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"EL LIBRO EN ROMA: PLACER Y PELIGRO
EL LIBRO, OBJETO DE PLACER"


Carmen Gallardo (Universidad Autónoma de Madrid)

                                               1

Me gustar√≠a empezar recordando una curiosa novela hist√≥rica de fines del XVIII que se presentaba a sus lectores -ahora hace algo m√°s de dos siglos, es decir, a pocos decenios del descubrimiento y las primeras lecturas de los papiros hallados en¬† Herculano-, como un antiguo texto sustra√≠do de manera furtiva de la misteriosa biblioteca de textos griegos reci√©n rescatada . Su t√≠tulo, en la traducci√≥n espa√Īola de la √©poca, ya lo avisa: Viajes de Antenor¬† por Grecia y Asia con nociones sobre Egipto, manuscrito griego de Herculano que tradujo a la lengua francesa Etienne Fran√ßois Lantier. (El texto franc√©s¬† se public√≥ en Par√≠s en 1797, y muy pronto, sin duda por su gran √©xito editorial, se¬† tradujo¬† al espa√Īol. Lo hizo D. Bernardo Mar√≠a de la Calzada, en 1802, en tres tomos en su primera edici√≥n. Calzada era un traductor ilustrado, que ya hab√≠a vertido a nuestra lengua, entre otros autores, a Voltaire, Diderot y Condillac, y ¬†una novela prerrom√°ntica muy significativa: Pamela de Richardson).

Muy pronto comentaba, en carta a un amigo, en 1799, el agudo y buen helenista Paul Louis Courier: "El Antenor es una necia imitaci√≥n del Anacarsis, es decir, una obra mediocremente escrita y mediocremente sabia, dicho sea entre nosotros..." (Siguen unas l√≠neas en que Courier critica duramente ese tipo de novelas sobre la Antig√ľedad, puestas de moda en Europa por el fulminante √©xito de la narraci√≥n novelesca y erudita del abate J. J. Barth√©lemy, Viaje del joven Anacarsis por Grecia, de 1789). "Por lo dem√°s, -agregaba luego Courier- la historia del manuscrito supuesto, encontrado entre los de Herculano, no es menos torpe que la misma obra."
Pero no era tan torpe, en mi opinión, por lo menos en algunos detalles;  ya que ofrecía noticias curiosas por su novedad, en lo tocante a la excavación de Herculano y el hallazgo de muchos papiros, aunque, en efecto, la presencia en ellos de una ficción novelesca nos resulte disparatada desde un punto de vista histórico. El truco del "manuscrito reencontrado", bien sea en una tumba o  en una vieja biblioteca, tiene acreditados y lejanos  antecedentes. Lo usaron ya los antiguos Dares y Dictis en sus Crónicas Troyanas, Fray Antonio de Guevara en su Marco Aurelio, y lo harán mucho más tarde novelistas como Jan Potocki y Umberto Eco, entre otros. Pero aquí, a finales del siglo XVIII,  evocar los papiros de Herculano lo revestía de una nota de actualidad. 

En Herculano surg√≠an a la luz nuevos textos antiguos, y esos papiros carbonizados permit√≠an albergar esperanzas de hallar en ellos poemas o relatos de memorias. Desde luego, al avanzar las lecturas de los rollos carbonizados se deshizo esa expectativa y se hizo evidente que aquella era una biblioteca especializada en textos griegos filos√≥ficos, en su mayor√≠a epic√ļreos.1 Eso lo sab√≠a ya tambi√©n el taimado Lantier, pero no le pareci√≥¬† un obst√°culo para dejar de apoyar¬† su ficci√≥n rom√°ntica en el viejo truco. De ah√≠ el inter√©s de su pr√≥logo en que el fingido traductor franc√©s cuenta su visita a Herculano y su singular hallazgo.

"Viajando por¬† la Italia, llegu√© a N√°poles, y lo primero que hice fue visitar aquel famoso Vesuvio, cuya erupci√≥n primera¬† se verific√≥, seg√ļn algunos autores, bajo el imperio de Tito, a√Īo 619 de nuestra era, costando la vida al c√©lebre Plinio. A mi vuelta quise ver el Herculano, esto es, aquella ciudad¬† que acababan, por decirlo as√≠, de desenterrar. Baj√© a la luz de algunas hachas, a aquella habitaci√≥n de los Gnomos, hundida en tierra cerca de ochenta pies; pero la humedad, la frescura y el humo de las hachas, abreviaron mi paseo...".

