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OSPAKIZUNETAN: OTURUNTZA GREZIAN ETA ERROMAN

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“Temas poéticos e ingeniosas charlas de los simposios griegos”

Carlos García Gual (Catedrático de Filología Griega, traductor y escritor)

Los diálogos del simposio

En resumen, el symposion (que traducimos como “banquete” a falta de un término más preciso ) es un festejo colectivo que refleja un culto y cultura de la amistad. En la franca y jovial comunicación del grupo de convidados se expresa un afán hedonista y una exaltación desinhibida del diálogo y la camaradería. El simposio resultaba ser alegre cenáculo, espacio lúdico y amistoso y una buscada confluencia de placeres. Perfumes, cantos, música y danzas, juegos de ingeniosas palabras circulaban impulsadas por el vino. E incluso dentro del espectáculo, los vasos para beber – como subraya F.-Lissarrague, no eran simples objetos de uso, accesorios de la mesa: “eran también y sobre todo vehículos de imágenes.”

“Los griegos no bebían a solas, ya que el consumo de vino era vivido como un acto colectivo. El simposio se organiza en conjunto y tiene sus propias reglas, que pretenden establecer una división precisa del placer. Quien va a un simposio lo hace para unirse a un grupo definido por su modo de beber y de cortar el vino con agua. Para que el simposio tenga éxito es indispensable obtener una buena mezcla: no sólo de los líquidos, sino también de los convidados, que se ajustan entre sí como las cuerdas de un instrumento, y de los placeres , para los cuales se buscarán el equilibrio y la variedad: bebidas, perfumes, cantos, música, danzas, juegos , conversaciones. El simposio es, en sustancia , una reunión colectiva que es a la vez espectáculo, exhibición y diversión, en la que todos los sentidos son estimulados: el oído, el gusto, el tacto, el olfato y la vista.”(Fr.Lissarrague, L´immaginario del simposio greco, 1989, p. 25.)

El coloquio del simposio depende de la calidad y personalidad de sus invitados. Si se trata de personas cultivadas, con afanes intelectuales y artísticos, los simposiastas pueden prescindir de las flautistas y los saltimbanquis, y los alicientes eróticos más corrientes, para disfrutar de una conversación elegante y de refinado ingenio. El mejor ejemplo de estos coloquios es el “banquete” más famoso de la literatura antigua, el Symposion de Platón, tenga como motivo central unos coloquios sobre el eros, el divino impulso amoroso, en una inolvidable y alegre ronda, de tonos poéticos y filosóficos. También el diálogo socrático de Jenofonte del mismo título pivota sobre el mismo tema. Y las cancioncillas del banquete, como los escolios o las citas elegíacas, casi siempre versaban sobre esos dos temas: enredos del amor o intrigas políticas. En su origen estos convites con charlas refinadas y discusiones amorosas ( logoi erotikoí ) tenían un cierto sello aristocrático, pero en la democrática y refinada Atenas se habían difundido mucho. Así que allí se podían reunir poetas y pensadores bastante diversos, como los que acuden al memorable banquete ( inventado por Platón) convocado con ocasión de celebrar la victoria del joven poeta Agatón, que había logrado su primer premio en el concurso trágico de las fiestas dionisíacas ( hacia el 416 a.C.) y que relata Apolodoro hacia el 400 a.C. . En esos casos los bien educados contertulios prescinden de las usuales flautistas y bailarinas, para así poder dialogar tranquilos, en compañía con el irónico Sócrates, tan amigo de los diálogos , sin música ni jolgorios . (No sucede así en el banquete escrito por Jenofonte, que tiene un bufón y una pareja de bailarines al final ).

Los antecedentes literarios de esos banquetes festivos son muy antiguos, y los encontramos ya en Homero, que cuenta en la Odisea los convites regios que presencia Odiseo en las salas de los palacios reales de Feacia y de Ítaca. En uno y otro palacio los nobles se reúnen en la gran sala, el mégaron, para comer y beber sin tasa y charlar mientras el cantor de la corte, el aedo - Demódoco en Feacia, y Femio en Ítaca – canta las hazañas de los héroes épicos o algún episodio picante de los amoríos de los dioses. Recordemos que en el banquete espléndido de Feacia, organizado por el rey Alcínoo, es donde cuenta Odiseo sus estupendas aventuras marinas, el corazón fantástico de la Odisea.

