ÔĽŅ Jornadas sobre la Antiguedad

gipuzkoakultura.net

Logo de la Diputación Foral de Gipuzkoa
es | eu
Logotipo gipuzkoakultura
2018ko abuztuak 20, astelehena
Aintzinari buruzko jardunaldiak
SER ROMANO: PODER Y QUERER

Itzuli

Archivo word  WORD     Archivo pdf ¬†PDF

SER ROMANO: PODER Y QUERER
Elena Torregaray Pagola Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea

No resulta f√°cil tratar de explicar en qu√© consist√≠a ‚ÄĚser romano‚ÄĚ, o dicho de otro modo, c√≥mo se defin√≠a la identidad romana, puesto que no hubo una √ļnica forma de serlo ni en el tiempo ni en el espacio. Lo que resulta innegable es que la idea de ‚Äúromanidad‚ÄĚ se articul√≥ estrechamente ligada a una determinada concepci√≥n pol√≠tica, como es el imperio. El conocido como Imperio romano se concibe como una realidad pol√≠tica que se va a prolongar durante m√°s de ocho siglos, con lo cual resulta l√≥gico pensar que la identidad romana es una realidad cambiante y en continua evoluci√≥n. No es lo mismo ser romano en el siglo VI a.C. que en el IV d.C. porque las claves de identidad, tanto pol√≠ticas, como sociales o religiosas han ido cambiando. Pero no s√≥lo son estos condicionantes los que marcar√°n la evoluci√≥n del ‚Äúser romano‚ÄĚ. Tambi√©n en el caso del Imperio hay un componente geogr√°fico importante, ya que la gran extensi√≥n territorial adquirida por el dominio de Roma conllev√≥ un elemento dinamizador de la identidad romana, en la medida en que la incorporaci√≥n de un gran n√ļmero de pueblos, comunidades c√≠vicas y reinos supuso un gran esfuerzo de integraci√≥n que, necesariamente, afect√≥ y condicion√≥ las diferentes formas de convertirse en romano. En este contexto, y a lo largo de las siguientes p√°ginas vamos a examinar algunas de las principales maneras de ‚Äúser romano‚ÄĚ tanto en diferentes per√≠odos de la historia de Roma como en distintas ubicaciones geogr√°ficas, que incluyen desde la propia ciudad de Roma hasta lugares m√°s alejados de su imperio como Britania, Judea o Egipto.

1. Ser romano en Roma

El ser romano va a estar ligado, por lo menos desde √©poca republicana, a una situaci√≥n de privilegio, como es la condici√≥n de ciudadano. No se trata de una cuesti√≥n puramente √©tnica o de vecindad administrativa, sino que ser romano significar√° formar parte de una comunidad, pero una comunidad pol√≠tica como es la civitas. Son quienes forman parte de esa comunidad quienes se reconocen como romanos, a trav√©s de su principal marca de identidad que es la ciudadan√≠a. Los intereses de esa comunidad, que la definen como tal en el siglo II a.C., aparecen perfectamente descritos en una de las comedias de Plauto que, aunque ambientadas en un escenario griego, recogen muchos aspectos de la mentalidad romana, algo completamente necesario teniendo en cuenta el p√ļblico al que se dirigen. En el a√Īo 186 a.C., poco despu√©s de la derrota de Ant√≠oco III y de la paz de Apamea, el comedi√≥grafo latino escribi√≥ Persa, una obra en la que aparecen los siguientes versos clarificadores:

‚ÄúAhora que han sido vencidos los enemigos, est√°n a salvo los ciudadanos, est√° en calma la ciudad, ha sido firmada la paz, terminada la guerra, conseguida la victoria, sin bajas en nuestro ej√©rcito y nuestras guarniciones, a ti, J√ļpiter y a todos los dioses que reinan en el cielo, por la valiosa ayuda que nos hab√©is prestado os expreso mi gratitud y os doy las gracias por haberme permitido tomar cumplida venganza de mi enemigo.‚ÄĚ

Las palabras de Plauto ponen de manifiesto que una de las preocupaciones principales de esa comunidad de ciudadanos es la guerra, tanto como instrumento de defensa, como m√©todo de obtenci√≥n de bot√≠n y riqueza para la Ciudad. En cualquier caso, el autor subraya la necesidad de mantener √≠ntegro el cuerpo c√≠vico ‚Äďsin bajas en nuestro ej√©rcito‚Ķ-, para lo que se pone bajo la protecci√≥n del dios de referencia de Roma, J√ļpiter √ďptimo M√°ximo, cuyo templo, en la cima de la colina del Capitolio, a la vista de todos, deb√≠a representar para propios y extra√Īos el poder de Roma.

La composici√≥n de ese cuerpo es un asunto no menor que est√° en relaci√≥n directa con la identidad romana. Desde los or√≠genes de la Ciudad, la ciudadan√≠a en tanto que situaci√≥n privilegiada constituye la marca principal de pertenencia a la comunidad y, desde este punto de vista, se convierte en el filtro principal por el que pasa el concepto de ‚Äúromanidad‚ÄĚ. La ciudadan√≠a romana, a diferencia de lo que sucede en la actualidad, es un bien que se obtiene y que no est√° al alcance de todos los habitantes del imperio. Las condiciones para acceder a la ciudadan√≠a eran especialmente duras, tal y como lo se√Īalaba J.M. David (2000, 19-20), quien afirmaba que ‚Äúser romano‚ÄĚ supon√≠a formar parte de una comunidad de hombres romanos unidos en un sistema pol√≠tico del cual aceptaban globalmente sus reglas y su l√≥gica. S√≥lo de esta manera era posible estructurar una identidad colectiva que determinaba las representaciones y las conductas.

