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"EL LIBRO EN ROMA: PLACER Y PELIGRO
EL LIBRO, OBJETO DE PLACER"


Carmen Gallardo (Universidad Autónoma de Madrid)

1.  la aristocracia lectora
En Roma se le√≠a bastante, creo que podr√≠a afirmarse esto. Pero ¬Ņqui√©nes le√≠an en Roma? ¬ŅCu√°ntos eran capaces de hacerlo? ¬ŅQu√© le√≠an? ¬ŅSabemos algo del placer que les proporcionaban los libros? ¬ŅY de los peligros que un libro pod√≠a ocasionar? Son cuestiones que seguramente no quedar√°n nunca suficientemente zanjadas; sin embargo, los propios romanos nos han dado algunas respuestas.

Imagin√©monos en T√ļsculo, una ciudad situada en los montes Albanos, a unos 20 Kms. de Roma, donde Cicer√≥n pasaba unos d√≠as de descanso. Y escuchemos lo que nos cuenta:

“Estando yo en mi villa y queriendo consultar ciertos libros de la biblioteca del joven L√ļculo, fui a la villa de √©ste para cogerlos yo mismo como sol√≠a. Al llegar, vi a Marco Cat√≥n, que no sab√≠a que estuviera all√≠, sentado en la biblioteca rodeado de un mont√≥n de libros de los estoicos. Ten√≠a √©l, como sabes, una insaciable pasi√≥n por la lectura, de suerte que, sin temer la vana cr√≠tica del vulgo, sol√≠a leer incluso en la curia mientras se reun√≠a el senado (‚Ķ). Por eso, en aquel momento, libre de toda obligaci√≥n y rodeado de gran cantidad de libros, parec√≠a devorarlos, si es que puede emplearse esta expresi√≥n para una ocupaci√≥n tan noble”. (Del supremo bien¬† y del supremo mal, 7).

Nos hallamos en el s. I a C, en plena Rep√ļblica, y he aqu√≠ tres lectores: Cicer√≥n, que ha ido a buscar unos libros de Arist√≥teles a casa de su amigo y vecino L√ļculo; √©ste, due√Īo de la biblioteca; y Cat√≥n, empedernido lector, que devora las obras de los estoicos, que lee incluso en las reuniones del senado y que, antes de suicidarse, nos dice Plutarco que pas√≥ las horas con un libro en las manos, el Fed√≥n de Plat√≥n, el di√°logo sobre el alma, en el que se relata la conversaci√≥n que tuvo S√≥crates con sus amigos antes de morir. Son tres hombres de elevado rango social, entre cultos y extremadamente cultos, que constituyen un tipo de lector muy representativo de la √©poca. Son, adem√°s, el tipo de lector que apetecen escritores como el propio Cicer√≥n. Leen textos dif√≠ciles e, incluso, lo hacen en griego, algo muy difundido entre la clase dirigente romana.¬† Son, en definitiva, intelectuales movidos a la lectura no tanto por el goce como por la utilidad, aunque esa lectura √ļtil, que les serv√≠a como estudio para ejercer sus profesiones o para escribir sus libros, a la que dedicaban su ocio en compa√Ī√≠a de amigos, les produc√≠a un enorme placer.

El t√©rmino “devorar” (vorare) lo emplea Cicer√≥n para referirse a Cat√≥n y tambi√©n para hablar de s√≠ mismo: “yo aqu√≠ estoy devorando literatura” escrib√≠a a su amigo y editor √Ātico, en el mes mayo del a√Īo 55 desde su casa de Cumas. “Devorar” es un verbo que parece hablarnos de necesidad m√°s que de placer, pero es dif√≠cil pensar que estos hombres no disfrutaran con el alimento que esos libros les procuraban. M√°s a√ļn, si tenemos en cuenta que a esta carta le hab√≠a precedido otra en la que Cicer√≥n dec√≠a:

“Yo aqu√≠ me alimento con la biblioteca de Fausto (‚Ķ) mientras he abandonado los dem√°s placeres y distracciones, ya por mi edad o por la situaci√≥n pol√≠tica, me sostengo y me recreo con la literatura” (Cartas a √Ātico, mayo, a√Īo 55)

Los libros eran, pues, esenciales en sus vidas, libros que compraban, libros que copiaban, que se regalaban o que se prestaban para formar o enriquecer sus bibliotecas. Cicer√≥n copia libros que le presta un tal Vibio. O acoge con verdadero gusto la biblioteca¬† que le regala su buen amigo Peto, que este hab√≠a heredado, a su vez, de su hermano, compuesta de libros griegos y, sobre todo, latinos, porque cada vez m√°s era para √©l un descanso entregarse a esas lecturas cuando el trabajo le dejaba un resquicio. Y va a las casas de sus amigos L√ļculo o √Ātico a buscar libros que √©l no tiene.

El poeta Horacio también nos transmite la satisfacción que le produce la lectura cuando en su sátira sexta, dedicada a criticar el afán desmesurado por acumular riqueza, nos relata, como contraste, la comodidad de su vida que le permite, tras dar un paseo después de haberse levantado tarde, sobre las 10, leer y  escribir para su propio placer. (Sat. 6, 22-23)

2.  los lectores y los amigos       
Vemos, pues a unos escritores, cuyo ocio llenan los libros. Pero ¬Ņqui√©nes les le√≠an a ellos? ¬ŅQui√©n le√≠a a Cicer√≥n, a Catulo, a Horacio o a Ovidio? En primer lugar, sus amigos. En Roma, los primeros lectores de una obra eran los amigos del autor. Eran los primeros lectores de aquellos autores que voluntariamente rechazaban que sus escritos llegaran a todos, aquellos que menospreciaban al pueblo y no quer√≠an hacer concesiones al gusto corriente,¬† como le suced√≠a al poeta Horacio, que se niega a que las librer√≠as y puestos vendan sus libros que se manchan con el sudor de las manos del vulgo; considera que es preferible tener pocos lectores antes que la admiraci√≥n de la masa o que lo lean en las escuelas elementales; y se contenta con que le aplaudan los m√°s nobles, aunque los dem√°s le silben.

Amigos eran, por supuesto, los primeros lectores de Catulo, el m√°s conocido del grupo de poetas a los que Cicer√≥n consideraba irresponsables y remilgados y despectivamente llamaba neoteroi, es decir,¬† “nov√≠simos”. Un poeta, que, aunque muy a pesar suyo, era le√≠do m√°s all√° de sus c√≠rculos pr√≥ximos, manifiesta la gran estima que siente por las breves poes√≠as de sus amigos frente al pueblo, que disfruta con los largos poemas del ret√≥rico Ant√≠maco, y se enorgullece y alegra de que el vulgo no sepa apreciar esa poes√≠a breve que era tambi√©n la suya. Adem√°s, evoca con afecto las reuniones en casa de Licinio, en cuyo escritorio se divert√≠a entre gente refinada mientras compon√≠an versos e improvisaban por turno entre risas y vino.

