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“De Catón a Estáfila:
las múltiples caras de la vejez en la Roma antigua”:

Sara Casamayor Mancisidor
(Salamancako Unibertsitateko Historian doktorea. Erromako emakumeen zahartzaroari buruzko doktorego-tesia.)

¿Vejez? ¿En Roma?

Con frecuencia, cuando pensamos en sociedades pasadas, nos resulta difícil imaginarnos a las personas ancianas que formaron parte de ellas. ¿Vejez? ¿En Roma? ¡Pero si la gente se moría con 30 años! La percepción errónea probablemente provenga de la confusión entre esperanza de vida máxima y esperanza de vida media. La medicina estima que la esperanza de vida máxima, es decir, el tiempo máximo que puede durar la vida humana, es de 125 años, una cifra que puede aplicarse a todas las sociedades presentes y pasadas, ya que es la edad más alta que se considera que puede alcanzarse sin alterar artificialmente el organismo humano. Por su parte, la esperanza media de vida es el número promedio de años que viviría un grupo de personas nacidas en el mismo año en una región determinada si los movimientos en la tasa de mortalidad se mantienen estables. De esta forma, una esperanza media de vida de 30 años, como la que se calcula para la Roma antigua, no significa que los miembros de una sociedad dada no puedan vivir más allá, sino que probablemente nos encontremos antes una población con una tasa muy alta de mortalidad infantil. Basta por lo tanto con prestar un poco de atención a las fuentes históricas para toparnos con decenas, cientos de senes y vetulae. Aparecen, por ejemplo, en inscripciones funerarias como las que se presentan a continuación:

D(is) M(anibus) / Cor(nelia) Soteris / vix(it) an(nos) LXXXV / Auctus frat(er) fecit

(Sicilia, 151-200 n.e., AE 1980, 00518)

D(is) M(anibus) s(acrum) / Pulicio Zio/gas v(ernae) Lepti/tan(o) v(ixit) a(nnos) XCII / p(osuit) filia Pulici/a Florina pa/tri pientissimo

(Tarragona, CIL 02.06116)

También podemos acudir a los textos escritos, no sólo a aquellos que mencionan a personas concretas, sino también a los que hacen apuntes de corte demográfico. Este es el caso de Plinio el Viejo, quien alude a un censo realizado por Vespasiano entre los años 73-74 n.e. en el que, sólo en el territorio entre los Apeninos y el Po, cuatro personas declararon tener más de 120 años, dos más de 125, otras dos más de 130, y tres más de 135. Empleando como fuente el mismo censo, Flegón de Trales presenta una lista de 99 personas que superaron los 100 años.

La arqueología nos aporta, por un lado, representaciones iconográficas de la vejez en forma de estatuas, relieves y recipientes cerámicos. Además, contamos con restos óseos encontrados en yacimientos de toda la geografía romana. Los análisis llevados a cabo mediante los métodos de la Antropología Física permiten conocer el sexo, la edad, las patologías, los modos de vida y las circunstancias de la muerte de los individuos presentes en el registro arqueológico.

Finalmente, cabe hacer referencia a los muchos intentos historiográficos por reconstruir demográficamente la población romana. Diversos autores han tratado de describir la estructura poblacional romana basándose principalmente en la epigrafía romana, pero también en la comparación con otras sociedades o en datos como la importación y distribución de comida, la densidad de población por hectárea, o la cantidad de varones elegibles para el ejército. Los resultados varían enormemente, siendo el porcentaje más bajo sugerido el 6% y el más alto el 20%, siempre tomando como referencia para el inicio de la vejez los 60 años.

Por otro lado, si nos preguntamos si había o no personas viejas hace 2000 años, debemos plantearnos el propio significado de la vejez en cuanto que etapa vital socialmente construida. Según la Sociología Gerontológica, existen cuatro dimensiones de la vejez:

  • Vejez cronológica: los años transcurridos desde el nacimiento, una medición que en principio es objetiva y que constituye la manera normativa de referirse a la edad;
  • Vejez biológica/física: la relacionada con el ser humano en cuanto que organismo vivo y con las alteraciones que se producen en el cuerpo a medida que pasa el tiempo;
  • Vejez social: aquella concerniente a la vejez como categoría social y a la percepción que culturalmente se tiene de las personas ancianas;
  • Vejez sentida: la referida a la perspectiva del sí como persona vieja, a cómo nos sentimos con respecto a la forma en la que las tres dimensiones anteriores nos afectan.

Estas cuatro dimensiones de la ancianidad serán las que guíen mi argumentación y nos ayuden a profundizar en cómo era la vejez en la antigua Roma.

 

Vejez cronológica en Roma

En lo que respecta al periodo máximo de vida en la Antigüedad, la cifra más baja la da Solón, para quien la vida no se prolongaba más allá de los 70 años. Varrón nos dice que seclum (siglo) deriva de senex, ya que son 100 años el límite de supervivencia del ser humano. Se trata de un lapso que siglos antes Platón ya había presentado como el máximo posible. Con ellos coincide Censorino, quien escribe que 100 años son la frontera que en Roma se establecía para la vida pública porque, a pesar de que se hablaba de personas que habían superado esa edad, era el límite que comúnmente se tomaba para la vida humana. Ausonio establece una frontera algo más baja, de 96 años. Una cifra más alta dan Flegón de Trales, quien escribe que el tiempo máximo que podía vivir alguien era 110 años, Plinio el Viejo, que habla de periodos máximos de 112, 116 y 124 años, y la Historia Augusta, que fija 120 años como límite.

Este periodo de cerca de 100 años que los romanos creían que podía durar la vida humana se encontraba dividido en diferentes etapas, cada una de la cuales tenía unas características concretas. Cuando nos enfrentamos a la concepción del ciclo vital en la antigua Roma debemos tener en cuenta que éste tiene dos dimensiones. Por un lado, nos encontramos con divisiones amplias que generalmente adscriben a la vida una temporalidad compuesta por cuatro etapas, tantas como estaciones tiene un año: niño, joven adulto, hombre maduro y viejo para los hombres, y niña, doncella, mujer casada y vieja para las mujeres. Así, por ejemplo, para Ovidio:

“¿No ves que en cuatro apariencias se sucede el año, realizando las imitaciones de la edad nuestra? Pues tierno y lactante y semejantísimo de un recién nacido la primavera es. (…) Pasa al verano, tras la primavera, más robusto el año y se hace un vigoroso joven, pues ni más robusta edad ninguna, ni más fértil, ni que más arda, ninguna hay. La releva el otoño, depuesto el fervor de la juventud, maduro y suave y, entre el joven y el viejo, en templanza intermedio, asperjado también en sus sienes de canas. Después la senil mala estación llega, erizada con paso trémulo, o expoliada de los suyos –o de los que tiene, blanca– de cabellos” (Ov. Met. 15.200-214).