Pero en las tertulias bien regadas por copas de vino podían tratarse muy diversos temas , en especial cuando los comensales eran gentes de cierta edad y variada cultura, y gustaban de la conversación erudita. Así son variadísimas y pintorescas las Charlas de sobremesa y el Banquete de los siete sabios que escribió Plutarco, y las abigarradas charlas del Banquete de los eruditos de Ateneo. Tanto Plutarco ( s.I/II d.C.) como Ateneo ( S.II/ III d.C.) son escritores tardíos de gustos anticuarios y pintorescos, que usan el escenario tradicional del simposio para informarnos de mil asuntos curiosos. Muy poco en común tienen sus coloquios eruditos con los chispeantes diálogos de Platón, que sabe pintar con fresco y admirable colorido el ambiente de una reunión de amigos en la Atenas clásica. (Platón ha recreado la reunión con gran imaginación dramática : si bien todos los actores del simposio de Agatón fueron figuras históricas, habían muerto cuando él se inventó sus inolvidables diálogos , más de cuarenta años después del ficticio encuentro). Plutarco plantea la cuestión de si es conveniente hablar de filosofía en los banquetes, y Luciano, en una parodia burlesca con humor grueso del simposio platónico, titulada El banquete o los Lápitas, advierte de los terribles riesgos de un convite de filósofos, una comilona que deriva en una riña pendenciera.

En los symposia más clásicos, no sabemos qué manjares habían degustado antes de emprender los brindis y charlas los brillantes contertulios en los banquetes previos . (Sí que sabemos lo que toman los filósofos de Luciano y sobre los vinos y platos y condimentos apropiados para los banquetes disertan con extensísima erudición los personajes que charlan en los quince libros conservados - antes tal vez fueron treinta - en que están los gourmets eruditos reunidos en los Deipnosofistas de Ateneo). Los banquetes griegos de la época clásica, y mucho más los homéricos, eran muchísimo más frugales que los de los banquetes más famosos de la literatura romana, festines fastuosos y más célebres por la abundancia de platos más que por las ingeniosas palabras de los comensales. Cierto que en Roma son los autores satíricos, como Horacio y Juvenal, y el novelista Petronio quienes nos hablan de espectaculares banquetazos de muchos platos ofrecidos por anfitriones de mucho ringorrango para impresionar a sus invitados . Sin duda el banquete de Trimalción, en el Satiricón de Petronio, es el más espectacular. Todo él es un derroche surrealista de manjares exóticos y gestos circenses, acompañado de charlas de mal gusto y lujos teatrales, como el continuo hablar de sus muchos esclavos y millones y como colmo de ingenio, el fingir su propio entierro que hace, en medio del jolgorio, el disparatado multimillonario Trimalción. Es interesante advertir el notorio contraste entre el austero simposio griego (en cuanto a la comida) y el opulento festín romano.

(En las novelas históricas de romanos suele haber alguna escena de banquete. Recordemos, por ejemplo, el del palacio de Nerón, en Quo Vadis. Ya en Los últimos días de Pompeya (hacia 1830) hay dos: una, con conversaciones refinadas, a la manera griega, y otra, una comilona de nuevos ricos, a la romana. Me parece un estupendo eco doble que evoca tanto uno como otro, el prototipo griego y el romano, de los modelos antiguos).

 

Una breve antología de textos memorables

Me gustaría ilustrar estos rasgos bien conocidos del banquete o el simposio griego con una serie de textos que nos invitan a reflexionar sobre lo más característico de esta institución coloquial tan extendida y significativa en la sociedad helénica.

1. Los ingredientes del banquete: la buena compañía y la charla amistosa.

Plutarco, Charlas de sobremesa , comienzos del libro II ( Moralia, 629 c.)
“ De las cosas que se preparan para las cenas y banquetes, Sosio Seneción, unas tienen el rango de necesarias, como el vino, el pan, los manjares, los lechos, en efecto, y las mesas. En cambio, otras accesorias surgen por placer, sin que la utilidad las exija, como las audiones,, los espectáculos y un bufón –Filipo en el de Calias ( Jenofonte, Banquete, I, 11 y ss.) – con cuya presencia la gente se divierte; pero que, si no se presentan, no las añora demasiado , ni reprocha a la reunión por ser, por tal motivo, más incompleta. Así también las personas comedidas admiten las conversaciones por la utilidad que reportan a los banquetes, en tanto que otros las aceptan por aportar un tema sugestivo y que se adecua a la ocasión mejor que la flauta y la lira.”