Pero tambi√©n los amigos eran los primeros lectores de quienes, como Ovidio o Marcial, escrib√≠an para entretener a simples lectores aficionados, a un lector an√≥nimo que se convierte en su interlocutor amigo, y no exclusivamente para satisfacer a un p√ļblico culto, capaz de entender y apreciar una literatura dif√≠cil o exquisita.

Ya en √©poca de Augusto, la de mayor esplendor literario, Horacio hace hincapi√© en que una de las obligaciones de la amistad es precisamente leer lo que uno escribe ante los amigos: ¬ęNo leo mis versos a nadie, sino a mis amigos... no en cualquier parte ni ante cualquiera¬Ľ, nos dice.

Y lo que resulta m√°s llamativo es que incluso Ovidio considera a los amigos destinatarios privilegiados de los libros. Y digo que resulta llamativo porque es el primer escritor latino que ‚Äďcomo acabo de decir-¬† entabla un di√°logo amistoso con un lector an√≥nimo. El primero tambi√©n, por tanto, en mostrar una conciencia clara de que existe un lector medio, externo a su mundo, al que ofrece un entretenimiento agradable. Se trata de un p√ļblico culto, capaz de saborear una forma cuidada y elegante, pero que no est√° dispuesto a hacer demasiado esfuerzo para la comprensi√≥n de lo que lee. Ovidio es, adem√°s, un autor que en ning√ļn momento muestra desconfianza hacia esos receptores menos eruditos y desea que sientan que su obra est√° dirigida a ellos y a ellas, pues es tambi√©n el primer autor que considera a las mujeres potenciales lectoras, a quienes dirige algunos de sus libros. Su libro Amores comienza diciendo: “L√©ame la virgen inflamada en presencia de su prometido, y el sencillo adolescente que sufre por vez primera las angustias amorosas”.¬† Pero, a pesar de todo, son las lecturas con amigos las que recuerda as√≠ con nostalgia desde su exilio en el Mar Negro:

“Trat√© y cultiv√© la amistad de los poetas de aquella √©poca ... Macro, algo mayor que yo, me ley√≥ con frecuencia sus poemas sobre p√°jaros, sobre serpientes peligrosas y sobre hierbas. Frecuentemente tambi√©n Propercio acostumbr√≥ a recitarme sus poemas amorosos debido a la amistad que nos un√≠a. P√≥ntico, c√©lebre por sus versos heroicos, y Baso, por sus yambos, fueron amables miembros de mi convivencia; el melodioso Horacio cultiv√≥ mis o√≠dos, mientras entonaba cultos poemas con la lira ausonia...” (Tristes, I, 10)

Y nos informa de los libros que estos romanos leían, que iban desde Homero hasta Propercio y nos descubre que Tibulo gustaba y era conocido antes de que Augusto gobernara.

Ya entrado el imperio, Marcial, el poeta de B√≠lbilis, que vivi√≥ del a√Īo 40 al 104 d. C. Un poeta popular, al que leen desde el centuri√≥n hasta el propio emperador o las matronas a escondidas, quien escribe libritos pr√°cticos, como los Xenia y los Apophoreta, compuestos de poemas muy breves a modo de etiquetas para acompa√Īar a los regalos, aquel cuyos lectores pueden encontrar regularmente sus obras en las librer√≠as, ese mismo por el que algunos revientan de envidia porque todo Roma lo lee y es tan conocido que en la calle lo se√Īalan con el dedo, tiene como primeros lectores y cr√≠ticos a sus amigos Prisco, Cesio Sabino. O a su admirado Apolinar, en cuyo juicio conf√≠a de tal modo que, si este da el visto bueno a su libro, el libro no s√≥lo no tendr√° que temer las burlas de los malintencionados, sino que nunca servir√° para que los ni√Īos pintarrajeen en su dorso, ni se convertir√° en envoltura de salazones y caballas.

Y entre estos primeros lectores se encuentra su querido Faustino, que ha merecido tener antes que ninguno sus nimiedades o bagatelas, como el propio Marcial las llama. Todos ellos son quienes lo corrigen y también quienes lo divulgan:

“‚Ķeste no es mi lector, sino mi libro -dice Marcial de su amigo Pompeyo Aucto-. Tan bien se sabe y declama mis libros sin tenerlos delante, que mis p√°ginas no pierden ni una letra; en una palabra, si quisiera, podr√≠a parecer que los ha escrito” (Epigramas, VII, 51)

Un contemporáneo de Marcial, Plinio el Joven, un rico abogado y escritor que ocupó altos cargos políticos, al que acudiremos en más ocasiones, pues sus correspondencia resulta muy sabrosa, en una carta dirigida a su amigo Paterno, le explica: 

“Recibes con esta carta mis endecas√≠labos ... Tendr√°s una prueba de lo que valoro tu juicio, porque yo quiero someter a √©l toda la recopilaci√≥n y no pedir elogios de piezas escogidas ... Ruego tu franqueza para decirme de mi librito lo que dir√≠as a otro, no te pido nada dif√≠cil.” (Cartas, IV, 14)
Las palabras de unos y otros, por tanto, descubren la lectura como un acto de amistad que exige la participaci√≥n activa de los amigos en la obra. Marcial confiesa que se sentir√° tranquilo con el libro que corrijan sus √≠ntimos Severo o Segundo”. Pero Plinio todav√≠a es m√°s expl√≠cito. Algo molesto, porque determinadas personas hab√≠an criticado que leyera p√ļblicamente sus versillos nos revela que las razones que le llevan a hacer lecturas p√ļblicas de sus libros son:¬†

“En principio, porque el que lee su obra, por respeto a sus auditores, la cuida con m√°s atenci√≥n; luego, porque, si le sobreviene duda sobre alg√ļn punto, lo resuelve a partir de un consejo. Adem√°s porque muchos hacen advertencias, pero, aunque no las hicieran, lo que cada uno de los oyentes siente se percibe a trav√©s de su gesto, de sus ojos, de sus movimientos de cabeza, de sus murmullos, de su silencio; indicaciones suficientemente claras como para distinguir la verdadera opini√≥n de la cortes√≠a. Y, si alguno de los asistentes, por casualidad, se preocupara de volver a leer la obra escuchada, se dar√≠a cuenta de que hay en ella cambios y suspensiones inspirados a veces por su propio juicio, aunque no me haya dicho nada. Pero me estoy justificando como si hubiera invitado al p√ļblico a un auditorio y no a unos amigos en mi apartamento.” (Cartas, V, 3)

Y repite con frecuencia estas lecturas, invitando a comer a su casa a sus más próximos, a fin de que adviertan faltas en sus discursos o poemas que a él se le han escapado.

De todos los escritores romanos que han llegado hasta nosotros, Plinio es tal vez el que mejor nos ha comunicado ese trabajo que los amigos aportan como lectores-correctores; la labor que realizan éstos en la transformación del texto; la necesidad, por tanto, de su competencia.