En estas condiciones resulta evidente que el control de acceso a la ciudadan√≠a deb√≠a ser muy estricto. Este se regulaba a trav√©s del filtro del censo, una operaci√≥n que se realizaba cada cinco a√Īos a trav√©s de dos magistrados, los censores, que eran los encargados de recomponer la comunidad c√≠vica. Su funci√≥n era la de distribuir a los ciudadanos en dos grandes grupos, las 193 centurias a las que se pertenec√≠an seg√ļn criterios de fortuna y las 35 tribus, que aseguraban la condici√≥n de ciudadano. A partir de esta clasificaci√≥n se obten√≠an la participaci√≥n en las asambleas pol√≠ticas y el rango social. Todos los hombres adultos libres desfilaban ante los censores que les somet√≠an a un interrogatorio que permit√≠a evaluar tanto su riqueza como su virtud y que serv√≠a para clasificarlos de forma tanto simb√≥lica como efectiva en el seno de la comunidad.

Exist√≠an, obviamente, condiciones que regulaban el acceso a la ciudadan√≠a y que eran de dos tipos, las econ√≥micas y las morales. Por lo que se refiere a las primeras, la fortuna serv√≠a para fijar la capacidad contributiva y militar de los ciudadanos. Una vez que se conoc√≠a el potencial econ√≥mico de los ciudadanos estos eran posteriormente agrupados en las 193 centurias antes mencionadas, a su vez jerarquizadas en cinco clases. De esta forma se recog√≠a el impuesto y, al mismo tiempo, se organizaba el reclutamiento para el ej√©rcito. La fiscalidad se aplicaba de forma proporcional a la riqueza ya que siempre se ped√≠a el mismo dinero y el mismo n√ļmero de hombres a cada una de las centurias. Se trata, en definitiva de un sistema de igualdad relativo, ya que los m√°s ricos tienen siempre mayor peso que los ciudadanos m√°s pobres. Su riqueza les facilita el acceso a los puestos militares que proporcionan mayores oportunidades de gloria y de acceso al bot√≠n. A su vez, el prestigio conseguido en la guerra serv√≠a para la obtenci√≥n de cargos pol√≠ticos en la Ciudad, con lo que, de hecho, las principales magistraturas reca√≠an casi siempre en manos de los m√°s adinerados que constitu√≠an la aristocracia romana.

Pero, tal y como el propio J.M. David se√Īala, el criterio de selecci√≥n de los ciudadanos no era estrictamente econ√≥mico, estaba tambi√©n la virtud que era, de hecho, el segundo criterio que defin√≠a al ciudadano. Los censores deb√≠an verificar las conductas tanto p√ļblicas como privadas de los individuos que desfilaban ante ellos y del resultado final depend√≠a su lugar pol√≠tico y social en la Ciudad. De este modo, las cualidades que los censores apreciaban eran aquellas que permit√≠an crear un cuerpo social s√≥lido de ciudadanos con cuyos recursos, tanto econ√≥micos como morales, Roma pudiera contar. Pero, sobre todo, les interesaban las cualidades personales, en particular, la fides, es decir, la fiabilidad de un individuo, que se demostraba, en primero instancia, en el respeto que mostraba hacia los compromisos, tanto p√ļblicos como privados, en el √°mbito de las relaciones familiares. En definitiva, se buscaba en el futuro ciudadano la integridad y la honestidad.

El objetivo final no era otro que el de contar con una conjunto de ciudadanos con cuyos recursos la Ciudad pod√≠a contar y que servir√≠an para recomponer la comunidad c√≠vica cada cinco a√Īos, descartando, de este modo, a los individuos peligrosos o in√ļtiles para los prop√≥sitos de la ciudad. El censo finalizaba con una gran ceremonia religiosa, digamos que de ratificaci√≥n, denominada suovetaurilia, en la que se sacrificaban tres animales, un toro, un carnero y un verraco que eran conducidos ante el pueblo clasificado y jerarquizado por los censores y, posteriormente, sacrificados con lo que se buscaba el consentimiento de los dioses para este recompuesto cuerpo c√≠vico. De este modo, como J.M. David (2000, 21-23) afirmaba, la ciudad se refundaba cada cinco a√Īos, admitiendo en su seno a nuevos ciudadanos cuidadosamente seleccionados en funci√≥n de su valor para la Ciudad desde el punto de visto econ√≥mico y moral. De ah√≠ que el privilegio de la ciudadan√≠a constituyera un elemento esencial de la identidad romana, ya que se trataba, en realidad, de un instrumento tanto de inclusi√≥n como de exclusi√≥n de la comunidad.

2. Ser romano fuera de Roma
2.1. Poder ser romano

La expansi√≥n romana que comenz√≥ a finales del siglo III a.C. y la conquista militar de un extenso territorio en torno al Mediterr√°neo conllevaron nuevas necesidades de gesti√≥n y administraci√≥n que pusieron en cuesti√≥n este selectivo modelo de acceso a la ciudadan√≠a y provocaron la renovaci√≥n efectiva de la forma de ‚Äúser romano‚ÄĚ que se hab√≠a consolidado durante todo el periodo republicano. A partir del siglo I d.C., la selecci√≥n de ciudadanos va a estar condicionada por la necesidad de implicar en cierto grado a los pueblos sometidos en el gobierno del imperio. La evoluci√≥n de la identidad romana va a impulsarse a trav√©s del proceso que conocemos con mayor o menor acierto como ‚Äúromanizaci√≥n‚ÄĚ y que Paolo Desideri, colaborador en anteriores ediciones de estas jornadas de Antiqua (1997) y destacado historiador italiano, defini√≥ como ‚Äúcomo un fen√≥meno de reducci√≥n a una unidad pol√≠tica y a la homogeneidad cultural de una variedad de pueblos y estados vencidos por la fuerza de las armas, pero asociados despu√©s de alguna manera a las funciones de gobierno hasta el punto de hacer desaparecer la distinci√≥n originaria entre vencedores y vencidos, sustituida gradualmente por una distinci√≥n en clases sociales, m√°s all√° de la referencia √©tnica o geogr√°fica original‚ÄĚ (1999, 577).

