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“La peste Antonina: una pandemia en la Roma imperial”:

Mª Ángeles Alonso Alonso
(Doktoratu ondoko ikertzailea da Kantabriako Unibertsitatean. Historian doktorea da Kantabriako Unibertsitatean 2014tik)

1. Introducción

Epidemias y pestes han alterado el devenir de la historia de la humanidad desde sus inicios. La falta de salubridad e higiene, así como la ausencia de sistemas sanitarios como los que tenemos en la actualidad, llevaron a que las sociedades antiguas sufrieran brotes infecciosos con relativa frecuencia. Con todo, no es hasta el siglo V a.C. cuando se documenta con detalle la primera gran epidemia de la Antigüedad, la peste de Atenas, que Tucídides sufrió y describió en su obra “Historia de la guerra del Peloponeso”. Gracias a su testimonio sabemos que una enfermedad desconocida azotó Atenas entre los años 430 y 426 a.C. causando estragos, pero sin sobrepasar los límites de la ciudad. No fue, por tanto, una pandemia o, según la definición de la Organización Mundial de la Salud, no supuso la “propagación mundial de una nueva enfermedad”.

La primera epidemia en afectar globalmente al mundo occidental, esto es, la primera pandemia de la humanidad, fue la peste Antonina, que se extendió por gran parte del Imperio romano en el siglo II d.C. Fue global por la extensión geográfica que alcanzó, que sobrepasó con mucho los límites de una ciudad, por los efectos que tuvo en la población y por su persistencia en el tiempo. En definitiva, fue un fenómeno de una amplitud desconocida hasta entonces y cuyas proporciones geográficas y humanas nunca antes habían sido vistas.

Por supuesto, desde la peste de Atenas en el siglo V a.C., y hasta llegar a mediados del siglo II d.C., hubo muchas otras epidemias y grandes enfermedades. De hecho, brotes de plagas de variada intensidad fueron una característica más o menos constante en el mundo greco-romano. Por ejemplo, para el caso de Roma el historiador Tito Livio documenta hasta 24 epidemias en el período comprendido entre los años 490 y 292 a.C. (es decir, una epidemia cada 8,25 años), y 10 entre 212 y 165 a.C. (una cada 4,8 años). Las plagas se siguen documentando de forma periódica también entrada la época imperial. Así, hay fuentes que indican que en el año 65 d.C., durante el reinado de Nerón, hubo más de 30.000 muertos en Roma en dos o tres meses. Pero estas enfermedades difícilmente sobrepasaban el ámbito local o regional y se correspondían con episodios de duración básicamente anual. Con la peste Antonina, por primera vez en la historia una epidemia rompe esos límites locales y se convierte en pandemia durante más tiempo, marcando con ello un hito: surgió en el año 165 d.C. y se prolongó, de forma más o menos continua, hasta el 180 d.C.

2. Contexto histórico: el Imperio romano en el siglo II d.C.

La peste Antonina se desata en un momento en que el Imperio romano había alcanzado su máxima extensión geográfica y su madurez política y administrativa. El siglo II d.C. es un momento de esplendor en el que todo funciona muy bien. La estructura política del Imperio, que se había fundado a inicios del siglo I d.C., había ido adaptándose y mejorando a lo largo de toda esa centuria. Además, la dinastía Antonina, que estaba al frente del Imperio (y por ello dio nombre a la peste), había conseguido la armonía en lo político al cambiar el sistema sucesorio familiar, basado en la sangre, por el de la adopción, que buscaba que el poder pasara al mejor candidato. En el año 165 d.C. hay por primera vez dos emperadores a la cabeza del Imperio, Marco Aurelio (161-180 d.C.) y Lucio Vero (161-169 d.C.).

Con Trajano (98-117 d.C.) y Adriano (117-138 d.C.) el Imperio había alcanzado la mayor extensión geográfica que tuvo, en torno a los nueve millones de km2. Tenía como límites en el norte a Britannia, el Rhin y el Danubio, por oriente el norte de Mesopotamia, por occidente Hispania y por el sur el desierto del Sahara y la cuarta catarata del Nilo en Egipto. Además, toda esta masa territorial estaba caracterizada por la unidad geográfica y cultural. Se trataba de un Imperio híper conectado por vía terrestre, marítima y fluvial: en el centro se encontraba el mare Nostrum, que facilitaba la articulación de los diferentes territorios, mientras que una amplia red vial de comunicaciones y rutas comerciales se extendían entre las diferentes provincias. A esto hay que sumar que no había barreras internas y la libertad de movimiento estaba garantizada, todo lo cual promovía la existencia de un activo comercio y una movilidad de ideas y culturas sin precedentes. Se calcula que en estos momentos había en el Imperio en torno a 50 millones de habitantes, de los cuales 7 u 8 vivían en la península itálica y uno en la capital.

