gipuzkoakultura.net

Logo de la Diputación Foral de Gipuzkoa
es | eu
Logotipo gipuzkoakultura
2017ko urriak 23, astelehena
Aintzinari buruzko jardunaldiak
PAISAJES DESEADOS

Itzuli

Archivo word  WORD

PAISAJES DESEADOS: EL PAIS DE JAUJA EN LA COMEDIA GRIEGA

Mª José García Soler - UPV/EHU

 

 

Al paisaje real de la Grecia antigua, difícil y exigente para la obtención de los medios de subsistencia, los comediógrafos griegos opusieron un mundo de abundancia y vida regalada, centrado principalmente en los motivos gastronómicos, la visión griega del país de Jauja. Transformando mágicamente el paisaje, describen un mundo comestible, donde los ríos son de caldo, las tortas se depositan en sus orillas en lugar de conchas, los trozos de carne penden de las ramas de los árboles como si fueran hojas y el vino llueve sobre los tejados. Se trata de un paisaje soñado, lejos de una realidad que poco se le parece, en la que los bienes hay que arrancárselos a la tierra o al mar con un gran esfuerzo.

El territorio que ocupaba la antigua Grecia abarcaba el extremo meridional de la península de los Balcanes, una parte importante de las islas del mar Egeo (las Cíclades, el Dodecaneso, las Espóradas, al norte Tasos y, sobre todo al sur Creta), los importantes enclaves en la costa de Asia Menor, como Mileto, Éfeso o Halicarnaso, por citar algunas de las ciudades más importantes; al oeste las islas jónicas en el Adriático en primer  lugar y después la Magna Grecia y Sicilia y diversos puntos costeros del Mediterráneo y el Mar Negro.

La zona occidental era para los griegos de la época clásica un lugar de abundancia. De Sicilia procedían los cocineros más reputados de la Antigüedad y en el sur de Italia se encontraba la mítica Síbaris, que sigue siendo considerada paradigma del lujo todavía hoy día, aunque fue borrada del mapa por sus vecinos de Crotona en el siglo VI a. C. También se asociaba con el lujo la costa de Asia Menor, en buena medida por su proximidad con el imperio persa, así como por su importante posición como final de las caravanas que llegaban desde el interior de Asia y en consecuencia grandes centros comerciales.

Como contraste, la Grecia continental ofrece una conformación muy montañosa (el 80 % de la superficie total), con cadenas como los Ródopes al norte o los montes Pindo, que se extienden de norte a sur y representan una de las partes más accidentadas del país; hay además estrechos valles y pequeñas llanuras próximas a la costa, que es muy recortada y sobre todo muy extensa. Actualmente Grecia es el segundo país de Europa, tras Noruega, que posee más costa (con más de 15.000 km y casi 9.000 islas e islotes). El Peloponeso, con su característica forma que recuerda una enorme mano, con penínsulas que se extienden como dedos dentro del mar, también es muy montañoso, en particular la región de Arcadia, aunque en menor grado que Grecia Central. En cuanto a las islas del mar Egeo son por lo general elevadas, escarpadas, rocosas y secas.

Un simple vistazo a un mapa físico muestra con claridad la orografía difícil de su territorio, así como la amplitud de su costa.

 

 

Las dificultades de comunicación por tierra y la conformación difícil del territorio llevaron a los griegos a volcarse hacia el mar, tanto para los desplazamientos entre unas regiones y otras como para las relaciones comerciales, lo que fue particularmente importante en el caso de Atenas, que en su época de esplendor y sobre todo en el difícil periodo de la guerra del Peloponeso, que marcó el último tercio del siglo V a. C. (del 431 al 404), recibía la mayor parte de su abastecimiento por medio de las naves que llegaban al puerto del Pireo, centro neurálgico del comercio del Mediterráneo en la época.

Tampoco es fácil la vida en Grecia continental desde el punto de vista climatológico. En las zonas costeras y en las islas el clima está muy suavizado por la proximidad del mar, pero en el norte y en el Peloponeso es continental con veranos muy cálidos y secos e inviernos muy fríos. Y cualquiera que haya estado en verano en Atenas habrá tenido ocasión de padecer sus altas temperaturas, mientras que una entrada de aire frío procedente de los Urales puede hacer que nieve en invierno en la capital.

Hay que decir, de todas formas, que no todo el territorio es igual. Tesalia es una región de llanuras rodeadas de montañas, atravesada por el río Peneo y con el monte Olimpo como cima más alta, y era conocida como una comarca exportadora de trigo y criadora de caballos. También Beocia, al norte del Ática, cuenta con una llanura fértil, la más extensa del país, con los montes Citerón y Helicón, donde se situaba la morada de las Musas; en la Antigüedad existía además el lago Copais (desecado a finales del siglo XIX), donde se capturaban unas anguilas de primerísima calidad y se podían cazar patos y otras aves acuáticas.