Ya albergado en Nápoles,"enamorado de la amenidad de aquel sitio", Lantier observa en el museo los restos de la  excavación y la colección reunida allí de los papiros: "Recorriendo el museo del  Rey (que estaba lleno de cuanto se había desenterrado del Herculano, hasta nueces, huevos, y pan) vi a unos hombres ocupados en descifrar algunos manuscritos, casi ya pulverizados. Eran unos rollos cilíndricos, muy parecidos a los del tabaco. Costó muchísimo desenrollarlos. Sirviéronse, para aquella operación, de un bastidorcillo de tapicería inclinado, sobre el cual se extendían, por medio de tornillos, aquellos pergaminos  negros y acribillados, que se forraban con un lienzo o papel grasiento. Así que descubrían alguna palabra, la escribían, y adivinaban lo que no podía leerse  por la palabra antecedente y la subsiguiente. No había puntos ni comas; pero la inteligencia y sabiduría de los comisionados lo suplía todo.

Como yo admirase aquel trabajo ingenioso, me dijo el abate Spalatini... que aquellos rollos se habían sacado de las ruinas del Herculano, que era una ciudad enterrada, diez y siete siglos había, bajo la lava del Vesuvio.

- "Nos lisonje√°bamos, continu√≥ Spalatini, de hallar, entre estos escombros, los fragmentos que nos faltan de tantos autores celebrados, como de Polibio, de Dionisio de Halicarnaso, de Diodoro de Sicilia, de Tito Livio, etc√©tera; pero, en vez del oro que buscamos, s√≥lo hemos recogido, hasta ahora, un mineral median√≠simo, esto es, algunos libros griegos sobre la m√ļsica, la medicina, la moral y la ret√≥rica."

Rogu√©le que me permitiese recorrer aquellos antiguos trozos. Vi un rollo voluminos√≠simo, en el idioma griego, cuyo t√≠tulo era: Viages de Antenor por Grecia y Asia. Pregunt√© al Abate ¬Ņconoc√≠a aquella obra? -" No tengo tiempo, me respondi√≥, para leer tanto f√°rrago, dejando aparte que es de un autor muy poco conocido..."¬†

En fin, el narrador logró que el abate le prestase ese voluminoso rollo y se lo llevó, primero a Nápoles y luego a París, donde con ayuda de un amigo "versadísimo en  el griego" y "de profunda erudición" logró traducirla por entero. Así que publica su traducción con el fin de ofrecer información sobre los antiguos y "aventuras amorosas".2 

El motivo para recordar esta curiosa y hoy olvidada novela -de un temprano romanticismo, anterior a Los m√°rtires de Chateaubriand- es advertir c√≥mo el pr√≥logo atestigua una visita dieciochesca a Herculano y las impresiones de un turista de la √©poca sobre las excavaciones y los papiros. Recordemos que otro viajero, un brit√°nico,¬† escribir√°, unos cuarenta a√Īos despu√©s, tras visitar las ruinas cercanas de Pompeya y pasar unos d√≠as en N√°poles, otra novela hist√≥rica mucho m√°s famosa: Los √ļltimos d√≠as de Pompeya .¬† El joven Edward Bulwer-Lytton la escribi√≥ en 1834. (Y algo antes otro¬† rom√°ntico ingl√©s, Thomas Moore, redact√≥ otra novela hist√≥rica con t√≠tulo y entramado muy interesantes: El epic√ļreo, 1827, donde tambi√©n acude en su pr√≥logo al truco del manuscrito encontrado3).¬† A diferencia de la novela de Bulwer-Lytton, la evocaci√≥n de Lantier de su¬† visita a Herculano nada tiene que ver con la trama de su novela de viajes y amores por el antiguo mundo griego y egipcio. Es s√≥lo un reclamo prologal para darle una nota de actualidad: el supuesto traductor ha visto Herculano y ojeado sus papiros. Y advierte que, a excepci√≥n del grueso rollo mencionado, trataban temas no literarios: "de m√ļsica, medicina, ret√≥rica y moral". Eran s√≥lo una colecci√≥n de tratados filos√≥ficos.¬†¬†¬†¬†¬†¬†