En ocasiones puede agregarse una quinta etapa -adolescencia- o una sexta, dividiendo el primer estadio en dos: infancia y niñez. En Plutarco encontramos incluso una división en ocho etapas: feto, criatura, niño, muchacho, joven, hombre, viejo y anciano.

Por otro lado, contamos con una división cronológica, que puede o no coincidir con la clasificación ya expuesta, y que suele estar basada en números con significados simbólicamente relevantes, como es el caso del siete, suma de los cuatro elementos y los tres dioses principales del panteón. Según cuenta Censorino en su obra De die natali, Solón estableció una división basada en el número siete. Para Solón existían diez periodos vitales -septennates-, de siete años de duración cada uno, el último de los cuales finalizaba a los 70 años, edad máxima que Solón creía que podía alcanzarse. Hipócrates también adoptó como clave el mismo número, dividiendo el ciclo vital en siete etapas; las seis primeras con una duración de siete años y la última, que comenzaba a los 56 años, prolongada hasta la muerte. Esta división fue tomada por el filósofo Filón de Alejandría. Censorino cita también a Varrón, para quien el ciclo vital estaba dividido en cinco etapas de 15 años de duración, organizadas de acuerdo con las tareas masculinas: una primera etapa de aprendizaje, seguida del servicio militar, terminado el cual el ciudadano ocupaba las magistraturas, y finalmente el retiro de la vejez. En la misma época que Varrón, el filósofo peripatético Staseas tomó la división de Solón y añadió a esta organización dos etapas más, también de siete años cada una. Aulo Gelio presenta una división del ciclo vital en tres etapas: pueritiae (hasta los 17 años), iuventae (18-45) y senectae (desde los 46 años). Al igual que ocurría con Varrón, su división se basa en las etapas de la vida pública del ciudadano romano. En la misma época que Gelio, Galeno muestra en sus textos diferentes formas de clasificar el ciclo vital. Si bien las etapas a las que hace referencia son siempre cuatro (niñez, adolescencia, juventud y vejez), las edades de comienzo de algunas de ellas no coinciden. Se trata de una división que en el siglo IV d.C. será empleada por Macrobio.

Para establecer cuál es la frontera de la vejez, algunos de los autores citados se basaron en la creencia de que existían ciertas edades que marcaban momentos de especial relevancia, denominados climaterios. Emplearon para ello los años relacionados con el siete y el nueve, dos cifras de importancia simbólica. De esta forma, para Aulo Gelio y Censorino 49 y 63 son edades críticas que marcan el inicio de la vejez. No obstante, también nos encontramos con otras cifras. Periplectómeno, personaje de Plauto, aparece caracterizado como anciano a la edad de 54 años. Tito Livio calificaba a Aníbal como senex con unos 45 años; la misma edad que tenía Marcial cuando se llama a sí mismo viejo. Cicerón llama senes a Craso y Póstumo cuando rondan los 50 años; sin embargo, un hombre fallecido en Mauretania en el siglo III n.e. con esa misma edad aparece como muerto en la “flor de la juventud” (flos iuventutis) (CIL 8.9158). Por su parte, para San Agustín la vejez comienza a los 60 años.

Hemos visto que muchas de las divisiones del ciclo vital en la Antigüedad estaban basadas en las etapas de la carrera pública y militar el varón. ¿Qué ocurría con las mujeres? Plinio el Viejo, siguiendo a Aristóteles, planteó que las mujeres, en cuanto que seres inferiores a los varones, envejecían más rápidamente. Por lo tanto, en Roma la vida de las mujeres era percibida en términos eminentemente biológicos, por lo que el ciclo vital femenino estaría dividido en diversas etapas que clasificarían a las mujeres dependiendo del momento reproductivo en el que se encontrasen y a los atributos visuales característicos de cada uno de ellos. De acuerdo a este criterio, las posibilidades son varias. Ya hemos aludido a divisiones amplias del ciclo vital, basadas en las cuatro estaciones del año: niña, doncella, mujer casada y vieja para las mujeres; niño, joven adulto, hombre maduro y viejo para los hombres. También se ha propuesto una partición en siete etapas: nacimiento, pubertad, matrimonio, etapa procreadora, menopausia, vejez, y muerte. Una tercera opción sería una división en tres etapas: antes del periodo reproductivo, durante el periodo reproductivo, y tras el periodo reproductivo. Estas tres fases, puella, matrona y vetula son uno de los modos de representar a las Parcas, imagen que sirve para personificar el ciclo vital de los seres humanos y especialmente el de las mujeres. Esta división tripartita es la que encontramos también en Hipócrates, así como en un mosaico hallado en una villa de Vallon (Suiza), datado en el siglo II n.e. Además, se ha postulado que las tres fases del desempeño del sacerdocio vestal fueran una imitación del ciclo vital femenino, en sustitución de la labor reproductiva que estas mujeres no podían llevar a cabo mientras estaban en el cargo. Así, la niñez se identificaría con los años de aprendizaje de los ritos, la edad adulta fértil con el desempeño de dichos ritos y la vejez con la función de maestras de las más jóvenes.

En lo que respecta al inicio de la vejez de las romanas, la historiografía considera ancianas a todas las mujeres mayores de 50 años. Es una edad basada principalmente en la lex Papia Poppaea y la media de edad a la que se alcanzaba la menopausia. También se tienen en cuenta otras fuentes, como una referencia del Digesto en la que se establece la obligatoriedad de informar de si una esclava es estéril o mayor de 50 años en el momento de la venta. En el caso de los hombres, estos mismos criterios legales y de fertilidad hacen que la historiografía coincida en poner como frontera para la ancianidad los 60 años, si bien como hemos visto los autores antiguos divergen respecto a la cifra.