La definici√≥n, aunque impecable, contiene, una cierta idealizaci√≥n de la capacidad de integraci√≥n del imperio romano que, en general, suele aplicarse a los imperios occidentales de la √©poca cl√°sica, por ejemplo, al de Alejandro Magno, para el que tambi√©n se ha buscado en la historiograf√≠a tradicional una improbable vocaci√≥n integradora (F.J. G√≥mez Espelos√≠n, 2005). A pesar de ello, la explicaci√≥n contin√ļa siendo v√°lida y refleja bastante bien el per√≠odo de la historia romana que ir√≠a entre los siglos I y III d.C., durante los cuales el Principado estuvo centrado b√°sicamente en reforzarse como instituci√≥n y en lograr una estabilidad del imperio bas√°ndose en la b√ļsqueda de una perpetua cohesi√≥n a trav√©s de lo que hoy en d√≠a conocemos como integraci√≥n. En el par√©ntesis que supuso el per√≠odo entre la expansi√≥n mediterr√°nea de √©poca republicana y la defensa y la lucha religiosa que dominan la Antig√ľedad Tard√≠a, los siglos alto-imperiales constituyen la √©poca m√°s floreciente de la expansi√≥n de una determinada identidad romana basada en la extensi√≥n del privilegio de la ciudadan√≠a. Por eso, la pol√≠tica de la √©poca va a estimular, m√°s que en ning√ļn otro per√≠odo, el deseo de obtener la ciudadan√≠a por parte de los habitantes de las provincias, los provinciales, que van a dar un nuevo sentido a la forma de ‚Äúser romano‚ÄĚ en forma de ‚Äúser ciudadano‚ÄĚ.

El problema que se planteaba a partir de ese momento era el de saber cuántos ciudadanos romanos eran necesarios para la gestión del imperio y si el privilegio de ciudadanía podría plantearse como una cuestión universal, algo que llegará inevitablemente en el siglo III d.C., con la famosa Constitutio Antoniniana, también llamado Edicto de Caracalla en el 212, aunque su puesta en marcha se debió sobre todo a las urgentes necesidades fiscales del momento. Las tensiones que se produjeron en Roma, una sociedad altamente conservadora, entre la fuerte resistencia a la ampliación de la identidad romana en forma de acceso a la ciudadanía frente a las evidentes necesidades de gestión del imperio y el premio que ello debía conllevar, aparecen extraordinariamente bien reflejadas en la obra de Tácito (55-120 d.C.), historiador romano que escribió entre el siglo I y II d.C., quien pone en boca del emperador Claudio un elocuente discurso que explica de forma clara cuáles son los retos a los que debe hacer frente el entramado imperial una vez que el período de conquista se ha estabilizado:

T√°cito, Annales XI, 23, 25: Discurso del emperador Claudio (48 d.C.):

‚Äúciudadan√≠a romana y entre las familias patricias, me exhortan a proceder con parejos criterios en el gobierno del estado, trayendo aqu√≠ a lo que de sobresaliente haya habido en cualquier lugar. En efecto, tampoco ignoro que a los Julios se los hizo venir de Alba, a los Coruncanios de Camerio, a los Porcios de T√ļsculo ni, por no entrar en detalles de la antig√ľedad, que se hizo entrar en el senado a gentes de Etruria, de Lucania y de toda Italia; que al fin se extendi√≥ √©sta hasta los Alpes, para que no s√≥lo algunos individualmente, sino tambi√©n tierras y pueblos se unieran a nuestro nombre. Tuvimos entonces s√≥lida paz interior; tambi√©n gozamos de prosperidad en el extranjero cuando fueron recibidas en nuestra ciudadan√≠a las gentes de m√°s all√° del Po, cuando, con el pretexto de nuestras legiones repartidas por el orbe de la tierra, incorporando a los provinciales m√°s valerosos, se socorri√≥ a nuestro fatigado imperio. ¬ŅAcaso nos pesa que los Balbos desde Hispania y varones no menos insignes desde la Galia Narbonense hayan pasado a nosotros? A√ļn quedan descendientes suyos, y no nos ceden en amor a esta patria. ¬ŅCu√°l otra fue la causa de la perdici√≥n de lacedemonios y atenienses, a pesar de que estaban en la plenitud de su poder guerrero, si no el que a los vencidos los apartaban como a extranjeros? En cambio, nuestro fundador R√≥mulo fue tan sabio que a muchos pueblos en un mismo d√≠a los tuvo como enemigos y luego como conciudadanos. Sobre nosotros han reinado. hombres venidos de fuera; el que se encomienden magistraturas a hijos de libertos no es, como piensan muchos sin raz√≥n, algo nuevo, sino que fue pr√°ctica de nuestro viejo pueblo. Se objetar√° que hemos guerreado con los senones: ¬°como si los volscos y los ecuos nunca hubieran desplegado sus ej√©rcitos contra nosotros! Fuimos cautivos de los galos, pero tambi√©n hubimos de entregar rehenes a los etruscos y de tolerar el yugo de los samnitas. Y con todo, si se pasa revista a todas las guerras, ninguna se termin√≥ en tiempo m√°s breve que la que hicimos contra los galos, y desde entonces hemos tenido una paz continua y segura. Unidos ya a nuestras costumbres, artes y parentescos, que nos traigan su oro y riquezas en lugar de disfrutarlas separados. Todas las cosas, senadores, que ahora se consideran muy antiguas fueron nuevas: los magistrados plebeyos tras los patricios, los latinos tras los plebeyos, los de los restantes pueblos de Italia tras los latinos. Tambi√©n esto se har√° viejo, y lo que hoy apoyamos en precedentes, entre los precedentes estar√° alg√ļn d√≠a‚ÄĚ.

