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"EL LIBRO EN ROMA: PLACER Y PELIGRO
EL LIBRO, OBJETO DE PLACER"


Carmen Gallardo (Universidad Autónoma de Madrid)

                                               1

Me gustaría empezar recordando una curiosa novela histórica de fines del XVIII que se presentaba a sus lectores -ahora hace algo más de dos siglos, es decir, a pocos decenios del descubrimiento y las primeras lecturas de los papiros hallados en  Herculano-, como un antiguo texto sustraído de manera furtiva de la misteriosa biblioteca de textos griegos recién rescatada . Su título, en la traducción española de la época, ya lo avisa: Viajes de Antenor  por Grecia y Asia con nociones sobre Egipto, manuscrito griego de Herculano que tradujo a la lengua francesa Etienne François Lantier. (El texto francés  se publicó en París en 1797, y muy pronto, sin duda por su gran éxito editorial, se  tradujo  al español. Lo hizo D. Bernardo María de la Calzada, en 1802, en tres tomos en su primera edición. Calzada era un traductor ilustrado, que ya había vertido a nuestra lengua, entre otros autores, a Voltaire, Diderot y Condillac, y  una novela prerromántica muy significativa: Pamela de Richardson).

Muy pronto comentaba, en carta a un amigo, en 1799, el agudo y buen helenista Paul Louis Courier: "El Antenor es una necia imitación del Anacarsis, es decir, una obra mediocremente escrita y mediocremente sabia, dicho sea entre nosotros..." (Siguen unas líneas en que Courier critica duramente ese tipo de novelas sobre la Antigüedad, puestas de moda en Europa por el fulminante éxito de la narración novelesca y erudita del abate J. J. Barthélemy, Viaje del joven Anacarsis por Grecia, de 1789). "Por lo demás, -agregaba luego Courier- la historia del manuscrito supuesto, encontrado entre los de Herculano, no es menos torpe que la misma obra."
Pero no era tan torpe, en mi opinión, por lo menos en algunos detalles;  ya que ofrecía noticias curiosas por su novedad, en lo tocante a la excavación de Herculano y el hallazgo de muchos papiros, aunque, en efecto, la presencia en ellos de una ficción novelesca nos resulte disparatada desde un punto de vista histórico. El truco del "manuscrito reencontrado", bien sea en una tumba o  en una vieja biblioteca, tiene acreditados y lejanos  antecedentes. Lo usaron ya los antiguos Dares y Dictis en sus Crónicas Troyanas, Fray Antonio de Guevara en su Marco Aurelio, y lo harán mucho más tarde novelistas como Jan Potocki y Umberto Eco, entre otros. Pero aquí, a finales del siglo XVIII,  evocar los papiros de Herculano lo revestía de una nota de actualidad. 

En Herculano surgían a la luz nuevos textos antiguos, y esos papiros carbonizados permitían albergar esperanzas de hallar en ellos poemas o relatos de memorias. Desde luego, al avanzar las lecturas de los rollos carbonizados se deshizo esa expectativa y se hizo evidente que aquella era una biblioteca especializada en textos griegos filosóficos, en su mayoría epicúreos.1 Eso lo sabía ya también el taimado Lantier, pero no le pareció  un obstáculo para dejar de apoyar  su ficción romántica en el viejo truco. De ahí el interés de su prólogo en que el fingido traductor francés cuenta su visita a Herculano y su singular hallazgo.

"Viajando por  la Italia, llegué a Nápoles, y lo primero que hice fue visitar aquel famoso Vesuvio, cuya erupción primera  se verificó, según algunos autores, bajo el imperio de Tito, año 619 de nuestra era, costando la vida al célebre Plinio. A mi vuelta quise ver el Herculano, esto es, aquella ciudad  que acababan, por decirlo así, de desenterrar. Bajé a la luz de algunas hachas, a aquella habitación de los Gnomos, hundida en tierra cerca de ochenta pies; pero la humedad, la frescura y el humo de las hachas, abreviaron mi paseo...".

