de las terror√≠ficas consecuencias de la traici√≥n en las placas decorativas que adornaban las estancias p√ļblicas del palacio . La rebeli√≥n interna era impensable y aquellos que cuestionaban el orden asirio eran subyugados por la fuerza mediante los castigos m√°s terribles. El peor trato lo reciben aquellos que habiendo aceptado la hegemon√≠a asiria, fueron premiados con cierta autonom√≠a a cambio del preceptivo tributo y, sin embargo, terminaron por traicionar la confianza asiria al punto de sublevarse. Los relieves muestran continuamente el triunfo asirio y no hay ninguna estancia en donde se describa una sola derrota de su ej√©rcito y su monarca. Resulta notable que la representaci√≥n de las victorias asirias ofrece una gran credibilidad pues el rey no aparece como una figura inalcanzable de naturaleza sobrehumana y sus soldados son igual de vulnerables que el ej√©rcito enemigo. No obstante, se aplica un criterio selectivo en los hechos narrados de modo que solo se recoge, por ejemplo la muerte de los soldados enemigos y no las bajas propias.

El repertorio b√©lico no supone m√°s que la traslaci√≥n al universo est√©tico de uno de los pilares esenciales de la ideolog√≠a asiria. En la tradici√≥n cultural asiria, la guerra se manifiesta como una actividad que supera su naturaleza pol√≠tico-militar y propagand√≠stica. La guerra y sus resultados se convierten en un peligroso veredicto sobre las cualidades morales del rey y desempe√Īa un papel esencial en la legitimaci√≥n de la realeza pues las victorias y derrotas del monarca son decisi√≥n √ļltima de los dioses que juzgan as√≠ su reinado y su capacidad para gobernar el pa√≠s.

Por otro lado, para entender esta constante intervenci√≥n b√©lica hay que recordar que el dios Assur es considerado el verdadero rey y el monarca asirio no era m√°s que su simple gestor (shangu). Su deber tradicional para con el dios y sus s√ļbditos era, por un lado, garantizar la paz y la seguridad interna de ese territorio y, en segundo lugar, mantener y extender las fronteras del reino e imponer el gobierno de Assur. Sin embargo, cuanto m√°s √©xito se alcanzaba en esta empresa mayor era la responsabilidad del monarca pues cuando un territorio vecino era incorporado, las acciones militares no cesaban y la conquista deb√≠a proseguir para extender la paz asiria a todo el orbe conocido.

Adem√°s, las intervenciones militares resultaban del todo justificadas al entender que el universo se encontraba en un estado de creaci√≥n imperfecto, dividido entre la parte civilizada, productiva y ordenada que se hallaba bajo el control del dios Assur, y una parte opuesta, salvaje, improductiva y ca√≥tica. La creaci√≥n solo quedar√≠a completada con la transformaci√≥n de esta segunda zona, y, en consecuencia, con la armon√≠a universal. Se presenta, por lo tanto, un panorama en el que Asiria est√° rodeada de enemigos, b√°rbaros deseosos de apropiarse de las riquezas asirias, par√°sitos destructores frente a una Asiria civilizada y productiva, buena, que teme a los dioses y respeta la justicia. Las tierras m√°s ricas de la llanura asiria sol√≠an padecer las incursiones de las poblaciones perif√©ricas y la paz y la prosperidad de la regi√≥n depend√≠an de la represi√≥n de estas amenazas. Ese mundo exterior asociado al caos, exige una actividad militar atenta al restablecimiento del orden c√≥smico. De este modo, la sumisi√≥n de los pueblos circundantes es presentada como un acto de defensa propia y de justicia. El rey como emisario del dios y ejecutor de su voluntad en la tierra deb√≠a conquistar todos aquellos territorios que a√ļn no estuvieran integrados en Asiria. Para lograrlo, Assur le hab√≠a dotado de un poder absoluto sobre pueblos y reinos le hab√≠a nombrado el leg√≠timo ejecutor de esa pol√≠tica de conquista para introducir la periferia en el orden, en el espacio productivo y f√©rtil del Imperio.

Dados los costes econ√≥micos y humanos de la intervenci√≥n militar, Asiria en su expansi√≥n primero recurre a la diplomacia, basada en el juramento de fidelidad y materializada con frecuencia en un matrimonio din√°stico, normalmente entre una de las hijas del rey local con el rey asirio.¬† Las escenas muestran que aquellos s√ļbditos reci√©n integrados que cumplen con el deber de entregar tributo son tratados con respeto.