De todas las regiones griegas de la Antigüedad, la más importante y mejor conocida por la documentación disponible fue el Ática, con el monte Pentélico (famoso por el mármol), el Himeto (célebre por su miel de tomillo), el Laurion con sus minas de plata y el Licabeto, en el mismo centro de Atenas. Tradicionalmente la Grecia continental y en particular el Ática eran consideradas una zona poco productiva debido a la pobreza de la tierra. Las llanuras de esta región producían olivo, vid y algunos frutales, en particular la higuera, pero poco cereal (y de éste más cebada que trigo), por lo que tenían que importarlo de otras zonas. Precisamente a la pobreza de la tierra atribuía el historiador Tucídides (I 2, 5-6) la autochthonía de la que tan orgullos estaban los atenienses, porque su territorio no había despertado la codicia de los habitantes de otras regiones y no se habían visto empujados por ellos a desplazarse a otros lugares, lo que sí había sucedido en zonas más ricas, que habían sufrido continuos cambios de población. Por su parte, Platón (Leyes 708b) señalaba que la stenochoría, la limitación del espacio, no garantizaba la adecuada producción de bienes alimentarios de primera necesidad, a la vez que determinaba la escasa variedad de las comidas griegas. De hecho según Heródoto (I, 133, 2) los persas se burlaban de los griegos, porque solían levantarse de la mesa con hambre, y en una comedia del siglo IV a. C., de Antífanes (fr. 170 K.-A.), un personaje, probablemente también un persa, satiriza a los atenienses calificándolos como "de mesas pequeñas"  y "comedores de hojas".

Esta tierra en general pobre determina una alimentación también pobre, a base de gachas de cebada, purés de legumbres, verduras del campo y poca carne. Las fuentes nos hablan además de la existencia de viñas, aunque sus vinos nunca figuran entre los más apreciados, de olivos, árbol sagrado dedicado a la diosa Atenea, y de higueras, así como de su producción de higos secos. La región tuvo una relativa abundancia gracias a las ventajas que le proporcionaba su imperio marítimo, con la llegada de numerosos productos por el puerto del Pireo, pero la situación varió considerablemente con el estallido de la guerra del Peloponeso, que trajo muchas penurias a la ciudad y acabó además finalmente con su derrota a manos de Esparta.

Siguiendo la estrategia de Pericles, la población se vio obligada a refugiarse en las murallas de la ciudad, mientras los terrenos del pequeño campesinado fueron asolados por repetidas invasiones enemigas, que en los primeros años tuvieron una frecuencia casi anual; a ello se unieron los problemas que supuso de hacinamiento, como la escasez de recursos e incluso enfermedades como la peste que barrió la ciudad y que acabó con la vida del propio Pericles en el 429. Estas condiciones, así como las de la época de recuperación tras la guerra, fueron el caldo de cultivo natural para la crítica contra los políticos y el deseo de evasión de una realidad difícil de soportar, que tuvieron su fiel reflejo en la comedia ática, el género que más cerca se encuentra de la vida cotidiana del pueblo y que mejor actúa como vehículo para la sátira y para la fantasía.

Es precisamente la comedia la que recoge el motivo folklórico del país de Jauja, una tierra de felicidad donde todo se produce espontáneamente y en abundancia, y lo que es mejor, sin que sea necesario esforzarse trabajando. Se encuentra representado particularmente en una serie de comedias del último tercio del siglo V a. C., entre los años 437 y 400, de las que sólo conservamos algunos fragmentos a través de una fuente indirecta, Ateneo de Náucratis (VI 267e-270a), un autor del siglo II d. C., que los cita para ilustrar la ausencia de la esclavitud y los presenta como ejemplos "sobre la vida en los tiempos antiguos", el tiempo de Crono y de la edad de oro: Los compañeros de Pluto de Cratino (fr. 176 K.-A.), Las fieras de Crates (frr. 16 y 17 K.-A.), Los anfictiones de Teleclides (fr. 1 K.-A.), Los mineros y Los persas de Ferécrates (frr. 113 y 137 K.-A.), Las sirenas de Nicofonte (fr. 21 K.-A.) y Los turiopersas de Metágenes (fr. 6 K.-A.). Un vistazo a estos fragmentos muestra que en realidad el tema predominante no es la ausencia de esclavitud, sino el bien conocido motivo popular del País de Jauja, que se entremezcla en los comediógrafos con otro también de carácter utópico, el de la edad de oro, que en el mundo griego se corresponde con el de los tiempos de Crono, antes de que Zeus reinara en el Olimpo.