Ya albergado en Nápoles,"enamorado de la amenidad de aquel sitio", Lantier observa en el museo los restos de la  excavación y la colección reunida allí de los papiros: "Recorriendo el museo del  Rey (que estaba lleno de cuanto se había desenterrado del Herculano, hasta nueces, huevos, y pan) vi a unos hombres ocupados en descifrar algunos manuscritos, casi ya pulverizados. Eran unos rollos cilíndricos, muy parecidos a los del tabaco. Costó muchísimo desenrollarlos. Sirviéronse, para aquella operación, de un bastidorcillo de tapicería inclinado, sobre el cual se extendían, por medio de tornillos, aquellos pergaminos  negros y acribillados, que se forraban con un lienzo o papel grasiento. Así que descubrían alguna palabra, la escribían, y adivinaban lo que no podía leerse  por la palabra antecedente y la subsiguiente. No había puntos ni comas; pero la inteligencia y sabiduría de los comisionados lo suplía todo.

Como yo admirase aquel trabajo ingenioso, me dijo el abate Spalatini... que aquellos rollos se habían sacado de las ruinas del Herculano, que era una ciudad enterrada, diez y siete siglos había, bajo la lava del Vesuvio.

- "Nos lisonjeábamos, continuó Spalatini, de hallar, entre estos escombros, los fragmentos que nos faltan de tantos autores celebrados, como de Polibio, de Dionisio de Halicarnaso, de Diodoro de Sicilia, de Tito Livio, etcétera; pero, en vez del oro que buscamos, sólo hemos recogido, hasta ahora, un mineral medianísimo, esto es, algunos libros griegos sobre la música, la medicina, la moral y la retórica."

Roguéle que me permitiese recorrer aquellos antiguos trozos. Vi un rollo voluminosísimo, en el idioma griego, cuyo título era: Viages de Antenor por Grecia y Asia. Pregunté al Abate ¿conocía aquella obra? -" No tengo tiempo, me respondió, para leer tanto fárrago, dejando aparte que es de un autor muy poco conocido..." 

En fin, el narrador logró que el abate le prestase ese voluminoso rollo y se lo llevó, primero a Nápoles y luego a París, donde con ayuda de un amigo "versadísimo en  el griego" y "de profunda erudición" logró traducirla por entero. Así que publica su traducción con el fin de ofrecer información sobre los antiguos y "aventuras amorosas".2 

El motivo para recordar esta curiosa y hoy olvidada novela -de un temprano romanticismo, anterior a Los mártires de Chateaubriand- es advertir cómo el prólogo atestigua una visita dieciochesca a Herculano y las impresiones de un turista de la época sobre las excavaciones y los papiros. Recordemos que otro viajero, un británico,  escribirá, unos cuarenta años después, tras visitar las ruinas cercanas de Pompeya y pasar unos días en Nápoles, otra novela histórica mucho más famosa: Los últimos días de Pompeya .  El joven Edward Bulwer-Lytton la escribió en 1834. (Y algo antes otro  romántico inglés, Thomas Moore, redactó otra novela histórica con título y entramado muy interesantes: El epicúreo, 1827, donde también acude en su prólogo al truco del manuscrito encontrado3).  A diferencia de la novela de Bulwer-Lytton, la evocación de Lantier de su  visita a Herculano nada tiene que ver con la trama de su novela de viajes y amores por el antiguo mundo griego y egipcio. Es sólo un reclamo prologal para darle una nota de actualidad: el supuesto traductor ha visto Herculano y ojeado sus papiros. Y advierte que, a excepción del grueso rollo mencionado, trataban temas no literarios: "de música, medicina, retórica y moral". Eran sólo una colección de tratados filosóficos.      