 

Vejez biológica en Roma

Como proceso biológico, la vejez es el resultado de un inevitable deterioro orgánico y mental que comienza hacia los 20-25 años de edad cronológica y en la ancianidad avanza a un ritmo acelerado, provocando un rápido deterioro músculoesquelético, cardiovascular, endocrinológico y cerebral. Durante el proceso de envejecimiento, al tiempo que el sistema biológico pierde eficiencia, se ven alteradas ciertas características físicas: la piel pierde elasticidad, tenemos menos fuerza muscular, los tiempos de reacción son más prolongados, se pierde agudeza visual y auditiva, etc. Este proceso de envejecimiento y su aceleración en la vejez no pasaron inadvertidos en la Antigüedad. La progresiva sequedad que sufría el cuerpo humano se consideraba la culpable del deterioro asociado a la edad, siendo la muerte la sequedad definitiva. Casi todos los autores trataron la vejez como una enfermedad en sí misma, una que además era incurable.  Para los romanos por lo tanto la vejez ideal era aquella libre de enfermedades: “Vida no es solamente vivir, sino tener salud” (Mart. 6.70).

En la vejez romana, al igual que en la actual, era de esperar el padecimiento de problemas cardiovasculares, osteoarticulares, sensoriales, pulmonares y cognitivos. Vetulae y senes sufrirían patologías derivadas del desgaste de huesos y articulaciones, entre las cuales las fuentes destacan la gota, el reumatismo y los aplastamientos vertebrales, provocando dolores, extremidades retorcidas y dificultades en algunos movimientos. La medicina antigua proponía como remedios paliativos los masajes y las friegas con preparados a base higo y leche humana, u otros como descansar los miembros afectados dentro de sacos de trigo. En el registro arqueológico resulta frecuente identificar huellas de artrosis, presente, por ejemplo, en el 35% de las articulaciones de los individuos recuperados en Pompeya. También era común la pérdida de piezas dentales, una patología tan habitual que incluso aparece mencionada en el Digesto:

“Aquel a quien le falta algún diente no es tenido por enfermo; porque una gran parte de los hombres carece de algún diente, y no por eso son enfermos; principalmente, porque nacemos sin dientes, y no por eso estamos menos sanos hasta que tenemos dientes, pues de otro modo ningún anciano estaría sano” (Dig. 21.1.11).

En la literatura, la falta de dientes resulta recurrente para caracterizar la vejez, especialmente cuando se desea resaltar la decrepitud de la persona aludida. Además de la falta de algunas piezas dentales, senes y vetulae también padecerían caries, quistes, mandíbula desigual debida a los hábitos masticatorios y la pérdida de dientes, oscurecimiento dental, desgastes severos, úlceras y abscesos bucales y enfermedades en las encías, con la consiguiente halitosis.

La ceguera, o los problemas de visión, serían comunes en la vejez romana. En la literatura encontramos diversos ejemplos de problemas de visión en la vejez, referidos tanto a la falta de un ojo como a la pérdida total o parcial de la vista o a la dificultad de enfocar o leer de cerca. Marcial se mofa de Lelia, quien pone solución a su calvicie y su falta de dientes, pero no puede hacer lo mismo con uno de sus ojos: “Llevas -y no te avergüenzas- dientes y cabellos comprados. ¿Qué harás con el ojo, Lelia? No se puede comprar” (Mart. 12.23). Además de la vista, los y las romanas ancianos tendrían afectados otros sentidos, sufriendo una pérdida paulatina de audición, olfato, gusto y sensibilidad al tacto. A ello habría que sumar problemas psicológicos y psiquiátricos: pérdida de agilidad mental, dificultades en el habla y en el aprendizaje, pérdida momentánea de memoria, así como males más graves como la demencia.

El secreto de una vejez larga y sin demasiados sobresaltos era la vida austera, tanto en lo que respecta a la alimentación como a la actividad física, lo que alejaría las enfermedades y ayudaría a mantener el equilibrio de los humores. El vino debía beberse en cantidades moderadas ya que, debido a la sequedad y rigidez del cuerpo en la vejez, si bien en pequeñas cantidades podía ser beneficioso, ya que conducía el frío, característico de la edad, a la buena proporción de calor. De hecho, Plinio el Viejo señala que Livia vivió una larga vejez gracias al vino de Pucino. Por otro lado, se recomendaba realizar ejercicios suaves, de forma que el cuerpo no se debilitase ni por la falta de movimiento ni por la fatiga de actividades físicas demasiado laboriosas. Correr, nadar, o los juegos de armas debían ser sustituidos por los paseos, los dados y las tabas, rutinas que podían paliar los efectos de las enfermedades degenerativas asociadas a la ancianidad. Así, Cicerón proporcionaba los siguientes consejos para una vejez larga y saludable:

Con el mismo ahínco que se lucha contra la enfermedad, se debe luchar contra la vejez. Se ha de cuidar la salud, se debe hacer ejercicio moderadamente, se debe tomar alimentos y beber cuanto se necesite para tomar fuerzas, pero no tanto como para quedar fatigados. Pues una cosa y otra han de ser remedio para el cuerpo, pero mucho más para la mente y el espíritu. Tanto una como el otro, mente y cuerpo, son como una lámpara, que si no se las alimenta gota a gota, se extinguen con la vejez. Los cuerpos pierden agilidad con la fatiga del ejercicio, en cambio el espíritu se hace más sutil con el adiestramiento mental. Cecilio llama «ancianos cómicos necios», a los que son crédulos, olvidadizos, apáticos, porque no son vicios propios de la vejez, sino de una vejez perezosa, indolente y amodorrada” (Cic. Sen. 11.36).

Se trata de una frugalidad y moderación que debe entenderse como una virtud típicamente romana que, aunque se presenta como especialmente deseable en la vejez, debía manifestarse en todas las etapas vitales, y que se consideraba una cualidad característica de la élite.

Entre las características físicas asociadas a la vejez en Roma destacan las canas.  La aparición de los primeros cabellos blancos podía solucionarse arrancándolos, y cuando el fenómeno era muy evidente se recurría a los tintes. No obstante, no siempre se podía engañar al espectador, lo que generaba situaciones cómicas: “Tienes blanca la barba y el cabello negro. Ya sé por qué: no puedes teñirte la barba y el cabello, Olo, sí puedes” (Mart. 4.36). Tras las canas sobrevenía la calvicie, la cual según Plinio el Viejo afectaba a los hombres pero no a las mujeres ni a los eunucos. La alopecia se prevenía mediante preparados de grasa de oso y láudano o bilis de toro. Si no se llegaba a tiempo para esos remedios, una cabeza calva podía disimularse mediante pelucas, así como cubriendo las partes sin pelo con el cabello aún restante. Por su parte, la falta de dientes podía remediarse mediante postizos, y existían medios para atenuar el efecto de las arrugas, los cuales eran considerados típicamente femeninos.