                                               2
Para desilusi√≥n del citado novelista y de otros clasicistas de la √©poca no se encontr√≥, entre aquellos cientos de papiros carbonizados, ninguna obra cl√°sica perdida ni textos po√©ticos o literarios de excepcional trascendencia. Todos los textos estaban escritos en griego y en prosa, y, seg√ļn pudo observarse pronto, eran fragmentos de una biblioteca especializada en esos temas aludidos: moral, ret√≥rica, m√ļsica, po√©tica, y religi√≥n y filosof√≠a, y casi todos redactados por autores de la escuela epic√ļrea. La¬† mayor√≠a de esos tratados filos√≥ficos pertenec√≠an al legado de un fil√≥sofo epic√ļreo del s. I a. C.: Filodemo de G√°dara, contempor√°neo de Cicer√≥n, bien conocido por algunas referencias de √©ste como √≠ntimo de L.C. Pis√≥n . (Y tambi√©n¬† como poeta autor de varios epigramas er√≥ticos recogidos en¬† la Antolog√≠a Palatina). La llamada "Villa dei Papyri", magn√≠fica residencia de la ilustre familia romana de los Pisones, hab√≠a acogido durante bastantes a√Īos a este exiliado¬† fil√≥sofo helen√≠stico y su espl√©ndida biblioteca. All√≠ dej√≥ √©l tanto los libros que escribi√≥ como los que hab√≠a reunido en Atenas. Y no deja de ser curioso el que no se hayan encontrado a la par algunos textos de autores latinos. (Acaso la "Villa" pudo albergar una biblioteca latina paralela¬† no excavada a√ļn, como sospechaba M.Gigante). En todo caso, es obvio recordar que los romanos educados y de cierta cultura manejaban muy familiarmente el griego, o al menos lo le√≠an. Y en esa √©poca el griego segu√≠a siendo en la cultura romana, y sobre todo en el sur de Italia, el idioma can√≥nico de la filosof√≠a.¬†

La espl√©ndida Villa de Herculano perteneci√≥ a Lucio Calpurnio Pis√≥n Cesonino, que fue c√≥nsul en el a√Īo 58, y proc√≥nsul en Macedonia en el 68, de donde al parecer se trajo como bot√≠n numerosas estatuas griegas, por lo que fue acusado por Cicer√≥n en su c√©lebre discurso Contra Pis√≥n. Aunque fue condenado, lo liber√≥ m√°s tarde su yerno, Julio C√©sar. En efecto, la tercera y √ļltima esposa de C√©sar, Calpurnia, era hija del rico protector de Filodemo, con quien le uni√≥ una duradera amistad.4 (La amistad entre el patrono y el fil√≥sofo y poeta griego, que atestigua bien un amable poema de Filodemo, puede parangonarse tal vez con la que el poeta Horacio mantuvo con el noble Mecenas). A este Lucio Pis√≥n lo sucedieron, como propietarios de la Villa herculanense, su hijo Lucio Pis√≥n Pont√≠fice (representado en un busto encontrado all√≠) y los dos hijos de √©ste, Cneo y Lucio, a los que Horacio dedic√≥ m√°s tarde su Ars Po√©tica o Epistola ad Pisones.¬†¬†

Filodemo hab√≠a nacido en G√°dara, en Siria, hacia el 110 a. C., pero ya de joven march√≥ a Atenas para completar su educaci√≥n y escuchar las lecciones del epic√ļreo¬† Zen√≥n de Sid√≥n. All√≠ se form√≥ y probablemente escribi√≥ sus primeros poemas, y m√°s tarde, tal vez bajo la protecci√≥n de Pis√≥n, se traslad√≥ a Roma y de all√≠ a Herculano. En la Campania, en el golfo de N√°poles,¬† se hab√≠an instalado otros fil√≥sofos de la escuela epic√ļrea: Pompilio Andronico, tambi√©n sirio, en Cumas, y Sir√≥n , amigo de Filodemo,¬†¬† que fue un tiempo maestro del joven Virgilio, en Posilipo. Mientras la ruidosa, triunfal y monumental Roma se manten√≠a como el centro de la agitada pol√≠tica de una Rep√ļblica de afanes imperiales y continuos conflictos b√©licos, en esa hermosa zona costera de Campania muchos ricos se√Īores hallaban un ameno y refinado retiro, como era el caso de Pis√≥n, en sus principescas mansiones: en Bayas, Cumas, Posilipo y Herculano.