                                               2
Para desilusión del citado novelista y de otros clasicistas de la época no se encontró, entre aquellos cientos de papiros carbonizados, ninguna obra clásica perdida ni textos poéticos o literarios de excepcional trascendencia. Todos los textos estaban escritos en griego y en prosa, y, según pudo observarse pronto, eran fragmentos de una biblioteca especializada en esos temas aludidos: moral, retórica, música, poética, y religión y filosofía, y casi todos redactados por autores de la escuela epicúrea. La  mayoría de esos tratados filosóficos pertenecían al legado de un filósofo epicúreo del s. I a. C.: Filodemo de Gádara, contemporáneo de Cicerón, bien conocido por algunas referencias de éste como íntimo de L.C. Pisón . (Y también  como poeta autor de varios epigramas eróticos recogidos en  la Antología Palatina). La llamada "Villa dei Papyri", magnífica residencia de la ilustre familia romana de los Pisones, había acogido durante bastantes años a este exiliado  filósofo helenístico y su espléndida biblioteca. Allí dejó él tanto los libros que escribió como los que había reunido en Atenas. Y no deja de ser curioso el que no se hayan encontrado a la par algunos textos de autores latinos. (Acaso la "Villa" pudo albergar una biblioteca latina paralela  no excavada aún, como sospechaba M.Gigante). En todo caso, es obvio recordar que los romanos educados y de cierta cultura manejaban muy familiarmente el griego, o al menos lo leían. Y en esa época el griego seguía siendo en la cultura romana, y sobre todo en el sur de Italia, el idioma canónico de la filosofía. 

La espléndida Villa de Herculano perteneció a Lucio Calpurnio Pisón Cesonino, que fue cónsul en el año 58, y procónsul en Macedonia en el 68, de donde al parecer se trajo como botín numerosas estatuas griegas, por lo que fue acusado por Cicerón en su célebre discurso Contra Pisón. Aunque fue condenado, lo liberó más tarde su yerno, Julio César. En efecto, la tercera y última esposa de César, Calpurnia, era hija del rico protector de Filodemo, con quien le unió una duradera amistad.4 (La amistad entre el patrono y el filósofo y poeta griego, que atestigua bien un amable poema de Filodemo, puede parangonarse tal vez con la que el poeta Horacio mantuvo con el noble Mecenas). A este Lucio Pisón lo sucedieron, como propietarios de la Villa herculanense, su hijo Lucio Pisón Pontífice (representado en un busto encontrado allí) y los dos hijos de éste, Cneo y Lucio, a los que Horacio dedicó más tarde su Ars Poética o Epistola ad Pisones.  

Filodemo había nacido en Gádara, en Siria, hacia el 110 a. C., pero ya de joven marchó a Atenas para completar su educación y escuchar las lecciones del epicúreo  Zenón de Sidón. Allí se formó y probablemente escribió sus primeros poemas, y más tarde, tal vez bajo la protección de Pisón, se trasladó a Roma y de allí a Herculano. En la Campania, en el golfo de Nápoles,  se habían instalado otros filósofos de la escuela epicúrea: Pompilio Andronico, también sirio, en Cumas, y Sirón , amigo de Filodemo,   que fue un tiempo maestro del joven Virgilio, en Posilipo. Mientras la ruidosa, triunfal y monumental Roma se mantenía como el centro de la agitada política de una República de afanes imperiales y continuos conflictos bélicos, en esa hermosa zona costera de Campania muchos ricos señores hallaban un ameno y refinado retiro, como era el caso de Pisón, en sus principescas mansiones: en Bayas, Cumas, Posilipo y Herculano.