En ocasiones nos encontramos con escenas en las que el aspecto físico característico de la vejez se exagera de forma grotesca, resaltando la pobreza y marginalidad de las personas ancianas que no contaban con apoyo económico o familiar. Uno de los pasajes más representativos a este respecto lo escribió Juvenal:

“«Dame larga vida, Júpiter, dame muchos años». Esto pides con semblante saludable, sólo esto pides también con el macilento. Pero ¡de cuántos y cuán persistentes males está llena una larga vejez! Contempla, ante todo, el rostro deformado y las mejillas flácidas donde antes hubo piel y unas arrugas como las que se rasca una mona ya madre en la boca revejida donde Tábraca extiende sus sombríos bosques. (…) Uno solo es el aspecto de los viejos: les tiemblan la voz y los miembros y tienen la cabeza ya calva y las narices mojadas como las de los niños; el pobre tiene que partir el pan con la encía desdentada. (…) No son los mismos los placeres del vino y de la comida cuando el paladar está embotado; pues del coito hace tiempo que te has olvidado, o si lo intentas, tu miembro minúsculo y herniado yace sin vigor y, aunque te lo manoseen toda la noche, sin vigor seguirá. (…) Es preciso que le griten para que su oreja oiga qué visitante le anuncia el esclavo o qué hora le dice que es. Además, la poquísima sangre que le corre por el cuerpo ya helado sólo se calienta con la fiebre, lo asedian en formación todo tipo de enfermedades (…) Aquel

anda delicado de la espalda, este de los riñones, este otro de la rabadilla; aquel otro ha perdido los dos ojos y envidia a los tuertos; los labios pálidos de este otro reciben la comida de los dedos ajenos y por su parte él, que solía sonreír a la vista de la comida, solo la abre como un polluelo de golondrina, hacia el que vuela con el pico lleno su madre en ayunas. Pero peor que cualquier pérdida de facultades físicas es la demencia, que ni recuerda los nombres de los esclavos ni reconoce la cara del amigo con el que cenó la noche anterior ni a los hijos que ha engendrado, a los que ha educado” (Juv. 10.188-245).

 

Vejez social en Roma

Si pensamos en cómo concebía la sociedad romana la vejez, uno de los primeros textos a los que acudiremos en busca de información es la obra De Senectute de Cicerón. Protagonizada por Catón el Viejo, paradigma de la vejez deseable, en ella éste conversa con Escipión y Lelio acerca de cómo es ser un senex. En esta obra se desarrolla el concepto de vejez romana ideal:

“La ancianidad es llevadera si se defiende a sí misma, si conserva su derecho, si no está sometida a nadie, si hasta su último momento el anciano es respetado entre los suyos. (…) a la manera de los pitagóricos, recuerdo por la noche todas las acciones realizadas a lo largo del día para ejercitar la memoria. Estos son los ejercicios del ingenio, los ejercicios de la mente. Trabajando con el máximo esfuerzo en estos asuntos, no echo de menos las fuerzas físicas. También estoy siempre a disposición de los amigos, voy con frecuencia al Senado y, de vez en cuando, aporto propuestas muy meditadas y largo tiempo observadas, no con las fuerzas corporales, sino con las del espíritu. Si yo no estuviera en situación de poder realizar estas cosas, desde mi lecho me recrearía pensando en lo que no podría ejecutar. Pero, según la conducta observada a lo largo de mi vida, puedo llevarlas a cabo. Quien vive en medio de estos afanes y trabajos, no sabe en qué momento le puede sorprender la vejez” (Cic. Sen. 11.38).

Este fragmento de De Senectute otorga gran importancia a la independencia y a la salud, tanto física como mental, como factor que permitía disfrutar de una buena vejez. Ésta tenía además una importante ventaja: la sabiduría acumulada a lo largo de los años gracias al estudio y las experiencias vividas. Estos conocimientos no sólo servían para cultivar el propio intelecto, sino que también eran un medio de transmitir sabiduría a las generaciones más jóvenes. Una buena vejez se caracterizaba también por ser una etapa de retiro lejos del ajetreo de la Urbs, en la que desaparecían todas las cargas anteriores, algo que solamente sería accesible a las élites, a las personas que hubiesen ahorrado dinero suficiente tras largos años de trabajo, o a quienes tuviesen familiares que pudiesen mantenerlos. Para quienes aún conservaban un buen estado físico, el tiempo en el campo podía dedicarse a las tareas agrícolas, actividad considerada especialmente elevada en la cultura romana. En sus casas de campo, los senes y las vetulae podían disfrutar con moderación de los placeres que aún les estaban permitidos, como los juegos, el vino y las visitas.

No obstante, a la hora de interpretar las palabras de Cicerón debemos tener en cuenta que esta obra es en gran medida autobiográfica. Escrita cuando el orador tenía 62 años, fue un regalo para su amigo Ático, de 65, como forma de expresar que los años que le quedaban por vivir podían ser felices. Algo parecido puede decirse de los textos de otros autores como Séneca o Plinio el Joven, los cuales reflejan la vejez de varones ricos. Además del Catón imaginado por Cicerón, otro ejemplo de vejez ideal es el de Espurina:

“Por la mañana permanece en la cama durante una hora, a continuación pide las sandalias y recorre a pie una distancia de tres millas para ejercitar tanto su cuerpo como su espíritu. Si le acompañan algunos amigos, mantiene con ellos conversaciones muy eruditas; si no, se hace leer un libro, a veces incluso en presencia de sus amigos, si ellos no ponen reparos. Luego se sienta, y continúa la lectura del libro, o mejor aún la conversación; después se sube a un carruaje, acompañado de su esposa (…) o de alguno de sus amigos (…) Después de un recorrido de siete millas, hace a pie una milla más, luego se sienta otra vez o se retira a su habitación y a su escritura. (…) Cuando se le anuncia la hora del baño (a media tarde en invierno, una hora antes en verano), da desnudo un paseo al sol, si no hace viento. Después juega a la pelota con ardor y durante mucho tiempo, pues también combate la vejez con este tipo de ejercicio. Después del baño se acuesta un rato y aplaza el momento de la comida; entretanto escucha mientras alguien le lee alguna cosa más trivial y agradable. (…) Se pone una cena tan sencilla como bien servida (…) El resultado es que Espurina ha conservado a los setenta y siete años intactos el sentido de la vista y del oído; además, un cuerpo ágil y lleno de vigor y de la vejez tan sólo la prudencia” (Plin. Ep. 3.1.1-10).