Los rasgos fundamentales que caracterizan este mundo maravilloso son, por una parte, el alejamiento de la Atenas contemporánea, bien sea geográficamente, con el desplazamiento de la acción a lugares considerados paradigma de riquezas sin fin, o cronológicamente, llevándolo a aquel tiempo lejano en que los hombres llevaban una existencia feliz semejante a la de los dioses. Por otra parte, un segundo rasgo es el automatismo, la capacidad de los seres inanimados para actuar por sí mismos, que permite que no sea necesario trabajar duramente para obtener los medios de subsistencia, que se producen sin esfuerzo.

En muchas culturas está presente el ideal de una existencia feliz, libre de fatigas y caracterizada por la paz y la concordia, la eterna juventud, la ausencia de jerarquías y la producción espontánea de todo lo necesario para la subsistencia, sin necesidad de trabajar. Es el recuerdo de un paraíso terrestre perdido que existió en un tiempo anterior al de la historia, un lugar bendito donde la proximidad benéfica de la divinidad se traducía en una existencia feliz. En Grecia las imágenes de este mundo idílico están presentes en la literatura desde los primeros testimonios, con diversas variantes y asociadas con frecuencia al mito. Los primeros ejemplos aparecen en la Odisea de Homero, que en el canto VII (vv. 112-132) ofrece la descripción de la isla de Esqueria, donde viven los feacios, y en particular del fantástico jardín del rey Alcínoo, un paraíso en la tierra en el que los árboles crecían cargados de frutos y las plantas ofrecían varias cosechas al año.

En el mismo poema, el mundo de los Cíclopes aparece como un lugar en el que los bienes surgían de la tierra "sin semillas ni arado" (IX 109); y en el canto XV, Eumeo describe la lejana isla de Siria, "rica en ganado, en vino y en trigo", donde no existían ni la pobreza ni la enfermedad (vv. 403-404). La imagen de este mundo maravilloso se encuentra mejor formalizada en Hesíodo en el mito de las cinco razas con la descripción de la Raza de Oro (Los trabajos y los días, vv. 108-119), que se convierte en el modelo sobre el que se construyen en lo sucesivo los mundos utópicos. Según Hesíodo esta raza existió en los tiempos de Crono, cuando los hombres "vivían como dioses" y llevaban una existencia pacífica y sin preocupaciones, sin necesidad de luchar por la supervivencia, porque la tierra espontáneamente les daba sus dones con generosidad.

 

Al principio los Inmortales que habitan mansiones olímpicas crearon una dorada estirpe de hombres mortales. Existieron aquéllos en tiempos de Cronos, cuando reinaba en el cielo; vivían como dioses, con el corazón libre de preocupaciones, sin fatiga ni miseria; y no se cernía sobre ellos la vejez despreciable, sino que, siempre con igual vitalidad en piernas y brazos, se recreaban con fiestas ajenos a todo tipo de males. Morían como sumidos en un sueño; poseían toda clase de alegrías, y el campo fértil producía espontáneamente abundantes y excelentes frutos. Ellos contentos y tranquilos alternaban sus faenas con numerosos deleites. Eran ricos en rebaños y entrañables a los dioses bienaventurados.

 

Este mismo aparato de imágenes de abundancia espontánea de la naturaleza, clima suave, con ligeras brisas, longevidad o incluso ausencia de la muerte, característico de las fabulaciones utópicas, se encuentra presente también cuando los poetas describen el lugar donde habitan los héroes, los Campos Elíseos homéricos (Odisea, IV 563-569) y las felices Islas de los Bienaventurados de Hesíodo (Los trabajos y los días, vv. 156-173c) y de Píndaro (Olímpicas, II 75-85), donde, bajo el reino de Crono, llevan una vida serena y pacífica, en medio de un clima suave, nunca existe el invierno y la tierra ofrece espontáneamente sus frutos.

Este pasado remoto, que se corresponde con la edad de Crono y la de los hombres de la raza de oro, sirve precisamente de marco a algunas de las comedias que recoge Ateneo, como Los compañeros de Pluto de Cratino (míticos compañeros de Crono, que aseguraban riqueza y prosperidad a los mortales) y Los anfictiones de Teleclides. La identificación de los tiempos de Crono con la edad de oro y con el país de Jauja estaba relacionada con los rituales campestres. En este sentido conviene recordar la importancia que las fiestas llamadas Cronias tenían en el Ática, atestiguadas por Filócoro (FGrH 328 F 97) todavía en el siglo IV a. C. Se celebraban a finales del verano y en ellas se incluía el relato de la edad de oro bajo el dominio del dios Crono. En los días en los que se celebraban estas fiestas no estaba permitido realizar sacrificios cruentos, cesaba el trabajo para los esclavos y los pobres recibían regalos, en una especie de mundo al revés como el que presidía las saturnales romanas y más tarde el carnaval.