Lejos de la urbe tumultuosa allí se podía disfrutar de una retirada vida, no carente de lujos, y mantener banquetes amistosos y conversaciones filosóficas, entre libros, estatuas y jardines, y con espléndidas vistas marinas. En ese grato ambiente podía cultivar, cada uno a su modo, un amable epicureismo gustando de la amistad y la cultura y observar con ánimo sereno el rudo embate de las tormentas de la política. Como quien ve las tormentas desde un tranquilo retiro, según las palabras del proemio del epicúreo Lucrecio  en De rerum natura, el gran poema compuesto por esos años: entre el 65 y el 57 a. C. La amistad de Filodemo con Pisón fue aprovechada por Cicerón, en su discurso Contra Pisón, en el año 55, para difamar a su adversario político, al asociarlo con el epicureismo y su ética hedonista mal considerada por los conservadores  romanos, que preferían la retórica estoica y su énfasis en la virtud y los deberes patrios. Cicerón acusa a Filodemo de ser un parásito de Pîsón, al que estimula en sus vicios. Pero más tarde, olvidada la oportunidad para la calumnia, Cicerón elogiará más tarde a Filodemo, e incluso aprovecha la lectura de su libro Sobre la piedad para la exposición de las ideas epicúreas en su Sobre la naturaleza de los dioses.5 El epicureismo romano contaba con importantes figuras en la élite cultural a mediados del siglo I a. C., dejando atrás  una etapa de desconfianza y recelo hacia la secta que centraba la felicidad en el placer 6.  A su manera,  la espléndida Villa de los Pisones emulaba, en su ambiente señorial y placentero, el Jardín  de Epicuro, aunque desde luego superaba enormemente en  lujo y belleza el austero kepos en las afueras de la antigua Atenas.   

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A diferencia de lo acontecido en la tradición secular de la filosofía estoica, que experimentó notables desvíos y correcciones en su decurso histórico e ideológico, de modo que hablamos con claro fundamento de  Estoa Antigua,  Media y  Nueva, como tres etapas guiadas por diversos maestros (Zenón y Crisipo, Panecio y Posidonio, Epicteto y Séneca, respectivamente), el epicureismo mantuvo siempre una admirable coherencia sin desviarse en nada de las  ideas básicas  de su fundador.

Pero esa fidelidad doctrinal no significa que, en la difusión de las mismas, en diversas épocas y para diversos públicos, no falten matizaciones y precisiones añadidas para ajustar esas mismas enseñanzas a  nuevos contextos y situaciones. El epicureismo romano, o, mejor dicho, el epicureismo difundido por los filósofos griegos establecidos en el mundo itálico del siglo I a. C., ofrecía algunos acentos distintos del mensaje de salvación que Epicuro diseñara en la Atenas de fines del siglo IV y comienzos del III a. C. No en los dogmas fundamentales, pero sí en el tratamiento de temas importantes, como el papel que cabía dar a la cultura, el amor y la poesía, como ingredientes en esa búsqueda y conquista de la felicidad que es,  en definitiva, el objetivo final del filosofar para los epicúreos. Examinemos estos tres apartados en los que puede apreciarse, a primera vista, una aparente divergencia, entre las directrices del maestro del Jardín y la actitud de un epicúreo como Filodemo, que escribía  unos dos siglos y medio más tarde.

Tanto Cicerón como más tarde Plutarco acusaban a Epicuro  de enemigo de la cultura y la educación refinada; y debemos concederles que no es difícil rastrear algunos textos de Epicuro que apuntan a un aparente menosprecio de la paideía tradicional. Los dos más famosos son dos breves felicitaciones.  Una dice: " Te considero feliz, Apeles, porque limpio de toda cultura te lanzaste a la filosofía" (frg. 117 Usener)  y la otra reza:  "¡Huye, bienaventurado, de toda educación a velas desplegadas!" (frg. 163 Usener). (Tanto "cultura" como "educación" traducen la prestigiosa palabra griega: paideía). Recordemos que esa paideía distinguía al ciudadano culto, fuera cual fuera su origen, del "bárbaro" rudo. Pero conviene no sacar las máximas epicúreas de su contexto. 