En los dem√°s casos, los asirios recurrieron a la fuerza y la expansi√≥n culminar√° con operaciones b√©licas de gran crueldad.¬† Se trata de una modalidad del imperialismo basada en una ideolog√≠a terror√≠fica en la que, para garantizar el √©xito, emplean el m√°s fabuloso aparato militar hasta entonces conocido: un gran n√ļmero de efectivos, con una organizaci√≥n ejemplar (infanter√≠a, caballer√≠a, artiller√≠a)¬† y armamento (carros ligeros, y m√°quinas de asedio). Su intervenci√≥n provocar√≠a¬† la sumisi√≥n sin r√©plica por parte de los vencidos. El vengativo dios de la lluvia y las tormentas, Shamash, junto a Assur sancionar√°n la expansi√≥n y nuevas conquistas.

El aparato decorativo tambi√©n se hace eco de esta pol√≠tica del terror con una grandiosidad sin igual para impresionar a los s√ļbditos asirios pero tambi√©n a los extranjeros, posibles enemigos en un futuro a los que se muestra el poder√≠o del imperio asirio y el inexorable castigo hacia los rebeldes. Los relieves asirios nos hablan del empleo del factor psicol√≥gico en el combate aplicando una estrategia de terror selectivo. Cuando la diplomacia fracasaba, los asirios escog√≠an una ciudad del territorio enemigo y en lugar de una guerra de rapi√Īa cuyo objetivo era la devastaci√≥n del territorio enemigo acaparando el mayor bot√≠n posible, la crueldad se emple√≥ como arma psicol√≥gica. Se sitiaba la ciudad, y una vez tomada, se destru√≠a, incendiaba y se comet√≠a todo tipo de actos de crueldad con su poblaci√≥n.

Estos actos, aislados, no son cometidos en la locura del combate por unas tropas fuera de todo control; por el contrario, contaban con la aprobaci√≥n del soberano, y del propio dios Assur con lo cual estaban pol√≠ticamente legitimadas y moralmente justificadas; en ning√ļn momento se aprecian signos de reprobaci√≥n. Las cr√≥nicas as√≠ como los relieves recogen con gran detalle esta propaganda macabra: las mutilaciones, empalamientos, el desollamiento, la evisceraci√≥n, la decapitaci√≥n, la amputaci√≥n de miembros, provocaban un terror insuperable que ten√≠a como fin el escarmiento de los sublevados y la advertencia a los potenciales rebeldes.

Así queda recogido en los anales de Assurnasirpal II el ataque a la ciudad de Tela (Babilonia): 

“Durante la batalla siti√© y conquist√© a ciudad. Pas√© por la espada a tres mil de sus guerreros. Transport√© prisioneros junto con sus posesiones, sus bueyes y su ganado. Quem√© a muchos de los cautivos y tambi√©n captur√© vivos a muchos de sus soldados; de entre estos cort√© a algunos sus brazos o sus manos; a otros les cort√© la nariz y las orejas y el resto de las extremidades. Saqu√© los ojos a muchos soldados. Hice una pila con la cabezas y otra con los cuerpos y luego colgu√© las cabezas en los √°rboles de alrededor de la ciudad. Quem√© a los adolescentes de la ciudad, chicos y chicas y arras√©, destru√≠ quem√© y consum√≠ la ciudad”.

El mismo suceso quedó recogido en una inscripción:

“Levant√© un pilar frente a la puerta de la ciudad y colgu√© en √©l a todos los jefes rebeldes y cubr√≠ el pilar con sus pieles. Algunos fueron empalados y otros atados en el pilar. Cort√© los labios de los funcionarios rebeldes. Quem√© a muchos prisioneros y a los que dej√© con vida les cort√© sus narices, o√≠dos, dedos¬† le saqu√© los ojos.¬† Hice un mont√≥n con las cabezas y las colgu√© por todos los √°rboles que rodeaban la ciudad. Quem√© a los adolescentes de la ciudad, chicos y chicas y el resto de guerreros los hice morir de sed en el desierto del E√ļfrates”

Cuando las noticias de los círculos de empalados o de poblaciones enteras quemadas vivas en el interior de sus casas o las pilas de cabezas u otros horrores semejantes llegaban a otras poblaciones, de inmediato se apresuraban a pedir clemencia a los asirios.