Las palabras de Claudio ante el Senado en el 48 d.C, recogidas o remodeladas por T√°cito, en las que el Princeps aboga por un necesario cambio de rumbo en la pol√≠tica de concesi√≥n de ciudadan√≠a mantenida hasta el momento por la res publica, indican claramente que el camino a seguir para la futura estabilidad y desarrollo del entramado imperial pasaba por incorporar a las funciones del gobierno a las elites mejor dispuestas de los territorios conquistados. La pol√≠tica de atracci√≥n de elites que hab√≠a comenzado durante el per√≠odo de conquista como una cuesti√≥n referencial al objeto de evitar rebeliones y facilitar el control del territorio terminar√° convirti√©ndose en un ofrecimiento de asociaci√≥n en las tareas de gobierno (Desideri, 1999, 593-595). El paso era hasta cierto punto l√≥gico teniendo en cuenta las dimensiones alcanzadas por el imperio romano y la necesidad perentoria de implicaci√≥n en su gobierno por parte de las comunidades locales. Esta ‚Äúasociaci√≥n‚ÄĚ al poder por parte de los provinciales conllevar√° una nueva forma de percibir la identidad romana en la que los nuevos valores no ser√°n exclusivamente la sumisi√≥n de los tiempos de la conquista, sino la demostraci√≥n de lealtad que se desarrollar√° bajo la forma de un ‚Äúnuevo patriotismo‚ÄĚ basado en el respeto a la figura del emperador y la exaltaci√≥n de los or√≠genes locales, convenientemente enmarcados en los par√°metros de una t√≠pica comunidad romana, bajo la forma de una civitas, o ciudad, en el sentido pol√≠tico del t√©rmino.

2.2. Querer ser romano

A partir de mediados del siglo I d.C. y despu√©s de la clara demostraci√≥n de intenciones por parte de los emperadores de la dinast√≠a julio-claudia, el proceso de incorporaci√≥n de provinciales al gobierno del imperio, as√≠ como el incremento del n√ļmero de ciudadanos ligados a la red de ciudades que constitu√≠a su entramado administrativo fue incesante. Y con ello, se van generando nuevas actitudes desde el √°mbito provincial hacia el dominio romano que pueden clasificarse en dos grandes tendencias, en primer lugar, la manifiestamente favorable, con la variante de la que simplemente se adapta a la nueva situaci√≥n de poder encarnada por Roma y que supone una aceptaci√≥n de una nueva identidad pol√≠tica configurada en torno a la idea de romanitas. Y, la segunda, la que aglutina a aquellos que se oponen abiertamente a Roma, incluso, utilizando las armas, o que critican por otros medios la imposici√≥n de una determinada forma pol√≠tica que implica un proceso de fuerte aculturaci√≥n en el seno de las comunidades existentes antes de la llegada de los romanos, ya sean orientales u occidentales.

En la primera tendencia, podr√≠amos decir que el deseo de ser romano es claramente dominante o, por lo menos, as√≠ lo muestran una parte de las fuentes literarias que conservamos como es el caso de Elio Aristides (129-189 d.C.), orador originario de Asia Menor, y uno de los ejemplos m√°s representativos de un intelectual entregado a la causa de Roma. De hecho, este destacado miembro del movimiento conocido como Segunda Sof√≠stica, dedic√≥ su Elogio de Roma escrito en el a√Īo 143 d.C. a hacer un encendido elogio del consenso, la paz social y la ‚Äúcasa com√ļn‚ÄĚ, que no es otra que el imperio romano:

26 ‚ÄúVosotros solos (romanos) sois gobernadores por naturaleza. Todos los que han ejercido un dominio antes que vosotros han sido alternativamente patrones y esclavos los unos de los otros‚Ķ; vosotros en cambio sois conocidos como dominadores hasta cuando lo dese√©is. Y como sois libres desde los inicios y por as√≠ decirlo, como hab√©is nacido para gobernar hab√©is puesto a punto los instrumentos adaptados para la realizaci√≥n de vuestro objetivo, creando, por una parte una estructura pol√≠tica que nadie hab√≠a conocido, y, por otra, imponiendo a todos ordenamientos y disposiciones rigurosas‚ÄĚ.

92 ‚ÄúQuiz√°s no peque de inoportuno si expongo en este momento una idea que desde hace mucho me viene rondando la cabeza y que con frecuencia me ha desconcertado, una idea que, aunque la ten√≠a en la punta de la lengua, siempre la mantuve fuera del discurso hasta ahora. Pues en cu√°nto aventaj√°is a todos por la grandeza de todo el Imperio, por vuestra fortaleza, y por la concepci√≥n de vuestra constituci√≥n, figura entre lo ya dicho. Pero ahora me parece que nadie se equivocar√≠a si dijese que todos los hombres del pasado que gobernaron, incluso quienes lo hicieron sobre una gran parte de la tierra, gobernaron a sus pueblos como si lo hicieran sobre sus mismos cuerpos desnudos. Pues ¬Ņcu√°nto ha habido tantas ciudades en el interior del continente a orillas del mar? O ¬Ņcu√°ndo han estado tan bellamente adornadas en todos los aspectos? ¬ŅQui√©n de los que vivieron en aquellos tiempos pasados realiz√≥ un viaje de esta manera, contando las ciudades por d√≠as, y en el mismo d√≠a atravesando por dos o tres ciudades como si lo hiciera por barrios de una misma? De tal manera que los antiguos no s√≥lo eran tan inferiores en los aspectos principales del imperio, sino que tambi√©n donde gobernaron los mismos pueblos que vosotros, no gobernaron sobre cada uno ellos como si fueran todos equivalentes e iguales, sino que es posible contraponer la organizaci√≥n tribal que entonces all√≠ exist√≠a a la ciudad que existe hoy ahora. Y adem√°s se podr√≠a decir que aquellos llegaron a ser como reyes de desiertos y lugares fortificados, pero vosotros sois los √ļnicos que gobern√°is entre ciudades‚ÄĚ.