3.  los libros obra colectiva y compromiso social: las recitationes
Y las confidencias de estos autores latinos nos llevan a hacer una reflexi√≥n sobre el libro en la antigua Roma. El libro en Roma no puede separarse de la recitatio, es decir, de la lectura p√ļblica. Lectura que ya sea entre los m√°s √≠ntimos en casas particulares o en auditorios resulta clave para la publicaci√≥n y difusi√≥n de los libros. Al menos en √©poca imperial, la publicaci√≥n de un libro era un proceso gradual que comenzaba por dar a conocer el texto a uno o a varios amigos. Corregido el manuscrito, se ampliaba la difusi√≥n mediante una lectura p√ļblica, pero ante un auditorio todav√≠a no an√≥nimo, sino ligado al autor por lazos de amistad y tambi√©n de clientela, auditorio que ejerc√≠a una funci√≥n cr√≠tica. Pasada esta segunda prueba, el autor considerar√≠a terminada la obra y har√≠a copias a su cargo que enviar√≠a a aqu√©l a quien se la dedica, e inmediatamente despu√©s, a sus amigos. Finalmente, dar√≠a el permiso para que a partir de esas copias se hicieran otras y, entonces, perder√≠a el control de su libro.

Escuchemos de nuevo a Plinio:
“Yo no quiero ser elogiado mientras recito, sino despu√©s, al ser le√≠do, por eso no paso por alto ning√ļn procedimiento de correcci√≥n. En principio repaso conmigo lo que escribo; luego, se lo leo a otros dos amigos; despu√©s paso el manuscrito a otros para que lo anoten; si las notas me hacen dudar, de nuevo las sopeso con una o dos personas. Por √ļltimo, leo la obra ante varios auditores y -cr√©eme- es el momento en el que m√°s corrijo... pues el respeto a los auditores, el amor propio, el temor a un fracaso, son excelentes jueces..., el miedo, s√≠, el miedo es el m√°s extraordinario de los correctores..., pero no suelo invitar al pueblo, sino a unos escogidos... en los que conf√≠o.”¬† (Cartas, VII, 17)

La presencia del p√ļblico, sobre todo de ese p√ļblico escogido,¬† puede, pues, llegar a tener significativos efectos sobre el texto. La lectura es, entonces, una rescritura, y los lectores-auditores se convierten en coautores de la obra. Pero, adem√°s, esta pr√°ctica de la lectura vinculada a la amistad convierte el acto de leer en un hecho muy grato. Comentaba el mismo Plinio que no sab√≠a si iba a escuchar a su amigo Ticinio, que ofrec√≠a una recitatio, es decir, una lectura p√ļblica, porque deb√≠a o por puro placer, pues sent√≠a aut√©ntica pasi√≥n por la obra de aqu√©l.

Estas lecturas p√ļblicas constituyen uno de los elementos m√°s originales de la cultura romana, una particular manera de acercarse al texto, ya que se hace a trav√©s de un doble lector, el que recita, que se apropia del texto con sus ojos y lo transmite con su voz, y el que escucha ‚Äďel lector-oyente-, el aut√©ntico lector.¬† Esta lectura, mediatizada ya sea por el propio autor que lee su libro o por el lector profesional, exige un lector-auditor muy especial, que no se deje seducir por la puesta en escena de la lectura. Pero, adem√°s, reclama un ¬ęrecitador¬Ľ que sepa transmitir la obra sin cansar ni aburrir y, al tiempo, evitar que su acci√≥n, su voz, produzca efectos sobre lo escrito.

Sin embargo, esto es prácticamente imposible. Incluso si es el propio escritor el que lee, el texto se ve afectado. Como sucede con Silio Próculo, que lee un libro suyo a su amigo, nuestro citado Plinio, y este, después de haberlo escuchado, le escribe:

“Me parece que ya puedo contestarte que tu obra es hermosa... en la medida en que puedo valorarla por esa lectura que hiciste delante de m√≠, si es que no se me impuso tu manera de leer, pues lees con tanta dulzura, con tanto arte...” (Cartas, III, 15)

Ciertamente es un riesgo que necesariamente se corre en una pr√°ctica tal de la lectura, ya que los oyentes leen el texto a trav√©s de los ojos, la voz y el cuerpo de un tercero, que, a√ļn sin quererlo, lo altera

Y es en esta dif√≠cil tensi√≥n en la que se mueven los escritores al hacer una lectura p√ļblica de sus libros. Por eso, Plinio, que es consciente de que no lee bien sus poemas, se ve obligado a elegir un lector, pero lo hace con gran cuidado, y decide llamar a un lector no demasiado bueno; s√≥lo quiere que sea mejor que √©l, pues desea una lectura sin teatralidad, neutra, m√°s bien familiar, una lectura entre amigos.

Ahora bien, en numerosas ocasiones, con un auditorio más amplio al que no se le pide una crítica constructiva sino, sobre todo, el aplauso fácil, resulta más eficaz un lector como el que describe irónicamente Persio en una de sus sátiras: 

“Cuando, despu√©s de haber enjuagado tu modulada garganta con un l√≠quido clarificador, leas por fin desde una elevada silla tus obras, repeinado y resplandeciente, con tu toga nueva reci√©n almidonada y tu anillo natalicio de √≥nice, desmayado, con la mirada l√°nguida, entonces podr√°s ver c√≥mo la bien cebada flor y nata de Roma tiembla de manera indecorosa y con la voz agitada, mientras tus poemas les penetran en los ri√Īones y sus partes m√°s √≠ntimas sienten el cosquilleo del verso tr√©mulo.” (S√°tiras, I, 1, 15-21)

Así pues, parece que en el que lee, como en un actor, se impone la presencia física, su peinado, su vestido. Y se utilizan técnicas y se buscan procedimientos hasta hacer de la lectura casi un acto erótico que cause un enorme placer.

Por tanto, la palabra, el hecho de que el libro escrito pase por los oídos es en Roma algo fundamental. Escuchar y recitar en latín son verbos de la lectura. Parece ser la palabra y no la escritura la que fija el texto. Un libro no escuchado viene a ser un libro no leído. Y los escritores echan de menos esos oídos. Así se lo manifiesta Marcial, que se encuentra en su casa de Bílbilis, a su querido Prisco:

“Siento necesidad de los o√≠dos de la ciudad, a los que estaba acostumbrado y me parece que pleiteo ante un tribunal extranjero; pues si hay en mis libritos algo que pueda agradar, me lo dict√≥ el oyente: aquella sutileza de opiniones, aquella agudeza de asuntos, las bibliotecas, los teatros, las tertulias; en suma, todo lo que he dejado por af√°n de tranquilidad lo deseo como si me lo hubieran arrancado.” (Epigramas, XII, dedicatoria)
Y resultan conmovedoras las palabras de Ovidio, otro de los grandes poetas latinos, cuando desde su triste exilio en Tomis, a orillas del Ponto, escribe: ¬ęNo tengo a nadie a quien poder recitar mis poemas, ni que pueda entender mis palabras latinas. Es para m√≠ mismo -¬Ņqu√© otra cosa puedo hacer?-para quien escribo” (P√≥nticas,
Pero las lecturas p√ļblicas no solo eran una especial presentaci√≥n de libros; especial, en la medida en que el libro no estaba a√ļn acabado y los invitados a ellas pod√≠an provocar correcciones con sus gestos y sugerencias, tambi√©n hab√≠a lecturas de obras ya consagradas, que llenaban odeones y teatros. Se sabe que las Buc√≥licas de Virgilio fueron representadas varias veces en el teatro. Ovidio cuenta que, cuando, abatido, pasaba sus d√≠as de destierro en aquellas b√°rbaras y heladas tierras, recibi√≥ de un amigo la grata noticia de que sus poemas se bailaban en un teatro repleto y se aplaud√≠an sus versos. El sat√≠rico Juvenal recuerda el triunfo de La Tebaida que con hermosa voz recitaba Estacio, su autor, y recomendaba que fueran a escucharle. Y Horacio se lamenta de que la gente corriente prefiera a los autores antiguos, hasta el punto de ver apretada, en un teatro de Roma, a los dramaturgos Plauto o Terencio, que hab√≠an vivido tres siglos antes, mientras odia y desprecia a los contempor√°neos.