El Imperio romano también estaba caracterizado por la unidad cultural: el latín y el griego eran las lenguas comunes y oficiales en todo el territorio; una única ley, la ley de Roma, garantizaba una protección igualitaria y derechos individuales a todo ciudadano del Imperio; el modo de vida urbano se extendió imitando el modo de vida de la Vrbs, de modo que creció considerablemente el número de las ciudades y en ellas el urbanismo, la arquitectura y la tecnología eran similares. Al mismo tiempo, se trataba de un Imperio multicultural y multinacional en el que las tradiciones, lenguas y religiones locales eran mayormente tolerados. En definitiva, en estos momentos se vivía un período de paz y estabilidad. No obstante, esta armonía y unidad política, administrativa, comercial y militar, así como el constante tráfico de gentes y mercancías, convirtieron al Imperio romano en el ámbito ideal para la propagación de enfermedades que en poco tiempo podían traspasar el ámbito local. Sin duda, ese carácter ecuménico coadyuvó a una rápida propagación de la epidemia.

3. Orígenes y desarrollo de la peste Antonina

La peste Antonina es la única epidemia del mundo romano para la que hay varios testigos oculares o informes documentales coetáneos, así como la única de la que quedan varias informaciones de fuentes más tardías. En consecuencia, conocemos más de ella que de cualquier otra plaga del período. No obstante, las fuentes tienen sus limitaciones, en primer lugar porque son bastante fragmentarias, sobre todo las relativas a la etiología y al diagnóstico de la enfermedad, y en segundo lugar porque la mayoría son tardías y lejanas en el tiempo a los hechos a los que se refieren (se redactaron en los siglos IV y V), lo que hace que disminuya su fiabilidad.

El origen de la peste es discutido, pues las fuentes proponen dos lugares donde pudo brotar. La versión más difundida sitúa ese origen en Mesopotamia, en el contexto de la guerra contra los partos que los romanos estaban librando en la zona desde el año 161 d.C. Este conflicto bélico comenzó por la invasión del Imperio Parto al reino de Armenia, que era un estado cliente romano, por lo que Lucio Vero acudió con varias legiones para pacificar la frontera y devolver el trono al rey armenio. En la campaña del año 165 d.C., los romanos se dirigieron hacia el sur y saquearon las ciudades de Ctesifonte y Seleucia, cayendo así la mayor parte del norte de Mesopotamia en sus manos. En este contexto, y según cuenta la Historia Augusta, “dicen que la epidemia surgió en Babilonia cuando se escapó un vaho pestilente de una arquita de oro del templo de Apolo, en la que un soldado había abierto por casualidad un resquicio, y que desde allí apestó el reino de los partos y el orbe” (SHA, Verus VIII, 1-2). El historiador Amiano Marcelino ofrece una versión similar, si bien ubicándola en Seleucia, muy cerca de Babilonia (Amm. Marc., Historiae 23.6.24). En definitiva, la causa de la peste estaría en la profanación del templo de Apolo por parte de un soldado. Otra versión sitúa el origen en Etiopía y Egipto como etapa intermedia. Así lo refiere Luciano de Samosata, que transmite lo escrito por Crepereio Calpurniano, un historiador de época antonina que escribió una historia de la mencionada guerra entre partos y romanos. Según Calpurniano, la plaga comenzó en Etiopía (al igual que la peste de Atenas), desde donde descendió a Egipto y llegó después a las tierras de Persia. Este mismo autor indica que hacia el año 165 d.C. la peste estaba en Nisibis (Lucian. Quomodo historia conscribenda sit, 15).

En realidad, ambas versiones son complementarias, pues coinciden en que la peste está en Mesopotamia en el año 165 d.C. La hipótesis de consenso actual ubica el origen en África. Según K. Harper, la enfermedad surgió espontáneamente en este continente y seguramente entró en el Imperio romano por la vía del eje del Mar Rojo, que era la encrucijada de un comercio precariamente global que estaban desarrollando los romanos en el océano Índico. Esta idea se apoya en una información incluida en la biografía de Antonino Pío según la cual en el año 156 d.C. hubo una peste en la península arábiga. Así, desde África, y gracias a esa vía comercial establecida en el mar Rojo, la enfermedad pasó a la península arábiga y después siguió avanzando hacia Egipto y Mesopotamia.

Las fuentes antiguas (literarias, epigráficas y papirológicas) nos permiten marcar diferentes hitos en el desarrollo de la peste y proponer la siguiente cronología:

  • 165 d.C. Después de que los romanos arrasaran las ciudades de Seleucia y Ctesifonte, Dión Casio dice que durante la vuelta al cuartel general de Antioquía, uno de los generales que comandaba el ejército perdió “muchisísimos” soldados por hambre y por enfermedad (Dio LXXI, 2, 3-4). Efectivamente, las tropas de Lucio Vero en combate en la zona fueron los primeros en sufrir los efectos de la terrible epidemia. Asimismo, la mención de Luciano de Samosata de que este año la peste está presente en Nisibis nos indica que la epidemia se estaba extendiendo por Mesopotamia. Sabemos que no tardó en trascender este territorio, pues en el verano de ese mismo año llegó a la península de Anatolia, concretamente a la ciudad de Esmirna, tal y como cuenta el sofista Elio Arístides:

    “Residía, en pleno verano, en una casa a las afueras de la ciudad [Esmirna] y una enfermedad contagiosa hizo presa en casi todos mis vecinos. Al principio, dos o tres de mis domésticos cayeron enfermos, y después uno tras otro, hasta que al final todos, tanto los más jóvenes como los mayores, estaban contagiados. Yo cogí la enfermedad el último. […] Las bestias también cayeron enfermas y, si uno intentaba moverse a pie hacia alguna parte, inmediatamente se caía a las mismas puertas. […] Todo estaba dominado por el desánimo, los lamentos, los gemidos y la tristeza general. En la propia ciudad las enfermedades eran terribles. Hasta ese momento me había mantenido cuidando de la salud de los otros no menos que de la mía, pero después mi enfermedad se agravó y fui presa de un terrible ardor de toda clase de bilis que me molestaba constantemente, día y noche. Estaba cerrado a todo alimento y mis fuerzas menguaron. Los médicos renunciaban y, dándome por terminado, desistían por completo; anunciaron que pronto habría de morir. […] Me observaba a mí mismo con atención, como si fuera otro, y me daba cuenta que el cuerpo se quedaba paulatinamente sin fuerzas hasta que llegué al límite” (Elio Arístides, Orationes XLVIII, 38-39).