Lejos de la urbe tumultuosa all√≠ se pod√≠a disfrutar de una retirada vida, no carente de lujos, y mantener banquetes amistosos y conversaciones filos√≥ficas, entre libros, estatuas y jardines, y con espl√©ndidas vistas marinas. En ese grato ambiente pod√≠a cultivar, cada uno a su modo, un amable epicureismo gustando de la amistad y la cultura y observar con √°nimo sereno el rudo embate de las tormentas de la pol√≠tica. Como quien ve las tormentas desde un tranquilo retiro, seg√ļn las palabras del proemio del epic√ļreo Lucrecio¬† en De rerum natura, el gran poema compuesto por esos a√Īos: entre el 65 y el 57 a. C. La amistad de Filodemo con Pis√≥n fue aprovechada por Cicer√≥n, en su discurso Contra Pis√≥n, en el a√Īo 55, para difamar a su adversario pol√≠tico, al asociarlo con el epicureismo y su √©tica hedonista mal considerada por los conservadores¬† romanos, que prefer√≠an la ret√≥rica estoica y su √©nfasis en la virtud y los deberes patrios. Cicer√≥n acusa a Filodemo de ser un par√°sito de P√ģs√≥n, al que estimula en sus vicios. Pero m√°s tarde, olvidada la oportunidad para la calumnia, Cicer√≥n elogiar√° m√°s tarde a Filodemo, e incluso aprovecha la lectura de su libro Sobre la piedad para la exposici√≥n de las ideas epic√ļreas en su Sobre la naturaleza de los dioses.5 El epicureismo romano contaba con importantes figuras en la √©lite cultural a mediados del siglo I a. C., dejando atr√°s¬† una etapa de desconfianza y recelo hacia la secta que centraba la felicidad en el placer 6.¬† A su manera,¬† la espl√©ndida Villa de los Pisones emulaba, en su ambiente se√Īorial y placentero, el Jard√≠n¬† de Epicuro, aunque desde luego superaba enormemente en¬† lujo y belleza el austero kepos en las afueras de la antigua Atenas.¬†¬†¬†

                                               3
A diferencia de lo acontecido en la tradición secular de la filosofía estoica, que experimentó notables desvíos y correcciones en su decurso histórico e ideológico, de modo que hablamos con claro fundamento de  Estoa Antigua,  Media y  Nueva, como tres etapas guiadas por diversos maestros (Zenón y Crisipo, Panecio y Posidonio, Epicteto y Séneca, respectivamente), el epicureismo mantuvo siempre una admirable coherencia sin desviarse en nada de las  ideas básicas  de su fundador.

Pero esa fidelidad doctrinal no significa que, en la difusi√≥n de las mismas, en diversas √©pocas y para diversos p√ļblicos, no falten matizaciones y precisiones a√Īadidas para ajustar esas mismas ense√Īanzas a¬† nuevos contextos y situaciones. El epicureismo romano, o, mejor dicho, el epicureismo difundido por los fil√≥sofos griegos establecidos en el mundo it√°lico del siglo I a. C., ofrec√≠a algunos acentos distintos del mensaje de salvaci√≥n que Epicuro dise√Īara en la Atenas de fines del siglo IV y comienzos del III a. C. No en los dogmas fundamentales, pero s√≠ en el tratamiento de temas importantes, como el papel que cab√≠a dar a la cultura, el amor y la poes√≠a, como ingredientes en esa b√ļsqueda y conquista de la felicidad que es,¬† en definitiva, el objetivo final del filosofar para los epic√ļreos. Examinemos estos tres apartados en los que puede apreciarse, a primera vista, una aparente divergencia, entre las directrices del maestro del Jard√≠n y la actitud de un epic√ļreo como Filodemo, que escrib√≠a¬† unos dos siglos y medio m√°s tarde.

Tanto Cicer√≥n como m√°s tarde Plutarco acusaban a Epicuro¬† de enemigo de la cultura y la educaci√≥n refinada; y debemos concederles que no es dif√≠cil rastrear algunos textos de Epicuro que apuntan a un aparente menosprecio de la paide√≠a tradicional. Los dos m√°s famosos son dos breves felicitaciones.¬† Una dice: " Te considero feliz, Apeles, porque limpio de toda cultura te lanzaste a la filosof√≠a" (frg. 117 Usener)¬† y la otra reza:¬† "¬°Huye, bienaventurado, de toda educaci√≥n a velas desplegadas!" (frg. 163 Usener). (Tanto "cultura" como "educaci√≥n" traducen la prestigiosa palabra griega: paide√≠a). Recordemos que esa paide√≠a distingu√≠a al ciudadano culto, fuera cual fuera su origen, del "b√°rbaro" rudo. Pero conviene no sacar las m√°ximas epic√ļreas de su contexto.¬†