Sin duda, este espect√°culo de leer obras en p√ļblico fue un eficaz procedimiento de difusi√≥n de los libros, en la medida en que en Roma la lectura no era tarea f√°cil. Aun pensando que la escritura de la mayor√≠a de las obras no fuera cursiva o semicursiva, letras dif√≠ciles de entender, a partir del s. I, se puso de moda la escritura continua, sin separaci√≥n de palabras, lo que requer√≠a un notable esfuerzo para no hacer falsos cortes y para la comprensi√≥n del texto, que no todo los lectores estaban dispuestos a realizar.

4.  otros lectores: el libro de divertimento
Ahora bien, con ser muy habituales estas lecturas p√ļblicas, no sustitu√≠an a la lectura individual, aquella que se hace con un libro en las manos. Tal vez, los testimonios de este tipo de lectura resulten menos expresivos, pero leer en solitario lo har√≠a Cicer√≥n en sus casas de Formia o de T√ļsculo, como lo har√≠an todos los escritores citados y los amigos a quienes estos enviaban sus libros, bien para que los corrigieran o para amenizar las horas libres.
Los autores sol√≠an tambi√©n regalar sus obras a los amigos que viajaban o estaban lejos de Roma, as√≠ leemos que hizo Marcial cuando regal√≥ a su amigo Flavo, que marchaba a B√≠lbilis, el pueblo del poeta, el √ļltimo libro de sus epigramas, para que se distrajera durante la traves√≠a en barco. No imaginamos a Flavo sino disfrutando del libro individualmente.

Del mismo modo leer√≠a en solitario Julio Floro que, en tierras de Germania y Panonia, donde se encontraba en una misi√≥n con el emperador Tiberio, se queja de que Horacio tarde tanto en mandarle sus √ļltimas obras l√≠ricas. Y leer√≠a para s√≠ mismo el centuri√≥n que hojeaba el libro de Marcial en las heladas tierras g√©ticas.

Y, sobre todo, lectura individual parecen hacerla las mujeres: la casta Lucrecia que delante de su marido se ruborizaba y dejaba de leer las picantes bromas de los epigramas del poeta bilbilitano y Licisca, a quien este mismo poeta le dedica versos para que, una vez le√≠dos, enrojezca y se encolerice; y Pola, la mujer de Lucano, a la que este le escribe: ¬ęPola, reina m√≠a, si coges mis libritos no recibas mis bromas con ce√Īo fruncido¬Ľ. Y la propia mujer de Plinio que lee y relee las obras de su marido.¬†

Un tipo de lectura  así es la que pide Apuleyo  para su Asno de Oro, al comienzo del cual invita al lector a leer su novela lepido susurro, es decir, con un agradable susurro.

Entre estos lectores ya no se ven solo unos lectores cultos o cult√≠simos, porque tambi√©n hab√≠a en Roma lectores mucho menos preparados, como ese centuri√≥n y quiz√° alguna de estas mujeres. Se sabe que existi√≥ un p√ļblico lector que fue aumentando progresivamente desde el siglo II a.C. hasta los primeros siglos del imperio. Un p√ļblico minoritario, pero suficientemente amplio como para poder mantener una producci√≥n literaria y librera de contenidos culturales variados; pues hab√≠a ido apareciendo un “p√ļblico de lectores nuevos”, un p√ļblico medio que alcanzaba incluso a la clase media-baja¬† y que, sin ser muy instruido, se distanciaba de la gran masa analfabeta que tambi√©n formaba parte de la sociedad romana. Entre ellos estar√≠a esa muchedumbre que nos da a conocer Cicer√≥n ( Cic., Tusc., IV, 3),¬† que, incapaz de distinguir la filosof√≠a de una falsa filosof√≠a m√°s f√°cil de comprender, enloquec√≠a por los libros del epic√ļreo Amafinio, o aquellos otros acerca de los que el orador latino se hace la siguiente pregunta:
“Y ¬Ņpor qu√© hombres de √≠nfima condici√≥n, que no tienen esperanza alguna en tomar parte en los asuntos p√ļblicos, e incluso los artesanos, se deleitan con la historia?” (Del supremo bien y del supremo mal,¬† IV, 3)

Todo, pues, nos indica que la filosof√≠a o la historia llegaban a las clases sociales m√°s bajas, a los semianalfabetos o analfabetos auditores que buscaban en ellas no tanto el provecho, como la satisfacci√≥n; no s√≥lo aprender, sino especialmente entretenerse con un libro y aliviar sus penas. Los libros de historia fueron siempre muy queridos por el pueblo romano. Plinio, un siglo m√°s joven que Cicer√≥n, proyectaba escribir un relato hist√≥rico y reconoc√≠a que el √©xito s√≥lo lo pod√≠a prometer, precisamente, la Historia, porque, escrita bien o mal, eso da igual, gusta. Ya que los hombres son curiosos por naturaleza y se dejan seducir por chismes y cuentecillos. El autor (o autores) de la Historia Augusta, que vivieron en el s. IV, reconocen que no escriben con un tono elevado, sino con sencillez y que, para satisfacer la curiosidad de sus lectores, lo que han pretendido es contar muchas cosas. No prometen elegancia, sino hechos. As√≠ que parece que los lectores de este siglo contin√ļan disfrutando con la biograf√≠a, las historias noveladas, o los ep√≠tomes de historia.

