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“¿Bendición o maldición? La vejez en el mundo griego antiguo”:

César Fornis Vaquero
(Antzinako Historiako katedraduna Sevillako Unibertsitatean)

Antes de nada, vamos a dar algunos datos que nos sirvan para situarnos, incluso si, por falta de información suficiente, la demografía histórica y la paleodemografía no han establecido de manera rigurosa y convincente la media de vida de los antiguos griegos. Aunque los análisis de los restos óseos de tumbas carecen de precisión, son orientativos de que la expectativa de vida aproximada de un varón se situaba en 44 años y de una mujer en 36. Por otro lado, las estelas funerarias griegas, a diferencia de las romanas, no solían indicar la edad del fallecido, los hallazgos son aleatorios y, por tanto, no son representativos de la población en su conjunto; y, tercero, existía una tendencia entre quienes habían tenido una vida larga a exagerar su edad. Pese a todo, de un total de 2022 inscripciones funerarias recogidas por Richardson hace casi un siglo en que sí consta la edad, algo más del 10% correspondía a individuos que superaban los 60 años. De esos 93, la mitad fallecieron entre los 60 y 70 años, y 14 alcanzaron los 90 (tres incluso superaron los 100, ostentando el récord un cierto Pancario, que murió a los 110).

A primera vista el hecho de que uno de cada diez griegos llegara a los 60 años no parece un porcentaje elevado, pero hemos de tener en cuenta la alta mortalidad no solo infantil, sino también en la etapa adolescente y juvenil, que hace que solo 900 personas de las 2022 llegaran a los 25 años; de las 900, 206 fueron al menos sexagenarios, casi un 23% de los adultos, lo que significa que la vejez ya no era tan excepcional como en sociedades más primitivas.

En las fuentes literarias tenemos casos bien atestiguados de longevidad, como los de algunos autores griegos: Esquilo vivió 96 años, Demócrito en torno a 90 (según una tradición incluso llegó a los 109), Lisias 83, Platón 88, Isócrates terminó su último discurso, el Panatenaico, con 97, donde nos describe sus sentimientos (12.7-8):

Cuento con los bienes más grandes que todos desearían obtener: en primer lugar, salud de cuerpo y alma. En segundo lugar tengo un bienestar económico que nunca me hizo carecer de placeres moderados ni de los que un hombre inteligente podría desear. Más todavía: no fui un hombre abatido ni despreciado, sino de aquéllos a quienes los griegos más renombrados recordarían y elegirían como personas virtuosas. Aunque he tenido todos estos bienes, unos en exceso, otros de manera suficiente, no disfruto al vivir así. Porque la vejez es tan molesta, tan puntillosa y tan triste que muchas veces he censurado mi propia naturaleza y lamentado mi suerte.

El gran experto en retórica se muestra agradecido por haber llevado una vida sin penalidades, por haber disfrutado de fama y fortuna, pero reniega de su situación presente (estaba casi ciego y había superado tres años de grave enfermedad). De hecho, según una tradición algo más que dudosa, Isócrates se dejaría morir de hambre al año siguiente, 338 a.C., para protestar por la pérdida de independencia griega tras la victoria de Filipo II en Queronea. Aunque en este caso no se trata de un testimonio de primera mano, Sócrates también habría sido consciente de las dificultades inherentes a la vejez, cuando, cumplidos los setenta pero sin sentirse anciano, su discípulo Jenofonte le hace decir (Recuerdos de Sócrates, 4.8.8):

Si vivo más tiempo, tal vez tendré que pagar el tributo a la vejez: ver y oír menos, discurrir peor, hacerme cada vez más torpe y olvidadizo y ser inferior a los que antes superaba. Además, si no tuviera conciencia de estas cosas, mi vida no merecería la pena vivirla, pero si me diera cuenta, ¿cómo no iba a ser necesariamente mi vida peor y más desagradable?

 

Si no aceptara la muerte por cicuta que se le ofrece, sin abandonar sus principios, se habría preparado «para morir afligido por las enfermedades o la vejez, a la que afluyen todas las amarguras, con absoluta privación de alegrías» (Jenofonte, Apología, 8).

Sin embargo, el número de ancianos no era tan relevante como para que la sociedad en su conjunto tomara conciencia de atender a sus necesidades. En efecto, nada remotamente parecido a Seguridad Social, residencias, jubilaciones o pensiones existió en la Antigüedad clásica; es así que Diógenes el Cínico, preguntado acerca de qué era lo más miserable en la vida, contestaba que «un anciano sin recursos» (Diógenes Laercio 6.51). No obstante, en algunos lugares del mundo griego hubo tímidos intentos de extender al plano legal el deber moral de cuidar a padres y ancestros en edad avanzada, incluyendo darles techo y manutención y asistirles en caso de enfermedad; se conoce como gerotrophía y se entendía como una suerte de contraprestación por la paidotrophía, la crianza y educación de los hijos. En la Atenas de comienzos del s. VI a.C. Solón pasa por ser el introductor de una ley sobre gerotrophía, cuya pena por violarla parece ser la atimía, es decir, la pérdida de los derechos de ciudadanía (Diógenes Laercio 1.55; Esquines 1.28 asegura que en su tiempo, el siglo IV, «no se permite hablar ante la Asamblea a quien golpea a su padre o a su madre o no los alimenta o no les proporciona residencia»). Se ha pensado que esto se debía a conflictos generacionales agudizados por la democratización progresiva del régimen ateniense y la influencia de la sofística; la mera existencia de estas salvaguardas legales apunta a que debían de ser necesarias (en Esparta no se precisaban leyes para proteger a los ancianos); es significativo que, en el examen (dokimasía) al que eran sometidos los magistrados antes de tomar posesión del cargo, tenían que responder a la pregunta de si trataban bien a sus padres (Aristóteles, Constitución de los atenienses, 55.3); también el Sócrates de Jenofonte (Recuerdos de Sócrates, 2.2.13) le recuerda a su hijo mayor Lamprocles, irritado con su madre Jantipa, cuyo mal humor era proverbial, que la ciudad inhabilita y excluye de los cargos a quien no respeta a los padres. Según Vitruvio (6 Praf. 3), existieron regulaciones similares a la ateniense en otras comunidades griegas.