Elio Aristides, en este discurso, pone en escena una exaltaci√≥n del imperio romano en la que resalta todas las peculiaridades de su gobierno que son las que han dado la superioridad a los romanos frente a todas las experiencias imperiales anteriores. En realidad, sus palabras eran una loa al consenso que los romanos hab√≠an conseguido articular, que, en otras palabras, no quer√≠a decir m√°s que Roma hab√≠a logrado concitar el deseo de obtener la ciudadan√≠a, participar en las tareas de gobierno, y en √ļltima instancia, obtener una identidad romana con pleno consentimiento. En realidad, Elio Aristides valora, sobre todo, la capacidad homogeneizadora y unificadora del Imperio, que proporcionaba una identidad que se manifestaba plenamente a trav√©s de la red de ciudades que constitu√≠an su entramado.

Esta aceptaci√≥n entusiasta del ser romano no era, sin embargo, un√°nime en todo el territorio imperial. Una actitud positiva, pero resignada, es la que refleja la obra de Flavio Josefo (37-101 d.C.), historiador jud√≠o, que vivi√≥ la dicotom√≠a entre sus or√≠genes y la proximidad al poder imperial, que le permiti√≥ gozar de una posici√≥n de privilegio a la que no renunci√≥. En su obra, puede apreciarse una actitud fatalista ante el poder de Roma, que se distingue de la posici√≥n adoptada por Elio Aristides en el punto en que la admiraci√≥n ha sido sustituida por la resignaci√≥n, ya que en √ļltimo extremo, para Josefo, el dominio romano no es m√°s que una manifestaci√≥n de la voluntad divina a la que los jud√≠os deben plegarse. Flavio Josefo escribi√≥ una obra sobre la guerra jud√≠a en la que se recuerda la revuelta de los a√Īos 60 del s. I d.C. Seg√ļn √©l, la causa de la revuelta es la negaci√≥n sistem√°tica por parte de los jud√≠os a la imposici√≥n del culto imperial, una de las marcas distintivas de la nueva identidad pol√≠tica romana que une estrechamente la ciudadan√≠a romana con la demostraci√≥n de la lealtad al princeps, que es quien encarna el Estado romano (Desideri, 1999, 590-592)). En este contexto, el historiador jud√≠o, que hab√≠a participado en la revuelta, pero que, con posterioridad, hab√≠a adquirido la ciudadan√≠a romana (hecho controvertido que lo convirti√≥ para algunos en traidor a la causa jud√≠a) y se hab√≠a acercado a la dinast√≠a Flavia, recoge un discurso del rey Agripa que, contiene, en realidad, parte del pensamiento del historiador jud√≠o, lo cual como tambi√©n hemos visto con T√°cito y Claudio era una pr√°ctica habitual de la historiograf√≠a antigua (Grant, 2003). El discurso del rey Agripa se habr√≠a pronunciado en el a√Īo 66 a.C. y es representativo de una tentativa, fracasada, de evitar la revuelta posterior. En √©l se afirma lo siguiente:

Historia judaica 2, 345-401: Discurso del rey Agripa (66 d.C.):

‚ÄúNuestros antepasados y sus reyes, siendo en dineros, cuerpos y √°nimos, mucho m√°s poderosos y valerosos que vosotros, no pudieron resistir a una peque√Īa parte del poder y fuerza de los romanos; y vosotros, que hab√©is recibido esta obediencia y sujeci√≥n, casi como herencia, y sois en todas las cosas menores y para menos que fueron los que primero les obedecieron, ¬Ņpens√°is poder resistir contra todo el imperio romano?

‚ÄėLos atenienses, que por la libertad de la gente griega dieron en otro tiempo fuego a su propia patria, y persiguieron muy gloriosamente, cerca de Salamina la peque√Īa, a Jerjes, rey soberb√≠simo, huyendo con una nao, el cual por las tierras navegaba, y caminaba por los mares, cuya flota y armada a gran pena cab√≠a en la anchura de la mar, y ten√≠a un ej√©rcito mayor que toda Europa; los atenienses, que resistieron a tantas riquezas de Asia, ahora sirven a los romanos y les son sujetos, y aquella real ciudad de Grecia es ahora administrada por regidores romanos. Los lacedemonios tambi√©n, despu√©s de tantas victorias habidas en Term√≥pilas y Platea, y despu√©s de haber Agesilao descubierto y se√Īoreado toda el Asia, honran y reconocen a los romanos por se√Īores. Los macedonios, que aun les parece tener delante a Filipo y a Alejandro, prometi√©ndoles el imperio de todo el mundo, sufren la gran mudanza de las cosas y adoran ahora aqu√©llos, a los cuales la fortuna se pas√≥ y tanto favorece.

"Otras muchas gentes hay que, siendo mucho mayores y confiadas en mayor fuerza para conservar su libertad, las vemos todav√≠a ahora reconocer y se sujetan en todo a los romanos; ¬Ņy vosotros solos os afrent√°is y no quer√©is estar sujetos a los romanos, cuya potencia veis cu√°nto domina? ¬ŅEn qu√© ej√©rcitos o en qu√© armas os confi√°is? ¬ŅA d√≥nde ten√©is la flota y armada que pueda discurrir por el mar de los romanos? ¬ŅA d√≥nde est√°n los tesoros que puedan bastar para tan grandes gastos? ¬ŅPor ventura pens√°is que mov√©is guerras contra los √°rabes o egipcios? ¬ŅNo consider√°is la potencia del imperio romano? ¬ŅNo mir√°is para cu√°n poco basta vuestra fuerza? ¬ŅNo sab√©is que muchas veces vuestros propios vecinos os han vencido y preso en vuestra ciudad?