Y en estos siglos tardíos, los escritos apócrifos o los martirios y las vidas de los santos, que venían a ser una reelaboración de la literatura de entretenimiento pagana, con historias de viajes y aventuras y sucesos milagrosos, debían de ser libros muy leídos entre los cristianos. Cuenta Sulpicio Severo autor de la Vida de San Martín que un amigo suyo le decía:

“Nunca se aparta este libro de mi mano‚Ķ Te voy a contar c√≥mo apenas hay un lugar en el orbe de las tierras donde no se haya divulgado‚Ķ El primero en introducirlo en¬† Roma fue Paulino‚Ķ como se lo quitasen de las manos por toda la ciudad, vi a los libreros exultantes porque nada pose√≠an m√°s lucrativo. Con seguridad nada se hab√≠a vendido con mayor rapidez y m√°s caro‚Ķ Cuando llegu√© a √Āfrica ya se le√≠a por toda Cartago, √ļnicamente no lo ten√≠a aquel presb√≠tero de Cirene, pero cuando yo se lo proporcion√© lo copi√≥. ¬ŅY qu√© voy a hablar de Alejandr√≠a? All√≠ a todos les es m√°s conocido que a ti. Ha recorrido Egipto, Nitria y la Tebaida y todos los reinos de Menfis‚Ķ Hasta yo vi que en el desierto un viejo lo le√≠a‚Ķ” (Di√°logos, I, 23)

Pero retrocedamos al siglo I, cuando comienza a crecer el n√ļmero de lectores. Esos lectores an√≥nimos de los que Horacio sab√≠a que no pod√≠a prescindir, pero con los que se niega a ser amable o condescendiente y, por el contrario, a los que se dirige el rompedor Ovidio, el primer escritor moderno. √Čl revoluciona la relaci√≥n del autor con el p√ļblico; sus p√°ginas suponen la apertura, como ya he dicho, de un di√°logo entre el escritor y un p√ļblico general y desconocido, al que no considera de √©lite y al que llama con afecto populus, plebs o media plebs. Y se adapta a sus gustos y exigencias, pues para deleite y entretenimiento de esos lectores escribe. Para los que escribe tambi√©n sus epigramas Marcial, el poeta de lo cotidiano, que incluso les indica las librer√≠as donde pueden comprarlos, por ejemplo, en la librer√≠a de Atrecto de la v√≠a Argileto, frente al foro de C√©sar. O en la de Segundo, en el foro de la Paz, el foro de Vespasiano. Receptores muy diversos, de todas las capas sociales y que llegan al libro movidos exclusivamente por el placer o por el prestigio de la lectura. Compradores y oyentes de una literatura de evasi√≥n, de consumo.

Y entre esa literatura de evasi√≥n se hallaban los libros er√≥ticos, que le√≠an desde los m√°s cultos a los simplemente alfabetizados. Pues adem√°s de la elaborada poes√≠a er√≥tica de Ovidio, exist√≠a una literatura menor: los imp√ļdicos cuentos Milesios que entreten√≠an a los oficiales del ej√©rcito, como nos narra Plutarco, o los libros obscenos de la poetisa Elefantide (Mart., XII, 43), que deleitar√≠an a muchos y alegraban las veladas del emperador Tiberio en Capri¬† (Suet., Tib., 43). No faltaban tampoco los poetas “picantes”, como los de los “Priapeos”, ni los libros de astrolog√≠a y magia, ni manuales de cocina o de deportes o libros mist√©ricos y religiosos.
Ovidio, en una de sus Tristes, un entra√Īable libro de cartas escrito en su exilio, nos brinda una especie de bibliograf√≠a de tratados o libritos sobre actividades para el tiempo libre, una lectura did√°ctica y placentera a la vez que encontrar√≠a espacio en las casas de todos los estratos sociales y culturales: tratados sobre juegos de azar o sobre juegos de pelota; peque√Īos libros de nataci√≥n o dedicados al juego del aro; tratados de gastronom√≠a y de buenos modales; o libros sobre el cuidado de la cara y del cuerpo (Trites, II, 370-492). Todos ellos extraordinarios regalos para las Saturnales, del mismo modo que entre nosotros un libro de cocina, de fotograf√≠a o de bricolaje se convierte en un t√≠pico regalo de Navidad. Porque parece que en Roma el libro era un obsequio habitual en esas fiestas del mes de diciembre, las Saturnales, que el cristianismo transform√≥ en nuestras Navidades.

Por los fragmentos hallados en los papiros de Oxyrrinco, tambi√©n parec√≠an abundar en las librer√≠as libros en los que la imagen ocupaba el lugar principal, mientras el texto se reduc√≠a a un peque√Īo espacio. Algunos de ellos, de escaso valor literario, una especie de comic, como el volumen que relata los trabajos de H√©rcules, que recuerda las historias narradas en vi√Īetas.

Los testimonios que salpican aqu√≠ y all√≠ las obras que han llegado hasta nosotros nos permiten conocer la existencia de una literatura con la que disfrutaban los intelectuales romanos, las √©lites m√°s cultivadas, y otra, considerada inferior, de entretenimiento, demandada y apreciada por los menos instruidos. Si bien muchos de aquellos, lectores exquisitos, seguramente tambi√©n se acercar√≠an a esta literatura popular, y algunos de los iletrados ser√≠an capaces de leer, aunque con limitaciones, los textos m√°s elaborados de la gran literatura. As√≠, no es imposible pensar que novelas como el Satiric√≥n de Petronio, que ironiza sobre las costumbres y valores sociales de la √©poca, o el Asno de Oro de Apuleyo, una narraci√≥n aleg√≥rico- picaresca, gozaran de una circulaci√≥n transversal, destinada tanto a un p√ļblico culto, capaz de leer por encima de la literalidad del texto y de reconocer las referencias culturales y otras claves m√°s o menos veladas, como a un receptor de instrucci√≥n medio-baja, cuyo inter√©s se centrar√≠a, sin m√°s, en la intriga narrativa.

5.  las librerías
Este p√ļblico lector que fue en aumento en los tres primeros siglos del imperio, que constituyen la √©poca de mayor alfabetizaci√≥n de la civilizaci√≥n grecorromana, se extendi√≥ por todas las provincias y dio lugar al desarrollo del comercio librario. Ya hemos citado algunas librer√≠as de Roma, pero a√ļn conocemos m√°s, las que estaban en el barrio de Sigilario o en el de los Sandalarios,¬† y otras de Italia, como la que recuerda Aulo Gelio que encontr√≥ nada m√°s desembarcar en el puerto de Brindisi, en la que se vend√≠an a muy buen precio - tanto que le result√≥ sorprendente-, libros griegos de prodigios y narraciones fabulosas de autores de gran prestigio que se hallaban en un estado lamentable de abandono. Y compr√≥ un estupendo lote por una exigua cantidad. Este comercio floreci√≥ a partir de Augusto en todo el imperio. Marcial dice que sus libros se vend√≠an en la Galia, en Hispania, en Britania y hasta en la hermosa Viena. Y a Plinio le produjo gran alegr√≠a que sus libros se vendieran en Lyon donde desconoc√≠a que hubiera librer√≠as. De modo que estas informaciones que los distintos autores deslizan en sus textos prueban que los libros eran objetos deseados tanto en Roma como fuera de ella.
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6.  las bibliotecas
Pero a la par que aumentan las tiendas librarias aumentan las bibliotecas En √©poca imperial lleg√≥ a ser habitual que las casas de los m√°s ricos tuvieran su biblioteca. Entre los grandes escritores o intelectuales romanos hab√≠a aut√©nticos bibli√≥filos. Hemos visto a Aulo Gelio comprando libros. Cicer√≥n y su amigo y editor √Ātico no paran de llenar sus bibliotecas con libros que copian o compran o les regalan. S√©neca siente verdadera pasi√≥n por la suya; “el tiempo libre sin libros ‚Äďdice- es la propia muerte y sepultura de un hombre todav√≠a vivo”. Hab√≠a tambi√©n coleccionistas de manuscritos aut√≥grafos de los que nos habla otro Plinio, el Viejo, autor de una gran enciclopedia titulada “Historia Natural”. Y en el s. II se tienen noticias de personas que pagaban altos precios por los libros de autores ya considerados cl√°sicos como Cicer√≥n y otros, editados por √Ātico. Y Marcial, por su parte, confiesa que su primer libro de poemas en una edici√≥n de lujo ‚Äďpropia de bibli√≥filos- costaba cinco denarios (seg√ļn alg√ļn c√°lculo, ser√≠an unos 33 euros; 1 denario = 6¬ī60 euros); bastante dinero para un peque√Īo libro. Los libros antiguos eran los m√°s caros, muy valorados por determinados compradores; hay noticias de que algunos libreros poco honrados somet√≠an los rollos nuevos a un tratamiento especial que les amarilleaba, d√°ndoles un aspecto envejecido, libros que seguramente comprar√≠a m√°s de un nuevo rico para adornar su biblioteca.