El único Estado que se ocupó de mantener directamente a ancianos a expensas públicas fue la Atenas democrática, eso sí, no a todos, sino solo a aquellos ciudadanos cuyos hijos habían caído en el campo de batalla (Platón, Menéxeno, 248d; cf. Lisias 2.75); en el lado opuesto, el del control, Atenas tenía una ley que privaba a los testadores de la gestión de su patrimonio (y, por extensión, de sus derechos políticos) si los herederos podían demostrar senilidad (Iseo 4.16), llamada por los griegos paranoía ("trastorno del juicio", "turbación de la razón"). Por tanto, la atención y cuidado de los ancianos tenía lugar en el seno de la familia. Iseo, orador ateniense del s. IV a.C. especializado en derecho familiar, asegura que para los hombres de cierta edad con patrimonio y sin herederos la adopción se presentaba como «el único refugio contra la soledad y el único posible consuelo en la vida» (2.12).

Tenemos conocimiento asimismo de que no pocos griegos temían alcanzar una edad demasiado avanzada como para el disfrute de la vida no fuera posible con un mínimo de condiciones físicas y mentales; en ocasiones en los que el individuo ya no podía valerse por sí mismo y consideraba finalizado su ciclo vital, decidía libremente dejarse morir (generalmente por inanición), lo que no era en puridad un suicidio, sino la llamada kairotanasia, es decir, «la muerte oportuna» o «la muerte en el momento oportuno» (se recuerda sobre todo a filósofos: Anaxágoras, Demócrito, Zenón de Citio, Cleantes, quizá Diógenes de Sínope).

No hay consenso en las fuentes a la hora de situar el umbral de entrada en la senectud, ni siquiera en cuántas edades se puede dividir la vida humana (tres según Aristóteles, siete según Hipócrates, diez según Solón, etc.). Los griegos tenían dos palabras principales para referirse al ser humano en esta fase de la vida: présbys o presbýtes, equivalente a nuestro "mayor", "anciano" (presbytis es la forma femenina) y, sobre todo géron, que acoge un cierto matiz peyorativo, próxima a nuestro "viejo" (graûs en femenino); sobre esta segunda se forman otras más ofensivas o burlonas, como nodogéron ("vejete desdentado"), tymbogéron ("vejete con un pie en la tumba"). En este sentido, Demócrito se refería a la vejez como «una concienzuda mutilación: todas las partes (del cuerpo) están en su sitio, pero de cada una falta algo» (68 B 296 D-K; se pierden dientes, vista, pelo, flexibilidad en los músculos, vigor en los huesos). Si tomamos como referencia la escala de Hipócrates, presbýtes sería la sexta edad, aquella que se sitúa entre los 56 y los 63 años, mientras que géron sería la séptima y última, los que superan los 63. El ciudadano permanecerá en las filas del ejército hasta los 60, cuando pasa a la reserva, pudiendo ser movilizado solo en caso de peligro. Naturalmente tenemos casos de servicio en armas más allá de esta edad, como un octogenario Agesilao II comandando mercenarios para el rey egipcio Taco (Diodoro Sículo 15.91-93; Jenofonte, Agesilao, 2.26-31; Plutarco, Agesilao, 36-40) o unos veteranísimos soldados de las campañas de Filipo II y de Alejandro Magno que, ya sexagenarios y septuagenarios, aún combatían para uno de los sucesores de este último, Eumenes de Cardia (Plutarco, Eumenes, 16.7). También Tirteo, poeta elegíaco espartano de la segunda mitad del siglo VII, testimonia la presencia de hoplitas de edad en la falange, cuya muerte sería el oprobio de los más jóvenes (fr. 6+7 D):

¡Ah, jóvenes, pelead con firmeza y codo a codo;

no iniciéis una huida afrentosa ni cedáis al espanto (...)

y a vuestros mayores, que no conservan ligeras rodillas,

a los viejos, no les abandonéis atrás al retiraros.

Vergonzoso es, desde luego, que caiga en vanguardia

y quede ante los jóvenes tumbado un hombre ya maduro,

que tiene ya blanca la cabeza y canosa la barba

y queda exhalando su ánimo audaz en el polvo,

con el sexo cubierto de sangre en sus manos

—bochornoso espectáculo es ése y exige venganza—

y su cuerpo desnudo.

En el caso de la mujer, el vocabulario, siempre más cruel, le reservaba el calificativo de graûs, "vieja", con cuarenta y tantos o, como mucho los cincuenta, según el momento en que le llegara la menopausia (Aristóteles, Historia de los animales, 585b2-5 afirmaba que tenía lugar a los 40, aunque reconocía que algunas veces era más tarde) y dejara la labor de criar hijos. Por esta razón, en Atenas se les permitía dejar el gineceo y aparecer en público sin acompañante; según Hiperides, orador ático del s. IV a.C., «una mujer que sale de casa debería estar en una etapa de su vida en la que los que se cruzan con ella ya no pregunten de quién es la esposa, sino de quién es la madre» (fr. 205 Jensen). La mujer de edad tenía, por tanto, mayor libertad de movimientos, pero esa cierta autonomía (que no debemos tampoco exagerar) provenía del hecho de que, concluida su etapa de producir hijos (teknopoiia) y cuidarlos, resultaba menos útil al varón.