Pero lo que Epicuro enfatiza, con frases coloquiales y algo agresivas, es que la "educación " tradicional no debía ser  un requisito previo a la tarea urgente de filosofar, algo que sí creían presupuesto necesario los fundadores de otras escuelas, como Platón y Aristóteles. Según él, cualquier edad es buena para buscar la felicidad y practicar, joven y sin trabas, la filosofía. Ni más ni menos.
Ahora bien, en el mundo romano dedicarse a  filosofar no era tarea espontánea, sino una actitud ligada a un aprendizaje cultural, es decir, era para ese público refinado y de clase alta, un influjo  de la paideía importada de Grecia, unido a una herencia y tradición helenística. Una biblioteca como la de Filodemo, y, sobre todo, sus eruditos y numerosos escritos de amplísima temática bastarían para combatir el prejuicio y la acusación de incultura. Como señala muy bien M. Gigante, "Filodemo no niega  el dogma de Epicuro (sobre que la cultura no es un requisito para dedicarse a filosofar), pero piensa que la cultura  puede contribuir a la conquista de la felicidad, incluso si no es necesaria, y permite comprender desde un punto de vista histórico la herencia de la enseñanza de Epicuro... Su proyecto histórico y cultural revela la inteligencia del sabio que comprende los aspectos peligrosos de la propaganda antiepicúrea y quiere anular el prejuicio que los textos consagrados del Maestro parecían sancionar   la lucha contra la cultura que no es necesaria para la felicidad." 7

Es muy significativo al respecto que Filodemo redactara, en diez libros, una historia de la filosofía griega , con sus diversas escuelas, una Syntaxis tôn philosóphon, que retoma la tradición doxográfica y biográfica que proviene del Liceo aristotélico y preludia la obra de Diógenes Laercio, Vidas y opiniones de los filósofos más ilustres. Hemos conservado en algunos papiros de la Biblioteca fragmentos de esos libros, que indican la conciencia crítica de Filodemo respecto a la tradición de la filosofía griega.8 El interés de esta obra lo subrayó muy bien M. Gigante: "En cuanto a la naturaleza de la Syntaxis, se  puede  afirmar su carácter de gran manual "institucional": Filodemo inserta la escuela epicúrea  en la historia de la filosofía griega, primero con el fin de dar una conciencia histórica no sólo a los partidarios de la doctrina epicúrea, sino también con la intención de dar esa conciencia histórica a la sociedad cultivada de la capital, a la gran élite de Roma e Italia, a la clase dirigente romana que se había formado y se formaba, hasta entonces según la tradición académica de la que Cicerón iba a ser el representante más ilustre." 9 Filodemo presenta el epicureismo a la sociedad romana contrastando el legado de Epicuro con los de las otras escuelas filosóficas, escribiendo sobre temas de música, retórica, poética, ética y religiosidad sin perder nunca de vista las líneas maestras de las enseñanzas del maestro (resumidas en su Carta a Meneceo). Esos tratados que conocemos gracias a los papiros de Herculano -con las limitaciones evidentes del estado fragmentario de esos textos y nuestras lecturas de los mismos- amplían nuestra visión de la tradición de la doctrina epicúrea, tradición vivaz y siempre muy fiel a las ideas esenciales del Maestro del Jardín, pero con ampliados horizontes. No sólo en la polémica con otras escuelas -con los estoicos  y los académicos-, sino también en la atención a las críticas y sugerencias de otros pensadores. De escritos  aristotélicos, sobre todo; pero también de los escépticos, e incluso de los cínicos quedan  reflejos en los epicúreos,  aportaciones puntuales y discutidas, pero  significativas.10 Filodemo escribió de algunos temas que no atrajeron a Epicuro, pero siempre mantuvo la perspectiva de aquél, tanto al escribir de poética como de retórica o de teoría política.