En otros casos, sin embargo, hay una proyección de la imagen utópica hacia el futuro, como en Las fieras de Crates, donde parece proponerse el retorno a esa felicidad primigenia, cuando los hombres y los animales coexistían pacíficamente. En la época primitiva los animales estaban dotados de inteligencia y habla y, según la interpretación órfico-pitagórica, los hombres eran vegetarianos. En uno de los pasajes conservados, el fr. 19 K.-A., los animales animan a los humanos a abstenerse de comer carne y, aunque no lo podemos saber con seguridad por el estado fragmentario de la obra, al parecer un representante de las fieras prometía a cambio una vida extraordinaria.

Junto al alejamiento cronológico está el alejamiento físico. Las excepciones a la situación de pobreza que dominaba buena parte del territorio griego eran pocas y en el imaginario popular se situaban en general fuera de Grecia continental, en Asia o en el occidente colonial de la Magna Grecia. Estos son precisamente los marcos donde sitúan la acción, alejándola en el espacio, Ferécrates con Los persas y Metágenes con Los turiopersas. Ya desde Heródoto Persia era célebre por la riqueza de sus habitantes y la proverbial relajación de sus costumbres. La gran descripción de los banquetes de cumpleaños persas que hace Heródoto en el primer libro de sus Historias (I 133, 1) sin duda debió de despertar la imaginación de los griegos, a los que tanto gustaban los relatos relativos a gentes y tierras exóticas y de rasgos maravillosos. Este mismo autor afirmaba también que nadie sería capaz de indicar el número de cocineros que acompañaban al ejército de Jerjes en su marcha hacia Grecia (VIII 187, 1). Sobre estos aspectos descansaba probablemente la trama de Los persas de Ferécrates, que aprovecharía el tópico del lujo oriental para situar allí su país de Jauja, dando colorido y exotismo a sus imágenes.

Lo que va a hacer Metágenes, en cambio, es combinar el lujo oriental con el lujo occidental. Como ya he adelantado antes, para los atenienses de la época, Sicilia y la Magna Grecia (donde estaba situada la ciudad de Turios, construida sobre el mismo territorio sobre el que anteriormente se asentó Síbaris) representaban el paradigma del lujo y la opulencia, especialmente en el terreno gastronómico: las mesas siracusanas eran famosas por la abundancia y refinamiento de los platos que en ellas se servían y según Eliano (Historias variadas, 14, 27), en esta isla se llegó a fundar un santuario dedicado a la Glotonería. Además los primeros cocineros profesionales y los primeros autores de recetarios procedían de esta zona, como Miteco de Siracusa, citado por Platón en Gorgias 518b. Al unir Persia con la Magna Grecia, Metágenes elevaba a la enésima potencia la idea de lujo y abundancia gastronómica.

Un caso extremo de alejamiento físico de la realidad lo representan Los mineros de Ferécrates, comedia en la que la acción se traslada a un paraje familiar para los habitantes del Ática, las minas de plata de Laurion. Contra lo que se esperaría como escenario para el país de Jauja, se trataba de un lugar terrible, castigo para los esclavos rebeldes, donde trabajaban en unas condiciones de vida inhumanas. Sin embargo, por efecto de la magia cómica se transforman adoptando la imagen del mundo infernal, pero de un Más Allá en el que los muertos pasan el tiempo rodeados de todo aquello que falta en el mundo de los vivos. A través de los túneles de la mina, un personaje desciende hasta el mundo infernal y se encuentra con un paraíso de felicidad, con abundancia de comida, muchachas que alegran el simposio y la duplicación mágica de la bebida, otro elemento tradicional característico del país de Jauja. Sin duda, la contraposición de dos planos tan radicalmente diferentes como el infierno y el banquete produciría un efecto grotesco, teniendo en cuenta las penosas condiciones en las que trabajaban los mineros, según atestigua Diodoro de Sicilia (Biblioteca histórica, III 13) a propósito de las minas de Egipto, que no debían de ser muy diferentes a las de otros lugares.