En términos médicos, desde Hipócrates (fin. s. V, ppios. IV) se pensaba que, conforme se envejecía, se iba perdiendo calor y humedad corporal, de tal manera que los ancianos tenían un cuerpo frío y seco (Aforismos, 1.14); los varones vivían más que las mujeres porque tendrían más calor en el cuerpo y lo retenían por más tiempo. Aunque el corpus hipocrático no consideraba la senectud una enfermedad, sí reconocía que, al debilitar el cuerpo, lo predisponía para la enfermedad; como principales enfermedades de los ancianos citaba (Aforismos, 3.31) la disnea o problemas respiratorios, catarro acompañado de tos, artritis y dolor en las articulaciones, pérdida de visión y de oído, dificultades para dormir, dificultad al orinar, caquexia o deterioro orgánico y físico, irritación de la piel, mareos, nefritis, apoplejía, etc., que ciertamente son afecciones que aparecen o se agravan con la edad y que son detectadas siempre a través de la observación (habida cuenta los limitados conocimientos y medios al alcance de los galenos antiguos). También se preguntaron por el origen de algunas de las afecciones de la edad, como el aumento de la distancia de lectura, lo que nosotros llamamos precisamente con un término griego, presbicia (vista cansada), que significa vejez, porque efectivamente señala que uno se va haciendo mayor. Encontraron una explicación curiosa, que menciona Plutarco en sus Charlas de sobremesa (Moralia, 625c-626e): la visión es producto de la emanación luminosa que sale de los ojos y que se fusiona con los rayos de luz que hay entre nosotros y el papiro o el pergamino; como los ancianos tienen pupilas más débiles y su flujo luminoso se disipa o desvanece, deben alejar el "libro" a fin de atenuar la brillantez que llega de él y que pueda mezclarse correctamente con la tenue irradiación de sus ojos. Pero es muy sintomático que en toda la literatura médica antigua no encontremos ninguna discusión o análisis serio sobre lo que implicaba el proceso natural de envejecimiento del ser humano.

Si bien Plutarco recuerda que γέρας (que significa honor, dignidad, privilegio) tiene la misma raíz que γῆρας (vejez, ancianidad) y γέροντες (ancianos) en virtud de la elevada posición que éstos mantienen en sus ciudades (Moralia, 789f), en la idea de que la capacidad reflexiva, la justicia, la sensatez, la prudencia y la moderación alcanzan su perfección en la vejez (Moralia, 797e), lo cierto es que la consideración y el trato que recibían variaba bastante según el Estado y su ordenamiento sociopolítico. Tenemos sobre todo información de Atenas y Esparta, dos modelos antagónicos tanto de régimen político como de sociedad. Así, Memorabilia (o Recuerdos de Sócrates), de Jenofonte, historiador de inicios del s. IV a.C. que fue ateniense de nacimiento pero espartano de adopción, representa a Pericles el Joven, hijo del famoso estadista y de su compañera milesia Aspasia, dialogando con Sócrates sobre cómo pueden mejorar unos atenienses venidos a menos y se plantea como solución que imiten las costumbres y prácticas de los espartanos, que para algo son "los primeros de Grecia": mientras éstos respetan a los mayores, se cuidan físicamente, obedecen las leyes y conviven en armonía, los atenienses desprecian a los ancianos, se burlan de aquellos que se entrenan, se jactan de despreciar las leyes y, finalmente, discuten, litigan y se envidian (3.5.14-17). Plutarco cuenta la anécdota de que, durante una función en el teatro de Dioniso, un anciano buscaba un lugar donde sentarse y unos embajadores espartanos fueron los únicos que se levantaron para cederle su asiento en primera fila, la reservada a los huéspedes oficiales del Estado ateniense, provocando el aplauso del auditorio y el que uno de los espartanos sentenciara: «Estos atenienses saben reconocer las buenas maneras, pero no cómo ponerlas en práctica» (Moralia, 235d).

En efecto, Esparta era una polis oligárquica y conservadora, arcaizante, reacia a los intercambios de ideas y de mercancías, dirigida por un reducido grupo de familias aristocráticas representadas en la Gerousía o Consejo de ancianos, integrado por los dos reyes y 28 miembros mayores de 60 años, cuya elección, de por vida, se entendía como el premio a una vida colmada de virtudes (Jenofonte, República de los lacedemonios, 10.1 y 3). Por su poder e influencia, este órgano fue la piedra angular del sistema, de ahí que se hable de gerontocracia, el gobierno de los ancianos. En una sociedad como la espartiata que no hacía un uso frecuente de la escritura y en la que pervivía con fuerza la oralidad, los gérontes eran además los depositarios del saber y las tradiciones y los guardianes de unas leyes que los jóvenes tenían absolutamente prohibido cuestionar, dado su origen divino (Platón, Leyes, 634d-e). Y, si creemos a Plutarco (Vida de Licurgo, 16.1-2), eran los presbýtatoi, "los más ancianos" de cada tribu, quienes tras un reconocimiento físico, decidían qué neonatos eran descartados por insuficiente salud y fuerza y arrojados por un barranco del Taigeto. Licurgo habría encomendado a los mayores la misión de educar e instruir continuamente a los más jóvenes, aleccionándolos a ser mejores, a superarse en virtud y alcanzar la excelencia (Jenofonte, República de los lacedemonios, 9-10), y a supervisar el castigo cuando la conducta no era apropiada (Plutarco, Vida de Licurgo, 18.3). Según Heródoto (2.80.1-2), los jóvenes, al encontrarse con personas de más edad, debían cederles el paso y a su llegada levantarse de sus asientos; el silencio, además, era la expresión del respeto y el reconocimiento hacia la dignidad y autoridad de los ancianos (Jenofonte, República de los lacedemonios, 2.10; 5.5).