Finalmente, era deseable que la vejez se viviese en familia, viendo a los hijos ocupar los espacios que la persona anciana ocupó una vez y disfrutando de la compañía de nietos y bisnietos: “En cuanto a ti, crezca tu descendencia; que aumente las hazañas de su padre y respetuosa te rodee de anciano” (Tib. 1.7.55).

A esta vejez ideal los escritores romanos contraponen otro modelo de vejez indeseable, la personificada por ancianos mezquinos y avariciosos como el senex Bato, quien ve cómo Mercurio roba unas vacas y acepta la recompensa que el dios le ofrece si no da cuenta del robo. Poco después Mercurio, que no confía en Bato, regresa disfrazado y le promete que le dará una recompensa si le dice qué ha pasado con las vacas. El senex acepta la segunda recompensa, igual que aceptó la primera, y el dios, traicionado, decide metamorfosearlo en roca. Otros ancianos aparecen caracterizados como frívolos y derrochadores. Signos de una mala vejez eran también una acusada debilidad física, sobre todo si no se podía suplir con un ánimo fuerte, así como caer en la dependencia, ya fuera por la pobreza, la demencia o la enfermedad. La miseria que acarreaba en ocasiones la vejez se muestra en las fuentes de forma cruda: “Porque este viejo es deforme, artrítico, gotoso; porque es manco y miserable, ahilado y con una hernia enorme” (Lucil. 9. 255). Finalmente, también cabe señalar como típicos de la mala vejez todos aquellos comportamientos que no se consideraban adecuados para la vejez:

“Analiza en tu interior a cada uno: te encontrarás con viejos que se preparan con gran empeño para la consecución de honores, para largos viajes, para grandes negocios. Pues bien, ¿qué cosa hay más vergonzosa que un viejo que comienza a vivir?” (Sen. Ep. 13.17).

En especial, las fuentes explotan el estereotipo del senex sexualmente activo, frecuente en las comedias teatrales y en los textos satíricos:

“Yo creo que es mejor que antes de irnos dictemos una ley para todos los viejos, por la que quedarán obligados y sujetos; caso de que llegue a nuestro conocimiento que un individuo que haya cumplido los sesenta, ya sea casado o, qué diablos, también sin casar, es un mujeriego, será el susodicho perseguido en virtud de esta ley: decidiremos que ha perdido la cabeza y, por nosotros, en la indigencia se verá el que disipe su haber” (Plaut. Merc. 1015-1020).

“Entretanto, mientras el destino lo consiente, amémonos. Ya llegará la Muerte con su cabeza cubierta de tinieblas, ya se deslizará la edad de la pereza; no estará bien visto amar, ni decirnos ternezas con la cabeza canosa” (Tib. 1.1.70-75).

Debemos preguntarnos ahora hasta qué punto Catón, Ático y Espurina, o incluso ancianos considerados moralmente reprobables como Bato son representativos del conjunto de la sociedad romana, o solamente de los ricos varones propietarios. ¿Cómo era la vejez de las romanas o la de las personas esclavizadas? Ofrezco algunas pinceladas a continuación.

En el caso de las romanas libres, también se esperaba de ellas que se atuvieran a las normas sociales. Los textos resaltan su papel como esposas, madres y abuelas, y como tales garantes de la estabilidad familiar. Con una mezcla de ternura y autoridad que iba aumentando con el paso de los años, las vetulae eran las encargadas de supervisar el trabajo doméstico esclavo y la educación de los miembros más jóvenes de la familia:

“Se elegía a alguna pariente de edad, y a sus probadas y comprobadas costumbres se confiaba toda la prole de la misma familia. En su presencia no se permitía nada que pudiera parecer expresión grosera o acción vergonzosa. Con una virtud que infundía respeto, moderaba incluso los esparcimientos de los niños, no ya sólo sus aficiones e inquietudes” (Tac. Dial. 28.5-6).

“Emilia Corintia Maura, mi abuela. (…) Ella fue la que con palabras blandas me llenó de austeros consejos, sacándome de la cuna y del pecho de mi madre” (Auson. Par. 5).

Las fuentes literarias caracterizan a las ancianas como seres cargados de sabiduría popular, conocedoras de las costumbres, las tradiciones y las normas sociales. Eran ellas las encargadas de transmitir a las jóvenes el conjunto de “saberes femeninos” necesarios para ser unas correctas matronae, y aparecen también como mediadoras de conflictos masculinos, tanto cotidianos como aquellos que afectan al ámbito público, siendo capaces de hacer entrar en razón a los varones que han decidido atentar contra el mos maiorum. En el ámbito familiar, las vetulae también debían actuar como el mayor apoyo de sus esposos envejecidos. Los matrimonios longevos y armoniosos aparecen destacados tanto en la literatura como en la epigrafía:

“Mucho más digno de elogio es este a quien en medio de una familia servicial le sorprende la perezosa vejez en estrecha cabaña. Él mismo va siguiendo a sus ovejas, su hijo a los corderos y a él cansado, a la vuelta, le tiene preparada agua caliente su mujer” (Tib. 1.10.40-45).

“Claudia Peregrina se casa con mi amigo Pudente: que la felicidad del cielo descienda sobre tus antorchas (…) Que sincera Concordia reine perpetuamente en su lecho, y que Venus se muestre siempre favorable a esta pareja tan equilibrada. Que ella ame a su marido, un día ya anciano, pero que tampoco a su marido ella le parezca anciana ni aun cuando haya llegado a serlo” (Mart. 4.13).

“Consagrado a los dioses Manes. Postumia Matronila, esposa incomparable, buena madre, abuela dedicada, pudica, religiosa, trabajadora, frugal, eficiente, vigilante, solícita, mujer de un solo hombre y una sola cama, una matrona trabajadora y fiel. Vivió 53 años, 5 meses y 3 días” (CIL 8.11294).

Como ocurre con los senes, las vetulae aparecen en las fuentes en multitud de situaciones: trabajando en negocios propios o ajenos, participando en ceremonias religiosas, disfrutando de actividades de ocio solas o en compañía de otras mujeres, y formando parte de la dinámica doméstica. No obstante, en las vetulae las acusaciones de una vejez incorrecta son mucho más frecuentes que en los senes. Ello se debe probablemente a que las sociedades patriarcales ven en la anciana un ser peligroso, que gana en libertad con respecto a la juventud al no estar tan sometida a la vigilancia debida a las mujeres fértiles para evitar el adulterio, y que posee conocimientos y prestigio social. Así, abundan los estereotipos negativos hacia la vejez femenina. Por un lado, y sobre todo en el caso de las ancianas de la élite, está la mala esposa, suegra o madrastra, egoísta y avariciosa, que busca acabar con la armonía familiar:

“Si vive tu suegra, desespera ya de la concordia. Ella enseña a su hija a divertirse con los despojos del marido empobrecido, le enseña a contestar de modo fino y elegante los billetes que le manda el seductor; ella, la suegra, es la que engaña o sujeta con dinero a los esclavos. (…) A esta torpe vieja le es útil, desde luego, criar una hija con hábitos decentes” (Juv. 6.230-240).