"Mas la virtud y poder invencible de los romanos pasa por todo el mundo, y aun algo m√°s han buscado de lo contenido en este mundo, porque no les basta a la parte de l Oriente tener todo el Eufrates, ni a la de Septentri√≥n el Istro o Danubio, ni les faltan por escudri√Īar los desiertos de Libia hacia el Mediod√≠a, ni Gades al Occidente; mas aun adem√°s del oc√©ano buscaron otro mundo y vinieron hasta las Breta√Īas, que es Inglaterra, tierras antes no descubiertas ni conocidas, y all√° pasaron su ej√©rcito. Pues qu√©, ¬Ņsois vosotros m√°s ricos que los galos, m√°s fuertes que los germanos y m√°s prudentes y sabios que los griegos? ¬ŅSois por ventura m√°s que todos los del mundo? ¬ŅPues qu√© confianza os levanta contra los romanos? "Mas la virtud y poder invencible de los romanos pasa por todo el mundo, y aun algo m√°s han buscado de lo contenido en este mundo, porque no les basta a la parte de l Oriente tener todo el Eufrates, ni a la de Septentri√≥n el Istro o Danubio, ni les faltan por escudri√Īar los desiertos de Libia hacia el Mediod√≠a, ni Gades al Occidente; mas aun adem√°s del oc√©ano buscaron otro mundo y vinieron hasta las Breta√Īas, que es Inglaterra, tierras antes no descubiertas ni conocidas, y all√° pasaron su ej√©rcito. Pues qu√©, ¬Ņsois vosotros m√°s ricos que los galos, m√°s fuertes que los germanos y m√°s prudentes y sabios que los griegos? ¬ŅSois por ventura m√°s que todos los del mundo? ¬ŅPues qu√© confianza os levanta contra los romanos?‚ÄĚ Este discurso contiene una notable valoraci√≥n sobre el imperio de Roma, en el que se introduce una idea interesante como es la carga que supone sujetar a una serie de pueblos con los que Roma puede tener potenciales enfrentamientos. Seg√ļn Agripa, o Flavio Josefo, seg√ļn se mire, el imperio es una estructura de poder, y como tal, no admite en su seno veleidades de libertad de los pueblos a los que somete‚ÄĚ.

Este discurso de Josefo, largamente denostado por el nacionalismo jud√≠o, no trataba m√°s que de adaptarse a una situaci√≥n en la que el Imperio romano es la realidad pol√≠tica dominante a la que resulta imposible resistirse. Si acaso, la disculpa de Josefo, en su aceptaci√≥n del sometimiento a Roma vendr√≠a de la idea, expresada a lo largo de su Guerra judaica de que los romanos, en √ļltima instancia, no desean cambiar las costumbres de los pueblos que subyugan, sino √ļnicamente imponerles un tributo. Desde este punto de vista, la identidad romana que propone Flavio Josefo es hasta cierto punto instrumental e interesada, puesto que invita a aceptar una forma de ser romano a la que es imposible escapar y de la cual hay que aceptar lo inevitable, la fiscalidad, conservando los usos tradicionales de su comunidad, en este caso la jud√≠a. Se tratar√≠a, por lo tanto, de una identidad romana meramente pol√≠tica, que no afectar√≠a ni impondr√≠a ning√ļn par√°metro √©tnico, lo cual, desde el punto de vista de Flavio Josefo facilitar√≠a su adopci√≥n por parte de los habitantes del Imperio.

2.3. No querer ser romano

La historia y la literatura romanas, sobre todo la de √©poca imperial, han tendido a recoger y conservar ejemplos de integraci√≥n exitosa de los pueblos conquistados y de participaci√≥n satisfactoria de los pueblos en el gobierno del imperio. Sin embargo, y como parte de su estrategia de autoafirmaci√≥n como entidad pol√≠tica con vocaci√≥n de perpetuarse, las fuentes cl√°sicas recogen algunos testimonios puntuales de enfrentamiento con Roma, que tienen como objeto, por un lado, poner en valor las propias victorias romanas exaltando la calidad del adversario y, por otro, afirmar el poder romano que es capaz de imponerse, incluso a los m√°s sobrecogedores enemigos. La presencia de la oposici√≥n sirve, adem√°s, para ilustrar el debate que se produjo en el seno de la sociedad romana sobre el modo en que deb√≠a gestionarse el inmenso imperio que, no ten√≠a tanto una vocaci√≥n territorial, ni una preocupaci√≥n espec√≠fica por controlar un territorio concreto, como de someter a los pueblos que en √©l habitaban. El imperio de Roma es, sobre todo, un ejemplo de sujeci√≥n de pueblos, m√°s que de control de territorios, de ah√≠ la importancia de la cuesti√≥n de la identidad romana como elemento de integraci√≥n y cohesi√≥n. Es en este contexto en el que debe entenderse el c√©lebre discurso -‚Äú..a la desolaci√≥n la llaman paz‚Ķ‚ÄĚ- que T√°cito pone en boca del jefe brit√≥n Calgaco en su biograf√≠a de Agr√≠cola. El l√≠der britano enfatiza con sus palabras el amor a la patria y a la libertad y, al mismo tiempo, ofrece una interpretaci√≥n sobre el car√°cter del imperialismo romano, en particular, sobre la forma de su sistema de gobierno (Desideri, 1999, 592-593).

Agrícola 30-31: Discurso de Calgaco (84 d.C.):

“Cada vez que contemplo las causas de esta guerra y nuestra necesidad, tengo el convencimiento de que hoy es el día en el que vuestra unión será el inicio de la libertad para toda Britania: pues todos nosotros desconocemos la esclavitud pero sabemos que ninguna tierra, ni siquiera el mar, nos resulta seguro frente a la flota romana que nos acecha. Así pues, las armas y la guerra, que al fuerte le dan honor, incluso al débil le darán seguridad: nuestros anteriores combates, en los que hemos luchado contra los romanos con diversa fortuna, todavía dejan en nuestras manos la esperanza y la salvación, dado que nosotros, los más nobles de toda Britania que vivimos en su corazón, ni hemos visto las costas esclavizadas ni tenemos nuestros ojos contaminados con la dominación extranjera. Lo apartado de estas tierras y la protección de nuestra fama han protegido hasta hoy a nuestras tribus, a nosotros que vivimos en las tierras más alejadas y más libres: ahora los confines de Britania están abiertos y lo desconocido suele considerarse maravilloso, pero ya no hay más pueblos detrás nuestro, nada a excepción de rocas y mareas y hostiles romanos, de cuya soberbia no se podría escapar con halagos y modestia. Son los saqueadores del mundo; ahora que ya han devastado todas las tierras, miran al mar: si el enemigo es rico, son avaros; si es pobre, ambiciosos, porque no los han saciado ni sus conquistas a Oriente ni a Occidente.