Por el contrario, Atenas fue un régimen más abierto, una democracia en los siglos V y IV, donde existe libertad de expresión, la soberanía reside en la Asamblea de ciudadanos (varones mayores de 30 años sin requisitos económicos específicos) y las leyes, como la cultura (la historia, la filosofía, el teatro, etc.), es escrita y a disposición de un mayor número de ciudadanos. De las fuentes se desprende que, en general, en la vida diaria se hablaba de los viejos sin respeto y con frecuencia eran tratados con desdén y sometidos a burla. Se recuerda, por ejemplo que a finales del siglo V el sofista Trasímaco de Calcedón se dirigió a la Asamblea ateniense en estos términos: «Desearía, hombres de Atenas, haber vivido en ese tiempo lejano en que los neóteroi [los más jóvenes] eran obligados a guardar silencio y los presbýteroi [los más viejos] guiaban con seguridad la ciudad» (85 B DK). Pese a tal añoranza del pasado arcaico, cuenta Esquines (1.23) que en esa Atenas clásica que hizo bandera de la isegoría, la libertad de palabra, el heraldo invitaba a hablar primero a los mayores de cincuenta años; este orador del siglo IV aporta su explicación (1.24):

No ignora, creo, el legislador que los hombres de edad están en el punto culminante de la sensatez, pero también que la audacia comienza ya a abandonarlos por la experiencia de las cosas. Con el deseo, pues, de acostumbrar a los de una mayor sensatez a que ellos necesariamente hablen sobre los asuntos en cuestión, los cita a comparecer en la tribuna y los urge a hablar ante la Asamblea. Al tiempo también enseña a los jóvenes a sentir respeto por los mayores, y a hacer todo los últimos, y a honrar la vejez, a la que todos llegaremos, si es que seguimos con vida.

Pero lo cierto es que, a juzgar por otro pasaje del mismo rétor, esta vez del Contra Ctesifonte (2), esa regulación soloniana sobre "el correcto orden de los oradores" no debía de estar ya vigente, o cuando menos no se aplicaba con rigor.

El teatro ofrece una imagen distinta, con unos atenienses poco dados a sentimentalismos y con una visión muy limitada de su "utilidad productiva". Es así que, en Avispas, Aristófanes pone en escena al anciano Filocléon pasándose el tiempo en los tribunales, como jurado popular, para recibir por ello, orgulloso, los tres óbolos diarios con los que contribuye a la economía familiar (sería el equivalente a algo menos que el actual salario mínimo). En cuanto a las ancianas, que como mujeres no disfrutaban de derechos políticos, apenas podían hallar un muy pequeño complemento económico sirviendo como plañideras, parteras o niñeras. Peor era la situación de los pocos esclavos que lograban envejecer y que, salvo que fueran hombres instruidos que sirvieran como pedagogos, al terminar su vida "útil" se les dejaba desatendidos hasta su muerte, dada la enorme dificultad de venderlos y los costes de su mantenimiento.

La pintura vascular griega mostró a los ancianos de ambos sexos con dos rasgos iconográficos principales: el pelo blanco y la espalda doblada (ayudándose frecuentemente de un bastón o bien en posición sedente). Los varones, que son más comunes que las mujeres, suelen presentar otras características como calvicie o escasez de cabello, hombros caídos y carne flácida, pero raramente arrugas (y aun entonces, limitadas a la frente o la cabeza); las mujeres, que salvo las hetairas son representadas vestidas, jamás aparecen sin pelo, tampoco tienen arrugas, siendo la papada un detalle adicional para denotar una edad avanzada (algunas veces también las mejillas flácidas, y el pecho caído en el caso de las hetairas). Suelen predominar las escenas familiares, en que los ancianos son tratados con respeto, exhibiendo a menudo fragilidad y vulnerabilidad, pero sin ser nunca objeto de ridiculización o desprecio (como sucede por ejemplo en la comedia ática).

 

En la Grecia más antigua, la de la Edad del Bronce y la época homérica, los ancianos son portavoces de la experiencia, de ahí que sean los primeros en hablar y aportar consejo en las asambleas, como vemos hacer a Néstor en la Ilíada. Sin embargo, los poemas reflejan un mundo de héroes, jóvenes, bellos y poderosos; piénsese por ejemplo en Aquiles, que ante la disyuntiva de morir joven pero afamado y cubierto de gloria o bien disfrutar de una vida larga y gris, elige sin dudarlo la primera opción. En cualquier caso, el papel de Néstor no proviene tanto de su edad avanzada como de su linaje (su padre Neleo era hijo de Posidón) y de los logros conseguidos en el pasado, que le han ganado el respeto de todos. Así se refleja en el siguiente diálogo que mantiene con Agamenón (Homero, Ilíada, 4.313-325):

 

- Agamenón: "¡Anciano! Ojalá que lo mismo que el ánimo de tu pecho

te acompañaran las rodillas y tu fuerza persistiera firme.

Mas te abruma la vejez, que a todos iguala.

¡Ojalá afectara a otro hombre, y tú estuvieras entre los más mozos!"

- Néstor: "¡Atrida! También a mí mismo me gustaría mucho ser

igual que cuando maté a Ereutalión, de la estirpe de Zeus.

Pero los dioses no otorgan a los humanos todo a la vez:

si entones era mozo, ahora en cambio la vejez me acompaña.

Mas incluso así estaré entre los aurigas y los exhortaré

con consejos y advertencias, el privilegio de los ancianos.

Pero alancearán las puntas de las lanzas los jóvenes,

que son más vigorosos que yo y están fiados en su fuerza".