Por otro lado, está la vetula sexualmente activa. Se trata de un estereotipo que hemos visto también se aplicaba a los senes, pero en el caso femenino se hace incidiendo en el físico de la anciana y en lo inadecuada que era para la romana ser sexualmente activa tras la menopausia:

“¿Por qué, Ligeya, mesas tu decrépito coño? ¿Por qué atizas los rescoldos de tus propios despojos? Tales primores están bien en las jóvenes; pero tú ya ni vieja puedes parecer. Eso, créeme, Ligeya, no resulta bonito que lo haga la madre de Héctor, sino su esposa. Te equivocas si te parece éste un coño: la polla ha dejado de interesarse por él. Por tanto, Ligeya, si tienes vergüenza, no pretendas mesarle la barba a un león muerto” (Mart. 10.90).

En el caso de las vetulae pobres o esclavas, se repite el personaje de la anciana sabia de aspecto repulsivo que emplea sus conocimientos para perjudicar a los varones y alterar el orden público, a menudo usando la magia, quien además abusa del vino:

“Tal era el relato que hacía aquella pobre vieja chiflada y borracha a la joven cautiva” (Apul. Met. 6.25.1).

“Que la tierra, alcahueta, cubra tu sepulcro de abrojos y que tu sombra, cosa que tú no deseas, sienta sed, no descansen tus Manes en sus cenizas y Cerbero, vengador, aterrorice tus huesos repugnantes con ladridos de hambre. Experta en ablandar incluso a Hipólito reacio a Venus y ave siempre siniestra para el tálamo bien avenido, a Penélope incluso, sin hacer caso de las habladurías sobre su marido, obligaría a casarse con el rijoso Antínoo. Si ella quisiera, el imán no atraería al hierro y el ave se convertiría en madrastra en su propio nido. Más todavía: si acercara a una tumba hierbas de Colina, el firme se diluiría en agua corriente. Se ha atrevido a imponer condiciones a la luna hechizada y a disfrazar sus espaldas de nocturno lobo; para conseguir cegar a los maridos recelosos de engaño, arrancó con sus uñas los inocentes ojos de las cornejas; ha consultado a vampiros sobre mi muerte y contra mí ha recogido el flujo de una yegua preñada. Acompañaba su obra con ensalmos, igual que una gota vaga suave hasta horadar con su constancia un camino de rocas. (…) Mientras Acántide pervierte así el alma de mi enamorada, por mi fina piel llego a untar mis huesos. Pero acepta, oh reina Venus, la garganta de esta paloma torcaz sacrificada ante tus altares por tus beneficios. Yo vi que su rugoso cuello se hinchaba con la tos y pasar sangrientos esputos entre sus dientes cariados, y exhalar su alma podrida en las esteras paternas: la curvada choza se estremeció ante el frío del hogar. Sean su mortaja los lazos hurtados para recoger sus cuatro pelos, un gorro descolorido por la mugre del lugar, una perra, demasiado alerta para nuestro pesar, cuando yo tenía que burlar los cerrojos con mi pulgar. Sea la tumba de la alcahueta un ánfora vieja de cuello roto: tu fuerza, cabrahígo, la oprima desde arriba. ¡Quienes estéis enamorados, tirad afiladas piedras sobre esta tumba y a las piedras añadid maldiciones!” (Prop. 4.5).

Si analizamos críticamente este estereotipo, veremos indicios de una vejez marginal y precaria:

“CRÓBILE. Pero escucha de mi boca los consejos acerca de (…) cómo tienes que comportarte con los hombres. Pues no tenemos nosotras otro medio de vida, hija. ¿Es que no sabes de qué mala manera hemos ido viviendo estos dos años desde que murió tu bendito padre? Cuando él vivía teníamos de todo en cantidad suficiente. Pues trabajaba como herrero y tenía una gran fama en el Pireo y puedes aún oír a la gente jurar que después de Filino ya no habrá otro herrero. Tras su fallecimiento, entregué las tenazas y el yunque y el martillo por dos minas, minas de las que comimos siete meses. Luego fui saliendo adelante a duras penas, bien tejiendo, bien moviendo la rueca, bien haciendo girar el huso. Y te iba dando de comer, hija, poniendo en ello mis esperanzas.

CORINA. ¿A la mina te refieres?

CR. No, sino que echaba cuentas de que al llegar ya a esta edad me alimentarías y te las arreglarías con facilidad y te harías rica y tendrías vestidos de púrpura y criadas. (…) Tú preocúpate siempre de la ganancia si quieres que en breve todas señalándote con el dedo digan: ¿No ves a Corina la hija de Cróbile, cómo nada en la abundancia y cómo ha hecho a su madre la mujer más feliz del mundo? ¿Qué dices? ¿Lo harás? Lo harás, ya lo sé y aventajarás de buen corro a todas las demás. Ahora vete a bañarte por si llega a casa hoy también el jovencito Éucrito, que te lo tenía prometido” (Luc. Dial. Meret. 6.1-2).

Finalmente, en lo que respecta a las personas esclavizadas, son sin duda el grupo poblacional para cuya vejez poseemos menor cantidad de información. Si bien contamos con decenas de inscripciones relativas a esclavos y esclavas que alcanzaron la vejez, las referencias en las fuentes literarias se limitan casi en su totalidad a señalar, con tintes cómicos, lo terrible de su situación. Así, por ejemplo, las esclavas teatrales Estáfila y Sira, sometidas a continua violencia, se situarían en el polo opuesto a la vejez privilegiada de Catón:

“¿Que por qué te pego, desgraciada? Pues para que lo seas de verdad y para que lleves una vejez tal como te la mereces, de mala que eres” (Plaut. Aul. 43).