Son los √ļnicos que desean las tierras ricas y pobres por igual: robar, asesinar, saquear es su definici√≥n para ese falso imperio; donde lo arrasan todo, dicen que hacen la paz.

La naturaleza ha querido que, para cada uno de nosotros, sus hijos y sus allegados sean los m√°s queridos: ellos con sus levas nos los roban para hacerles servir en cualquier otro lugar; nuestras mujeres y hermanas, aunque escapen a la lujuria de los enemigos, son mancilladas bajo el nombre de la amistad y la hospitalidad; nuestros bienes y nuestras fortunas se los lleva el tributo, nuestros campos y cosechas, las provisiones de las tropas y nuestros cuerpos y nuestras manos se ajan mientras les servimos talando bosques y desecando marismas entre sus azotes e insultos. Los que nacen esclavos √ļnicamente son vendidos una vez y, adem√°s, su amo los alimenta; Britania compra cada d√≠a su esclavitud y cada d√≠a la alimenta. Y al igual que en una casa el esclavo m√°s nuevo es el objeto de las burlas de los dem√°s esclavos, as√≠ nosotros, los nuevos y m√°s prescindibles, estamos condenados a nuestra destrucci√≥n en un mundo acostumbrado a la esclavitud. No tenemos ni campos ni metales ni puertos en los que podamos sobrevivir trabajando. Adem√°s, la valent√≠a y la fiereza de los conquistados no es del gusto de los conquistadores y nuestras tierras apartadas y alejadas, que nos han mantenido seguros, ahora nos convierten en sospechosos. As√≠, cobrad √°nimos en nuestra situaci√≥n desesperada: tan querida les es a algunos la gloria como la salvaci√≥n. Los brigantes, con una mujer al mando, quemaron una colonia, tomaron los campamentos y, si su buena fortuna no los hubiera vuelto est√ļpidos, habr√≠an podido librarnos del yugo romano: nosotros vamos a la guerra ind√≥mitos y enteros, libres y no arrepentidos: demostremos desde el principio del combate qu√© hombres guardaba Caledonia‚ÄĚ.

La idea que, seg√ļn Desideri, domina el discurso es que los romanos no toleran, en ning√ļn caso, la idea de la existencia de pueblos libres, aunque est√©n muy lejos de Roma: no importa que estos pueblos sean pobres o ricos, porque si son ricos, les mueve la codicia y si son pobres, el af√°n de gloria. La paz y la administraci√≥n romanas no ser√≠an as√≠ m√°s que el aprovechamiento sistem√°tico de los recursos econ√≥micos del pueblo sometido, la destrucci√≥n de sus v√≠nculos sociales y de sus recursos humanos. T√°cito prefigura con Calgaco el lento proceso de anulaci√≥n de la identidad √©tnica con la colaboraci√≥n aparente de las v√≠ctimas. Pero T√°cito transmite tambi√©n la idea de que esta forma de proceder es una necesidad vital del imperio, ya que √ļnicamente la difusi√≥n e imposici√≥n del propio modelo les garantiza la supervivencia ante la energ√≠a de los b√°rbaros. Y m√°s a√ļn, si todas estas estrategias pol√≠tico-dial√©cticas llegaban a fallar, quedaba el recurso a una argumentaci√≥n que ha hecho fortuna en toda clase de sistemas pol√≠ticos hasta la √©poca contempor√°nea, como es que si no se consegu√≠a la asimilaci√≥n, se justificaba la conquista por un af√°n de proteger a estos pueblos, tanto de sus permanentes luchas intestinas como de la crueldad que demostraban hacia sus vecinos.

El rechazo que Roma encontró durante la larga y costosa conquista de Britania, también lo encontró al Sur del imperio, en concreto en Egipto, una zona que al contrario que la isla del Norte de Europa había sido pacificada relativamente pronto tras la derrota infligida por Augusto a las fuerzas romano-egipcias de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Accio (31 a.C.). El especial estatuto de Egipto, convertida en una propiedad personal del princeps, suscitó un desarrollo particular de la administración romana, convirtiendo el valle del Nilo en un lugar de romanización relativa cuya intensidad iba decreciendo conforme el territorio avanzaba hacia el Sur. Además, la propia cultura egipcia clásica, sobre la que había incidido un proceso de helenización a partir del siglo IV a.C., confería al país unas características específicas en el orden social, económico y religioso que chocaban con la fuerte tendencia a la uniformización que imponía la romanización. Aunque este rechazo no se manifestó de forma unánime ni tuvo expresiones violentas de gran alcance, con la excepción de la revuelta campesina de los boukouloi, siempre permanecieron actitudes o posiciones críticas contra el poder de Roma, puestas de manifiesto, en muchos casos, en el ámbito de la literatura y la religión.

Este es el escenario en el que, durante largo tiempo, fueron compuestos en el seno de la literatura egipcia textos apocalípticos que anunciaban el fin de la dominación romana y la llegada de una nueva Edad de oro. Uno de los textos más completos es el oráculo del ceramista, que es denominado de este modo porque el héroe del mismo es el dios Khunum, el creador que hizo al hombre con un torno de alfarero. No es un texto original de época romana, sino del período faraónico, remozado durante la época helenística y adaptado a su vez durante la dominación romana. Anuncia que Egipto será liberado del yugo extranjero por un rey venido del sur enviado por la gran diosa Isis: en ese momento, los peores tormentos se abatirán sobre los griegos, luego, romanos y la ciudad de Alejandría se arruinará convirtiéndose en un pueblo de pescadores; en el mismo oráculo se profetiza la restauración de los dioses de Egipto.