Pero lo que Epicuro enfatiza, con frases coloquiales y algo agresivas, es que la "educaci√≥n " tradicional no deb√≠a ser¬† un requisito previo a la tarea urgente de filosofar, algo que s√≠ cre√≠an presupuesto necesario los fundadores de otras escuelas, como Plat√≥n y Arist√≥teles. Seg√ļn √©l, cualquier edad es buena para buscar la felicidad y practicar, joven y sin trabas, la filosof√≠a. Ni m√°s ni menos.
Ahora bien, en el mundo romano dedicarse a¬† filosofar no era tarea espont√°nea, sino una actitud ligada a un aprendizaje cultural, es decir, era para ese p√ļblico refinado y de clase alta, un influjo¬† de la paide√≠a importada de Grecia, unido a una herencia y tradici√≥n helen√≠stica. Una biblioteca como la de Filodemo, y, sobre todo, sus eruditos y numerosos escritos de ampl√≠sima tem√°tica bastar√≠an para combatir el prejuicio y la acusaci√≥n de incultura. Como se√Īala muy bien M. Gigante, "Filodemo no niega¬† el dogma de Epicuro (sobre que la cultura no es un requisito para dedicarse a filosofar), pero piensa que la cultura¬† puede contribuir a la conquista de la felicidad, incluso si no es necesaria, y permite comprender desde un punto de vista hist√≥rico la herencia de la ense√Īanza de Epicuro... Su proyecto hist√≥rico y cultural revela la inteligencia del sabio que comprende los aspectos peligrosos de la propaganda antiepic√ļrea y quiere anular el prejuicio que los textos consagrados del Maestro parec√≠an sancionar¬† ¬†la lucha contra la cultura que no es necesaria para la felicidad." 7

Es muy significativo al respecto que Filodemo redactara, en diez libros, una historia de la filosof√≠a griega , con sus diversas escuelas, una Syntaxis t√īn philos√≥phon, que retoma la tradici√≥n doxogr√°fica y biogr√°fica que proviene del Liceo aristot√©lico y preludia la obra de Di√≥genes Laercio, Vidas y opiniones de los fil√≥sofos m√°s ilustres. Hemos conservado en algunos papiros de la Biblioteca fragmentos de esos libros, que indican la conciencia cr√≠tica de Filodemo respecto a la tradici√≥n de la filosof√≠a griega.8 El inter√©s de esta obra lo subray√≥ muy bien M. Gigante: "En cuanto a la naturaleza de la Syntaxis, se¬† puede¬† afirmar su car√°cter de gran manual "institucional": Filodemo inserta la escuela epic√ļrea¬† en la historia de la filosof√≠a griega, primero con el fin de dar una conciencia hist√≥rica no s√≥lo a los partidarios de la doctrina epic√ļrea, sino tambi√©n con la intenci√≥n de dar esa conciencia hist√≥rica a la sociedad cultivada de la capital, a la gran √©lite de Roma e Italia, a la clase dirigente romana que se hab√≠a formado y se formaba, hasta entonces seg√ļn la tradici√≥n acad√©mica de la que Cicer√≥n iba a ser el representante m√°s ilustre." 9 Filodemo presenta el epicureismo a la sociedad romana contrastando el legado de Epicuro con los de las otras escuelas filos√≥ficas, escribiendo sobre temas de m√ļsica, ret√≥rica, po√©tica, √©tica y religiosidad sin perder nunca de vista las l√≠neas maestras de las ense√Īanzas del maestro (resumidas en su Carta a Meneceo). Esos tratados que conocemos gracias a los papiros de Herculano -con las limitaciones evidentes del estado fragmentario de esos textos y nuestras lecturas de los mismos- ampl√≠an nuestra visi√≥n de la tradici√≥n de la doctrina epic√ļrea, tradici√≥n vivaz y siempre muy fiel a las ideas esenciales del Maestro del Jard√≠n, pero con ampliados horizontes. No s√≥lo en la pol√©mica con otras escuelas -con los estoicos¬† y los acad√©micos-, sino tambi√©n en la atenci√≥n a las cr√≠ticas y sugerencias de otros pensadores. De escritos¬† aristot√©licos, sobre todo; pero tambi√©n de los esc√©pticos, e incluso de los c√≠nicos quedan¬† reflejos en los epic√ļreos,¬† aportaciones puntuales y discutidas, pero¬† significativas.10 Filodemo escribi√≥ de algunos temas que no atrajeron a Epicuro, pero siempre mantuvo la perspectiva de aqu√©l, tanto al escribir de po√©tica como de ret√≥rica o de teor√≠a pol√≠tica.

