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"PALMIRA, LA PERLA DEL DESIERTO.‚ÄĚ
Jaime Alvar. Universidad Carlos III de Madrid

“La ciudad árabe de Palmira ha sido un punto de encuentro
entre Oriente y Occidente y un crisol artístico y cultural
en el que han fusionado sus respectivas aportaciones
para dar nacimiento a un arte arquitectónico original,
resultante de tradiciones locales y exteriores‚ÄĚ.

Jaled el-Assad

***

Homenaje

El-Assad fue director del Museo de Palmira y m√°ximo responsable de las Antig√ľedades de Tadmor durante 40 a√Īos. El 18 de agosto de 2015 fue decapitado en p√ļblico por miembros del ej√©rcito del Estado Isl√°mico de Iraq y Siria (ISIS). Su cuerpo fue colgado por las mu√Īecas de un sem√°foro en la ciudad moderna de Tadmor y su cabeza colocada en el suelo entre sus pies.

A modo de introducción

Palmira es el nombre griego de un asentamiento llamado Tadmor, situado en un oasis en la zona septentrional del desierto sirio. El nombre de Tadmor aparece ya en los archivos de Ebla, hacia 2340 a.C., al igual que en tablillas de Mari del siglo XVIII a.C., como centro comercial en las relaciones de Mesopotamia con Siria septentrional. Tambi√©n aparece en un documento del rey asirio Tiglatpileser I en el siglo XII. Despu√©s es mencionada en la Biblia (II Cr√≥nicas 8.4) como ciudad fortificada por Salom√≥n, noticia que reitera Flavio Josefo, autor jud√≠o del siglo I d.C., en el libro 8 de las Antig√ľedades judaicas, donde la llama tambi√©n Palmira.

A pesar del vertiginoso ritmo de acontecimientos militares en la historia del Pr√≥ximo Oriente durante el II y el I Milenio, Tadmor logr√≥ mantener su independencia y sigui√≥ floreciendo como ciudad caravanera incluso tras las conquistas de Alejandro y la creaci√≥n del Reino Sel√©ucida a finales del siglo IV a.C. M√°s all√° de esa autonom√≠a milenaria, la gloria de Palmira comienza a partir del siglo III a.C., cuando la ruta que la atravesaba de este a oeste se convierte en una de las m√°s importantes v√≠as de comunicaci√≥n entre Mesopotamia y el Mediterr√°neo al incrementar exponencialmente el volumen de mercanc√≠as por ella transportadas. Entonces, la lengua hablada en Palmira era el arameo, que se escrib√≠a en dos sistemas diferentes: la escritura monumental mesopot√°mica y la cursiva. La gran inscripci√≥n biling√ľe conocida como “Tarifa de Palmira” y las inscripciones que acompa√Īan los retratos de los miembros de las grandes familias caravaneras permiten conocer el modelo comercial de la ciudad que alcanzaba por el este la India a trav√©s del Golfo P√©rsico; Egipto por el sur y Roma por el oeste.

Los habitantes de Tadmor, fundamentalmente arameos y √°rabes, lograron mantener su actividad econ√≥mica y pol√≠tica de forma independiente mucho tiempo despu√©s de que las primeras tropas romanas hicieran su aparici√≥n por la regi√≥n. Gracias a su posici√≥n privilegiada en las rutas caravaneras obten√≠a ping√ľes beneficios del tr√°fico comercial que proporcionaba a Roma lujosos bienes procedentes de lugares dispares.

Palmira se había convertido en una ciudad sofisticada, elegante y próspera, sus habitantes vestían siguiendo una moda mixta entre los modos persas y los romanos, distinta a los imperativos de la época. Sus familias acaudaladas mantenían un estilo de vida cosmopolita y expresaban orgullosos su estirpe, sus relaciones familiares, su identidad, bien diferenciada de cuantas entraban en contacto con ella.