El or√°culo del ceramista (F. Dunand, ‚ÄúL'Oracle du Potier‚ÄĚ, L'Apocalyptique, Paris, 1977, 36-67):

“….los portadores de cinturón (griegos/romanos) se destruirán a si mismos porque son seguidores de Typhon.

Entonces Agathodemon abandonará la ciudad que se está construyendo (Alejandría) y emigrará y quedará desierta la ciudad de extranjeros que se está construyendo entre nosotros.

Estas cosas se producir√°n cuando todos los males se acaben, cuando los extranjeros que est√°n en Egipto desaparezcan como las hojas de un √°rbol en oto√Īo y la ciudad de los portadores de cintur√≥n quedar√° desierta en castigo de todos las impiedades cometidas. Y las estatuas de Egipto que han sido llevadas m√°s all√° volver√°n y la ciudad cerca del mar se transformar√° en un lugar donde los pescadores secar√°n el pescado‚Ķ‚ÄĚ

El or√°culo retomaba un tema cl√°sico que nos muestra una forma de resistencia pasiva, a la helenizaci√≥n primero y despu√©s a la romanizaci√≥n, lo cual es claramente percibido por los romanos. A pesar de la imagen id√≠lica transmitida sobre los egipcios desde la √©poca cl√°sica, gracias a la obra de Her√≥doto fundamentalmente, (G√≥mez Espelos√≠n, P√©rez Largacha 2003), los romanos fabricaron su propio estereotipo sobre el valle del Nilo, al cual consideraban √ļtil como despensa del trigo b√°sico para alimentar a la gran poblaci√≥n del imperio y, sobre todo, a sus contingentes militares, pero siendo siempre conscientes de que el nivel de imposici√≥n de la administraci√≥n romana era, hasta cierto punto, d√©bil. Esta idea estar√≠a corroborada de nuevo por las palabras de T√°cito, quien en sus Historias 1, 11 afirma sobre la zona: ‚Äúuna provincia de dif√≠cil acceso, gran productora de trigo, agitada e inestable a causa de la superstici√≥n y de sus licencias, ignorante de las leyes, ausente de magistrados‚Ķ‚ÄĚ. Desde este punto de vista, a diferencia de la resistencia activa realizada por Britania, Egipto mostr√≥ un rechazo basado en la no colaboraci√≥n, para lo que se ayud√≥, sobre todo, del fuerte arraigo de una identidad propia forjada desde siglos atr√°s en torno al imperio fara√≥nico.

Conclusiones

En definitiva, la identidad romana se nos muestra como un largo proceso de identificaci√≥n de los habitantes del imperio con los objetivos del proyecto imperial de Roma que necesitaba, primero de la sumisi√≥n y, m√°s tarde, del consenso de todos ellos para su mantenimiento en el tiempo. La colaboraci√≥n, no fue uniforme, pues las realidades, pol√≠ticas, sociales, ling√ľ√≠sticas, econ√≥micas y religiosas de las naciones sometidas eran muy diversas, lo que produjo una variedad de comprensi√≥n de la forma de ser romano y, consecuentemente, diferentes formas de serlo, de querer serlo o, incluso, de rechazarlo.



BIBLIOGRAF√ćA RECOMENDADA

1. Textos cl√°sicos:
ELIO ARISTIDES, Discurso a Roma, Introd., trad y notas J.M. Cortés Copete, Editorial Gredos, Madrid 1997.
FLAVIO JOSEFO, La guerra de los jud√≠os I-III, Introd., trad. y notas J. M. ¬™ Nieto Ib√°√Īez. Revisada por F. J. G√≥mez Espelos√≠n, Editorial Gredos, Madrid 1997.
PLAUTO, Comedias II, Edición de J.R. Bravo, Editorial Cátedra, Madrid 1995.
T√ĀCITO, Vida de Julio Agr√≠cola, Introd., trad y notas J.M. Requejo, Editorial Gredos, Madrid 1981.
- Historias I-II, Introd., trad y notas A. Ramírez de Verger, Editorial Gredos, Madrid 2012.

2. Obras de referencia:
DAVID, J.M., La R√©publique romaine de la deuxi√®me guerre punique √† la bataille d‚ÄôActium 218-31, √Čditions du Seuil, Paris 2000.
DESIDERI, P., ‚ÄúLa romanizzazione dell‚Äôimpero‚ÄĚ, Storia di Roma 2. L‚Äôimpero mediterraneo, Einaudi, Torino 1999, 577-626.
GARNSEY, P., SALLER, R., El Imperio Romano: economía, sociedad y cultura, Editorial Crítica, Madrid 2000.
G√ďMEZ ESPELOSIN, F.J., Alejandro Magno, Alianza editorial, Madrid 2005.
G√ďMEZ ESPELOSIN, F.J., P√ČREZ LARGACHA, A., Egiptoman√≠a. el mito de Egipto de los griegos a nosotros, Alianza editorial, Madrid 2003.
GRANT, M., Historiadores de Grecia y Roma, Alianza editorial, Madrid 2003.
JERPHAGON, L., Historia de la Roma antigua, Barcelona 2007.
LE ROUX, P., ‚ÄúLa romanisation en question‚ÄĚ, Annales. Histoire, sciences sociales 2004/2, 287-311.
S√ĀNCHEZ LE√ďN, M.L., El Alto imperio romano (14-235), Editorial S√≠ntesis, Madrid 1998.
SARTRE, M., El Oriente romano. Provincias y sociedades provinciales del Mediterr√°neo oriental, de Augusto a los Severos (31 a.C. - 235 d.C.), Editorial Akal, Madrid 1994.

Arriba

Volver

Licencia Creative Commons. Pulse aquŪ para leerla
2007 Kultura, Turismo, Gazteria eta Kirola Departamentua - Gipuzkoako Foru Aldundia
Logotipo Gipuzkoa.net. Pulsar para ir a la pŠgina de Gipuzkoa.net