El otro rasgo característico propio de estos mundos maravillosos es el automatismo de los objetos, que hace absolutamente innecesario el esfuerzo y el trabajo penoso. En Las fieras (fr. 16 K.-A.) de Crates actúan por sí solos con una orden, haciendo innecesaria la esclavitud: la mesa se prepara por sí misma, la artesa amasa, la marmita cuece, la jarra vierte y el pescado se da la vuelta cuando está listo por un lado.

 

A.  Entonces, ¿nadie tendrá esclavo ni esclava, sino que se servirá a sí mismo aunque sea un anciano?

B.  En absoluto, pues yo haré que todos los objetos caminen.

A.  ¿Qué provecho les reportará eso, entonces?

B.  Acudirá allí cada pieza del mobiliario, cuando llame a alguna: "¡Colócate aquí, mesa! ¡Sí, tú, prepárate! ¡Amásate, saquito de harina! ¡Llénate, tazón! ¿Dónde está la copa? ¡Ve y lávate! ¡Sube, pan de cebada! La olla tiene que vomitar las acelgas. ¡Pescado, camina!" "Pero es que todavía no estoy cocido por el otro lado." "¿Qué esperas para darte la vuelta, cubrirte de sal y untarte de aceite?"

 

A estas maravillas en el fr. 17 K.-A. el comediógrafo añade la referencia a otras comodidades de la vida, como tener agua corriente caliente en casa, como en los balnearios, para poder darse un baño a domicilio, y que después se presenten espontáneamente el vaso de perfume, la esponja y las sandalias.

 

Pues compáralo con esto. Que yo, al contrario, primero voy a llevar los baños calientes a los míos sobre columnas, como a lo largo de la casa de curación, desde el mar, de manera que manarán en la bañera de cada cual, y dirá al agua: "Deteneos". Justo después vendrá una vasija de perfume por su propio pie, y lo mismo la esponja y las sandalias.

 

A pesar de la aparente vuelta al estado primitivo bajo el reino de Crono, sin embargo lo que prometen las fieras del título de la comedia, a cambio de que los hombres se hagan vegetarianos, es un reflejo de la vida civilizada de la polis griega, como si no fuera posible concebir otra diferente, con sus alimentos cocinados, sus utensilios con varias funciones, sus baños calientes.

El motivo del automatismo de los objetos tiene antecedentes literarios desde Homero, que lo asocia a obras realizadas por Hefesto, que sólo existen en tierras fantásticas, como el país de los feacios, o en la corte de los dioses. Así, cuenta que las puertas del Olimpo se abrían y se cerraban solas (Ilíada, V 749 y VIII 393) y que había creado unos trípodes que acudían a la sala de banquete de los dioses cuando se los necesitaba (Ilíada, XVIII 375-377); además había forjado autómatas, unas jóvenes de oro que le hacían de ayudantes, "a muchachas vivientes semejantes" (Ilíada, XVIII 417-420) y unos perros de oro y plata que guardaban las puertas del palacio del rey de los feacios (Odisea, VII 91-94). Cuando Hesíodo califica la tierra como automáte, "espontánea", al describir la vida en tiempos de la raza de oro, evoca una situación excepcionalmente prodigiosa, comparando de forma implícita la condición de los hombres de la edad de Crono con la de los dioses o la de Alcínoo.

En la comedia este automatismo aparece estrechamente asociado a la temática gastronómica, que a su vez tiene mucho que ver con el paisaje físico de este mundo maravilloso, porque los elementos que lo componen son golosinas de los tipos más variados. Esta asociación de la naturaleza maravillosa con la alimentación llega hasta el punto de que al conjunto de los fragmentos transmitidos por Ateneo se le ha dado el nombre de "utopía gastronómica".

Una imagen frecuente en estos textos es la de la afluencia de comida que llega a los hombres en la forma de un río. Empezaré tomando como ejemplo un fragmento de Los turiopersas de Metágenes (fr. 6 K.-A.) en el que describe los maravillosos alimentos que arrastra en su curso el río Cratis, que irrigaba, junto al Síbaris, la región donde estaba situada la ciudad de Turios, bien conocida por su riqueza y su prosperidad.

 

El río Cratis nos baja enormes panes de cebada que se han amasado solos, mientras que el otro (el Síbaris) empuja olas de pasteles de queso, de trozos de carne, y de rayas hervidas que se arremolinan allí mismo. Estos pequeños arroyuelos de aquí manan desde aquel otro lado calamares asados, pargos y langostas, y desde acá morcillas y recortes de carne; aquí morralla, y allá, además, fritos. Desde arriba, filetes de pescado seco cocidos por sí solos se precipitan a la boca, y otros, junto los propios pies. Y pasteles de flor de harina nadan en círculo a nuestro alrededor.