Esta bell√≠sima ciudad se encontraba estrat√©gicamente situada en una encrucijada en la que se cruzaban dos de las m√°s importantes rutas comerciales del mundo antiguo: una se extend√≠a desde el lejano Oriente y la India hasta la cabecera del Golfo P√©rsico o Ar√°bigo y remontaba por Mesopotamia; la otra se dirig√≠a por el continente eurasi√°tico, a trav√©s del Turkmenist√°n, hacia Asia Central, para alcanzar China; es decir, la ruta central de la posterior Ruta de la Seda. Plinio el Viejo (23 a.C.-79 d.C.) en su Historia Natural (V. 21), redactada en el a√Īo 77 d.C. dice de ella:

Palmira es una ciudad afamada por su situación, por la riqueza de su tierra y por sus manantiales agradables. Sus campos están rodeados por todas partes por la arena del desierto y es como si la Naturaleza la hubiera aislado del mundo, como si tuviera un destino propio entre las dos grandes potencias de Roma y Partia.

Palmira y Roma

La creaci√≥n de la provincia romana de Siria por Pompeyo en el a√Īo 64 a.C. no integr√≥ a esta importante ciudad y su territorio, que mantuvo una inestable independencia. En 41 a.C., Marco Antonio intenta tomarla, pero fracasa. Su incorporaci√≥n al territorio pol√≠tico de Roma la lleva a cabo Germ√°nico en el a√Īo 17 d.C., durante el gobierno de Tiberio (14‚Äď37 d.C.). Plinio se√Īala que la ciudad era independiente en √©poca de Tito, pero no parece fiable la noticia, pues ya Vespasiano hab√≠a construido la v√≠a de Palmira a Sura en el a√Īo 75. Debi√≥, eso s√≠, mantener una cierta capacidad militar propia, pues sus milicias ejerc√≠an como polic√≠a del desierto. Posteriormente, con la incorporaci√≥n del reino de los nabateos bajo Trajano, en 106 d.C., Palmira sustituy√≥ a Petra en su funci√≥n de principal ciudad √°rabe en el Pr√≥ximo Oriente gracias al nuevo incremento comercial.

Hacia 129 d.C., Palmira recibi√≥ al emperador Adriano, quien le concedi√≥ el estatuto de ciudad libre con el nombre oficial de Palmira Adriana. Septimio Severo, a finales del siglo II d.C.,¬† le otorg√≥ el estatuto de colonia romana, lo que la exim√≠a de pagar impuestos a Roma; algunos retrasan esa concesi√≥n al reinado de Caracala. Sin embargo, esta medida coincide con el declive de la actividad comercial motivada por la ocupaci√≥n de las bocas del Tigris y el √Čufrates por los persas sas√°nidas, cuyo imperio se hab√≠a fundado en 224. Es entonces cuando da comienzo la etapa mejor conocida de la ciudad. El punto de partida puede situarse en el a√Īo 255, cuando Septimio Odenato fue nombrado gobernador de la provincia de Siria, con sede en Palmira y cinco a√Īos m√°s tarde era designado gobernador de todo Oriente dado el peligro persa.

La reina Zenobia

Las fuentes cl√°sicas transmiten una imagen completamente legendaria de Bat Zabbai, mujer de extraordinaria belleza, conocida como Zenobia. De ella conservamos los retratos acu√Īados en sus monedas, que no permiten corroborar la fama que le otorgan las fuentes. Zenobia es, sin lugar a dudas, el personaje m√°s destacado de la historia de Palmira. Era hija del gobernador romano de la ciudad, Julio Aurelio Zenobio. Despos√≥ al ya mencionado Septimio Odenato, un √°rabe romanizado que, como he adelantado, lleg√≥ a ser gobernador de Oriente. Estuvo acompa√Īada a lo largo de su vida por Casio Longino, un escritor griego muy erudito y con amplios conocimientos de filosof√≠a, que le serv√≠a de consejero. Zenobia hab√≠a construido en su entorno la leyenda de que descend√≠a de la reina Cleopatra, extremo dif√≠cilmente comprobable; pero el referente de la famosa reina egipcia parece haberse consolidado por el curso de los acontecimientos.