    Se trata sin duda de un testimonio excepcional en primera persona que no sólo nos permite comprobar lo rápido que se está extendiendo la enfermedad, sino conocer de primera mano el miedo y la incertidumbre que una enfermedad desconocida podía causar.
  • 166 d.C. Lucio Vero y el ejército emprenden su vuelta a Roma, factor que fue esencial en la expansión de la epidemia. Según relata el biógrafo del emperador en la Historia Augusta, Lucio Vero “tuvo la fatalidad […] de llevar consigo la peste a todas las provincias por donde pasó hasta que llegó a Roma” (SHA, Verus, VIII, 1). Esta misma idea la transmite Eutropio, que dice que tras la victoria sobre los partos “hubo un terrible estallido de la plaga tal que una gran proporción de los habitantes y casi todos los soldados murieron a causa de la enfermedad debilitadora en Roma y a través de Italia y las provincias” (Eutropio, Breviarium ab Urbe condita 8.12). Este año la peste llega a Roma y Galeno de Pérgamo abandona la ciudad, como él mismo narra: “Pasé en Roma otros tres años y al comenzar la gran peste salí de inmediato de la ciudad y me apresuré en dirección a mi patria sin haber comunicado a nadie mis intenciones” (De libris propriis 1, 14-16 = Kühn XIX, 15). Muchos historiadores han pensado que Galeno huía de la enfermedad, pero en otra parte de su obra explica que se fue de la ciudad por otros motivos. En todo caso, le valió de muy poco, pues Marco Aurelio le hizo volver poco después. Además, más que huir se acercaba a la enfermedad, pues volvió a Pérgamo, a unos 100 km al norte de Esmirna, que, como se ha visto, había sido sacudida por la peste el año anterior. En relación a este primer brote, el médico pergameno también refiere la muerte de un amigo suyo a causa de la epidemia (De indolentia 35). Por lo demás, este año se inicia un nuevo conflicto armado, las guerras marcomanas contra los pueblos germanos del norte (166-175 d.C. y 177-180 d.C.), que duraron todo el tiempo que se perpetuó la pandemia.
  • 167 d.C. Hay algunas fuentes que, sin mencionar directamente la peste, nos dan pistas acerca de los estragos que estaba causando. Es el caso de un tríptico compuesto por tres tabulae ceratae procedente del distrito minero de Alburnus maior (actual Roșia Montană, Rumanía), en la provincia de Dacia, y datado el 9 de febrero del año 167 d.C. (CIL III, p. 924, 1). Las tablillas de madera contienen dos copias de un mismo decreto que redactaron el presidente y los tesoreros de un colegio funerario que decidieron atestiguar públicamente “que de los 54 miembros que constituían la asociación, no quedan en Alburnus más que 17”, así como que “ahora no hay suficientes fondos para más funerales”. Si se quiso dejar constancia de este hecho es porque una caída semejante en el número de miembros del colegio no era nada habitual. Esta fuente nos muestra que la gente estaba desapareciendo del distrito minero, bien porque estaba huyendo para salvar la vida o bien porque estaba muriendo.
  • San Jerónimo refiere en sus Crónicas que en 168 d.C. la peste se había apoderado de numerosas provincias (Jerónimo, Chronicon, Ed. Rudolf Helm, p. 206). No especifica cuáles, pero esto es sin duda revelador del carácter global de la peste.
  • 168-169 d. C. El papiro PThmouis (I 104.10-18) contiene un registro administrativo de los pagadores de tasas de Thmouis y otras ciudades del Delta del Nilo, en Egipto. Entre los años 168 y 169 d.C. documenta una caída considerable en el número de pagadores, esto es, una despoblación acusada que pudo ser causada por la huida de la población o la muerte provocadas por la epidemia.
  • En el invierno del año 168 al 169 d.C. ambos emperadores se encontraban en Aquileia, en donde estaban los cuarteles de las legiones implicadas en las guerras marcomanas. Hasta allí hicieron venir a Galeno desde Pérgamo, que fue testigo de un nuevo y virulento rebrote de la epidemia que atacó al campamento y se extendió entre las tropas allí concentradas haciendo estragos: “Cuando llegué a Aquileia la peste golpeó como no lo había hecho antes, tanto que los emperadores huyeron a Roma junto a unos pocos soldados y nosotros, la mayor parte, a duras penas nos salvamos en mucho tiempo; muchísimos murieron no sólo por la peste, sino porque estos hechos estaban teniendo lugar en pleno invierno” (De libris propriis 2 = Kühn XIX, 18). Galeno advierte la estacionalidad de la enfermedad, que en invierno resultó ser más virulenta.
  • El año 169 d.C. es un año significativo en el desarrollo de la pandemia, pues el emperador Lucio Vero falleció en Altinum en el viaje de vuelta a Roma desde Aquileia. No está claro que fuera como consecuencia de la epidemia, pues hay fuentes que dicen que murió víctima de la peste, otras que pudo ser a causa de una apoplejía o incluso que un médico le provocó la muerte al realizarle una sangría. En cualquier caso, lo que es interesante en relación a la muerte del co-emperador es el efecto psicológico que pudo tener en la población, pues ni los dirigentes, que eran los más rectos moralmente, escapaban a la ira de los dioses. Sin duda, el fallecimiento de Lucio Vero debió de causar mucho miedo a los habitantes del Imperio.
  • San Jerónimo refiere en sus Crónicas que aún en el año 172 d.C. la peste era tan devastadora por todo el mundo que incluso el ejército fue sacrificado casi hasta su extinción (Jerónimo, Chronicon, Ed. Rudolf Helm, p. 205).
  • Para el año 174 d.C. contamos con otro documento que, indirectamente, nos habla de los efectos que la peste está teniendo. Ese año, una asociación de tirios que comerciaban en Puteoli (actual Pozzuoli, cerca de Nápoles) se lamentaba de serias pérdidas y pedía ayuda al Senado de Tiro por medio de una carta fechada el 23 de julio del año 174 d.C.: “[…] En días pasados, los tirios que vivíamos en Puteoli éramos responsables del mantenimiento [de las estaciones comerciales]; eran numerosas y ricas. Pero ahora nos hemos reducido a un número pequeño y […] no tenemos los recursos necesarios para pagar la renta de la estación”, de modo que piden al Senado de su ciudad que pague por ellos la renta anual de 100.000 denarios para mantener esas estaciones comerciales (OGIS, 595). Se trata de un ejemplo de los efectos económicos de la peste: cada vez había menos comerciantes y caían las transacciones, con lo que la actividad ya no era rentable y no podía mantenerse, lo que obligaba a quienes comerciaban a pedir ayuda.
  • Una carta de Marco Aurelio dirigida a los atenienses y fechada entre los años 174/175 d.C. permite entrever los efectos que la crisis estaba causando. La epístola informa a los habitantes de Atenas de que se les permite ampliar la elegibilidad del areópago para mantener su número. Es decir, los candidatos a formar parte de este consejo debían cumplir ciertos requisitos (principalmente, formar parte de las categorías sociales predilectas), pero cada vez había menos personas que los cumplieran, con lo que el emperador se vio en la necesidad de cambiar esas normas para que hubiera más personas elegibles. Esto pone en evidencia que había tenido lugar una caída en la población. La carta alude además a la angustia de otras ciudades cuando el emperador afirma: “teniendo en cuenta las circunstancias provocadas por el destino, por las que conozco muchas otras ciudades han demandado ayuda urgentemente”.
  • En enero y febrero de 179 d.C., otro registro de pagadores de tasas conservado en un papiro documenta una repentina mortalidad en Egipto, esta vez en la ciudad de Socnopaiou Nesos, en la que en dos meses murió un tercio de los contribuyentes: de 244 hombres registrados en septiembre del año anterior, 59 murieron en enero y 19 en febrero. Una mortalidad a tan alta escala y en estas fechas era evidentemente consecuencia de la epidemia.
  • Finalmente, en el año 180 d.C. falleció el emperador Marco Aurelio víctima de un cuadro febril de una semana de evolución. En algunos trabajos se apunta a que murió a causa de la peste por las palabras que, según la Historia Augusta, dijo en su lecho de muerte: “¿Por qué me lloráis y no pensáis más en la peste y en la muerte de todos?” (SHA, Marc. Aurel. XXVIII, 4). Entra en lo posible que, en efecto, la enfermedad del emperador viniera motivada por un rebrote de la peste, pero el hecho ni es seguro ni aceptado por una parte de los investigadores, pues no se puede demostrar. En todo caso, sí que es significativo que el emperador recordara antes de morir el evento más trágico de su reinado.

A partir del año 180 d.C. desaparecen de las fuentes noticias acerca de la peste. En 189 d.C. Dión Casio documenta el brote de una enfermedad que dejó 2.000 muertos diarios en Roma (Dio LXXII, 14, 3-4), pero se trata de una epidemia diferente, causada por una enfermedad que también afectaba al ganado.