 

En la descripción de los bienes que arrastran estos dos ríos, destaca la referencia a los "filetes de pescado seco cocidos por sí solos se precipitan a la boca", como reflejo del automatismo gastronómico, que se encuentra presente también en otros fragmentos de estos autores.

El Cratis y el Síbaris no fueron los únicos ríos reales presentados de forma prodigiosa. Quizá el que mejor se prestaba a ello era el Nilo, a causa de su crecida anual. Por ella afirma Heródoto (Historias, II 14, 2) que los egipcios trabajan menos la tierra que el resto de la humanidad, porque el río riega por sí mismo los campos y después cada uno puede sembrar con facilidad.

En Los Anfictiones de Teleclides (fr. 1 K.-A.), que se sitúa en el tiempo remoto del reino de Crono y de la Edad de oro, los torrentes manan vino y los lechos del banquete se ven rodeados por ríos de caldo con trozos de carnes calientes y arroyos de salsa para que los que deseen puedan untar en ellas. Recoge el motivo hesiodeo de los hombres de una raza especial ("unos pedazo de gigantes") y de la tierra que en el tiempo de la raza de oro produce los bienes espontáneamente. La diferencia es que Hesíodo señala que ésta ofrecía por sí misma cereales y otros productos agrícolas, mientras que en Teleclides lo que surge espontáneamente son alimentos elaborados (panes de cebada, pescados), que además adquieren vida propia, como los tordos asados, que entran volando en las gargantas de los comensales o los pescados que se asan y se sirven solos sin intervención humana.

 

Así pues, os contaré desde el comienzo la vida que yo procuraba a los mortales. En primer lugar, la paz estaba sobre todos como agua sobre la mano. La tierra no producía miedo ni enfermedad, sino que espontáneamente había lo necesario. Vino, en efecto, manaban todos los torrentes, y los panes de cebada rivalizaban con los de trigo por las bocas de los hombres, suplicando que se los tragaran, si les gustaban los más blancos. Los peces, por su parte, iban a las casas, se asaban solos y se servían sobre las mesas. Un río de caldo fluía junto a los lechos, haciendo rodar tajadas de carne calientes. Había allí canales de salsas picantes para quienes los quisieran, de manera que reinaba la abundancia para remojar el bocado y tragarlo blando. En pequeñas fuentes había pasteles de cebada espolvoreados con especias, y tordos asados con tortitas de leche entraban volando en la garganta. Al apretujarse las galletas en las mandíbulas se producía un gran clamor. Con trozos de matriz y golosinas jugaban los niños a las tabas, y los hombres eran entonces gruesos, y unos pedazos de gigantes.

 

La imagen de los alimentos que llegan por vía fluvial aparece también en Los mineros de Ferécrates (fr. 133 K.-A.), que sitúa el país de Jauja en las minas de plata de Laurion, milagrosamente identificadas con una imagen del reino de los muertos en el que todo es abundancia. Al comienzo del texto aparecen ríos de gachas y caldo negro que van depositando en sus orillas trozos de morcón y morcilla como si fueran conchas. Junto a ellos menciona también pescados y carnes que se presentan en abundancia al alcance de la mano. En la segunda parte del fragmento aparecen las referencias al automatismo, con tordos asados que suplican ser comidos y manzanas que crecen de la nada, a lo que se añade el motivo folklórico tradicional de la duplicación mágica de la comida y la bebida.

 

A.  Todo estaba amalgamado con riqueza, y elaborado con todo tipo de cosas buenas de todas las maneras posibles. Ríos llenos de gachas y caldo negro fluían murmurando por los desfiladeros con las cucharas y todo, y trozos de pastel de queso, de manera que el bocado corriese complaciente, espontáneo y aceitoso dentro de las gargantas de los muertos. Morcones y siseantes trozos de morcilla se desplegaban a la orilla de los ríos, haciendo las veces de los moluscos. Y había filetes de pescado seco asados, preparados con toda clase de salsas, y anguilas escondidas en hojas de acelga; al lado costillares y muslos enteros tiernísimos sobre fuentecillas, y menudos bien hervidos que exhalaban un agradabilísimo aroma; tripas de vaca y exquisitas costillas de lechón doradas, estaban al alcance de la mano, colocadas sobre pasteles de flor de harina. Y había gachas bien lavadas con leche en jofainas a modo de fuentes, y trozos de calostro cocido.