Por entonces, la frontera del √Čufrates ven√≠a sufriendo un acoso creciente por parte de los partos, hasta el extremo que en el a√Īo 260 el emperador Valeriano se dirige al frente de sus legiones contra las tropas del rey sas√°nida Sapor I (215 - 272). La expedici√≥n culmin√≥ en una cat√°strofe colosal. El ej√©rcito romano fue derrotado, el emperador Valeriano fue hecho prisionero, por lo que le corresponde el m√©rito de haber sido el primer emperador capturado por el enemigo, y los romanos se rindieron. Son contradictorias las informaciones sobre el destino del emperador y de sus huestes. Seg√ļn ciertas fuentes se les habr√≠a ofrecido residencia digna y sus vidas transcurrir√≠an sin mayor tribulaci√≥n. Sin embargo, las fuentes cristianas sostienen que el emperador responsable de persecuciones padeci√≥ tortura y humillaciones. Durante muchos a√Īos los persas habr√≠an exhibido como trofeo la piel del emperador. En cualquier caso, esta victoria permiti√≥ a Sapor hacerse con el control de amplias zonas de Oriente y de ciudades estrat√©gicas como Edesa.

La reacci√≥n contra los persas estuvo encabezada por Odenato de Palmira, 'Restitutor totius Orientis', quien emprendi√≥ una exitosa campa√Īa de venganza con el benepl√°cito del nuevo emperador de Roma, Galieno (218-268). Hasta dos veces quebr√≥ Odenato las fuerzas de Sapor, que tuvieron que adentrarse en territorio persa para escapar de las acometidas del valiente √°rabe. Al principio Odenato parec√≠a actuar en beneficio de Roma, pero pronto manifest√≥ su verdadera ambici√≥n personal proclam√°ndose monarca de Oriente.

Una conjura palaciega dio t√©rmino a las aspiraciones de Odenato, asesinado junto¬† a su primog√©nito en 267 tras combatir a los godos en Capadocia. Zenobia le hab√≠a dado un segundo hijo, Vabalato, ni√Īo a la saz√≥n, por lo que ella se convirti√≥ en regente y, en consecuencia, sospechosa de haber intervenido en el regicidio. A su mando quedaban Palmira y los territorios reci√©n conquistados en Oriente, desde el √Čufrates hasta Bitinia.

Animada por el √©xito de su control pol√≠tico y militar, Zenobia busc√≥ la “desconexi√≥n” de Palmira alej√°ndose de la tutela que Roma ejerc√≠a sobre ella. El emperador, Galieno, apenas ten√≠a capacidad de respuesta, mientras Zenobia llevaba a cabo exitosas operaciones militares contra los persas. Esos √©xitos parec√≠an beneficiar a Roma, pero en realidad solo ampliaban los territorios controlados por Palmira que lleg√≥ incluso a anexionarse Egipto.¬† Culminaba as√≠ una aspiraci√≥n muy significativa desde dos puntos de vista. Por un lado, se apropiaba de la provincia m√°s rica de las sometidas a Roma; por otro, se convert√≠a en leg√≠tima heredera de su antepasada Cleopatra, cuyo halo legendario le serv√≠a de modelo y referente. La impotencia de Roma, con un nuevo monarca que ten√≠a que hacer frente a los movimiento de los godos y alamanes en la frontera norte, permit√≠a a Zenobia actuar con total impunidad sin preocuparse por el parecer de Claudio II (213-270). A los dos a√Īos de gobierno mor√≠a Claudio II con Palmira independizada de facto.