Cuando pensamos en los muchos libros que escribi√≥11, as√≠ como tambi√©n hab√≠a escrito¬† much√≠simo Epicuro, podemos recordar la opini√≥n de √©ste, que recoge Di√≥genes Laercio al tratar de los rasgos propios del sabio epic√ļreo: "M√°s que los otros se alegrar√° en las investigaciones".12 Teorizar y conocer aporta un hondo placer: satisface un deseo natural y contribuye a una comprensi√≥n sin temores ni fantasmas de nuestra existencia.¬†¬† En otros pasajes Epicuro insiste en la importancia de investigar en el conocimiento de la naturaleza, para tener as√≠ ideas firmes sobre el mundo en que vivimos. Entre los textos de la biblioteca de Filodemo¬† estaba su extensa F√≠sica13, un¬† dominio cient√≠fico que a Filodemo no parece haberle interesado, en contraste con el fervor de Lucrecio por¬† la f√≠sica at√≥mica y la teor√≠a materialista del progreso y conocimiento.

                                               4
No deja de ser sorprendente que las dos figuras m√°s representativas del epicureismo en el mundo romano fueran ambos poetas. Aunque lo eran de modo diverso, como diverso era su temperamento. Porque¬† Epicuro -seg√ļn el citado texto de Di√≥genes Laercio (X, 120)- hab√≠a expresado un firme recelo ante la poes√≠a. Si bien¬† consideraba que s√≥lo el sabio pod√≠a disertar rectamente sobre m√ļsica y po√©tica, no ve√≠a bien que hiciera poemas. "S√≥lo el sabio puede tratar correctamente (orth√īs dial√©xesthai) de m√ļsica y po√©tica. Pero no se dedicar√° componer poemas".

Es decir,¬† un buen fil√≥sofo epic√ļreo pod√≠a demostrar su pericia profesoral como cr√≠tico o te√≥rico¬† (como lo har√≠a ejemplarmente Filodemo en sus De m√ļsica y Po√©tica y Sobre los poetas), pero componer poemas le estaba vedado. Tal vez porque pensara Epicuro que hacer poes√≠a requer√≠a un √°nimo exaltado o cierto entusiasmo (como antes pensaba Plat√≥n), un impulso impropio de la serena raz√≥n del sabio. Y, sin embargo,¬† Filodemo¬† y Lucrecio fueron excelentes poetas, cada uno a su modo. Los epigramas de Filodemo son ejemplos de la delicada poes√≠a helen√≠stica, llenos de gracia y humor, y de suave melancol√≠a. Lucrecio es uno de los mayores poetas romanos, y traduce con fervor evang√©lico en espl√©ndidos versos la filosof√≠a revolucionaria de Epicuro uniendo ciencia y poes√≠a un largo poema incomparable. Y, por otra parte,¬† poetas de la talla de¬† Virgilio y Horacio expresaron inolvidablemente sus hondas simpat√≠as con el mensaje epic√ļreo.¬† Por lo que respecta a Filodemo conviene destacar que supo conjugar con elegancia ambos aspectos: fue un amable poeta y, desde luego, un importante maestro de po√©tica.

Lo que podemos leer ahora en los papiros -de su Po√©tica¬† y¬† Sobre los poemas- nos muestra su conocimiento de otras Po√©ticas helen√≠sticas, que no nos han llegado, y su propia perspectiva est√©tica, erudita y precisa , que concluye una tesis decididamente epic√ļrea: toda poes√≠a se dirige a producir placer y no conocimiento. La Po√©tica de Filodemo rellena as√≠, para nosotros,¬† el hueco que hay entre la de Arist√≥teles y el Arte Po√©tica de Horacio.14

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Entre los poemas de Filodemo abundan los de tema er√≥tico. No reflejan ninguna¬† gran pasi√≥n; evocan lances de amor furtivo y requerimientos placenteros de tono l√ļdico. Sus epigramas emplean los t√≥picos usuales de la l√≠rica helen√≠stica con sutil frescura, y han servido de ejemplo para otros poetas, griegos y romanos, de la misma est√©tica. Y no dejan de acomodarse a la doctrina de los epic√ļreos, que -seg√ļn el citado resumen de Di√≥gens Laercio-¬† "opinan que el sabio no ha de enamorarse"¬† y "no creen que el amor sea de origen divino". (Es decir lo que pensaba Plat√≥n del amor m√°s sublime).