Y ¬Ņd√≥nde le√≠an esos aficionados a la lectura a quienes su nivel de vida no les permit√≠a el lujo de tener una biblioteca en casa? ¬ŅEn las bibliotecas p√ļblicas? No tenemos noticias de ello, aunque s√≠ se conoce la existencia de estas bibliotecas. C√©sar intent√≥ crear una, pero no se lleg√≥ a abrir. La primera fue la de Asinio Poli√≥n. Augusto abri√≥ dos, una en el templo de Apolo, en el Palatino, y otra en el campo de Marte, y Vespasiano cre√≥ una en el foro de la Paz. A comienzos del siglo II hab√≠a en Roma 7 bibliotecas p√ļblicas y en el siglo IV se habla de 28 o 29. Y todas las provincias ten√≠an. Con todo, parece, por la informaci√≥n que tenemos, que las bibliotecas p√ļblicas se utilizaban no como espacio de lectura para todos, aunque para ellos se crearan, sino m√°s bien para consultar determinados pasajes o para buscar libros que no se encontraban f√°cilmente, y para discutir sobre ciencia o literatura; por tanto, eran frecuentadas, en realidad, por un p√ļblico erudito, por escritores o estudiosos. Quiz√° los lectores de obras de entretenimiento frecuentar√≠an m√°s bien las bibliotecas construidas junto a las grandes termas, de donde sacar√≠an libros que leer√≠an y comentar√≠an en los ba√Īos, lugares que constitu√≠an agradables √°mbitos de relaci√≥n social.

De manera que este paseo por los espacios de la lectura y de los libros en Roma nos brinda una perspectiva del libro como un objeto de satisfacci√≥n y placer. En primer lugar, para los escritores, porque les proporciona prestigio y fama imperecedera. Sin duda, el hecho de que un gran n√ļmero de romanos, en especial de las clases elevadas, se entregaran al goce de escribir a partir del s. I. d. C. se explica por el hecho de que los honores que, en tiempos de la Rep√ļblica, les procuraban la pol√≠tica o el ej√©rcito, ahora, sin guerras y con emperadores al frente del gobierno, se los procura la creaci√≥n literaria. Pero tambi√©n para los lectores el libro es un instrumento placentero. Para unos, porque entretienen sus ocios con ellos; para otros, porque adem√°s de llenar su descanso se convierte en un veh√≠culo de amistad, en un instrumento que teje redes de afectos e, incluso, resulta imprescindible en las relaciones sociales.

  1. EL LIBRO Y SUS PELIGROS

1. plagios y ediciones piratas
Sin embargo, todo placer conlleva ciertos riesgos y peligros y estos no est√°n ausentes de los libros. Los primeros peligros afectan a los propios autores, pues, una vez que un escritor ha decidido que un libro est√° terminado y da v√≠a libre a su difusi√≥n, pierde en mayor o menor medida el control sobre el mismo y el libro puede verse sometido a diferentes avatares. No est√° exento de la manipulaci√≥n o del plagio, puesto que ya no le pertenece al escritor, pues en Roma no exist√≠an derechos de autor. No resulta dif√≠cil, entonces, que alg√ļn desaprensivo se apropie de una obra ajena y la difunda como suya, lo que hac√≠a un tal Fidentino con los versos de Marcial, al que el poeta irritado le dedica m√°s de un epigrama:
“Te imaginas, Fidentino, que eres poeta gracias a mis versos y deseas que te tomen por tal. As√≠ es como Aegle se cree con bella dentadura despu√©s de comprarla postiza‚Ķ” (Epigramas, I, 7)

Ni tampoco resulta extra√Īo que un librero edite libros sin el permiso del autor, de lo que se lamenta Quintiliano, porque se han difundido sus discursos sin las correcciones pertinentes. Estas ediciones piratas, llevadas a cabo por libreros, eran bastante corrientes en Roma, sol√≠an ser de baja calidad y se vend√≠an baratas.

2.  los libros no vendidos
Por supuesto, el fracaso es para un autor el peor de los peligros. Son varios los escritores latinos que se duelen del posible destino que puedan tener sus obras. Horacio manifiesta un singular recelo a que sus libros no gusten a muchos, por eso no quiere que se vendan en las librer√≠as, porque piensa que el vulgo no sabe apreciarlos y, si no se venden, acabar√°n exportados a provincias, en el mejor de los casos, o comidos por las polillas, como pronostica con iron√≠a que le pueda suceder a su primer libro de Ep√≠stolas. Aunque todav√≠a caben otros destinos para las obras que nadie compra, por ejemplo, que los ni√Īos pintarrajeen en su dorso o convertirse en envoltura de salazones, caballas o atunes, como vimos que nos dec√≠a Marcial:
“Date prisa en buscarte un protector no sea que te lleven a la ahumada cocina y tus hojas a√ļn h√ļmedas sirvan de envoltura a las cr√≠as de at√ļn o te conviertas en cucurucho para el incienso o para la pimienta” (Epigramas, III,2)

El servir de cucuruchos para pescado, ya sea tópico literario o realidad, es un fin del que nos hablan romanos de muy distintas épocas. La decepción y sinsabor del fracaso literario en Roma no se debía tanto a razones económicas, pues de la literatura solo podía vivir aquel que era rico o estaba apadrinado por un generoso mecenas, como a no poder llegar a alcanzar la fama y el prestigio social tan ansiados por quienes se entregaban a la creación literaria. Algo que no difiere mucho de lo que puede suceder hoy.