 

Y, con la excepción del septuagenario rey de Pilos, los ancianos no combaten en una sociedad esencialmente guerrera y que tiene el valor y el coraje (la andreía) como virtud principal; de hecho, Néstor, que como es habitual en los viejos, es propenso a la charlatanería (a contar anécdotas irrelevantes y a recordar un pasado que siempre fue mejor), habría perecido al encarar a los jóvenes troyanos de no ser por el socorro de Diomedes, quien le recuerda, entre otras cosas, «su fuerza ya laxa y la vejez que le acompaña» (Homero, Ilíada, 8.90-111). Los héroes son quienes deben realizar proezas, mientras que la ley de los viejos les exime de trabajos esforzados y prescribe descanso en cama blanda después de baño y comida, como espeta Ulises a su padre Laertes, cuando a su regreso le encuentra, harapiento y cansado, en tareas de labranza (Homero, Odisea, 24.243-255). Esa ley, sin embargo, no impera en tiempo de guerra: el rey troyano Príamo y su esposa Hécuba saben que su avanzada edad no les librará de la suerte que les espera cuando la ciudad sea tomada por los griegos: el primero será asesinado y la segunda esclavizada.

Hacia el año 700, en su Teogonía (225), Hesíodo habla de la "funesta Vejez", engendrado por la oscura Noche, nacida del Caos original. Como personificación divina, Geras es representado escuálido, encorvado, con los genitales hinchados y apoyado en un bastón. Habita en la antesala del Hades y es compañero de Thánatos, la Muerte.

La vejez, y las enfermedades que conlleva, se encontraban entre los males que Pandora dejó escapar de la famosa caja (en realidad una jarra), cuando previamente el hombre no había tenido que trabajar, ni sufrir, ni envejecer, hasta que la muerte le sobreviniera en forma de sueño (Hesíodo, Trabajos y días, 90-96). Pero aún está por llegar una edad, la siguiente a la del poeta, en que los hombres nacerán con blancas sienes, despreciarán a sus padres apenas se hagan viejos y rechazarán dar el sustento a aquellos que les habían alimentado (Hesíodo, Trabajos y días, 180-190).

Los dioses, siempre caprichosos, pueden librar de esos males a hombres buenos o sabios. Así, Diógenes Laercio dedica un epigrama funerario a Tales de Mileto, considerado el primer filósofo, pero también astrónomo (fue el primero en predecir un eclipse de sol, en 585 a.C.), fallecido ya anciano mientras presenciaba una competición (agón) gimnástica:

 

Cuando contemplaba el certamen gimnástico, Zeus Helios

tú arrebataste del estadio al sabio Tales.

Apruebo que te lo llevaras más cerca, pues el viejo

no podía ya ver desde la tierra las estrellas.

 

Para eludir la inevitable decadencia vital, Mimnermo de Colofón pedía en sus versos morir a la edad de 60 años (fr. 6D):

 

¡Ojalá que sin dolencias ni amargas cuitas

a los sesenta años me alcance la muerte fatal!

 

Para este poeta lírico de finales del s. VII (fr. 1D),

 

¿Qué vida, qué placer hay al margen de la áurea Afrodita?

Morirme quisiera cuando ya no me importen

el furtivo amorío y los dulces presentes del lecho,

las seductoras flores que da la juventud

a hombres y mujeres. Pues más tarde nos llega penosa

la vejez, que a un tiempo feo y débil hace al ser humano.

De continuo acosan su mente tristes pensamientos

y no disfruta ya de contemplar los rayos del sol.

Causa entonces repulsión a los niños y desprecio a las mujeres.

¡Tan horrorosa implantó la divinidad la vejez!

 

En otro fragmento (5D):

 

Dura un tiempo muy breve, como un sueño, 

la juventud preciada. Luego, amarga y deforme,

la vejez sobre nuestra cabeza está pendiente,

odiosa a la vez que infame, que desfigura al hombre,

y, envolviéndole, daña sus ojos y su mente.

 

En otro poema (4D) insiste:

 

A Titono le dio Zeus como gracia un mal eterno: la vejez, que es mucho peor que la espantosa muerte.

¿Quién era este Titono, figura recurrente en el tema de la vejez? En el Himno homérico a Afrodita (218-238), escrito entre los siglos VII y VI a.C., se cuenta que la diosa Eos, la Aurora, se enamora del apuesto Titono y por ello le ruega a Zeus que lo haga inmortal como regalo de bodas. El dios supremo accede a la súplica, pero ella olvida pedir también para él la juventud eterna. Cuando a Titono le brotan las primeras canas, Aurora comenzó a distanciarse y lo arrinconó en un dormitorio en el que envejecerá eternamente: su espalda fue arqueándose, menguando su tamaño y su caballera se tornó gris, precisando de un bastón para poder andar; cansada de cuidar de él y de escuchar sus sollozos y lamentos, Aurora lo metamorfoseó en la criatura pequeña y molesta en que se había convertido: una cigarra. Zeus, que para algo reina en el Olimpo, sí otorgó en cambio la juventud eterna al hermano de Titono, el aún más bello Ganimedes, a quien, tomando forma de águila, raptó para tenerle como amante y copero.

También Teognis de Mégara, mucho antes que nuestro Quevedo, lamenta cómo se escapa la juventud y evoca los placeres propios de la misma, superiores a los que puede otorgar una privilegiada posición social y económica (1.1063-1070):

 

Siendo joven se puede dormir junto a alguien coetáneo la noche entera, colmando el deseo de amorosos abrazos; se puede en el banquete cantar al compás del flautista. Ninguna cosa es más placentera que esto para hombres y mujeres ¿Y qué me importan a mí el honor y el dinero? El placer que acompaña un ánimo alegre a todo supera.

Insensatos y necios los hombres que lloran a los muertos y no a la flor de la juventud que se va marchitando.

 

Y se puede sentir temor de la proximidad de la certera muerte, como Anacreonte, de finales del siglo VI y principios del V (fr. 44D):

 

Canosas ya tengo las sienes

y blanquecina la cabeza,

pasó ya la juventud graciosa,

y tengo los dientes viejos;

del dulce vivir el tiempo

que me queda ya no es mucho.