B.  ¡Ay de mí!, me vas a matar si continúas aquí entretenida, cuando podrías hundirme tal cual en el Tártaro.

A.  ¿Qué dirás entonces, cuando te enteres de lo que queda? En efecto, tordos asados preparados para un guiso volaban alrededor de las bocas suplicando ser tragados, amontonados bajo ramas de mirto y anémonas. Y las manzanas, hermosas entre las hermosas a la vista, colgaban sobre nuestra cabeza, crecidas de la nada. Y unas muchachas envueltas en mantones de seda, sumamente jóvenes y con las rosas depiladas, llenaban copas llenas de negro vino con olor a flores a través de un embudo para quienes quisieran beber. Y una y otra vez, si alguien comía o bebía de ello, al punto surgía de nuevo el doble desde el principio.

 

En Los persas de Ferécrates (fr. 137 K.-A.), los ríos de caldo negro fluyen espontáneamente por las encrucijadas, pero además se añaden dos imágenes que podemos encontrar en otros textos de la utopía gastronómica: una referencia al paisaje, en este caso a través de la descripción de los árboles, que en vez de hojas tienen tripas asadas, calamares y tordos hervidos, y una referencia "meteorológica", por decirlo de alguna manera, al transformar la lluvia de Zeus, identificado con un empleado de un balneario, en una lluvia de vino.

 

¿Qué necesidad tenemos ya de tus aradores, o de constructores de yugos, o de fabricantes de hoces, o de herreros, o de semilla, o de poner rodrigones? Pues espontáneamente por las encrucijadas ríos de caldo negro con aceitosos pasteles espolvoreados y panes de cebada aquileos fluirán desde las fuentes de Pluto, chorreando abundantemente, para que saquemos líquido de ellos. Y Zeus, haciendo que llueva vino ahumado sobre los tejados, hará las veces de bañero, y desde los techos derivarán canales de racimos de uvas entre pastelillos llenos de queso con puré caliente y papilla de lirios y anémonas. Los árboles de las montañas perderán un follaje de tripas asadas de cabritos, calamares tiernos y tordos hervidos.

 

El paralelo con los frutos que producen los árboles se encuentra también en el fr. 176 K.-A. de Cratino, cuando dice que en los tiempos de Crono las tortas de cebada colgaban de los árboles maduras, usando un término, drupepeîs, que se empleaba para las olivas que maduran en el árbol. En cuanto a la mención de los panes para jugar a las tabas, estaba ya presente en el final del fragmento de Teleclides, cuando dice "con trozos de matriz y golosinas jugaban los niños a las tabas".

 

En efecto, su rey era Crono en la antigüedad, cuando jugaban a las tabas con los panes y en las palestras se pagaba con panes de cebada eginéticos madurados en el árbol y florecientes en mendrugos.

 

Por lo que se refiere a la asociación de la comida con fenómenos atmosféricos, encontramos un paralelo al pasaje de Los persas en una obra de Cratino que Ateneo no recoge. Se trata del fr. 131 K.-A. de Las leyes, donde el poeta proclama que "Zeus hará llover en seguida uvas pasas". En esta comedia el poeta presentaba la prosperidad como fruto de la restauración de las viejas leyes gracias a Solón, una prosperidad reflejada en la abundancia mágica de comida. Más claro se ve en el fr. 21 K.-A. de las Sirenas de Nicofonte, donde se pide: "¡Que nieve harina de cebada, llovizne panes y llueva puré! ¡Que el caldo haga rodar por los caminos trozos de carne! ¡Que la galleta exija que se la coman!"

Frente al carácter agrario que presenta el mundo utópico de Hesíodo, los comediógrafos introducen un nuevo punto de vista "democrático" y urbano. Lo que les interesa no es ya que la tierra ofrezca espontáneamente sus frutos, sino que los bienes se produzcan por sí mismos, los objetos funcionen sin necesidad de que alguien los maneje e incluso que los alimentos se preparen y cocinen por sí mismos.

Dentro de este ideal del dolce far niente hay que considerar aunque sea brevemente el tipo de alimentos que aparecen en estas escenas de abundancia sin límites. No se citan alimentos inventados, sino que eran platos reales, conocidos a través de otras obras no utópicas, incluso aquellos que se sirven en el banquete de los muertos que se celebra en el Tártaro. Su peculiaridad es que en su mayoría estaban compuestos por carne y pescado, dos artículos de lujo casi inalcanzables para una parte importante de la población ateniense. A la carne se podía tener acceso con ocasión de los sacrificios asociados a diversas celebraciones y en particular en los grandes sacrificios de Estado, en los que se daba muerte a muchos animales. El pescado, en cambio, parece haber sido prácticamente inaccesible para el común de la población, como queda bien reflejado a través de los testimonios de los comediógrafos en los que encontramos repetidas quejas por su alto precio y alabanzas desmedidas hacia las especies más apreciadas. En los fragmentos aparecen además alimentos más sencillos, tortas y panes de trigo y cebada, pero sólo como acompañantes de los platos principales.