Los vectores de propagación de la peste Antonina fueron fundamentalmente dos. En primer lugar, el ejército, que fue en realidad el factor clave para la expansión de la enfermedad. Las tropas que habían luchado en la guerra contra los partos atravesaron diferentes provincias en su vuelta a Roma, a los campamentos y a sus hogares en regiones civiles del interior. Las circunstancias en que viajaban y vivían los soldados, hacinados y carentes de servicios higiénicos adecuados, favorecieron unas condiciones ideales para el contagio de enfermedades infecciosas. En segundo lugar, los contactos comerciales a gran escala a lo largo de todo el Imperio ‒por barco en el Mediterráneo, por medio de la navegación fluvial y por vía terrestre gracias a la extensa red viaria‒ tuvieron un importante impacto en la difusión de la enfermedad. En virtud de ambos factores, las áreas de mayor riesgo fueron las zonas fronterizas, donde estaban los campamentos militares, y las principales ciudades marítimas del Mediterráneo. A estas dos fuentes de intercambio hay que sumar los viajes personales, aunque sin duda tuvieron un impacto mucho menor. No hay que olvidar asimismo la especial vulnerabilidad de Roma, pues al ser la capital imperial estuvo más expuesta que ninguna otra ciudad a la epidemia importada (a ella llegaban los administradores provinciales, comerciantes, estudiantes, nuevos esclavos, soldados, etc.). En definitiva, hubo varios mecanismos de interconexión imperial que facilitaron la propagación, siendo el fundamental el ejército.

4. Identificación de la enfermedad

Hemos de tener en cuenta las dificultades que entraña determinar la etiología de una infección cuando no se cuenta con muestras biológicas de las víctimas, como es el caso. Para llegar a un diagnóstico hay que usar otros medios, y lo más útil es analizar la literatura primaria que describe la enfermedad y plantear un análisis histórico-clínico de la misma. Pero es difícil trabajar con estos documentos, pues muchas palabras en latín y griego tienen varios significados, de modo que se pueden interpretar en un modo distinto del que entendía el autor original, desviando con ello la descripción hacia el diagnóstico real o lejos de él.

En el caso de la peste Antonina, no hay una narración y descripción extensa de la enfermedad como la que hizo Tucídides sobre la peste de Atenas en el siglo V a.C., o la que redactó Procopio de Cesarea con motivo de la peste de Justiniano en el siglo VI d.C. Al contrario, contamos con apuntes dispersos, pero que tienen el gran valor de haber sido escritos por un testigo directo de los hechos que, además, era un observador aventajado: Galeno de Pérgamo. Galeno puede considerarse no sólo como el más famoso y mejor médico de su época, sino como el médico más influyente de toda la Antigüedad. Con su ingente obra, que ocupa más de veinte mil páginas, mejoró los fundamentos de la medicina hipocrática y sentó las bases de la medicina occidental hasta el siglo XVII. Su testimonio es por ello fundamental y excepcional. Galeno presenció la epidemia y trató a varios pacientes, es decir, se enfrentó directamente a los efectos que la enfermedad producía en el cuerpo humano, con lo que proporciona datos científicos de primera mano. Desafortunadamente, sus referencias son dispersas y breves, porque su intención no era hacer una descripción completa de la plaga para que fuera reconocida por futuras generaciones en el caso de que apareciera de nuevo, como fue el caso de Tucídides. Él estaba más interesado por el tratamiento y los efectos físicos de la infección. Se trata, por tanto, de una descripción parca, más anecdótica que clínica, pero que aporta datos muy fiables. Gracias a ello hay un mayor consenso a la hora de identificar la enfermedad que provocó la peste Antonina que las que originaron las plagas de Atenas y Justiniano, cuya identificación a día de hoy sigue siendo más problemática.

El texto más extenso de Galeno en relación a la enfermedad, y que es fundamental para tener una cierta aproximación a los síntomas de la peste, es el siguiente:

“Exantemas de color negro o violáceo oscuro que después de un par de días se secan y desprenden del cuerpo, pústulas ulcerosas en todo el cuerpo, diarrea, fiebre y sentimiento de calentamiento interno por parte de los afectados, en algunos casos se presenta sangre en las deposiciones del infectado, pérdida de la voz y tos con sangre debido a llagas que aparecen en la cara y sectores cercanos, entre el noveno día de la aparición de los exantemas y el décimo segundo, la enfermedad se manifiesta con mayor violencia y es donde se produce la mayor tasa de mortalidad” (Gal., Meth. med. 5, 12).

A partir de este texto y diversos apuntes que aparecen desperdigados en otras cinco obras de Galeno, diferentes investigadores intentaron llegar a un diagnóstico. Con indecisión, la enfermedad se identificó con viruela, tifus exantemático y peste bubónica, siendo preferente siempre la viruela en las apuestas. Finalmente, Robert Littman estableció que, en efecto, lo más probable es que se tratara de una infección provocada por el variola virus, y así se sigue aceptando en la actualidad. Littman identificó los siguientes síntomas en las notas de Galeno:

  • Exantema.
  • Fiebre.
  • Excrementos negros, diarrea, olor fétido.
  • Vómitos (en algunos casos).
  • Dolor de estómago (en todos los casos).
  • Aliento fétido.
  • Tos-catarro.
  • Ulceraciones internas e inflamación.
  • Duración de la enfermedad: la crisis aparecía al noveno o duodécimo día; al tercer día después del noveno, el joven se levantaba de la cama.