Por eso sollozo a menudo,

estoy temeroso del Tártaro.

Pues es espantoso el abismo

del Hades, y amargo el camino

de bajada... Seguro además

que el que ha descendido no vuelve.

 

No hay término medio: cuando la juventud se escapa, llega la vejez y la temida Parca ronda los pensamientos. Y es que la lírica arcaica es una poesía simposíaca, que celebra los goces de la vida, asociados a la plenitud de ésta, de ahí que estigmatizara la vejez, asociada al declive sexual y social. Para Arquíloco de Paros (mediados del siglo VII a.C.) solo es soportable si aún se puede competir con los jóvenes: «Soy viejo, sin duda, pero puedo beber más que el joven y cuando conduzco los bailes mi cetro es un odre» (oda 48).

 

En la reciente reconstrucción de unos fragmentos de un poema de Safo (fr. 58 V, al que se añade ahora Papiro de Colonia inv. 21351+21376), la antaño fogosa poetisa lesbia se resigna al deterioro que causa el paso del tiempo, en contraste con las jóvenes a las que contempla saltando y bailando en el coro:

 

(Mostrad ahora) los hermosos dones de las Musas de violáceo seno,

muchachas, (y danzad al son) de la resonante lira amante del canto.

(De la suave piel que yo) antes tenía ya la vejez

(se ha apoderado y blancos) se me han vuelto los cabellos que negros eran;

mi corazón se ha hecho pesado y no me sostienen las rodillas

que un día fueron ligeras para saltar, como las de los cervatillos.

Tales cosas lamento a menudo, pero ¿qué podría hacer?

Siendo humana no es posible librarse de envejecer.

También hace años, según se cree, la Aurora de brazos rosados

por amor se subió al carro llevándose a Titono al confín de la tierra

cuando era hermoso y joven, pero igualmente con el tiempo

la canosa vejez lo capturó, a él que tenía una esposa inmortal.

 

Después de todo, no parece que la poetisa se suicidara por mal de amores, arrojándose desde la roca de Léucade (lugar elegido por los amantes despechados), como quiere una tradición tardía difundida por Ovidio.

 

De opinión distinta, sin embargo, fue el legislador Solón, que retoma ese primer verso de Mimnermo pero incrementando la edad en dos décadas (fr. 22D):

 

Pero, si aún ahora me atiendes, suprime ese verso,

y no te enfades porque yo medité mejor que tú.

Conque cámbialo, poeta gentil, y así canta:

¡Que a los ochenta años me alcance mi destino mortal!

 

Diógenes Laercio (1.62) recoge una sospechosa tradición que hace morir a Solón en Chipre justo a la edad de 80 años.

 

En otro poema (fr. 14D), que recuerda a lo que cantará Jorge Manrique muchos siglos después, el Sabio ateniense invita a vivir con serenidad las distintas etapas de la vida porque

 

Nadie se lleva sus muchas riquezas al marchar al Hades,

ni, ofreciendo rescate, se libra de la muerte ni de crueles

dolencias, ni de la funesta vejez cuando ésta acude.

 

Solón aún encuentra alicientes en la senectud, aprovechando al máximo la experiencia: «envejezco aprendiendo muchas cosas» (fr. 22D). Cabe decir que la aserción es explícitamente desacreditada en el diálogo platónico de la República (536d):

 

No hemos de creer a Solón cuando dice que, al envejecer, se es capaz de aprender muchas cosas, sino que se será menos capaz de aprender que de correr; pues a los jóvenes corresponden todos los trabajos esforzados y múltiples.

 

No es que Platón reniegue de la vejez, como veremos enseguida, sino que se considera que los gobernantes del Estado ideal han de formarse desde niños en una gran variedad de conocimientos y disciplinas, dado que a una edad avanzada ya no es posible asimilarlos; de hecho, en la República (755a) prescribe que los Guardianes que dirigen su ciudad ideal deben abandonar sus funciones a los setenta años, y eso que no acceden a ellas antes de los cincuenta. La misma idea la encontramos puesta en boca de Estrepsíades, el protagonista de la comedia Nubes, de Aristófanes, cuando su hijo no quiere ir al "caviladero" o "pensadero" (palabra inventada para referirse a la escuela de Sócrates, donde se enseña a cavilar, a pensar) y decide ir en su lugar: «¿Cómo podré aprender yo, un viejo torpe y desmemoriado, las sutilezas de los razonamientos agudos?» (129-130); de hecho, Estrepsíades será expulsado del "caviladero" porque olvida cualquier cosa que aprende e irá su hijo Fidípides, quien sí se instruirá en la sofística, aunque solo para acabar golpeando a su padre y defender su acto con el argumento (sofístico) de que, como pegar a un niño supone una demostración de cariño y preocupación, el niño también puede hacerlo con el padre, máximo cuando «los viejos son dos veces niños, y es razonable que los viejos lloren más que los niños, en tanto en cuanto sus equivocaciones son menos disculpables» (1415-1417). Estrepsíades acabará pegando fuego al "caviladero".

 

Los filósofos y los teorizadores políticos son más reflexivos y por lo general aprecian las ventajas de alcanzar una edad avanzada. El estoico Cleantes de Aso, que murió a los 99 años, respondió a uno que se burlaba de su vejez que estaba preparado para partir, pero mientras tuviera suficiente salud para leer y escribir, estaba contento de esperar (Diógenes Laercio 5.171), Demócrito, que estuvo cerca o incluso rebasó el siglo de existencia, subrayaba que «el viejo ha sido joven, pero el joven no ha llegado a ser viejo» (68 B 295 D-K), con lo que encaraba un incierto destino, y que «la sabiduría es la flor de la vejez» (68 B 214 D-K), mientras Epicuro, en Sentencias vaticanas (8-14), afirmaba que

 

No deberíamos ver al joven como feliz, sino al viejo cuya vida ha sido afortunada. El joven, en la cima de su vigor, con frecuencia se ve desconcertado por la fortuna y pierde el rumbo, pero el viejo ha lanzado el ancla en la edad, como en un puerto, y guarda recuerdos seguros y felices de los logros que previamente solo había soñado.