Su sucesor fue Aureliano, proclamado por sus legiones en la regi√≥n danubiana. All√≠ hab√≠a adquirido una gran experiencia militar que le permiti√≥ lograr una cierta tranquilidad en la frontera septentrional del Imperio. Con las manos libres se dirige veloz hacia Oriente, para recuperar todos los territorios perdidos y acabar con el levantamiento de Zenobia. Las tropas de Palmira le salen al encuentro en el Orontes, pero son derrotadas por el romano que las obliga a replegarse. La suerte de Aureliano, sin embargo, se ve empa√Īada por el ataque de unos beduinos en el desierto, que logarn herirlo. En esas circunstancias decide ofrecer una capitulaci√≥n a la reina Zenobia, autoproclamada Augusta:¬†

Aureliano, emperador del mundo romano y reconquistador del Orontes, a Zenobia y sus aliados. Tendr√≠ais que haber hecho espont√°neamente lo que yo os ordeno por escrito. Os impongo la rendici√≥n, perdon√°ndoos la vida, a condici√≥n de que t√ļ, Zenobia, aceptes vivir con tus hijos donde yo te lo ordene, de acuerdo con el parecer del senado. Entregad al senado romano las gemas, la plata, el oro, las sedas, los caballos y los camellos que pose√©is. Los habitantes de Palmira conservar√°n sus derechos.

(Carta recogida en Historia Augusta XXVI, 26-27).

La misma fuente transmite la respuesta de la Reina:

Zenobia, reina de Oriente, a Aureliano Augusto. Jam√°s nadie ha osado hacerme las propuestas que t√ļ me has enviado por escrito. En la guerra, lo que se quiere obtener hay que ganarlo con el valor. Me exiges la rendici√≥n, como si no supiera que la reina Cleopatra prefiri√≥ morir antes que vivir humillada. No me falta ciertamente la ayuda de los persas, que ya se acercan; los sarracenos y los armenios est√°n de nuestra parte; los bandoleros sirios ya han derrotado a tu ej√©rcito. ¬ŅQu√© ocurrir√°, Aureliano, si se unen todos los refuerzos que esperamos de todas partes? Tendr√°s que deponer la arrogancia que ahora te hace exigir mi rendici√≥n, como si ya hubieras vencido en toda regla.

El enojo de Aureliano al conocer la supuesta respuesta de Zenobia hubo de ser temible seg√ļn se desprende de su reacci√≥n. Su objetivo era acabar con la insurrecci√≥n y para ello dispone todos los recursos militares y econ√≥micos posibles. Incrementa la presencia militar en la zona y destina fuertes cantidades de dinero para conseguir que las tribus del desierto no hostiguen a los ej√©rcitos romanos. A continuaci√≥n dispone tropas en la frontera con los persas para evitar cualquier abastecimiento desde el este a Palmira y solo entonces decide por sitio a la ciudad.

Allí los cálculos para la defensa no parecen acertados. Las tropas se mantienen acampadas en torno a la ciudad que se protege creando una nueva muralla interior con materiales constructivos de edificios monumentales. Da la impresión de que hubiera mucha premura y poca previsión.

Iniciada la contienda dicen las fuentes que Zenobia abandon√≥ el campo de batalla, como hab√≠a hecho Cleopatra en Actium. Es imposible discernir si las fuentes relatan lo verdaderamente acaecido o si lo que pretenden es incrementar la similitud entre las dos mujeres que pusieron en jaque a Roma. Sea como fuere, Zenobia debi√≥ estimar que entre los partos estar√≠a a salvo, pero fue alcanzada por los romanos a la altura del √Čufrates. Lo que ocurri√≥ despu√©s no est√° claro. Seg√ļn unos, ser√≠a ejecutada junto al consejero Casio Longino y otros altos dignatarios de Palmira. Otros dicen que fue conducida a Roma, encadenada con cadenas de oro, y que muri√≥ por el camino. La versi√≥n m√°s aceptada es que lleg√≥ a Roma y desfil√≥ como cautiva en el triumphus de Aureliano, quien compasivamente la envi√≥ recluida a Tibur con una pensi√≥n econ√≥mica. Independientemente de su final, la inteligente y hermosa Zenobia se apoder√≥ de la imaginaci√≥n de historiadores, artistas y lectores que no se cansar√≠an de evocar a aquella reina oriental que desafi√≥ a Roma.