El exantema o sarpullido en la piel, síntoma del que Galeno da más detalles, es el signo diagnóstico clave para determinar la enfermedad. El exantema tiene el potencial de ser la erupción cutánea que se ve en el sarampión, el tifus y la viruela. De hecho, los primeros estadios de las tres afecciones son similares y hace que sean fáciles de confundir. Además, las tres comparten muchas de las características que están en la descripción de la plaga, como el calor interno, el aliento fétido o la diarrea, por lo que los investigadores consideraron que el tipo de ampolla debía ser analizado con atención para diferenciar entre las tres posibilidades. Galeno resalta que el exantema cubre todo el cuerpo, lo cual es consistente con la distribución tópica de estas tres enfermedades. Otra característica del sarpullido es que generalmente era negro, lo que para Galeno se debía a un resto de sangre putrefacto en la ampolla de la fiebre. Según Littman, esto es indicativo de que pudo tratarse de viruela hemorrágica, pues la viruela se caracteriza por un sarpullido que generalmente se vuelve vesicular, y en el caso de la viruela hemorrágica se dan pronunciadas extravasaciones de sangre dentro de las lesiones que pueden dar lugar a un color negruzco. Las extravasaciones hemorrágicas dentro de la piel también se producen con el tifus, pero una diferencia entre tifus y viruela es que ésta produce elevadas lesiones vesiculares y pustulares (esto es, con pus o líquido dentro), mientras que las lesiones del tifus son planas y nunca pustulares. Galeno no especifica si los exantemas eran elevados o planos, pero sugiere que eran pustulares, lo que se corresponde con el estadio pustular del sarpullido de la viruela. Por lo demás, Galeno dice que el exantema se volvía áspero y costroso, es decir, que la ampolla se convertía en costra, tal y como se aprecia en el proceso de descamación de las lesiones producidas por la viruela. Sin embargo, la descamación en el tifus es arenosa, es decir, el sarpullido se convierte en un polvo fino y nunca en una costra. En definitiva, según Littman la descripción que Galeno hace del exantema es típico del sarpullido de la viruela hemorrágica y, además, los otros síntomas que menciona, como la diarrea y las heces negras, son compatibles con esta enfermedad.

5. Medidas para enfrentar la enfermedad

Para entender muchas de las medidas que se tomaron para frenar la enfermedad hay que tener en cuenta la concepción irracional que se tenía del origen de las enfermedades durante la Antigüedad. Se ha visto cómo algunos relatos acerca del origen de la peste Antonina la relacionaban con la profanación del templo de Apolo de Babilonia, esto es, con una impiedad que desató la ira de la divinidad. El mundo romano no es un mundo científico, sino supersticioso, un mundo en el que el tabú religioso imperaba y asociaba el surgimiento de las pestes y enfermedades a fenómenos mágicos. Por ello, si la causa de la desgracia estaba en la ira de los dioses, era necesario aplacarla y restablecer el entendimiento con ellos. En consecuencia, muchas de las medidas que se tomaron afectaron al plano espiritual.

El biógrafo de Marco Aurelio dice que el emperador “restableció con gran escrupulosidad el culto a los dioses” (SHA, Marc. Aurel. XXI, 6), “purificó Roma con todo tipo de sacrificios” y también que celebró un lectisternium en rogativas por la curación de la peste (SHA, Marc. Aurel. XIII, 1-2). Esta ceremonia consistía en un banquete de gran suntuosidad ofrecido a los dioses: sus imágenes se sacaban de sus nichos y se colocaban sobre lechos delante de una mesa provista de los más delicados platos que preparaban los Epulones, unos sacerdotes especializados que presidían los festines. En este sentido, también podemos mencionar una serie monetal acuñada por Marco Aurelio en el año 170 d.C., en la que se grabó en el reverso a la diosa Salus en actitud de ofrecer un líquido a una serpiente, símbolo de la salud y la medicina. Esta iconografía debe considerarse como un modo de atraer el favor de la divinidad para atajar la pandemia.

Los sacrificios y exvotos a los dioses se extenderían igualmente entre la población en general. Sin duda, la peste Antonina hizo un gran daño en la salud personal y colectiva, dejando profundas secuelas psicológicas. En un contexto tan desconsolador, en que una misma familia podía perder varios miembros en cuestión de pocos días, debieron de producirse situaciones de gran temor y angustia que llevarían a la gente a acudir a los dioses. En relación a esto, se considera que ese miedo y vulnerabilidad ante la enfermedad pudo motivar un auge del cristianismo, que desde el siglo II d.C. vivió una expansión sin precedentes que le llevó, con el tiempo, a convertirse en la religión oficial del Imperio. El cristianismo ofrecía algo que no proporcionaba la religión tradicional romana: la salvación para la otra vida. Mientras que la religión romana tenía un carácter más “inmediato” y se basaba en mecanismos de comunicación con la divinidad en los que el fiel pedía, entregaba una ofrenda y el dios concedía, siempre en el mundo terrenal, el cristianismo prometía una vida después de la muerte. Esto debió de ser muy sugestivo en un momento en el que el mundo terrenal se estaba, en cierto sentido, desmoronando.
¿Cuál fue la respuesta médica a la pandemia? Puede decirse que, por puro desconocimiento, no hubo una acción médica efectiva. Al considerar que se trataba de un castigo de los dioses, la actitud individual y colectiva era de desconcierto y se dirigía a buscar soluciones espirituales y no tanto a tomar medidas sanitarias. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que el mundo romano carecía de un sistema sanitario y, aunque había médicos, éstos trabajaban de forma independiente entre sí y no podían ser capaces de ofrecer una respuesta sanitaria unitaria ante una enfermedad cuya etiología desconocían. Recordemos que en este momento se desconocen los conceptos de bacteria, virus, patógeno o contagio, aún faltan quince siglos para que se Antonie van Leeuwenhoek descubra los microorganismos y no se sabe por qué ocurren estas enfermedades. Lo que hacían los médicos era prescribir remedios genéricos, como la ingesta de vinagre y mostaza, o de tierra de Armenia, beber leche de la ciudad de Estabia, leche de ganado de las montañas o la orina de un niño. Por ejemplo, Elio Arístides cuenta que cuando padeció la enfermedad recurrió “a un lavamiento de miel ática” que le ayudó a recuperarse (Elio Arístides, Orationes XLVIII, 38-44). Tratamientos, en definitiva, que tienen que ver más con lo mágico que con lo científico y que no surtirían efecto alguno. Como respuesta preventiva, mucha gente habría optado por escapar de la ciudad al campo, actitud en la que subyace la idea de que en el campo el aire no está tan corrompido como en la ciudad.