Pero, por otra parte, los epic√ļreos no se oponen a satisfacer los impulsos de la sexualidad, que pueden catalogarse, seg√ļn la distinci√≥n famosa, como deseos naturales, si no necesarios. "Las relaciones sexuales nunca traen ganancias, pero son amables si no causan da√Īo". Conviene evitar en todo caso los ocasionales riesgos: "El sabio no tendr√° trato sexual con una mujer cuando las leyes lo proh√≠ban". Pero, evitando la pasi√≥n o los enlaces peligrosos, los amor√≠os son fuente de placeres discretos y festivos. Como muy graciosamente recuerdan los epigramas de Filodemo.¬†¬†¬†

Conviene distinguir pues entre el amor-pasi√≥n, el eros, que puede ser locura y furor, seg√ļn Lucrecio, y los goces del sexo que no reporten graves riesgos. Filodemo estar√≠a muy de acuerdo con Lucrecio cuando √©ste escribe: "No se priva de los frutos de Venos quien evita el amor, sino que antes elige los placeres que est√°n libres de pena. Pues no hay duda de que el placer es m√°s puro para el cuerdo que para el enfermo de pasi√≥n." (De la¬† naturaleza , IV, 1073-76) . Frente a ese rechazo del eros, los epic√ļreos enfatizaron el cultivo y la importancia de la amistad, la phil√≠a, para la felicidad.15 Varias sentencias de Epicuro lo recuerdan: "La amistad va recorriendo la tierra como un heraldo que nos invita a la felicidad ", "De todos los bienes que la sabidur√≠a proporciona para la vida feliz el mayor con mucho¬† es la amistad." Y los epic√ļreos lo ejemplificaban en sus escuelas y reuniones, en sus encuentros alegres y sus festivos convites, as√≠ como en sus cartas y en el recuerdo afectuoso de los amigos ausentes.¬† Tanto en el Jard√≠n de Atenas como¬† en¬† la Villa de los Pisones el estudio de la filosof√≠a¬† se reforzaba en la compa√Ī√≠a de amigos, la teor√≠a se un√≠a a la pr√°ctica y el ameno retiro en amistosa compa√Ī√≠a facilitaba la b√ļsqueda placentera y cotidiana de la felicidad.

 

Erreferentziak


1 El Catalogo dei Papiri Ercolanesi , publicado bajo la dirección de Marcello Gigante, en Nápoles 1979, da la lista completa, y enumera unos mil ochocientos, de muy diversa extensión.

2 Su pretensi√≥n es doble: ense√Īanza hist√≥rica para los lectores e historias de amor para las lectoras de afanes¬† rom√°nticos : "¬°Dichoso¬† yo, si los sabios me leen por curiosidad, y las¬† dem√°s gentes por ocio, con el fin de adquirir, sin trabajo, algunas nociones sobre las costumbres y usos antiguos! Las mujeres hallar√°n acaso, en las aventuras amorosas, remedio contra el fastidio y los vapores, y dulce alimento para su sensibilidad".

3 En este caso, seg√ļn el pr√≥logo, el manuscrito proven√≠a de un arc√≥n de tiempos de Diocleciano, que luego acab√≥, en tiempo de los √°rabes, hecho tiras en un palomar egipcio. Hay traducci√≥n espa√Īola -de Ram√≥n Hurtado- de El epic√ļreo. Buenos Aires, Espasa-Calpe, Colecci√≥n Austral, 1951. A diferencia del relato de Lantier, cuya acci√≥n se sit√ļa en la √©poca cl√°sica griega, el de T. Moore transcurre en el siglo III d. C., m√°s o menos como el de Los m√°rtires de Chateaubriand (de 1809)¬† , y nos ofrece una curiosa versi√≥n personal sobre el epicure√≠smo de esa √©poca. Sir Edward Bulwer-Lytton es m√°s original al situar su relato en la Pompeya del a√Īo 79 d. C., y concluir el relato con la famosa cat√°strofe volc√°nica que destruy√≥ la magn√≠fica ciudad romana.¬†¬†

4 A¬† Pis√≥n le dedic√≥ Filodemo su tratado "pol√≠tico " Del buen rey seg√ļn Homero, y un afable epigrama de invitaci√≥n al banquete, para disfrutar un condumio sencillo, pero en una festiva y cordial compa√Ī√≠a¬† de amigos (Antolog√≠a¬† Palatina, XI,44).¬†

5 "Cicer√≥n, que repite sin embargo la acusaci√≥n tradicional de ignorancia y groser√≠a¬† contra Epicuro -quien fue no obstante el autor de la Carta a Meneceo, donde la clara voluntad art√≠stica se combina con un mensaje mora elevado- reconoce que Filodemo cultiv√≥ con elegancia refinada no s√≥lo la filosof√≠a, sino tambi√©n las otras disciplinas que eran habitualmente desatendidas por los otros epic√ļreos Es un reconocimiento leal, la √ļnica apreciaci√≥n desprovista de iron√≠a, en el momento en que Cicer√≥n traza el retrato de Filodemo, tan ambiguo a√ļn en el discurso In Pisonem". (M. Gigante, La biblioth√®que de Philod√®me¬† et l¬ī√©picurisme romain, Par√≠s, 1987, p.49)¬†