Entre tanto los palmirenses cometieron el error de pasar a cuchillo a la guarnición romana que había dejado Aureliano. En 273 el emperador arrasó a sangre y fuego lo que quedaba de la ciudad, que nunca lograría recuperarse. Diocleciano estableció allí una guarnición, edificó unas termas, erigió un templo para cobijar los estandartes de las legiones y reconstruyó algunos edificios de la ciudad. Lánguidamente la ciudad continuaba con sus actividades y se iba transformando al ritmo de las otras ciudades de Oriente. En la época de Constantino contaba con una comunidad cristiana capaz de enviar a su obispo al Concilio de Nicea en 325.

La etapa final

A pesar de esa presencia militar, la ciudad continu√≥ su declive hasta que qued√≥ integrada en el Imperio Bizantino. El emperador Justiniano reconstruy√≥ sus murallas en el siglo VI y se erigieron algunas Iglesias bizantinas, sobre antiguos edificios, pero la mayor parte de la ciudad estaba en ruinas. En 634, Palmira cay√≥ en manos musulmanas tras el¬† ataque de Jalid ibn Walid, en la √©poca del primer califa, Abu Bakr. Fue entonces cuando se construy√≥ el Castillo en la monta√Īa que domina el oasis. Ya entonces era una ciudad en claro declive.

Un terremoto en 1089 terminó de destruir lo poco que quedaba. En 1678, Palmira fue "redescubierta" por dos comerciantes ingleses afincados en Alepo. Sus excavaciones arqueológicas no se iniciarían hasta 1924 y las ruinas fueron declaradas Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1980.

Sobre la religión de Palmira

Como corresponde a una ciudad étnicamente plural y culturalmente mestizada, el universo religioso de Palmira era complejo. Naturalmente el carácter predominante de los arameos situaba a sus dioses en una posición privilegiada, pero ellos también experimentaban la hibridación. Los dioses de Palmira eran esencialmente parte del panteón del NO. de Siria, con aditamentos de los panteones mesopotámico y árabe. El dios tutelar de los arameos de Palmira era Bol, abreviatura del cananeo Baal. Bol también era vocalizado como Bel por asimilación a Bel-Marduk, el dios supremo de Babilonia, y así quedó fijada su denominación a partir de finales del siglo III a.C. Los restos del Templo de Bel se conservaban en un estado admirable hasta su destrucción por el DAESH. Todo parece indicar que este templo era en realidad el Templo de los dioses de Palmira, con un templo-réplica en Dura Europos. Se trata del santuario más grande de la ciudad y contaba con una sala de banquetes que podía albergar más de 100 comensales. En el exterior se hallaron numerosas teseras de terracota que servían de entrada para las comidas rituales. En una cara está aparecen representaciones de divinidades y en la otra se especifica con frecuencia la consumición a la que tenía derecho el portador de la entrada.

Bel se acompa√Īa de otros dioses procedentes de las divinidades tutelares de los clanes y grupos familiares, como Yarhibol, el dios luna Aglibol o el sol Malakbel. Tambi√©n se veneraban dioses de la franja cananea mar√≠tima, como Astart√©, Baal-Ham√≥n, Baalshamin y Atargatis, conocida por los romanos como Dea Syria. Igualmente dioses babilonios como Nabu y Nergal o √°rabes: Azizos, Arsu, ҆ams y Al-lńĀt.

En cualquier caso, los palmirenos no parecen haber tenido dificultad para tratar con dos dioses supremos, Bel y Baalshamin, identificados ambos con el griego Zeus, y cuyas funciones, sin duda, se solapaban, de modo que podr√≠an llamar al mismo dios de diferentes maneras y advocaciones seg√ļn las circunstancias. Los rituales asociados a estos dioses supremos, Bel y Baalshamin, inclu√≠an celebraciones mist√©ricas; de hecho, en las excavaciones se encontraron los bancos corridos para los banquetes ceremoniales.