 

Algunos de ellos, idealizando la senectud, reclamaron incluso honores y reconocimiento para los ancianos. El ejemplo más claro es Platón, que en sus dos obras emblemáticas, República (412b-c) y Leyes (690a), acuña como precepto que «los más ancianos deben gobernar y los más jóvenes ser gobernados»; y deben hacerlo porque son los ancianos quienes disponen de «la visión penetrante propia de su edad» (Leyes, 715d-e) y atesoran las virtudes superiores: la sabiduría (phronesis), seguida en orden descendente por la prudencia (sophrosyne), la justicia (dike) y el valor (andreia, aunque no meramente físico), frente a las cualidades inferiores (belleza, vigor físico y salud), propias de la juventud. Su pensamiento no solo es políticamente reaccionario con respecto a la democrática Atenas en la que vive, también lo es moralmente, en la escala de valores. Ya en el libro I de República, donde se combate la tesis de Trasímaco de que la fuerza física es superior a la fuerza moral (y, de ahí, a la sabiduría), encontramos un pasaje bastante largo sobre el significado de la vejez; se trata de un diálogo entre Sócrates y Céfalo (328d-330a) que tendrá gran influencia en el pensamiento estoico, inspirando por ejemplo los argumentos desarrollados in extenso tres siglos más tarde por Cicerón en De senectute:

 

—Oh, Sócrates, no es frecuente que bajes a El Pireo a vernos. No obstante, tendría que ser frecuente. Porque si yo tuviera aún fuerzas como para caminar con facilidad hacia la ciudad, no sería necesario que vinieras hasta aquí, sino que nosotros iríamos a tu casa. Pero ahora eres tú quien debe venir aquí con mayor asiduidad. Y es bueno que sepas que, cuanto más se esfuman para mí los placeres del cuerpo, tanto más crecen los deseos y placeres en lo que hace a la conversación. No se trata de que dejes de reunirte con estos jóvenes, sino de que también vengas aquí con nosotros, como viejos amigos.

—Por cierto, Céfalo, que me es grato dialogar con los más ancianos, pues me parece necesario enterarme por ellos, como gente que ya ha avanzado por un camino que también nosotros tal vez debamos recorrer, si es un camino escabroso y difícil, o bien fácil y transitable. Y en particular me agradaría conocer qué te parece a ti, dado que te hallas en tal edad, lo que los poetas llaman "umbral de la vejez": si lo declaras como la parte penosa de la vida, o de qué otro modo.

—Por Zeus, Sócrates —exclamó Céfalo—, te diré cuál es mi parecer. Con frecuencia nos reunimos algunos que tenemos prácticamente la misma edad, y al estar juntos, la mayoría de nosotros se lamenta, echando de menos los placeres de la juventud y rememorando tanto los goces sexuales como las borracheras y festines, y otras cosas de índole similar, y se irritan como si se vieran privados de grandes bienes, con los cuales habían vivido bien, mientras ahora ni siquiera les parece que viven. Algunos se quejan también del trato irrespetuoso que, debido a su vejez, reciben de sus familiares, y basándose en esto declaman contra la vejez como causa de cuantos males padecen. Pero a mí, Sócrates, me parece que ellos toman por causa lo que no es causa; pues si ésa fuera la causa, también yo habría padecido por efecto de la vejez las mismas cosas, y del mismo modo todos cuantos han llegado a esa etapa de la vida. Pues bien, yo mismo me he encontrado con otros para quienes las cosas no son así. Por ejemplo, cierta vez estaba junto al poeta Sófocles cuando alguien le preguntó: "¿Cómo eres, Sófocles, en relación con los placeres sexuales? ¿Eres capaz aún de acostarte con una mujer?". Y él respondió: "Cuida tu lenguaje, hombre; me he liberado de ello tan agradablemente como si me hubiera liberado de un amo loco y salvaje". En ese momento lo que dijo me pareció muy bello, y ahora más aún; pues en lo tocante a esas cosas, en la vejez se produce mucha paz y libertad. Cuando los apetitos cesan en su vehemencia y aflojan su tensión, se realiza por completo lo que dice Sófocles: nos desembarazamos de multitudes de amos enloquecidos. Pero respecto de tales quejas y de lo que concierne al trato de los familiares, hay una sola causa, Sócrates, y que no es la vejez sino el carácter de los hombres. En efecto, si son moderados y tolerantes, también la vejez es una molestia mesurada; en caso contrario, Sócrates, tanto la vejez como la juventud resultarán difíciles a quien así sea.

           

Como decíamos, esta idea de que el declive físico, en especial el sexual, se compensa con un aumento del raciocinio y de placeres más serenos la hará suya el estoicismo. Más de cuatro siglos después, en el cierre de su opúsculo titulado Sobre si el anciano debe intervenir en política, Plutarco lo expondrá de otra manera, harto curiosa: «Por eso a los Hermes más ancianos los representan sin pies ni manos pero con el miembro erecto, queriendo decir veladamente que lo menos necesario de los viejos es que tengan vigor físico si su razón es vigorosa, como les es propio, y fecunda» (Moralia, 797f).