3.  la bibliomanía: falsos bibliófilos
Otro peligro fue la biblioman√≠a o, dicho de otro modo, los falsos bibli√≥filos. En la medida en que el libro era un objeto deseado porque proporcionaba conocimientos goce y diversi√≥n, pero igualmente porque era un signo de prestigio social y de riqueza, existieron entre los romanos bibli√≥filos aut√©nticos y falsos bibli√≥filos. Y estos √ļltimos, sin duda, constitu√≠an una amenaza para los libros y para la lectura. Eran esos nuevos ricos, que retrata Petronio en el Satiric√≥n, atra√≠dos m√°s por la forma que por el contenido de los vol√ļmenes; los mismos que comprar√≠an en tiempos de Catulo (s. I. a.C.) los libros de Sufeno, un poeta grosero, pero que escrib√≠a en papiros de primera calidad, en rollos nuevos con lomos flamantes, cordones rojos para los estuches y todo rayado a plomo y alisado con la piedra p√≥mez (Catulo, 22), ¬†haciendo de ellos decorativos adornos para las bibliotecas de sus casas. Y los mismos a quienes un siglo m√°s tarde critica S√©neca con estas palabras:

“‚Ķpara muchos que ignoran hasta las primeras letras los libros no son herramientas del saber, sino adorno de salones (‚Ķ) ¬Ņqu√© raz√≥n ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† tienes para disculpar al individuo que se hace con estantes de cedro o ¬†¬†¬†¬†¬† marfil y busca las obras de autores desconocidos o mediocres ¬†¬†¬†¬†¬† mientras bosteza entre millares de vol√ļmenes y se recrea a lo sumo ¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† en los lomos y en los t√≠tulos? As√≠ pues, en casas de las personas m√°s desidiosas ver√°s las obras completas de oradores, de historiadores en estanter√≠as que llegan hasta el techo.”
Y contin√ļa reproch√°ndoles que consideren la biblioteca como un adorno indispensable de la casa, como tener ba√Īo fr√≠o y caliente, y que compren las codiciadas obras de los grandes talentos para ornamento y decoraci√≥n de las paredes. (De la serenidad del esp√≠ritu, 9, 1-7).
Esta acumulación de libros como mero signo de distinción y de riqueza, fue siempre criticada por los auténticos lectores, como hace el poeta Ausonio, nacido en Burdeos en el s.IV, en este poema que dedica a un tal Filomuso:
“Has comprado libros y llenado los estantes, Filomuso:
¬Ņcrees que est√°s educado gracias a ellos, que eres culto ya?
Si hoy te compras cuerdas, lira y plectro,
¬Ņcrees de verdad que ma√Īana te pertenecer√° el reino de la m√ļsica?

4. el libro, molesto asunto de compromiso.
El libro pod√≠a convertirse tambi√©n ‚Äďy este era otro peligro- en un asunto de compromiso, no siempre agradable; en ocasiones, incluso molesto. Hemos visto de qu√© modo entre los latinos el libro se hallaba vinculado a la amistad, pero la tarea de leer el libro de un amigo resultaba algo muy gustoso unas veces, como nos contaba Plinio, e insufrible, otras.

Escuchar o leer el libro del amigo podía llegar a ser un trabajo bastante pesado. Marcial dedica a Ligurino, famoso por invitar a cenar a sus íntimos sólo para leerles sus composiciones, este sarcástico epigrama:

“El verdadero motivo y no otro, de invitarme a cenar a tu casa, Ligurino, es tu empe√Īo en leerme tus versos. Nada m√°s quitarme las sandalias, en medio de las lechugas y la salsa, se me ofrece un libro de gran tama√Īo. Nos leen un segundo libro, mientras esperamos el primer plato; se lee un tercero y todav√≠a no hemos probado los postres; y todav√≠a sigues leyendo un cuarto y un quinto libro. Si me sirvieras tantas veces un jabal√≠, ser√≠a insoportable. ¬°Pues como no regales tus malditos versos a las caballas, vas a cenar t√ļ solo en tu casa, Ligurino”! (Epigramas, III, 50).

Su contempor√°neo Juvenal parece tomarse ante sus pl√ļmbeos amigos escritores una peque√Īa venganza con su libro de s√°tiras. Si nos fijamos en su comienzo, parece decirles “Ahora vais a ver lo que os espera”:

“¬ŅSiempre voy a ser yo un mero oyente? ¬ŅNunca me voy a desquitar, aunque me haya atormentado tantas veces un Cordo enronquecido con la lectura de su ¬ęTeseida¬Ľ? ¬ŅImpunemente me habr√°n hecho perder el d√≠a entero un voluminoso ¬ęT√©lefo¬Ľ o un ¬ęOrestes¬Ľ, escrito apretadamente incluso en el margen superior ‚Ķ”¬† (S√°tiras 1 1-6).

Pero si la lectura en Roma estaba √≠ntimamente ligada a la amistad, no hay que olvidar que se hallaba tambi√©n estrechamente unida a la vida social. Una lectura era para muchos un espacio de relaci√≥n, sobre todo, esas lecturas p√ļblicas que se institucionalizaron en el imperio y que resultaron ser un aut√©ntico fen√≥meno sociocultural. Esa costumbre que, al parecer introdujo y puso de moda Asinio Poli√≥n y, tras las guerras civiles, en medio de cierta ociosidad pol√≠tica, llev√≥ a las clases altas, y poco a poco a las menos altas tambi√©n, a disfrutar e incluso a apasionarse por la literatura, hasta el punto de transformarse en un entretenimiento exigido por el p√ļblico. El √©xito de tales reuniones culturales fue inmediato y se extendi√≥ a trav√©s de los a√Īos, llegando a convertirse en un inmejorable medio de entablar relaciones y pasar el rato con los amigos. Pero el √©xito, de un lado y, de otro, ese “ir a pasar el rato con los amigos” o asistir por compromiso condujo a que estas lecturas colectivas de libros fueran causa de males y ofensas tanto para las obras como para los autores.

De ahí la indignación que le causó a Plinio la pasividad de ciertos oyentes que asistían a la lectura ofrecida por un amigo. Y que le hace exclamar:
“Se le√≠a un libro absolutamente perfecto, dos o tres auditores, muy expertos, seg√ļn les parec√≠a a ellos mismos y a unos pocos, lo escuchaban como sordo-mudos, ¬°ni un movimiento de labios, ni un ¬†¬†¬† gesto de manos, no se levantaron ni una vez! ¬°Qu√© gravedad! ¬°Qu√© sabidur√≠a!, mejor digamos ¬°Qu√© indiferencia, qu√© insolencia, qu√© siniestrez!, emplear un d√≠a entero en ofender, en dejar como enemigo al que era √≠ntimo amigo cuando llegaron.” (Cartas, VI, 17,2)

Y, si esta pasividad indigna a Plinio, no le enfada menos el desinterés mostrado por muchos otros, que revela que su asistencia a las salas de lectura estaba motivada no por la curiosidad, el deseo de saber  o el gusto de escuchar una nueva obra, sino, más bien, por dejarse ver, o por puro compromiso, al haber sido invitados. Plinio, nuestro cronista para estas celebraciones, nos describe la actitud y mala educación de estos lectores-auditores:

“La mayor√≠a¬Ľ -dice- ¬ęse sientan en unas salitas y, mientras se ofrece la lectura, charlan. De vez en cuando, preguntan si ya ha llegado el lector, o si ha pronunciado el prefacio, o si la lectura est√° ya muy ¬† avanzada. Entonces, s√≥lo, entonces, entran, sin prisa y vacilantes; ni ¬† siquiera se quedan hasta el final, unos se van con disimulo y ¬†¬†¬†¬†¬† procurando no ser vistos; otros lo hacen abiertamente y sin verg√ľenza.” (Cartas, 1, 13)