Un impresionante fresco del temple de los dioses Palmirenos en Dura Europos, fechado hacia 230 d.C., muestra a un oficial llamado Julio Terencio que estaba al frente de una cohorte de jinetes arqueros palmirenos de la Legi√≥n XX estacionada en el √Čufrates. El oficial realiza un ritual con un sacrificio incruento. Quema incienso en honor de las tres deidades representadas con uniforme militar, Yarhibol, Aglibol y Arsu, colocados sobre sus pedestales en la parte superior izquierda del fresco. Tras Terencio se ve el estandarte de la cohorte, con los colores correspondientes y cerca est√° sentada una diosa con corona turriforme. Una inscripci√≥n la identifica como gad de Palmira, es decir Tyche/Buena Fortuna. La palabra gad es frecuente en las inscripciones como divinidad protectora, aunque cuando no se refiere a una deidad significa “suerte”.

En el √°mbito rural se representan dioses montando caballos o dromedarios, cuya naturaleza se nos escapa, pero suelen proceder de Arabia y son custodios de las caravanas. Otras divinidades inferiores en ese mismo √°mbito son los ginnaye, similares a los genios romanos, es decir, dioses protectores de los individuos, de las caravanas, del ganado y de las aldeas.

Tambi√©n procede de Arabia la diosa Al-lat, que se representa acompa√Īada por un le√≥n, expresi√≥n de su dominio sobre los depredadores. La diosa tuvo un rico templo en Palmira que fue visitado por Adriano, seg√ļn consta en un ep√≠grafe hallado en su interior.

Los dioses pod√≠an ser venerados individualmente o asociados a otros, formando tr√≠adas o parejas divinas. Los dioses is√≠acos est√°n presentes en el siglo II d.C., en agosto del 149 d.C., Bariki, hijo de Zabdibol, consagr√≥ un peque√Īo templo de m√°rmol con toda su decoraci√≥n y cancela, a Bol, a Isis y a Afrodita, dioses ancestrales de una familia probablemente originaria del L√≠bano o de Palestina asentada en la ciudad caravanera. Por las mismas fechas, Bariki costea un peque√Īo templo de m√°rmol con toda su decoraci√≥n a Samab√īl (probablemente Astart√©), a Isis y a Afrodita, en un acto everg√©tico por su salud, la de sus hijos y la de sus hermanos, de modo que parece un agente innovador en esta modalidad compartida de culto en la ciudad en la que reside. El ep√≠grafe sustenta la memoria de una fundaci√≥n visible por los fieles, de modo que se genera una simbiosis entre el espacio ritual y su propia historia, que persiste m√°s all√° de la propia vigencia del templo, con lo que ha cumplido su requisito de memorabilidad.

Era muy importante la celebraci√≥n de la primavera en la fiesta denominada Akitu, correspondiente con la cosecha de la cebada y que serv√≠a para establecer el a√Īo nuevo. En la organizaci√≥n religiosa, Palmira se divid√≠a en cuatro barrios, cada uno de los cuales estaba presidido por un santuario dedicado a la deidad ancestral de la tribu que lo habitaba. Atargatis, sin embargo, ten√≠a un santuario en cada uno de los barrios.

Un fen√≥meno que se ha considerado relevante en los cultos de Palmira es la presencia de un dios innominado “aquel cuyo nombre es para siempre bendito”, pero del que no hay representaci√≥n asociada a la menci√≥n. Sus altares son peque√Īos quemadores de perfume, de los que se han hallado centenares, fechados desde el siglo I d.C. Mayoritariamente se han encontrado en torno a la fuente Efqa, uno de los lugares m√°s sagrados de Palmira. Las inscripciones recogen la f√≥rmula antes mencionada, pero tambi√©n el ep√≠teto “Se√Īor del Mundo” o “Se√Īor de la Eternidad”. En ocasiones el oferente explica que dona el altar “porque llam√≥ [al dios] y √©l lo atendi√≥”.¬† Dos hermanos se expresan as√≠:

En agradecimiento diario,  Zabdibol y Moqimu, hijos de Gadda ... [dedican este altar] al misericordioso, al bondadoso y compasivo [dios] por su bienestar y el de sus hijos y el de toda su casa.