Una vez terminada la conquista, los asirios recog√≠an el bot√≠n, el preceptivo tributo anual a los vencidos y efectuaban, con el fin de impedir futuras rebeliones, deportaciones masivas que √ļnicamente afectaban a las elites (hijos de los monarcas locales, nobles poderosos) y al personal altamente cualificado (escribas, artesanos, ingenieros, comerciantes). Se practicaban deportaciones cruzadas en las que se intercambiaba la poblaci√≥n de dos regiones distintas a fin de quebrar su unidad nacional y¬† cultural, al privarlos de sus l√≠deres. El resto de los deportados era utilizado como mano de obra en un campo cada vez m√°s vac√≠o por las levas y el √©xodo rural, o bien era empleado en las grandes construcciones p√ļblicas, ciudades enteras de nueva planta como Khorsabad o Nimrud. Los deportados no siempre fueron seres humanos: en ocasiones se deportaban las im√°genes de los dioses de los territorios ocupados y la poblaci√≥n vencida quedaba doblemente humillada al quedar hu√©rfana de toda protecci√≥n divina, abandonada a merced de los asirios. Los dioses eran devueltos a los vencidos tan solo una vez admitida la soberan√≠a de Assur.

 

Assurnasirpal II en Nimrud

¬†Situada a 30 km. de Mosul, Nimrud era la ciudad asiria de Kalhu mencionada como Calah en la Biblia y donde Layard inici√≥ sus trabajos en 1845. Se trataba de una localidad peque√Īa en pleno coraz√≥n de Asiria a poca distancia de N√≠nive y Assurnasirpal II decidi√≥ erigir all√≠ su capital administrativa en el 879 a. C. porque le permit√≠a construir pr√°cticamente una nueva ciudad seg√ļn sus deseos sin las ataduras de las grandes capitales en las que resultaba obligado mostrar la continuidad con la monumentalizaci√≥n previa.

Sus murallas cierran una √°rea de 360 hect√°reas. En su interior y en la acr√≥polis, una leve colina que domina todo el Tigris,¬† se localizaban los principales edificios reales y palacios. La construcci√≥n se prolong√≥ durante 50 a√Īos y tanto Assurnasirpal II como Salmanasar III¬† fueron incorporando edificios hasta que Sarg√≥n II¬† traslad√≥ la capital a Khorsabad en torno al 710 a.C. Terminadas las obras en el 860 a. C., se celebr√≥ un banquete en el que se invitaron a 69.574 hu√©spedes de los que 16.000 eran residentes¬† de la ciudad. El relieve en el que se recoge esta escena se detalla asimismo el men√ļ.

A la acr√≥polis se acced√≠a, tras recorrer un camino empedrado, a trav√©s de una puerta guardada por lamassu que anunciaban la magnificencia interior. Atravesado el acceso, una gran plaza central serv√≠a de eje de espacios como oficinas, decorada con obeliscos como el de Rassam que recoge escenas de tributo al rey tanto en especie como en productos manufacturados: muebles, textiles, lingotes de oro, plata y cobre. Se trata de una pieza muy fragmentada pues ya en el mundo tardoantiguo se emple√≥ como material de construcci√≥n. El segundo obelisco que domina la escena es el obelisco negro de Salmanasar III en excelente estado de conservaci√≥n que recoge escenas muy similares. Layard tambi√©n recuper√≥ en la zona un hito fronterizo de Babilonia probablemente tra√≠do como bot√≠n de las campa√Īas asirias. Parece que tambi√©n se exhib√≠an los cetros, s√≠mbolos del poder real de los reyes extranjeros derrotados. Por todos estos elementos mencionados se puede deducir que la plaza estaba sistem√°ticamente decorada con trofeos o monumentos de naturaleza propagand√≠stica.¬† Dejado atr√°s este espacio p√ļblico, se ergu√≠a el gran palacio del rey con una magnificente fachada en la que una gran puerta central custodiada por dos lamassu conduc√≠a al sal√≥n de trono.

El Palacio de Assurnasirpal II conocido como el palacio del NO. constituye la residencia real neoasiria mejor conservada.  Se distinguen en su estructura tres partes diferenciadas, cada una de ellas en torno a un patio: un sector destinado a funciones oficiales, ceremoniales y de representación; una segunda área privada de carácter residencial y una tercera administrativa.