“¡Soberano Júpiter, qué calamidad tiene asiento en mi propia casa! ¡Mal rayo me parta, si no es que mato a esa vieja a fuerza de sed, de hambre y de frío!” (Plaut. Mostell. 191-193)

¿Qué ocurría cuando una persona esclavizada no podía seguir desempeñando el oficio para el que había sido comprada o criada? En el mejor de los casos, se le buscaba otro adaptado a sus capacidades físicas, como el de portero o supervisora de las ornatrices. También sabemos de casos en los que sus dueños o antiguos dueños les procuraban los recursos necesarios para vivir una vejez tranquila. En el peor de los casos, estas personas acabarían en el mercado de esclavos o serían abandonadas a su suerte:

“Y asiste a este consejo una esclava anciana, heredada de su madre; ahora se dedica al huso, pues ha cesado ya de trabajar con la aguja; de ello la ha jubilado” (Juv. 6.495-500).

“Vuelto hacia la entrada, pregunto: ¿quién es ese de ahí, ese decrépito, destinado con razón a hacer de portero? Porque ya está con los pies mirando hacia fuera” (Sen. Ep. 1.12)

“En vista de que algunas personas, hartas de cuidar de sus esclavos enfermos y debilitados, los exponían en la isla de Esculapio, [Claudio] estableció que quedaran libres todos aquellos que fueran expuestos, y que no volvieran a caer bajo la autoridad de su dueño si sanaban; pero que, si alguien prefería matar a uno de sus esclavos a exponerlo, incurriera en el delito de asesinato” (Suet. Claud. 25).

 

Vejez sentida en Roma

Finalmente, llegamos a la última de las dimensiones de la vejez, la ancianidad sentida o vivida.

Una de las cuestiones que se aprecia en los textos que hablan sobre la propia vejez en el incremento de la atención hacia uno mismo o una misma. Vetulae y senes se vuelven más conscientes de su corporeidad a medida que la vejez acarrea enfermedades, dependencia progresiva, cambios físicos, dificultades para realizar tareas cotidianas, etc. El cuerpo reacciona de forma distinta a como lo hacía antes, ha cambiado con respecto a los años de juventud y madurez, ni siquiera el aspecto físico es el mismo, y todos estos cambios sirven para que la sociedad identifique a alguien como viejo. Las personas ancianas comienzan entonces a comparar su situación actual con la pasada, reconociendo una pérdida de posibilidades y capacidades. Esto ocurre especialmente si, como Frontón, se padece una enfermedad crónica (gota), si la pérdida de capacidades motrices puede acarrear la muerte, como en el caso de la esclava Sira, o si el aspecto físico de la vejez supone el fin de los ingresos económicos, como les ocurría a las prostitutas:

“DORIPA – Como mi marido me mandó aviso al campo de que no iría él allí, he actuado yo por mi cuenta, me he venido, para perseguir a quien me huye. Pero no veo a nuestra vieja Sira, que venía conmigo. ¡Ah, sí!, ahí viene por fin. ¡Un poco más deprisa!

SIRA – Si es que no puedo, con esta carga tan pesada encima.

DOR. - ¿Qué carga?

SI. – Mis 84 años; échale encima la esclavitud, el sudor, la sed; éstas son las cargas que llevo todas juntas y que me agobia” (Plaut. Merc. 670-675).

“Ves lo que soy yo ahora y lo que fui antes; no he sido yo menos amada que tú; también yo tenía sólo un único amor; y después que la edad cambió el color de mis cabellos, me dejó y me abandonó” (Plaut. Mostell. 200-203).

“Yo, que me consumo con tu pena, pierdo carnes, me estoy haciendo un viejo, me muero a pedazos, pobre de mí: no soy más que hueso y pellejo, todo por ese maldito enflaquecimiento; y es que lo que como en casa no me aprovecha, en cambio, lo que tomo fuera, aunque sea poco, eso es lo que me luce” (Plaut. Capt. 135).

“Ya mis sienes se parecen a las plumas del cisne y la blanca vejez tiñe mis negros cabellos. Ya se acercan los años frágiles y la edad más inerte, y ya, débil como estoy, me resulta penoso el moverme» (Ov. Tr. 4.8).

“A dondequiera que vuelvo la mirada, descubro indicios de mi vejez. He llegado a mi quinta, cercana a Roma, y deploro los gastos de aquel edificio ruinoso. El granjero me asegura que no es imputable a negligencia de su parte, que él hace todo lo necesario, pero que la quinta es vieja. La quinta surgió entre mis manos: ¿qué porvenir me aguarda si tan descompuestos están unos sillares tan viejos como yo?” (Sen. Ep. 1.12)

“Aunque ya hace tiempo que no me satisface vivir, y hasta me fastidia, debido a esta enfermedad, sin embargo, cuando tenga ocasión de verte volver (…) ni habré vivido en vano, ni viviré de mala gana el tiempo que me quede” (Fronto Ep. 205).

Por el contrario, contamos también con ejemplos de vetulae y senes que parecen encontrarse a gusto con su cuerpo. Sería el caso de aquellas personas que escogieron ser representadas en su vejez, ya sea en bustos o con imágenes asociadas a sus epitafios, que debieron sentirse cómodas con los signos exteriores del envejecimiento o que al menos eran conscientes del prestigio que les otorgaba ser representadas de esa forma.

En ocasiones, la propia vejez puede percibirse como una carga, ya sea por las condiciones concretas en las que se encuentra la persona anciana o por cómo es tratada por su entorno. El senex Laques, refiriéndose a sí mismo y a su esposa Sóstrata, también anciana, declara que: “a fin de cuentas, nosotros ya valemos sólo para hacer chistes: Érase un viejo y una vieja...” (Ter. Hec. 620). La vejez también es percibida como una carga en el caso de madres y padres que pierden a su descendencia o cuando ésta se comporta de forma indigna. Uno de los ejemplos más citados a este respecto es el en el epitafio de Papiria Tertia, fallecida a una edad desconocida entre los años 30 y 70 n.e.:

“Titus Truppicus hijo de Titus, Papiria Tertia hija de Titus. Mira extraño este monumento que he erigido para los míos y cómo triste, vieja y miserable necesito a mi descendencia. Que mi vejez solitaria sea ejemplo de que la esterilidad es una alegría para las esposas. Titus Truppicus hijo de Titus lo hizo” (CIL 5.2435).