La presencia de los temas gastronómicos en la comedia antigua, que va mucho más allá de los ambientes de carácter utópico, es en cierta forma un eco de sus orígenes vinculados con la fiesta y el mundo dionisíaco, por una parte, y con el yambo, por otra. Sobre todo a partir de los estudios de Mihail Bachtin, se ha hablado con frecuencia de su carácter carnavalesco, por su uso de la fantasía para proponer mundos alternativos, sin dejar de mostrar al mismo tiempo una actitud crítica hacia el presente, que tiene su reflejo en la sátira de todo lo relacionado con la vida pública, en particular los políticos prominentes y la situación de la ciudad.

El tema del país de Jauja es un motivo utópico tradicional, pero asume una especial relevancia en momentos de crisis, donde adquiere una doble función, ofrecer una vía de escape de un presente que no gusta y a la vez ponerlo en solfa enfrentándolo a su opuesto mágico y feliz. Hay que señalar que estos temas fueron tratados por autores de carácter muy diverso, unos representantes de un tipo de comedia "comprometida", que pone en su punto de mira la vida política de la ciudad y a sus dirigentes, como es el caso de Cratino, y otros como Crates o Ferécrates, que la tradición presentaba como alejados de estos intereses. Sin embargo, los límites entre estas dos tendencias son difusos y no es posible separar de forma tajante una línea de la otra, porque la comedia de tipo escapista –a pesar de la ausencia de crítica directa de los personajes que rigen la ciudad– no es menos política que la comedia comprometida, en el sentido de que refleja una bien precisa realidad histórica. Y la comedia comprometida no deja de ser también una válvula de escape social, con la apropiación simbólica de la realidad en un mundo de escasez, de políticos sin escrúpulos y de desigualdades.

La visión de una vida perfecta, de una "utopía de los pobres", la "versión plebeya de la edad de oro", como define Camporesi el motivo del país de Jauja, tendría así un doble efecto: ofrecer una vía de escape de la dura realidad contemporánea por medio de la risa liberadora, al mismo tiempo que pone en la picota el sistema que había llevado a la ciudad a esa situación. Como el carnaval, a través del absurdo, la comedia propone una suspensión mágica de la realidad, un mundo al revés en el que la comida se desborda sin medida por todas partes, los alimentos se cocinan y se ofrecen espontáneamente a los comensales y por mucho que se coma y se beba, nunca se acaban, duplicándose incluso.

Como cierre de esta conferencia quisiera presentar un último texto, que no pertenece a la serie de la utopía gastronómica, pero resume bastante bien su espíritu. Se trata de un pasaje de Riqueza de Aristófanes (vv. 802-819), la última conservada de este comediógrafo, del año 388, lejos ya del esplendor de la Atenas de Pericles. Su protagonista, Crémilo, se propone devolver la vista a la Riqueza para que beneficie por fin a aquellos que de verdad la merecen, lo que en la práctica representa una especie de vuelta al reino de Crono.

 

¡Qué estupendo es nadar en la abundancia, amigos, sobre todo cuando uno no ha puesto nada de su parte! Un montón de cosas buenas se ha colado en nuestra casa sin que nosotros hayamos cometido ninguna injusticia. En esas condiciones ser rico es una maravilla, desde luego. El arcón está lleno de harina blanca, las ánforas, repletas de oloroso vino tinto. Todas nuestras arquetas están colmadas de plata y oro: ¡un asombro! El aljibe está lleno de aceite, los esencieros rebosan de perfume y el desván está colmado de higos secos. Cada vinagrera, cada plato y cada tartera es ahora de bronce. Las fuentes del pescado, desportilladas, pueden verse ahora de plata. Nuestra lámpara se ha vuelto de marfil en un dos por tres. Los criados jugamos a pares o nones con monedas de oro. Y ya no nos limpiamos el culo con piedras, sino cada vez con tallos de ajo, que es más fino. Ahora el amo dentro de casa está, coronado, sacrificando un cerdo, un macho cabrío y un carnero.

 

La mágica abundancia de todo lo bueno trae consigo la alegría de vivir y la fiesta, mostrándose como fiel reflejo del espíritu de la comedia, que alivia los corazones y los libera a través de la fantasía y la risa.

Arriba

Volver

Licencia Creative Commons. Pulse aqu para leerla
2007 Kultura, Gazteria eta Kirol Departamentua - Gipuzkoako Foru Aldundia
Logotipo Gipuzkoa.net. Pulsar para ir a la pgina de Gipuzkoa.net