El elemento decorativo que unifica todas las salas de este grandioso complejo¬† es el empleo del relieve que recoge escenas relativas a la intervenci√≥n real: campa√Īas, asedios, conquistas, entrega de tributos... Este aparato decorativo trasciende su funci√≥n ornamental para convertirse en un eficaz veh√≠culo de propaganda expeditiva desde el momento en que el soberano se hace representar, con frecuencia, en terribles escenas de crueldad con los vencidos pero tambi√©n con gran misericordia hacia los que se someten voluntariamente a la dominaci√≥n asiria. Sobre los relieves, que alcanzan una altura de tres metros, aparecen inscripciones anal√≠sticas en lengua asiria escritas en cuneiforme que narran a√Īo por a√Īo las campa√Īas del rey exaltando su habilidad guerrera, el coraje mostrado frente a los enemigos y rebeldes, la justicia con la que se aplica el castigo a los culpables y el perd√≥n a los sometidos.¬† De manera que, el s√ļbdito tributario desde que atravesaba las puertas de la ciudad de Nimrud pero tambi√©n m√°s adelante, las de Khorsabad¬† o N√≠nive, contemplaba las consecuencias de su futura elecci√≥n. Como leal tributario disfrutar√≠a de la prosperidad y seguridad proporcionadas por el estado asirio tal y como mostraban la bulliciosa vida ciudadana y los monumentos que pod√≠a contemplar en su camino a palacio. Al atravesar sus puertas, los gigantescos lamassu recordaban la grandiosidad del reino al que rend√≠a pleites√≠a, los cad√°veres de leones, las habilidades militares del monarca y su reconocimiento como dominador del caos que reinaba m√°s all√° del mundo asirio, y en su camino al sal√≥n del trono, discurr√≠a por largos pasillos decorados con crudel√≠simos castigos a los traidores que le recordaban el tr√°gico fin de todo aquel que se rebelase contra el orden asirio.

Ya en el salón del trono, los relieves reiteraban el carácter imbatible del monarca mediante el relato de sus victorias militares, el asalto a las ciudades enemigas y la ulterior procesión de los vencidos y el traslado del botín.

La entrada al sal√≥n quedaba protegida asimismo de nuevo con descomunales lamassu, dise√Īados para que su mirada atravesara al espectador desde cualquier perspectiva. El empleo de estos animales, en realidad un elemento decorativo con una funci√≥n arquitect√≥nica estructural, fue introducida en Asiria a finales del segundo milenio tras las campa√Īas de Tiglat Pilasar I por Anatolia y fruto de la influencia de la decoraci√≥n de ciudades hititas como Karkemish donde se conservan leones de basalto negro. Para dar sensaci√≥n de mayor realismo, los lamassu son representados con cinco patas de modo que vistos de lado parecen movimiento aunque de frente mantengan su actitud mayest√°tica. Se adornan con un tocado de cuernos s√≠mbolo de la divinidad o de un estatus quasi divino y estaban policromados aunque solo se han conservado en algunos ejemplares, restos de pintura blanca en el pelo y roja en otras zonas del cuerpo.

En el palacio se recuperaron, junto a los lamassu del salón del trono, seis parejas más de toros protegiendo la fachada del palacio y la puerta interna, de las que cuatro están en el Museo Británico y las dos de Layard están en el Metropolitan Museum de N.York. 

En el sal√≥n del trono aparecen otras representaciones de esp√≠ritus protectores. Se trata de dioses menores llamados apkallu con funci√≥n apotropaica. Su presencia es frecuente en los relieves del palacio en los que pueden aparecen con un tocado de cuernos, una diadema o con cabeza de √°guila o bajo la apariencia de pez. Adem√°s aparecen sujetando una cubeta, quiz√°s con agua lustral, y con la otra mano una especie de pi√Īa que se ha sugerido que es la flor macho empleada para fertilizar las palmeras. Revalida su papel fertilizador el hecho de que a menudo aparecen, provistos de tales elementos,¬† frente al √°rbol sagrado o √°rbol de la vida, representado de manera estilizada y decorado con palmetas. El monarca tambi√©n suele aparecer representado a uno y otro lado de este √°rbol¬† de la vida. Su significado exacto se nos escapa pero estar√≠a relacionado de alg√ļn modo con la fertilidad¬† de la tierra generadora de vida y en particular de la tierra de Assur. Adem√°s se trata de un recurso que sirve de nexo decorativo entre una estancia y otra muy empleado sobre todo en las esquinas, aprovechadas como tronco de un √°rbol, lo que permit√≠a establecer una continuidad decorativa.

En otras ocasiones, los relieves quedan separados en dos registros por una inscripci√≥n que recog√≠a de manera reiterada una y otra vez las cualidades del rey, el n√ļmero de tierras conquistadas¬† y los animales que hab√≠a cazado.