Las fuentes también nos informan de algunas medidas de carácter práctico que tomaron los emperadores para aplacar los efectos de la pandemia. La mortandad comenzaba a ser tan alta que se legisló para controlar los entierros:

“Además se presentó una peste tan atroz que se tenían que sacar los cadáveres de la ciudad en vehículos y carretas. Fue entonces cuando los Antoninos sancionaron unas leyes estrictísimas sobre enterramientos y sepulcros, prohibiendo incluso que los particulares construyeran tumbas en sus villas, disposición que todavía hoy se cumple. La peste consumió a muchos millares y a muchos próceres, a los más ilustres de los cuales Antonio hizo erigir estatuas. Y tan grande fue su bondad que celebró funerales para las clases bajas corriendo las costas a cargo del Tesoro…” (SHA, Marc. Aurel. XIII, 3-6).

Detrás de estas medidas, que seguramente afectaron sólo a la capital, hay una intención profiláctica: se pretende controlar el lugar de enterramiento de los fallecidos, así como asegurar a todos la sepultura, incluso los que no podían pagarlo ‒que se entierran a expensas del fisco‒, para evitar todo posible contagio.

Por lo demás, Marco Aurelio se vio obligado a tomar medidas en relación al ejército, que perdió muchos de sus efectivos. Estas medidas afectaron principalmente al reclutamiento, de modo que para proporcionar más números a las tropas incorporó esclavos, gladiadores, ladrones y bárbaros, lo que tuvo consecuencias negativas en el futuro del ejército romano:

“Dado que entonces arreciaba aún la epidemia restableció con gran escrupulosidad el culto a los dioses y, como se había hecho durante la guerra púnica, ordenó preparar para la milicia a esclavos a los que como a los “volones” dio en nombre de “voluntarios”. Equipó con armas también a los gladiadores a los que llamó “complacientes”. Enroló como soldados también a ladrones de la Dalmacia y de la Dardania. Armó también a los “diogmitas”. Compró tropas auxiliares a los germanos para luchar contra ellos mismos (SHA, Marc. Aurel. XXI, 6-7).

6. El impacto de la peste Antonina

Las fuentes muestran que el alcance territorial de la peste Antonina fue desigual. No hay duda de que se convirtió en una pandemia, pero, al parecer, ni llegó a todas las zonas del Imperio ni afectó a todas las que llegó por igual. En este sentido, conviene recordar las palabras de Amiano Marcelino en relación a la peste, que “llena de enfermedad y muerte a todo el territorio situado entre la tierra de los persas, el Rhin y las Galias” (Amm. Marc. Hist. 23, 6, 24). Esta afirmación parece indicar que la difusión de la epidemia por la parte occidental del Imperio fue parcial y la peste no llegó a alcanzar en sus efectos (o no con tanta gravedad) ni la península Ibérica, el norte de África o Britannia. De hecho, no hay datos de que la epidemia afectara intensamente a estas provincias. Esto nos lleva a pensar en una incidencia asimétrica de una pandemia que, sin duda, ocasionó más estragos en la parte oriental del Imperio, donde había más ciudades y una mayor concentración de la población. Lo mismo ocurrió en Roma e Italia. En cambio, en la zona más occidental la enfermedad no tuvo la misma repercusión.

Por lo que respecta a la mortandad, las pérdidas exactas de población no se conocerán nunca porque no existían aún registros de población y los testimonios de la época no siempre son lo precisos que quisiéramos. Con todo, se han llevado a cabo estudios para calcular el índice de mortandad y, aunque hay disparidad en las conclusiones entre unos investigadores y otros, en líneas generales se aceptan dos estimaciones. J. F. Gilliam consideraba que hubo una incidencia de en torno al 1-2% de la población del Imperio. Teniendo en cuenta que se estima que en el Imperio vivían unos 50 millones de personas, un 1% llevaría al menos a 500.000 muertes y el 2% a un millón de muertes. Según R. Littman, la peste afectó a un 7-10%, es decir, causó entre 3,5 y 5 millones de muertes. Además, ese índice de mortandad se situaría entre el 13 y el 15% en el caso del ejército y las ciudades, debido a los mayores grados de concentración de gente en un mismo espacio y la falta de sistemas higiénicos. Se trata, en todo caso, de índices moderados. En ningún caso se alcanzaron tasas como las que se conocen para la Peste Negra en Inglaterra, donde en torno al 20% de la población murió entre 1348 y 1350, llegándose a reducir la población a la mitad hacia 1400.