“Los romanos tienen en la boca, Socio Seneción, el dicho del tipo aquel que, después de haber cenado solo , dijo: “Hoy he engullido, no cenado”, en la idea de que la cena requiere siempre compañía y afabilidad que la haga agradable. Eveno decía que el fuego era el más agradable de los condimentos y Homero llamaba a la sal “divina”, del mismo modo que la gente la llama “las gracias” , porque al venir a mezclarse con la mayoría de las viandas las hace adecuadas al gusto, agradables y sabrosas; y, en verdad, el condimento más divino de lacena y la mesa es la presencia de un amigo, un familiar o un conocido, no por el hecho de comer o beber en compañía , sino porque participa en nuestra conversación y nos hace partícipes de la suya, al menos cuando hay algo útil, creíble y provechoso en sus palabras, porque hay también gente que desbarra y sus charlas les empujan a pasiones y los estropean.” (Plutarco, o.c., VII, 607c)

2. El vino , bien medido , anima la reunión y aviva el diálogo.
Plutarco, Charlas de sobremesa, III. (644e-645a)

“El poeta Simónides, Socio Seneción, viendo en un banquete a un forastero recostado en silencio y sin hablar con nadie, le dijo. “Hombre, si eres necio, obras sabiamente; pero si sabio, de modo necio.” En efecto, la ignorancia es mejor, como afirma Heráclito, ocultarla, pero se hace difícil en los ratos libres y con el vino
“que incita incluso al muy prudente a cantar,
y a un placentero reír y a la danza arrebata,
y excita a palabras que es mejor callarse” (Ulises, en Odisea, XIV, 464 y ss.)

Con lo que el poeta insinúa, según me parece, una diferencia entre el estar alegre y emborracharse. Efectivamente, el canto, la risa, y la danza divina sobrevienen a los que han bebido con moderación; y, en cambio, el parloteo y decir lo que está mejor callar es el resultado de pasarse ya con el vino y embriagarse. Por ello también Platón estima que es con el vino como mejor se conoce el carácter de la gente…”

“A Esopo, Platón y cualquier otro a quien interese una indagación del carácter ajeno, el vino les viene indicado a tal efecto. Pero los que no necesitan para nada examinarse a fondo ni atrapar a otro in fraganti, sino sencillamente tratarse con amabilidad cuando se reúnen, sacan cuestiones y conversaciones con las que disimulan las torpezas de su ánimo y reavivan los mejor y más armonioso, como si avanzaran por praderas y apriscos apropiados al amor del saber” ( Alusión a Platón, Fedro 248b)

3. El escenario ideal del simposio
Jenófanes de Colofón (s.VI a.C.) evoca el ambiente del simposio en una famosa elegía y exige, con talante moralista que nadie se emborrache, aunque beba cuanto quiera, y las charlas sean sin estridencias (Frg.1D) :

“Ahora ya limpio está el suelo y las manos de todos,
y las copas. Con trenzadas coronas nos acicala uno,
y otro presenta en un frasco el ungüento aromático.
La crátera en medio se alza rebosante de gozo.
Otro vino está presto que dicen que nunca defrauda,
dulce en los cántaros, y con perfume con flores.
En el centro su santo aroma exhala el incienso,
y hay también agua fresca, sabrosa y muy clara.
Al lado están los rubios panes y la mesa magnífica
cargada de queso y de espléndida y dorada miel.
El altar está en medio cubierto de ramos de flores
y el canto y la fiesta se extienden por toda la casa.
Con que deben, primero, honrar los hombres sensatos
a la divinidad con relatos piadosos y puras palabras.
Y , tras hacer libaciones y orar , estar dispuestos a actuar
con justicia – pues nada es preferible a tal cosa-,
no hay exceso en beber cuanto puedas con tal de que puedas
volver sin ayuda a tu casa, si es que no eres muy viejo.
Alaba entre todos a aquel que ha bebido y bien muestra
que su memoria y su afán la virtud de continuo persiguen,
y no se ocupa de contar las batallas de Titanes, Gigantes,
ni de Centauros tampoco, ficciones de nuestros mayores,
sino que siempre conserva el respeto debido a los dioses.”