 

Dur-Sharrukin (Khorsabad), la fortaleza de Sargón II

A 15 km. de Mosul, Sarg√≥n II edific√≥ una nueva capital en el a√Īo 717 a.C. que bautiz√≥ como Dur Sharrukin, “la fortaleza de Sarg√≥n”. Se han conservado los textos de su fundaci√≥n en cinco tablillas en oro, cobre, plomo, magnesita y plata, encontradas en un cofre de piedra enterrado en los cimientos del palacio. Las tablillas bendicen la ciudad y al rey e incluyen tambien una maldici√≥n a todo aquel que los amenace. El rey era puntualmente informado del avance de las obras como queda recogido en su correspondencia. Una vez concluidos los trabajos, en el a√Īo 707 a.C. orden√≥ que se trasladaran desde N√≠nive todas las im√°genes de los dioses. Dos a√Īos m√°s tarde, tras su muerte, la capital volvi√≥ a N√≠nive. La ciudad con un dise√Īo cuadrangular perfecto, algo ins√≥lito en el urbanismo asirio, se extend√≠a por una superficie de 300 hect√°reas. dispon√≠a de un recinto amurallado y sobre una terraza artificial se alzaban los templos de las divinidades principales, Sin, Shamash, Adad, y el palacio real, que contaba con la habitual distribuci√≥n de espacios p√ļblicos y privados. Su decoraci√≥n segu√≠a los usos ya descritos con escenas de guerra y caza y proteg√≠an el recinto los lamassu ya en su forma de toros o leones androc√©falos. Los lamassu son de m√°rmol de Mosul¬† extra√≠do de las canteras de N√≠nive y fueron trasladados por el Tigris hasta la ciudad. En el sal√≥n del trono tambi√©n aparecen los protectores Apkallu.

 

 

Senaquerib y su “Palacio sin Igual” en N√≠nive

La N√≠nive de la que se conserva un patrimonio arquitect√≥nico m√°s rico es la N√≠nive capital del imperio asirio bajo Senaquerib (705-689 a.C.) que ya como pr√≠ncipe heredero hab√≠a¬† trasladado a la ciudad su residencia. Siguiendo los usos habituales en la monarqu√≠a asiria, una vez pacificado el territorio, tras sofocar revueltas instigadas por¬† Ascal√≥n y Sid√≥n, finalmente conquistadas, controlar la zona monta√Īosa de los Zagros y a los elamitas que operaban en torno al Pa√≠s del Mar,¬† dirigi√≥ su atenci√≥n a la creaci√≥n de una nueva capital. Abandon√≥, por lo tanto, la sede anterior que su padre Sarg√≥n II hab√≠a establecido en Khorsabad y ubic√≥ la nueva capital real en N√≠nive, donde construy√≥ un palacio inaugurado el 694 a. C. que recibi√≥ el apelativo de “el incomparable” o “sin igual”. Contaba con 71 puertas y la decoraci√≥n, tal y como suced√≠a en los palacios reales anteriormente descritos, reiteraba la funci√≥n del recinto como centro de poder. Senaquerib ansiaba convertir esta ciudad en un enclave cuyo esplendor admirara el mundo entero y para ello no s√≥lo atendi√≥ a la construcci√≥n de suntuosas residencias palaciales sino que inici√≥ obras p√ļblicas orientadas al embellecimiento de toda la ciudad.¬† Asegur√≥ los suministros de agua desde los Montes Zagros ( a 40km.) a trav√©s de acueductos y canales excavados en piedra y gracias a este aporte h√≠drico pudo adornar¬† la ciudad con jardines, huertos y √°rboles frutales.

En su palacio mantiene elementos tradicionales de la iconografía asiria como los lamassu en las puertas principales pero pierden influencia los apkallu,tradicionales espíritus alados. El espíritu cosmopolita del Imperio bajo su gobierno queda reflejado también en el empleo frecuente de la columna, un elemento tomado de las provincias occidentales, que ahora cobran protagonismo en los numerosos pórticos con columnata distribuidos por todo el palacio. Las columnas, o al menos su basa, eran de bronce o de madera cubiertas con ese metal lo que explica que estos elementos constructivos no sobrevivieran al saqueo de Nínive (612 a.C.). La madera fue pasto de las llamas en el ataque y el metal robado.

Entre los habituales relieves bélicos que decoraban los palacios asirios merece la pena destacar el asedio y la toma de la ciudad de Lakish, una ciudad perteneciente al reino de Judea que tras protagonizar una revuelta recibió una cruel lección de manos de Senaquerib en el 701 a.C. Los grabados de Layard permiten seguir los relieves, muy deteriorados, en los que se recoge el asedio, conquista y destrucción de la ciudad con las habituales técnicas del arte asirio: acción telescópica, descripción simultánea del asalto  y la derrota de modo que, al mismo tiempo que se describe la toma de la ciudad, los prisioneros inician su camino.