Cuando pensamos en los muchos libros que escribió11, así como también había escrito  muchísimo Epicuro, podemos recordar la opinión de éste, que recoge Diógenes Laercio al tratar de los rasgos propios del sabio epicúreo: "Más que los otros se alegrará en las investigaciones".12 Teorizar y conocer aporta un hondo placer: satisface un deseo natural y contribuye a una comprensión sin temores ni fantasmas de nuestra existencia.   En otros pasajes Epicuro insiste en la importancia de investigar en el conocimiento de la naturaleza, para tener así ideas firmes sobre el mundo en que vivimos. Entre los textos de la biblioteca de Filodemo  estaba su extensa Física13, un  dominio científico que a Filodemo no parece haberle interesado, en contraste con el fervor de Lucrecio por  la física atómica y la teoría materialista del progreso y conocimiento.

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No deja de ser sorprendente que las dos figuras más representativas del epicureismo en el mundo romano fueran ambos poetas. Aunque lo eran de modo diverso, como diverso era su temperamento. Porque  Epicuro -según el citado texto de Diógenes Laercio (X, 120)- había expresado un firme recelo ante la poesía. Si bien  consideraba que sólo el sabio podía disertar rectamente sobre música y poética, no veía bien que hiciera poemas. "Sólo el sabio puede tratar correctamente (orthôs dialéxesthai) de música y poética. Pero no se dedicará componer poemas".

Es decir,  un buen filósofo epicúreo podía demostrar su pericia profesoral como crítico o teórico  (como lo haría ejemplarmente Filodemo en sus De música y Poética y Sobre los poetas), pero componer poemas le estaba vedado. Tal vez porque pensara Epicuro que hacer poesía requería un ánimo exaltado o cierto entusiasmo (como antes pensaba Platón), un impulso impropio de la serena razón del sabio. Y, sin embargo,  Filodemo  y Lucrecio fueron excelentes poetas, cada uno a su modo. Los epigramas de Filodemo son ejemplos de la delicada poesía helenística, llenos de gracia y humor, y de suave melancolía. Lucrecio es uno de los mayores poetas romanos, y traduce con fervor evangélico en espléndidos versos la filosofía revolucionaria de Epicuro uniendo ciencia y poesía un largo poema incomparable. Y, por otra parte,  poetas de la talla de  Virgilio y Horacio expresaron inolvidablemente sus hondas simpatías con el mensaje epicúreo.  Por lo que respecta a Filodemo conviene destacar que supo conjugar con elegancia ambos aspectos: fue un amable poeta y, desde luego, un importante maestro de poética.

Lo que podemos leer ahora en los papiros -de su Poética  y  Sobre los poemas- nos muestra su conocimiento de otras Poéticas helenísticas, que no nos han llegado, y su propia perspectiva estética, erudita y precisa , que concluye una tesis decididamente epicúrea: toda poesía se dirige a producir placer y no conocimiento. La Poética de Filodemo rellena así, para nosotros,  el hueco que hay entre la de Aristóteles y el Arte Poética de Horacio.14

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Entre los poemas de Filodemo abundan los de tema erótico. No reflejan ninguna  gran pasión; evocan lances de amor furtivo y requerimientos placenteros de tono lúdico. Sus epigramas emplean los tópicos usuales de la lírica helenística con sutil frescura, y han servido de ejemplo para otros poetas, griegos y romanos, de la misma estética. Y no dejan de acomodarse a la doctrina de los epicúreos, que -según el citado resumen de Diógens Laercio-  "opinan que el sabio no ha de enamorarse"  y "no creen que el amor sea de origen divino". (Es decir lo que pensaba Platón del amor más sublime).

Pero, por otra parte, los epicúreos no se oponen a satisfacer los impulsos de la sexualidad, que pueden catalogarse, según la distinción famosa, como deseos naturales, si no necesarios. "Las relaciones sexuales nunca traen ganancias, pero son amables si no causan daño". Conviene evitar en todo caso los ocasionales riesgos: "El sabio no tendrá trato sexual con una mujer cuando las leyes lo prohíban". Pero, evitando la pasión o los enlaces peligrosos, los amoríos son fuente de placeres discretos y festivos. Como muy graciosamente recuerdan los epigramas de Filodemo.   