Se ha asociado la ofrenda de incienso con el culto a esta deidad, destinataria de sacrificios incruentos, una tendencia vinculada al declive del sacrificio cruento y vinculado a la consolidación de las tendencias henoteístas, es decir, la creencia en la supremacía de un dios sobre los restantes.

Sin embargo, hay quienes consideran que el dios innominado es una ilusi√≥n, pues podr√≠a ser la menci√≥n tipo de una divinidad bien conocida, por ejemplo Baalshamin, con el que comparte ep√≠tetos, como el de “Se√Īor de la Eternidad”; hay autores que lo identifican con Yaribol, el dios ancestral de Palmira y protector del manantial Efqa.

El polite√≠smo, que en la etapa final de Palmira experimenta una fuerte tendencia henote√≠sta y de abstracci√≥n en torno a la deidad suprema innominada, fue sustituido progresivamente por el cristianismo, que cont√≥, como dije, con un obispo en el Concilio de Nicea en 325. La mayor parte de los templos se convirtieron en iglesias, pero el de Al-lńĀt fue destruido en 385 por orden del prefecto del pretorio de Oriente, Materno Cinegio. Tras la conquista musulmana en 634, el Islam remplaz√≥ gradualmente al cristianismo; sin embargo, conviene indicar que el √ļltimo obispo de Palmira est√° atestiguado en 818.

Los ritos funerarios

Las familias acaudaladas en Palmira construyeron grandes monumentos funerarios. Muchos eran hipogeos, con paredes talladas en la roca o levantadas con sillares. En su interior estaban compartimentadas para dar cabida a m√ļltiples enterramientos. Los cad√°veres se depositaban tendidos boca arriba. Placas de arenisca con bustos en altorrelieve sellaban las aperturas rectangulares de los compartimentos. Estos relieves representaban la “personalidad” o el “alma” de la persona enterrada y compon√≠an la decoraci√≥n interior de la c√°mara funeraria. A veces se representan tambi√©n los banquetes funerarios de car√°cter familiar o colegial. Un proyecto de investigaci√≥n liderado por Rubina Raja y Andreas Kropp ha documentado 2.842 retratos; entre sus constataciones m√°s interesantes destaca el extraordinario volumen de relieves, el breve period de tiempo en el que se realizaron (250 a√Īos entre la 2¬™ mitad del siglo I d.C. y la 1¬™ mitad del III) y la precisi√≥n cronol√≥gica que se puede establecer en ellos gracias a que un 10% est√° epigr√°ficamente datado. Ni siquiera la declaraci√≥n de Patrimonio de la Humanidad ha impedido que se hayan sustra√≠do y que formen parte de colecciones particulares o p√ļblicas de todos los continentes. La ausencia de una catalogaci√≥n precoz ha contribuido a un desconocimiento tan sorprendente de una serie informativa de tal calidad.

El redescubrimiento de Palmira

Con el incremento de los viajes culturales de la intelectualidad brit√°nica y de otros pa√≠ses europeos, conocido como el Grand Tour, los lugares b√≠blicos y de la literatura cl√°sica se convirtieron en destino privilegiado para que estos viajeros obtuvieran la gloria del redescubrimiento de las civilizaciones antiguas. Junto a ellos, intr√©pidos comerciantes en busca de nuevas rutas y productos, militares al servicio de sus imperios y cient√≠ficos dispuestos a ampliar los horizontes del conocimiento, trasladaron a Occidente sus hallazgos. En 1687 un grupo de comerciantes ingleses afincados en Alepo “descubren” Palmira y en 1693 Hofsted van Essen dibuja una vista panor√°mica de las ruinas.