Uno de los elementos más llamativo del aparato decorativo del palacio es la temática seleccionada para adornar el salón del trono que en lugar de mostrar las habituales escenas de victoria del monarca asirio, recoge con detalle los trabajos emprendidos para esculpir y trasladar un lamassu desde las propias canteras hasta el palacio.

Seg√ļn aparece en el relieve, una vez tallado, el lamassu es trasladado por el r√≠o Tigris.¬† En la zona de las marismas aparecen gacelas, cerdos salvajes y el paisaje y su fauna recuerda uno de los proyectos del monarca Senaquerib y evoca adem√°s el mismo inter√©s por la creaci√≥n de reservas zool√≥gicas naturales que ya hab√≠an mostrado reyes anteriores: “he planeado un pantano para controlar la subida del r√≠o. He plantado juncos, he soltado garzas, cerdos salvajes, y otros animales. Lo plantado ha tenido √©xito pues las garzas de fuera han anidado y los cerdos y otros animales¬† han criado”.¬†

 

La segunda muerte de las ciudades asirias

Tras la destrucci√≥n iconoclasta del estado isl√°mico, aparentemente apenas queda nada del legado del imperio asirio, salvo el patrimonio conservado en el museo de Bagdad y en los museos occidentales, fruto del expolio practicado desde el s. XIX. Uno de los yacimientos asirios m√°s afectado por la destrucciones promovidas por el Estado Isl√°mico ha sido la ciudad de Nimrud. En marzo de 2015 se usaron bulldozers y explosivos para derruir los escasos restos escult√≥ricos de car√°cter monumental que permanec√≠an in situ, como algunos lamassu que fueron aniquilados por su naturaleza blasfema mientras las placas de relieves que permanec√≠an en el yacimiento tambi√©n fueron desgajadas y seccionadas en fragmentos m√°s peque√Īos, esta vez con el prop√≥sito de encontrar compradores en el mercado negro. Todo el patrimonio que permanec√≠a a√ļn en el pa√≠s, tras los expolios de manos occidentales en los ss. XIX y XX, y en el XXI tras la guerra de Irak que nutri√≥ de piezas al mercado negro europeo, permanec√≠a depositado en el vecino Museo de Mosul y all√≠ tambi√©n fue aniquilado o al menos as√≠ qued√≥ recogido en un video difundido el 25 de febrero de 2015. Acompa√Īaba a las im√°genes una proclama que justificaba semejante acto: eran √≠dolos y estatuas adorados en el pasado en lugar de Al√°.¬† “Emulando la acci√≥n del profeta que destruy√≥ los √≠dolos con sus manos desnudas en su viaje a la Meca, seguimos las √≥rdenes de nuestros profetas y arrojamos estos √≠dolos y los destruimos como as√≠ lo hicieron los seguidores del profeta, mucho despu√©s, cuando iniciaron la conquista...¬† Dado que Al√° nos ordena destruir estas estatuas, los √≠dolos y otros vestigios nos resulta f√°cil obedecer”. Los yihadistas se presentan as√≠ como leg√≠timos herederos del legado de los primeros destructores de √≠dolos que incluyen al profeta Abrah√°n y al propio Mahoma.

No es la primera vez que el patrimonio art√≠stico se convierte en v√≠ctima de un ataque iconoclasta y tampoco podemos identificar √©ste con una pr√°ctica s√≥lo imputable a la ideolog√≠a musulmana. En Inglaterra, desde tiempos de Cromwell en 1543 hasta un siglo m√°s tarde, se procedi√≥ a una fulminante aniquilaci√≥n de la idolatr√≠a cat√≥lica y toda su riqueza art√≠stica tal y como deja recogido, por ejemplo, en su diario, el puritano William Basher Dowsing, “comisionado para la destrucci√≥n de los monumentos a la idolatr√≠a y a la superstici√≥n” que durante todo un a√Īo (1643-1644) y contando con la autorizaci√≥n del parlamento ingl√©s arras√≥ con todos los monumentos dedicados a la superstici√≥n e idolatr√≠a y, orgulloso de su tarea, dej√≥ registrado el relato preciso de dicha destrucci√≥n. Esta intervenci√≥n sistem√°tica, sancionada pol√≠ticamente, fue responsable de que en Inglaterra se haya perdido hasta un total del 90% de todo el legado art√≠stico cristiano en la isla.