En cuanto al impacto económico de la peste Antonina, el historiador R. P. Duncan-Jones considera que se trató de una gran catástrofe generalizada que tuvo un impacto prolongado en el tiempo y repercutió negativamente en la población, la agricultura, las edificaciones públicas, la actividad industrial, la producción de moneda, etc. Sin embargo, investigadores como C. Bruun atemperan un tanto este discurso y, si bien no niegan que la plaga fue un serio problema, consideran que la visión de conjunto que plantean las fuentes en cuanto a los efectos demográficos, sociales y económicos que tuvo no es tan trágica.

7. La peste Antonina en el devenir del Imperio romano

Se ha discutido acerca del papel que pudo jugar la peste Antonina en la caída del Imperio romano. En el pasado, muchos historiadores consideraron que supuso un punto de inflexión en la historia del Imperio, algo de lo que el mundo antiguo nunca se recuperó, pero en la actualidad esto se estima como algo exagerado. Aunque hubo un momento de crisis, el sistema no se agotó ni hubo un final de la prosperidad y el Imperio romano continuó su marcha.

Por sí misma, la peste Antonina tampoco explica la crisis que sufrió el Imperio romano en el siglo III d.C. Es más acertado pensar que fue uno de los diversos factores que influyeron en el progresivo declive del Imperio que comenzó a partir del siglo III d.C., entre los que cabe citar a los bárbaros, que presionaban en las fronteras e iban penetrando en las provincias; diferentes procesos sociales y económicos de larga duración que fueron desgastando el proyecto imperial, necesitado a estas alturas de un cambio político; el cada vez mayor protagonismo del ejército en la realidad política; la disgregación del comercio o el impacto cultural que tuvo la difusión del cristianismo. Otro factor que influyó en este declive y se está estudiando en los últimos años es el proceso de cambio climático que se inició a partir de la segunda mitad del siglo II d.C., que provocó sequías que afectaron a la producción agrícola y produjeron crisis de carestía. A este desgaste contribuyeron nuevas enfermedades, y es que en menos de un siglo el Imperio romano se vio de nuevo sacudido por una epidemia, la llamada Peste de Cipriano (denominada así porque fue descrita por el obispo Cipriano de Cartago), que saltó a Roma desde Cartago en el año 249 d.C. e inundó el Imperio durante unos veinte años en diversas oleadas.

Después de la caída del Imperio romano de Occidente, la plaga de Justiniano asoló el Imperio Bizantino en el siglo VI, como lo hizo la peste negra en la Europa del siglo XIV o la viruela durante la conquista de Méjico en el siglo XVI. En definitiva, pestes, epidemias y pandemias siguieron jalonando de forma dramática la historia de la humanidad, lo siguen haciendo en la actualidad y lo seguirán haciendo en el futuro. La historia nos enseña, por tanto, que hemos de aprender a convivir con estos momentos de crisis, pero también que todos ellos se superaron.

Selección bibliográfica
Ch. Bruun, “The Antonine plague and the third-century crisis”, en O. Hekster, G. de Kleijn, D. Slootjes (eds.), Crises and the Roman empire: Proceedings of the Seventh Workshop of the International Network Impact of Empire (Nijmegen, June 20-24, 2006), Leiden: Brill, 2007, pp. 201-217.
C. B. Cunha, B. A. Cunha, “The great plagues of the past: remaining questions”, en M. Drancourt, D. Raoult (eds.), Paleomicrobiology: past human infections, New York: Elsevier, 2007, pp. 1-20.
R. P. Duncan-Jones, “The impact of the Antonine plague”, Journal of Roman Archaeology, 9 (1996), pp. 108-136.
J. F. Gilliam, “The Plague under Marcus Aurelius”, The American Journal of Philology,82, 3 (1961), pp. 225-251.
Gozalbes Cravioto, García García, “La primera peste de los Antoninos (165-170). Una epidemia en la Roma imperial”, Asclepio. Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, LIX, 1 (2007), pp. 7-22.
R. J. Littman, M. L. Littman, “Galen and the Antonine plague”, American Journal of Philology 94/3 (1973), pp. 243-255.
A. Muñoz-Sanz, “Marco Aurelio Antonino (121-180 d. C.), filósofo y emperador de Roma, y la peste de Galeno”, Enfermedades Infecciosas y Microbiología clínica, 30/9 (2012), pp. 552-559.
K. Parker, The fate of Rome: Climate, Disease, and the End of an Empire, Princeton University Press, 2016.
A. Sáez, “La peste Antonina: una peste global en el siglo II d.C.”, Revista chilena Infectol, 33/2 (2016), pp. 218-221.

 

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