Conviene distinguir pues entre el amor-pasión, el eros, que puede ser locura y furor, según Lucrecio, y los goces del sexo que no reporten graves riesgos. Filodemo estaría muy de acuerdo con Lucrecio cuando éste escribe: "No se priva de los frutos de Venos quien evita el amor, sino que antes elige los placeres que están libres de pena. Pues no hay duda de que el placer es más puro para el cuerdo que para el enfermo de pasión." (De la  naturaleza , IV, 1073-76) . Frente a ese rechazo del eros, los epicúreos enfatizaron el cultivo y la importancia de la amistad, la philía, para la felicidad.15 Varias sentencias de Epicuro lo recuerdan: "La amistad va recorriendo la tierra como un heraldo que nos invita a la felicidad ", "De todos los bienes que la sabiduría proporciona para la vida feliz el mayor con mucho  es la amistad." Y los epicúreos lo ejemplificaban en sus escuelas y reuniones, en sus encuentros alegres y sus festivos convites, así como en sus cartas y en el recuerdo afectuoso de los amigos ausentes.  Tanto en el Jardín de Atenas como  en  la Villa de los Pisones el estudio de la filosofía  se reforzaba en la compañía de amigos, la teoría se unía a la práctica y el ameno retiro en amistosa compañía facilitaba la búsqueda placentera y cotidiana de la felicidad.

 

Erreferentziak


1 El Catalogo dei Papiri Ercolanesi , publicado bajo la dirección de Marcello Gigante, en Nápoles 1979, da la lista completa, y enumera unos mil ochocientos, de muy diversa extensión.

2 Su pretensión es doble: enseñanza histórica para los lectores e historias de amor para las lectoras de afanes  románticos : "¡Dichoso  yo, si los sabios me leen por curiosidad, y las  demás gentes por ocio, con el fin de adquirir, sin trabajo, algunas nociones sobre las costumbres y usos antiguos! Las mujeres hallarán acaso, en las aventuras amorosas, remedio contra el fastidio y los vapores, y dulce alimento para su sensibilidad".

3 En este caso, según el prólogo, el manuscrito provenía de un arcón de tiempos de Diocleciano, que luego acabó, en tiempo de los árabes, hecho tiras en un palomar egipcio. Hay traducción española -de Ramón Hurtado- de El epicúreo. Buenos Aires, Espasa-Calpe, Colección Austral, 1951. A diferencia del relato de Lantier, cuya acción se sitúa en la época clásica griega, el de T. Moore transcurre en el siglo III d. C., más o menos como el de Los mártires de Chateaubriand (de 1809)  , y nos ofrece una curiosa versión personal sobre el epicureísmo de esa época. Sir Edward Bulwer-Lytton es más original al situar su relato en la Pompeya del año 79 d. C., y concluir el relato con la famosa catástrofe volcánica que destruyó la magnífica ciudad romana.  

4 A  Pisón le dedicó Filodemo su tratado "político " Del buen rey según Homero, y un afable epigrama de invitación al banquete, para disfrutar un condumio sencillo, pero en una festiva y cordial compañía  de amigos (Antología  Palatina, XI,44). 