6 Entre los epic√ļreos romanos se contaban¬† √Ātico, L. Papirio Peto, Vivio Pansa, Casio Longino, Lucio Memmio, y Trebacio Testa, y m√°s tarde L. Vario Rufo y Quintilio Varo, adem√°s de dos¬† grandes poetas:¬† Virgilio y Horacio. Cf. Ph. H. De Lacy y E.A. De Lacy, en Philodemus. On Methods of Inference, N√°poles, 1978, pp. 148-51. Sobre los estudios acerca del "epicureismo romano" me parece excelente el art√≠culo cr√≠tico de T.Gargiulo en los Studi sull¬īepicureismo greco e romano, offerti a Marcello Gigante, N√°poles, 1983,¬† t. II, pp. 626-634. Los nombres de Virgilio, Plocio Tucca, Lucio Vario Rufo y Quintilio Varo, disc√≠pulos de Sir√≥n, han aparecido casualmente en un papiro de Herculano (PHerc.II 278b-279a).¬†¬†¬†

7 M. Gigante, en su ya citado La bibliotèque de Philodème ...  p.41-2.

8 Cf. Gigante, o.c., pp. 38-41.

9 M. Gigante, o.c.,  p. 40.

10 Para detalles basta con remitir a tres claros libros de Marcello Gigante: Kepos e Per√≠patos, 1999, Cinismo e Epicureismo, 1992, y Scetticismo e Epicureismo, 1981. Por otra parte, la influencia de textos de Arist√≥teles, advertida por algunos estudiosos -y no s√≥lo la de sus primeras obras, como hab√≠a se√Īalado E.Bignone- en varios textos epic√ļreos es muy interesante.

11Y de tan variados temas, como indican ya t√≠tulos como: Contra los sofistas, Sobre Epicuro, Del buen rey seg√ļn Homero, De la piedad, Sobre la muerte, Sobre los dioses, sobre los vicios, sobre la conversaci√≥n, Sobre la libertad de palabra, Sobre la m√ļsica sobre la riqueza, De los poemas, Po√©tica, Sobre la gratitud, Sobre la providencia, De los signos y las apariencias,¬† Ret√≥rica y Cartas .

12 La frase, en griego, dice: m√Ęllon te ton soph√≥n euphranth√©sesthai¬† t√īn √°llon en ta√ģs theor√≠ais. (D. Laercio, X 120) ¬†Me adhiero a la traducci√≥n propuesta por M. Gigante: "il sapiente pi√Ļ degli altri¬† sentir√† la gioia suprema della ricerca scientifica". No es la m√°s usual de estas palabras, ya que otros¬† interpretaban en tais theor√≠ais como "en las fiestas religiosas". ¬†

13 Del Per√¨ Physeos, en treinta libros, se han encontrado breves fragmentos de algunos ( II, XI, XIV, XV, XX, y XXVIII, y otros de situaci√≥n incierta), ya recogidos entre los textos epic√ļreos¬†¬† editados por G. Arrighetti¬† (Epicuro, Opere, Tur√≠n, Einaudi, 1973) y, traducidos, por M. Isnardi Parente (Opere di Epicuro, Tur√≠n, UTET, 1974). ¬†¬†

14 Esta perspectiva cr√≠tica est√° muy bien vista y enmarcada en el libro de Manfred Fuhrmann, La teor√≠a po√©tica de la Antig√ľedad. (Traducci√≥n de A. Silv√°n, Madrid,¬† Dykinson, 2011).¬† Ver pp. 235-58.¬†

15 Desde luego ese aprecio de la amistad viene de lejos; est√° en toda la tradici√≥n griega, desde la poes√≠a hom√©rica. Otros fil√≥sofos tambi√©n¬† valoraron la amistad como ingrediente indispensable para la felicidad .Como Dem√≥crito :"No vale la pena vivir la vida si no se tiene un buen amigo". Y no menos Arist√≥teles: La amistad es lo m√°s necesario para la vida; sin amigos nadie desear√≠a vivir, aunque poseyera todos los otros bienes." Sobre la amistad epic√ļrea y la tradici√≥n epic√ļrea,¬† cf. C.Garc√≠a Gual, Epicuro, Madrid, 2011 (1¬™ ed. 1981) , pp. 216-245. .¬†¬†

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