La revista mensual Dabiq, √≥rgano de expresi√≥n y veh√≠culo de propaganda del Estado Isl√°mico, argumentaba tambi√©n que la destrucci√≥n del museo de Mosul ten√≠a como prop√≥sito acabar con los planes de los kuffar (no creyentes), interesados en recuperar, exhibir y reivindicar los hallazgos arqueol√≥gicos como si se trataran del legado cultural de la identidad iraqu√≠, orgullo para el pa√≠s y obligado objeto de protecci√≥n. Para el EI, sin embargo, este patrimonio es el s√≠mbolo de la idolatr√≠a y no solo no deber√≠a haber visto la luz ni deber√≠a haber sido restaurado, sino que tendr√≠a que ser considerado con oprobio y profundo rechazo como atentado contra Al√° y sus profetas.¬† Adem√°s, el EI considera la actividad arqueol√≥gica como una pr√°ctica for√°nea que debilita la identidad nacional iraqu√≠ y obstaculiza el objetivo √ļltimo de su estrategia, esto es, la integraci√≥n de todos los estados de Oriente Medio en un califato √ļnico que rija los destinos de todo el mundo musulm√°n.

De manera que la eliminaci√≥n de este patrimonio no responde a una brutalidad sin sentido movida por un odio irracional, no es obra de psic√≥patas que act√ļan por el simple placer de aniquilar, o si as√≠ fuera, se encuentra plenamente justificada dentro del programa ideol√≥gico salafista, que aboga por el retorno a la pureza de los or√≠genes del Cor√°n, lo que implica la supresi√≥n del polite√≠smo y la idolatr√≠a (shrik), la eliminaci√≥n de cualquier innovaci√≥n (bid’a)¬† y el deseo de restaurar la pura creencia en un dios √ļnico (tawhid) para cumplir con su compromiso en la tasfiya, la limpieza del Islam de todo elemento for√°neo o corrupto. Si somos conscientes de los principios ideol√≥gicos que defiende el EI no resulta en absoluto sorprendente su actuaci√≥n. As√≠ lo enunciaban en el asalto al museo de Mosul: “En cuanto tomamos control de un √°rea, derruimos los s√≠mbolos del polite√≠smo y extendemos la tawhid en la zona”. A estos principios, no solo responde la destrucci√≥n de los yacimientos pre-isl√°micos sino tambi√©n, y en mucha mayor medida, la persecuci√≥n del legado isl√°mico que no sigue la estricta interpretaci√≥n sunita del Islam, as√≠ como de los lugares sagrados de minor√≠as religiosas como la cristiana.

En este contexto, la destrucci√≥n del patrimonio cultural sirve para mostrar la aut√©ntica piedad y avivar la llama del islamismo m√°s acendrado en la poblaci√≥n local. Es √©sta la √ļltima destinataria de los videos, mucho m√°s que un p√ļblico internacional.¬† Por ello y por m√°s desgarrador que sea para la mentalidad occidental la destrucci√≥n del legado antiguo no hay que olvidar que la mayor parte de los sitios destruidos por el estado isl√°mico son los lugares sagrados de los grupos isl√°micos que perciben como adversarios, como los sufitas y chi√≠tas, y que su principal objetivo no es el pasado antiguo sino sobre todo los enclaves musulmanes no salafistas. As√≠ puede entenderse la destrucci√≥n de mezquitas, santuarios como el del¬† profeta Jon√°s en Mosul en julio de 2014 o la aniquilaci√≥n de la biblioteca p√ļblica de Mosul que albergaba miles de manuscritos √°rabes ahora disponibles en los circuitos de contrabando de arte.

La destrucci√≥n del patrimonio arqueol√≥gico tambi√©n ha proporcionado un beneficio adicional al movimiento. Dabiq mostraba a sus compatriotas la c√≠nica reacci√≥n internacional, ofendida por esta intervenci√≥n iconoclasta hacia unas ruinas¬† pero absolutamente despreocupada por la situaci√≥n de las mezquitas, de la poblaci√≥n de la zona, y cualquier asunto relativo a las m√°s b√°sicas condiciones de vida. Esa respuesta del mundo occidental seg√ļn Dabiq deb√≠a servir “para unir a la poblaci√≥n local en el mismo amor por Al√°” .