4. Beber con moderación y evitar la embriaguez

Ateneo cita muchos fragmentos poéticos que dan consejos sobre el conveniente uso del vino en el banquete. Como estos versos de Eubulo (en una comedia titulada Sémele o Dioniso):

“Sólo tres cráteras mezclo
para los que son sensatos: trae salud
la primera, la que se apura al comienzo.
La segunda es de amor y placer. La tercera, de sueño.
Y al tomarla los invitados sagaces
regresan a casa. En la cuarta ya no
ejerzo dominio, es de la insolencia. La quinta es del jaleo .
La sexta, de los bailes callejeros. La séptima de los ojos morados.
La octava de los alguaciles. La novena, de la cólera.
La décima, del frenesí. La décima, del delirio,
que le derriba a cualquiera. Y si llenas muchas veces la misma copa
aunque sea pequeña, acabará por echarte la zancadilla.”

O estos otros dos fragmentos de Paniasis:

“Es el vino para los moradores de la tierra un recurso tan útil como el fuego,
noble, preservador de males, compañero en cualquier pena.
Pues hay en él una hechicera porción de regocijo y de júbilo;
en él una semilla de danzas en corro; en él una fuente de delicioso amor.
Así que, en el banquete, tienes que aceptarlo y beberlo
con ánimo bien dispuesto, y no tras darte una panzada de comer,
como un niño, tumbarte atiborrado, olvidado de las alegrías.”

“El vino es el mejor regalo de los dioses a los mortales,
don espléndido. Con él se armonizan los cantos,
y todas las danzas, y todos los deseables amores.
Vacía el corazón humano de todas las tristezas,
si uno bebe con moderación. Pero por encima de la medida, es dañino.”

Las alabanzas al don de Dioniso son un tópico frecuente en la poesía griega. Es remedio de penas y dolores, manantial de alegrías y amigo de las fiestas, incita a gozar del amor y los juegos eróticos, y aguza el ingenio y la risa, y aligera el corazón. Quizás los cantos del coro de las Bacantes de Eurípides ofrezcan el ejemplo más famoso; pero hay otros muchos textos que ensalzan los beneficios del vino. Ateneo ofrece una breve antología de esos elogios del vino en el marco del simposio. Pero los más claros precedentes los tenemos ya en Arquíloco y Alceo, aunque los líricos arcaicos no suelen poner en guardia contra los riesgos del beber en exceso. En cambio, en el simposio, hay que guardar cierta cautela para no excederse y romper la armonía del festín, que es una norma civilizada. De los numeroso textos citados por Ateneo, me gustaría citar sólo uno más, un texto de Baquílides, en que se ensalza el estímulo de la fantasía que trae consigo el vino:

“Un dulce apremio que brota de las copas inflama el ánimo,
la espera de Cipris caldea el corazón,
mezclada con los dones de Dioniso,
y envía a lo más alto las cuitas de los hombres.
N un momento deshace las murallas de las ciudades,
y todos los hombres creen que van a ser reyes.
Con oro y marfil relumbran las casas,
y naves cargadas de trigo, surcando el brillante
ponto, traen de Egipto enormes riquezas.
Así lo imagina el corazón del bebedor.” (Ateneo, o.c, 39e-f)

Sobre los vinos los eruditos de Ateneo dan numerosos consejos y detalles, sobre sus calidades, procedencias, efectos, etc. En El banquete de los eruditos se despliega una asombrosa y vastísima erudición sobre el simposio en el marco de un simposio, pero no se trata de evocar una reunión real , ni siquiera una charla verosímil, sino sólo de recoger en ese diálogo fingido todo un repertorio de sentencias, fragmentos literarios, y noticias gastronómicas. Ese centón, tan ameno y pintoresco, tiene mucho de “libro de cocina” y biblioteca gastronómica, sobre un trasfondo de muchas lecturas literarias.

Hay en esas páginas noticias de todo tipo, generalmente notas muy curiosas y a veces muy sabrosas. Así, por ejemplo, se anota que Aristóteles observó que los borrachos de cerveza caen hacia atrás y los de vino hacia delante. Y que la berza está muy recomendada para evitar la embriaguez. Y muchas otras noticias del mayor interés.