5 "Cicerón, que repite sin embargo la acusación tradicional de ignorancia y grosería  contra Epicuro -quien fue no obstante el autor de la Carta a Meneceo, donde la clara voluntad artística se combina con un mensaje mora elevado- reconoce que Filodemo cultivó con elegancia refinada no sólo la filosofía, sino también las otras disciplinas que eran habitualmente desatendidas por los otros epicúreos Es un reconocimiento leal, la única apreciación desprovista de ironía, en el momento en que Cicerón traza el retrato de Filodemo, tan ambiguo aún en el discurso In Pisonem". (M. Gigante, La bibliothèque de Philodème  et l´épicurisme romain, París, 1987, p.49) 

6 Entre los epicúreos romanos se contaban  Ático, L. Papirio Peto, Vivio Pansa, Casio Longino, Lucio Memmio, y Trebacio Testa, y más tarde L. Vario Rufo y Quintilio Varo, además de dos  grandes poetas:  Virgilio y Horacio. Cf. Ph. H. De Lacy y E.A. De Lacy, en Philodemus. On Methods of Inference, Nápoles, 1978, pp. 148-51. Sobre los estudios acerca del "epicureismo romano" me parece excelente el artículo crítico de T.Gargiulo en los Studi sull´epicureismo greco e romano, offerti a Marcello Gigante, Nápoles, 1983,  t. II, pp. 626-634. Los nombres de Virgilio, Plocio Tucca, Lucio Vario Rufo y Quintilio Varo, discípulos de Sirón, han aparecido casualmente en un papiro de Herculano (PHerc.II 278b-279a).   

7 M. Gigante, en su ya citado La bibliotèque de Philodème ...  p.41-2.

8 Cf. Gigante, o.c., pp. 38-41.

9 M. Gigante, o.c.,  p. 40.

10 Para detalles basta con remitir a tres claros libros de Marcello Gigante: Kepos e Perípatos, 1999, Cinismo e Epicureismo, 1992, y Scetticismo e Epicureismo, 1981. Por otra parte, la influencia de textos de Aristóteles, advertida por algunos estudiosos -y no sólo la de sus primeras obras, como había señalado E.Bignone- en varios textos epicúreos es muy interesante.

11Y de tan variados temas, como indican ya títulos como: Contra los sofistas, Sobre Epicuro, Del buen rey según Homero, De la piedad, Sobre la muerte, Sobre los dioses, sobre los vicios, sobre la conversación, Sobre la libertad de palabra, Sobre la música sobre la riqueza, De los poemas, Poética, Sobre la gratitud, Sobre la providencia, De los signos y las apariencias,  Retórica y Cartas .

12 La frase, en griego, dice: mâllon te ton sophón euphranthésesthai  tôn állon en taîs theoríais. (D. Laercio, X 120)  Me adhiero a la traducción propuesta por M. Gigante: "il sapiente più degli altri  sentirà la gioia suprema della ricerca scientifica". No es la más usual de estas palabras, ya que otros  interpretaban en tais theoríais como "en las fiestas religiosas".  

13 Del Perì Physeos, en treinta libros, se han encontrado breves fragmentos de algunos ( II, XI, XIV, XV, XX, y XXVIII, y otros de situación incierta), ya recogidos entre los textos epicúreos   editados por G. Arrighetti  (Epicuro, Opere, Turín, Einaudi, 1973) y, traducidos, por M. Isnardi Parente (Opere di Epicuro, Turín, UTET, 1974).   

14 Esta perspectiva crítica está muy bien vista y enmarcada en el libro de Manfred Fuhrmann, La teoría poética de la Antigüedad. (Traducción de A. Silván, Madrid,  Dykinson, 2011).  Ver pp. 235-58. 

15 Desde luego ese aprecio de la amistad viene de lejos; está en toda la tradición griega, desde la poesía homérica. Otros filósofos también  valoraron la amistad como ingrediente indispensable para la felicidad .Como Demócrito :"No vale la pena vivir la vida si no se tiene un buen amigo". Y no menos Aristóteles: La amistad es lo más necesario para la vida; sin amigos nadie desearía vivir, aunque poseyera todos los otros bienes." Sobre la amistad epicúrea y la tradición epicúrea,  cf. C.García Gual, Epicuro, Madrid, 2011 (1ª ed. 1981) , pp. 216-245. .  

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