Por otro lado, las intervenciones iconoclastas al servicio de la propaganda del movimiento sirvieron con cierto éxito de conveniente distracción pues se hicieron coincidir los ataques a Nimrud  con la derrota del EI en Tikrit y las mutilaciones con martillazos monopolizaron con éxito las imágenes en los informativos del mundo occidental.  En segundo lugar, el estado islámico utilizó esta actuación para avivar el desacuerdo entre las tropas de la coalición internacional liderada por EE.UU. y el ejército iraquí sobre la estrategia de combate. El gobierno iraquí pretendía concentrar los esfuerzos contra el EI en el Oeste, en la provincia de Anbar, y la coalición internacional abogaba por mantener la presión en Mosul. El ataque a Nínive, Khorsabad y Nimrud era toda una provocación que obligaba al gobierno de Irak a rectificar su estrategia y mantener sus posiciones en Mosul.

Occidente tambi√©n ha instrumentalizado, en beneficio de su intervenci√≥n en el conflicto, estos ataques. En un buen n√ļmero de medios de prensa e internet la aniquilaci√≥n de Nimrud aparece ilustrada con fotograf√≠as de iraqu√≠es en pie sobre el tronco seccionado de lamassu y provistos de picos, im√°genes en realidad fechadas en el 2001 y que recogen las labores de limpieza de los escasos restos que se conservan en la ciudad. Sin ning√ļn pie de foto que describa la imagen, el lector r√°pidamente cae en la trampa y con desagrado identifica la escena con la aniquilaci√≥n de la ciudad.

No obstante, empieza a cuestionarse si, al menos esta iniciativa iconoclasta, no fue m√°s que un montaje propagand√≠stico, al menos en el coraz√≥n de Irak. El Ministerio iraqu√≠ responsable, que no puede acceder a la zona, s√≥lo puede transmitir las noticias de los yihadistas que exhiben la acci√≥n de los bulldozers en Nimrud¬† y reconoce que la extensi√≥n de los da√Īos nos es desconocida y no se sabe c√≥mo fue empleada, si lo fue, esta maquinaria pesada. Es seguro que el da√Īo no es tan grande como nuestra imaginaci√≥n desea sospechar pues gran parte de los restos permanecen, siguiendo una pr√°ctica de conservaci√≥n habitual, enterrados. En el caso de Khorsabad, tampoco resulta claro si fue un objetivo aniquilado, pues seg√ļn Margarete van Ess, directora del Instituto Arqueol√≥gico Alem√°n en Bagdad y miembro del Comit√© para la Protecci√≥n del Patrimonio Cultural de Irak de la UNESCO, no hay testimonio gr√°fico alguno de que se haya procedido a la anunciada mutilaci√≥n. La supuesta destrucci√≥n de las murallas de N√≠nive ha sido puesta en duda, despu√©s de las noticias de algunos mosule√Īos que hab√≠an comprobado, tras rodearlas, que no hab√≠an sufrido da√Īos. Asimismo Van Ess declar√≥, tras la difusi√≥n de los c√©lebres videos, que resultaba del todo evidente para el ojo entrenado del especialista que las estatuas destruidas a martillazos en el museo de Mosul no eran m√°s que copias y que, de hecho, los originales se encontraban custodiados en el museo de Bagdad. Lo que la c√°mara no graba mientras se martillea las reproducciones es el saqueo de los dep√≥sitos para proceder a su venta, o la fragmentaci√≥n en pedazos de las grandes placas de relieves palaciales para rentabilizar, cual incunables, las piezas, m√°s provechosas en pedazos que vendidas como un √ļnico ejemplar.

Y lo que s√≠ ha detectado la Interpol es una oferta multiplicada de objetos asirios en los circuitos de compra-venta ilegales. Podemos imaginar la p√©rdida irreparable para la Humanidad porque ya durante la guerra de Irak, en abril de 2003, mientras contempl√°bamos la retirada de la estatua de Sadam Hussein, al mismo tiempo quince mil objetos fueron robados y puestos a disposici√≥n del contrabando. Se ha calculado que en los cinco a√Īos siguientes desaparecieron m√°s de medio mill√≥n de hallazgos. Y la Interpol alarmada empieza a constatar que el contrabando parece optimizar mejor los vestigios asirios que la simple mutilaci√≥n de los relieves. Su destinatario es el mercado negro de ese Occidente que reclama escandalizado una un√°nime respuesta internacional pero que¬† no muestra el mismo rigor en el castigo a los que fomentan en la distancia el pillaje. Y el expolio resucita de nuevo como la amenaza m√°s terrible que sufre en silencio el patrimonio de las ciudades asirias.

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