5. La importancia de la selección de los invitados.

Los banquetes más clásicos, los conservados de Platón y Jenofonte (y también podríamos añadir alguno perdido, como el escrito por Epicuro), nos presentan a un grupo de individuos educados y amantes de la charla filosófica. Esa característica margina algunos aspectos de los banquetes más vulgares. Los lances eróticos y las juergas sexuales quedan soslayados. Daré luego algunos apuntes sobre el Simposio platónico, que he analizado por extenso en otra parte (en mi prólogo a la excelente traducción del mismo por Fernando García Romero, en Alianza editorial, 1989) . Pero podemos recordar el no menos clásico texto de Jenofonte, escrito por la misma época, y también que Plutarco, muchos siglos después, en su Banquete de los siete sabios nos presenta otra reunión de aspecto semejante, inventada y colocada en la época arcaica, en un pastiche muy de su gusto anticuario, y con figuras por entonces ya casi míticas . Como contraste, en su Banquete o los Lápitas, Luciano de Samósata parodia el mismo famoso modelo, y nos cuenta una reunión de filósofos, o miembros de varias sectas filosóficas que, achispados por el vino y rebosantes de vanidad y pedantería, acaban por zumbarse unos a otros en una vulgar y ridícula trifulca. El simposio degenera bajo las rencillas y malos modos de unos intelectuales de pacotilla. Es la última versión del clásico “banquete”, visto con la aguda mirada del escritor satírico de Samósata. Que viene a mostrar cómo la educación de los invitados es el mejor requisito para una acertada fiesta de charlas amenas y muchas copas.

Acerca del Banquete de Platón.

El banquete de Platón es, por méritos propios, el más reconocido e influyente ejemplo de esa serie de diálogos de sobremesa. Tiene como tema central de discusión el eros, y la conversación presenta diversos puntos de vista sobre la pasión amorosa. Debaten acerca de él los invitados al banquete en casa del joven poeta Agatón, el dramaturgo que celebra su victoria reciente en el certamen de tragedias en la fiesta de Dioniso. Son todos ellos personas refinadas, todos contertulios de palabra brillante, y la camaradería de los comensales favorece el relumbrón de la charla. Es una competición de seis discursos en elogio de eros, a los que se añade luego, como colofón marginal, un séptimo elogio, el que pronuncia finalmente el apasionado Alcibíades, que irrumpe de pronto, sobre su relación con Sócrates. Los discursos tienen una cierta gradación y la serie culmina con la intervención de Sócrates; pero luego el relato de Alcibíades añade un a conclusión de gran impacto dramático.

La serie de los seis discursos culmina con el de Sócrates, un tanto sorprendente, ya que además de refutar los anteriores, él afirma relatar en sus palabras el mito sobre el origen de Eros que escuchó a una misteriosa sacerdotisa, Diotima de Mantinea. Y en su fogoso discurso Sócrates trasciende las perspectivas anteriores invocando el mensaje de esa sacerdotisa, extraña figura femenina en el mundillo de lo que hoy llamaríamos una reunión de “intelectuales”.

Los seis discursos son de una notable diversidad y en ellos se refleja el talante y la orientación de cada uno de los contertulios. Fedro, apasionado de la poesía y la retórica, al que conocemos también por el diálogo platónico de su nombre, es el iniciador de la ronda y árbitro de la conversación. Vienen luego los encomios del discreto Pausanias, del médico Erixímaco (hipocrático y culto), del ya famoso comediógrafo Aristófanes (que nos encanta con un ingenioso y estupendo mito), del dramaturgo Agatón, anfitrión de la fiesta, y finalmente del siempre crítico y sorprendente Sócrates.

Más allá de los panegíricos de tanto brillo retórico de los poetas y dramaturgos que lo preceden el filósofo quiere definir lo esencial de la pasión amorosa. No va a cuidarse, dice Sócrates, de la belleza superficial de las palabras, sino de la verdad, la alétheia. Partiendo de las sugerencias del relato mistérico de Diotima, Sócrates define el amor como un ansia de alcanzar la Belleza y el Bien, más allá de las apariencias, es decir, un íntimo anhelo de verdad y belleza, que a partir del mundo sensible se eleva a un plano espiritual. (Late ya ahí la teoría platónica de las Ideas, que Platón desarrolla en otras obras, y que constituye el fondo del luego llamado “amor platónico”). Después de las admirables palabras de Sócrates el coloquio se interrumpe con la irrupción en la sala del achispado Alcibíades, quien cierra la ronda de charlas con un apasionado elogio de Sócrates como el perfecto y sabio maestro en la búsqueda del mejor amor.

Platón trata también sobre el amor en un diálogo breve y anterior, el Lisis, y vuelve más tarde sobre el tema en el Fedro, pero es, sin duda el Banquete su texto más admirado e influyente al respecto, gracias a la espléndida conjunción de forma y fondo. De modo admirable en el marco del simposio alberga una magnífica lección de filosofía.

Carlos García Gual.

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