A partir del siglo XVIII, el Pr√≥ximo Oriente fue testigo de numerosas expediciones. Entre 1750 y 1751 R. Wood y J. Dawkins, visitan Palmira y en 1753 publican Las Ruinas de Palmira, una serie de vol√ļmenes con dibujos y planchas con los vestigios de la ciudad que impactaron al mundo entero. Tras ellos ser√≠an las acuarelas de Louis Fran√ßois Cassas, las que contribuyeran a la difusi√≥n de su conocimiento y admiraci√≥n por toda Europa.

En el apogeo de la recuperación de Palmira, las penumbras de la ciudad sirvieron de fuente de inspiración para el Conde de Volney que en 1791 publicó sus Ruinas de Palmira o Memorias de las revoluciones de los imperios.

El pintor Ti√©polo decor√≥ el ¬ępalazzo¬Ľ Zenobio de Venecia con escenas de la vida de Zenobia. En muchos teatros y salas de conciertos se estrenaron √≥peras con el tema de la historia de Zenobia y Palmira: Albinoni, Zenobia (1694);¬† Pasquale Anfossi, Zenobia in Palmira (1789); Giovanni Paisiello, Zenobia in Palmira (1790); Gioachino Rossini, Aureliano in Palmira (1813); e incluso en la actualidad, como la Zenobia de Mansour Rahbani, estrenada en 2007.

Luego comenzaron las expediciones arqueol√≥gicas o de epigrafistas, franceses, rusos, alemanes, para copiar los textos grabados en los monumentos palmiranos. Sin embargo ser√°n las expediciones danesas dirigidas por H. Ingholt las que otorguen una dimensi√≥n cient√≠fica a la arqueolog√≠a de Palmira. Todo ello iba acompa√Īado de una acci√≥n depredadora notable, que ya denunci√≥ el gran historiador M. Rostovtzeff, como demuestran las colecciones de museos en Par√≠s, Londres, Copenhague, Estambul, Roma, S. Petersburgo, Nueva York o Boston, en ese proceso de apropiaci√≥n del pasado para la construcci√≥n de las identidades hist√≥ricas propias. Y en el √°mbito de las apropiaciones conviene recordar un poema inconcluso de Cavafis de 1930 (recogido por Mendelsohn en su edici√≥n Complete Poems de 2012) en el que lamentaba que algunos historiadores dedicaran su empe√Īo a negar el car√°cter asi√°tico de Zenobia, cuya grandeza ten√≠a que ser occidental y por eso constru√≠an para ella una genealog√≠a que la hiciera sel√©ucida y, por tanto, grecomacedonia.

Todas esas circunstancias contribuyen a generar la legendaria imagen de la “Perla del Desierto”, la ciudad de Palmira, uno de los conjuntos arqueol√≥gicos m√°s hermosos, impresionantes y rom√°nticos de la Antig√ľedad, irremediablemente mutilado y parcialmente arrasado por la ignorancia y el fanatismo de hordas alimentadas por el rencor que les ha generado la despiadada ambici√≥n de quienes ellos identifican como Occidente.



ALGUNAS LECTURAS RECOMENDADAS

E. Gibbon, Decadencia y caída del Imperio romano, Atalanta, Gerona, 2011.
M. Rostovtzeff, Caravan Cities, 1932.
M. Sartre, El Oriente Romano, Madrid, 1994.
T. Kaizer, The Religious Life of Palmyra. A Study of the Social Patterns of Worship in the Roman Period. Stuttgart: Franz Steiner Verlag, 2002.
P. Veyne, El imperio grecorromano, Madrid, 2009.
David Hern√°ndez de la Fuente, Historia NG n¬ļ 111.

Ficción:
Conde de Volney, Las Ruinas de Pamira o meditaciones sobre las revoluciones de los Imperios, 1791.
William Ware, Zenobia or the Fall of Palmyra,1859.
J.L. Sampedro, La vieja sirena, Barcelona, 1990.
J. L. Corral, La prisionera de Roma, Planeta, Barcelona, 2011.

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