Las fuentes literarias también aluden a otras muchas emociones sentidas por senes y vetulae, que no necesariamente tienen que ver con su vejez: odio, miedo, enfado, amor, vergüeza… No podemos profundizar aquí en todas ellas y en cada uno de los contextos particulares en las que fueron sentidas, por lo que me limitaré a listar algunos ejemplos:

“Yo también quiero ser amado y estimado por los míos. Si esto se consigue con dádivas y complacencias, no me quedaré atrás. ¿Y si llega a faltar el dinero? No me importa nada, pues ya soy muy viejo” (Ter. Hea. 876-884).

“Ahora era cuando, una vez puesto fin a mis trabajos, debería vivir sin que me inquietara ningún temor, disfrutar de los ocios que siempre agradaron a mi espíritu, hallarme a gusto en medio de mis aficiones, vivir en mi pequeña casa y entre mis viejos Penates, y en los campos paternos que ahora carecen de dueño; y envejecer tranquilo en el regazo de mi esposa, con mis queridos amigos y en mi patria” (Ov. Tr. 4.8).

“Ahora, menospreciando mi amor, no sólo me difama con sus calumnias, sino que incluso se dispone a huir de mi lado. Mientras tanto yo, convertida sin duda en una nueva Calipso (…) lloraré mi eterna soledad” (Apul. Met. 1.12).

 

Conclusiones

A lo largo de esta conferencia he tratado de presentar de forma general cómo era la vejez para las personas que habitaron la geografía romana de la Antigüedad. Tomando como hilo conductor las cuatro dimensiones de la vejez propuestas por la Sociología Gerontológica, mi intención principal ha sido mostrar que, si bien la ancianidad romana en general presentaba unas características comunes, cada vetula o senex vivió esta etapa vital de forma muy distinta, dependiendo de sus circunstancias particulares y de categorías sociales como el género y la clase social. Espero que mis palabras os hayan resultado una fructífera iniciación a la cuestión de la vejez romana y que os sirvan para pensar y repensar la ancianidad pasada y la presente.

 

Para saber más…

La mejor forma para acercarnos a la vejez en Roma es acudir a los testimonios antiguos. La obra de referencia es Sobre la vejez de Cicerón, la reflexión antigua más extensa sobre la vejez. Ya en época tardía contamos con una antología de Juan Estobeo que recopila más de 40 escritos acerca de la vejez de autores de entre los ss. VIII a.n.e. y V n.e. Encontramos fragmentos autobiográficos sobre la vejez en las cartas de Séneca o Frontón, los cuales nos permiten profundizar en la dimensión sentida de la ancianidad. Para conocer la concepción biológica de la vejez resulta imprescindible acudir a los textos médicos de Celso y Galeno. Obras de corte enciclopédico como las de Varrón, Plinio el Viejo o Censorino presentan pinceladas diseminadas que nos pueden resultar de utilidad. Si pretendemos conocer las implicaciones cotidianas de la vejez y asomarnos a la ancianidad de las mujeres y las personas esclavizadas, deberemos recurrir a textos humorísticos -las comedias de Plauto, las obras de Horacio, las sátiras de Juvenal- y a la poesía amorosa -Catulo, Propercio, Tibulo y Ovidio. Las traducciones al castellano de textos clásicos han sido publicadas principalmente por las editoriales Gredos, Cátedra y Akal. Muchas de las obras greco-romanas han sido digitalizadas y están disponibles en su lengua original en webs como The Latin Library (http://thelatinlibrary.com/) o Perseus Project (https://www.perseus.tufts.edu/hopper/). En cuanto a la epigrafía, recomiendo acudir a la base de datos Clauss-Slaby (http://www.manfredclauss.de/), en la que puede realizarse una búsqueda por edades o por términos como abuela (avia) o abuelo (avus). En otra base de datos, Arachne (https://arachne.dainst.org/), podemos encontrar representaciones iconográficas de la ancianidad.

En lo que respecta a los trabajos historiográficos, la mayoría de las publicaciones están en lengua inglesa, si bien aquí he optado por dar prioridad a los libros y artículos escritos en castellano.

ARCAZ POZO, Juan L. (2012): “Senilis amor: postura de los elegíacos latinos frente al amor en la vejez”. AnMal Electrónica 32, pp. 3-28.

CASAMAYOR MANCISIDOR, Sara (2019): La vejez femenina en la antigua Roma: cuerpos, roles y sentimientos. Ediciones Universidad de Oviedo – Ediciones Trabe.

CASAMAYOR MANCISIDOR, Sara (2020): “Como un pollo de golondrina: vejez y masculinidad en la antigua Roma”. Revista de História da Sociedade e da Cultura 20, pp. 13-28.

COKAYNE, Karen (2003): Experiencing Old Age in Ancient Rome. Routledge.

FALKNER, Thomas M. y LUCE, Judith de (ed.) (1989): Old Age in Greek and Latin Literature. State University of New York.

GARCÍA LEAL, Alfonso (1984): “El amor en la juventud y en la vejez en Tibulo”. Archivum 34, pp. 7-21.

GARRIDO GONZÁLEZ, Elisa (2013): “Visión androcéntrica de la vejez femenina en la Antigüedad”. En FOLGUERA CRESPO, Pilar et al. (ed.): Género y envejecimiento. Ediciones Universidad Autónoma de Madrid, pp. 543-567.

HARLOW, Mary y LAURENCE, Ray (ed.) (2007): Age and ageing in the Roman Empire. Journal of Roman Archaeology.

IACUB, Ricardo (2004): “Erotismo y vejez en la cultura greco-romana”. Revista Brasileira de Ciências do Envelhecimiento Humano 84, pp. 84-103.

LÓPEZ PULIDO, Alfonso (2015): La ancianidad en la Antigüedad clásica. Sociedad Española de Enfermería Geriátrica y Gerontológica.

LÓPEZ PULIDO, Alfonso (2021): “El envejecimiento activo en la antigua Roma: ¿mens sana in corpore sano?”. Cultura de los Cuidados 25, pp. 1-13.

PARKIN, Tim (2003): Old Age in the Roman World. The Johns Hopkins University Press.

RUBIERA CANCELAS, Carla (ed.) (2018): Las edades vulnerables. Infancia y vejez en la Antigüedad. Trea.

TORREGO, Esperanza (2014): “La vejez en Roma: el reflejo y la vivencia”. En HERNÁNDEZ CRESPO, Rosa M. y DOMÍNGUEZ MONEDERO, Adolfo J. (ed.): Las edades del hombre. Las etapas de la vida entre griegos y romanos. Sociedad Española de Estudios Clásicos, pp. 209-229.

WIEDEMANN, Thomas (1996): “Servi senes: the role of old slaves at Rome”. Polis 8, pp. 275-293.

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