Sin duda, la situaci√≥n pol√≠tica hab√≠a influido y modificado la actividad literaria. Una literatura comprometida fue dejando paso a otra m√°s artificiosa, a una literatura de sal√≥n que dio lugar a la expansi√≥n de las recitaciones que tanto impacto causaron. Un a√Īo fue tal la producci√≥n de poetas que durante todo el mes de abril apenas pas√≥ un d√≠a sin que se hiciera una lectura p√ļblica. Y la moda llev√≥ al abuso, y √©ste desemboc√≥ en el deterioro y disminuci√≥n de la calidad literaria en atenci√≥n a la demanda. Se perdi√≥ originalidad en favor de lo ya conocido, por temor a que la innovaci√≥n no gustara al p√ļblico; los escritores parecen servirse de un cat√°logo de im√°genes y met√°foras t√≥picas que hacen que el estilo de cada uno pierda identidad y espontaneidad. La moda de lecturas de sal√≥n trajo igualmente consigo la incapacidad de distinguir entre buenos y malos autores, todo lo cual despert√≥ la irritaci√≥n de los m√°s cr√≠ticos.

5.  la censura
Y entre los peligros del libro ‚Äď y con √©l termino- el m√°s violento, ciertamente, fue la censura. Un libro es un arma muy potente. Quien lee un libro sufre el riesgo de no ser ya el mismo; con la lectura realiza un viaje, un camino que le transforma en alg√ļn otro. Por ello, la capacidad de seducir, de convencer de contagiar ideas que un libro posee no ha escapado nunca a aquellos que detentan el poder. As√≠ que de manera m√°s o menos vehemente e implacable, seg√ļn quien gobernara, la antig√ľedad romana ejerci√≥ la censura literaria.

Durante la Rep√ļblica puede decirse que se disfrut√≥ de libertad para expresar de palabra o en escritos ideas de car√°cter pol√≠tico: La represi√≥n en estos a√Īos fue, sobre todo, de tipo religioso y no tanto dirigida a atacar los fundamentos de la religi√≥n romana, como a los rituales. Los libros que se destruyeron eran aquellos que trataban de nuevos ritos de adivinaci√≥n y de pr√°cticas m√°gicas.

A partir del principado de Augusto, un sutil procedimiento de censura fueron las bibliotecas p√ļblicas, pues a trav√©s de ellas se ejerc√≠a un control sobre los libros. En sus estantes solo se encontraban las obras que los emperadores quer√≠an, nada que no les agradara se guardaba entre sus paredes. De ello da buena cuenta el poeta Ovidio, al que Augusto conden√≥ al exilio a causa, seg√ļn el propio poeta confiesa,¬† de un error y de un libro: El arte de amar. √Čl mismo dice: “mis poemas hicieron que el C√©sar condenara mi persona y mis costumbres a causa de mi Arte, (se refiere al arte de amar) cuya desaparici√≥n ha sido ya ordenada”

A pesar de la confesi√≥n de Ovidio, se cree que el libro fue un mero pretexto y que el castigo se debi√≥ a alg√ļn asunto personal que afectaba al emperador. Con todo, sus libros y, sobre todo, el Ars amandi se retiraron de las bibliotecas.¬†

El periodo imperial que va del s. I al IV d. C. ofrece altibajos en el ejercicio de la censura en funci√≥n de sus dirigentes. En la dinast√≠a Julio-Claudia fue, sin duda, Tiberio el mayor represor y su dura censura fue fundamentalmente de car√°cter pol√≠tico; muchos literatos cayeron por escribir poemas infamantes (los carmina probrosa) contra el emperador. Por esto Elio Saturnino fue precipitado desde el capitolio y se quemaron sus libros igual que los de los otros condenados. En el reinado de Tiberio se orden√≥ la cremaci√≥n de todas las obras de Cremucio Cordo, autor de unos Anales o Historia de los hechos de Augusto, en los que denominaba como “√ļltimos romanos” a Bruto y Casio, por lo que se le acus√≥ de un delito de lesa majestad, lo que supuso un gran esc√°ndalo. In√ļtil quema, pues Marcia, la hija de Cremucio ten√≠a escondido un ejemplar que fue publicado en tiempos de Cal√≠gula y los escritos de Cordo fueron le√≠dos con avidez en generaciones posteriores, seg√ļn cuenta Quintiliano.

Entre los Flavios, fue Domiciano el censor m√°s f√©rreo. Su reinado, como hombre culto, promet√≠a tranquilidad para las letras, sin embargo, tom√≥ como modelo a Tiberio, cuyas memorias le√≠a con pasi√≥n, y persigui√≥ duramente a los escritores: quem√≥ los libros de los estoicos a los que expuls√≥; conden√≥ a muerte a dos escritores ‚Äď Junio Aruleno R√ļstico y Herennio Seneci√≥n- y mand√≥ quemar p√ļblicamente los libros de estos en el foro porque hab√≠an escrito unas biograf√≠as elogiosas de dos opositores suyos.

El siglo II es una √©poca ilustrada y de liberalismo pol√≠tico, pero de quiebra de la religi√≥n tradicional precipitada por la entrada en Roma de nuevas o desconocidas creencias, el juda√≠smo, el cristianismo y otras religiones mist√©ricas que se difunden con enorme rapidez, y cuyos escritos se convertir√°n en el blanco de la censura de este siglo y de los siglos posteriores Se contin√ļan persiguiendo los libros de magia, siempre perseguidos en Roma, y muchas veces confundidos con textos de car√°cter religioso. El emperador Septimio Severo requis√≥ todos los “libros sagrados”, esto es, todos aquellos que consideraba que encerraban alguna doctrina secreta y los escondi√≥ en el sepulcro de Alejandro Magno para que nadie pudiera leerlos; eran libros de ritos religiosos, de magia, de astrolog√≠a, de alquimia y, seguramente, tambi√©n estar√≠an entre ellos los libros de los jud√≠os y las “Sagradas Escrituras”, pues en opini√≥n de muchos romanos todos ven√≠an a ser semejantes. Esta censura religiosa nos llevar√≠a demasiado lejos y va m√°s all√° de lo que nos ocupa. Se puede concluir que la censura en Roma se ejercit√≥ especialmente sobre la religi√≥n, la pol√≠tica, la superstici√≥n y la pseudociencia; es decir, apenas se practic√≥ directamente sobre la literatura, pero repercuti√≥ en ella y, sobre todo, en determinados g√©neros literarios (oratoria, filosof√≠a, historia). La censura no dio lugar a una p√©rdida de libros irreparable, pero s√≠ alter√≥ la selecci√≥n natural de la obras y “false√≥ el gusto de los lectores”, pues, por un lado, los libros prohibidos despertaban curiosidad y eran le√≠dos m√°s por el morbo de la prohibici√≥n que por su aut√©ntico valor y, por otro, la censura condicion√≥ la obra de algunos escritores temerosos de cualquier tipo de represi√≥n.

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