 

En realidad no existía una limitación de edad para retirarse del ejercicio de las funciones públicas o de la práctica política (aunque, como hemos visto, Platón intenta regularlo en su ciudad ideal). Pericles, que tenía 65 años cuando pronunció su famoso discurso fúnebre por los caídos en la guerra del Peloponeso, se incluye en «la generación aún en plena madurez» (Tucídides, 2.36.3), con lo que no se consideraba viejo. En realidad sucedía lo mismo con el resto de las profesiones o trabajos; salvo ciertos casos en que personas de clase acomodada abandonaban voluntariamente su actividad para dejarlas en manos de sus sucesores (además de políticos, algunos filósofos y prósperos propietarios de tierras), solo la incapacidad física o la muerte conllevaban la salida del mercado laboral.

 

Pero regresemos a Céfalo, que concluye un poco más adelante su razonamiento asociando la felicidad en la vejez con el ejercicio de la virtud (Platón, República, 330d-e):

 

Pues debes saber, Sócrates, que, en aquellos momentos en que se avecina el pensamiento de que va a morir, a uno le entra miedo y preocupación por cosas que antes no tenía en mente. Así, pues, los mitos que se narran acerca de los que van al Hades, en el sentido de que allí debe expiar su culpa el que ha sido injusto aquel, antes movían a risa, pero entonces atormentan al alma con el temor de que sean ciertos; y uno mismo, sea por la debilidad provocada por la vejez, o bien por hallarse más próximo al Hades, percibe mejor los mitos. En esos momentos uno se llena de temores y desconfianzas, y se aboca a reflexionar y examinar si ha cometido alguna injusticia contra alguien. Así, el que descubre en sí mismo muchos actos injustos, frecuentemente se despierta de los sueños asustado, como los niños, y vive en una desdichada expectativa. En cambio, el que sabe que no ha hecho nada injusto le acompaña siempre una agradable esperanza, una buena "nodriza de la vejez", como dice Píndaro.

Ser virtuoso y justo, por tanto, ayuda a no temer a la muerte. Esta idea de que el miedo a la muerte inquieta y atormenta al espíritu la encontramos en Epicuro, aunque no habla strictu senso de la vejez, para lo cual el filósofo samio propone alcanzar la ataraxía, la imperturbabilidad de la mente.

Será en la otra utopía, Leyes, donde un Platón que se acerca a la frontera de los ochenta consolide su proyecto gerontocrático, que tantas similitudes guarda con el kósmos u orden espartano, ya que éste «mezcla el poder prudente de la vejez con la fuerza orgullosa de la estirpe» (691e-692a). Los ancianos integran el Sínodo Nocturno que se sitúa al frente de la ciudad imaginada de Magnesia y gozan no solo de autoridad, sino también de respeto; son los más próximos a la perfección humana, ya que los placeres físicos no suponen tentaciones que les alejen de la filosofía, como sucede con los jóvenes. Incluso compara la reverencia y atención que se debe a los ancianos con la prestada a los dioses: «Nadie que tenga a sus padres o abuelos preservados en su casa como tesoros, vencidos por la vejez, debe pensar que alguna vez una efigie cultual va a ser más eficaz para él, mientras tenga un templo doméstico semejante, siempre y cuando su poseedor lo adore y cuide adecuada y correctamente» (931a). Con Platón como correa de transmisión, las utopías renacentistas recrearán escenarios imaginados habitados por sociedades perfectas cuya dirección política se hallaba en manos de unos magistrados y consejeros que normalmente son ancianos y sabios.

Esta forma de pensar no fue compartida por su discípulo Aristóteles, mucho menos idealista, para quien los gérontes espartanos no han de ser necesariamente vitalicios y deben rendir cuentas de sus decisiones políticas, pues «hay, como la del cuerpo, también una vejez de la mente» (Política, 1270b25); para el filósofo de Estagira los ancianos han de quedar excluidos de las actividades militares y consultivas, pero para no privarlos de dignidad les reserva las funciones sacerdotales (1329a31-35). En la Ética a Nicómaco, Aristóteles tampoco se muestra indulgente con los ancianos, que en su opinión se han vuelto avaros a causa de la edad (una avaricia ya incurable: 1121b13-15), tienden a buscar la amistad por el beneficio que les genera y no por el placer en sí de la misma (1156a25), suelen tener un carácter agrio y son de trato molesto y compañía poco agradable (1157b14-17; 1158a1-4). Pero es en la Retórica (1389b13-1390a24) donde Aristóteles traza un descarnado perfil psicológico del anciano:

 

Por haber vivido muchos años ya, por haber sido engañados en la mayor parte de las ocasiones y haber cometido errores, y también porque la mayoría de sus cosas carecen de valor, en nada ponen seguridad y a todo prestan menos empeño de lo que deben ... Son de mal carácter, ya que el mal carácter consiste en suponer en todo lo peor. Pero además son recelosos a causa de su desconfianza, y desconfiados a causa de su experiencia.

Asimismo son de espíritu pequeño por haber sido ya maltratados por la vida y, por ello, no desean cosas grandes ni extraordinarias, sino lo imprescindible para vivir. Son también mezquinos porque el patrimonio es una de las cosas necesarias y por experiencia saben que es difícil adquirirlo y fácil perderlo. Son cobardes y propensos a sentir miedo de todo ... Y son más egoístas de lo que es debido, lo cual es desde luego una suerte de pequeñez de espíritu. Viven mirando la conveniencia en vez de lo bello a causa de que son egoístas, pues la conveniencia es un bien para uno mismo, mientras que lo bello lo es en absoluto ... Y viven más para el recuerdo que para la esperanza, pues es poco lo que les queda de vida y, en cambio, mucho lo vivido y, por su parte, la esperanza reside en el futuro, mientras que el recuerdo se asienta en el pasado. Lo cual es también la causa de su charlatanería, pues se pasan la vida hablando de sucesos pasados, porque gozan recordando ... Ni son propensos a sentir deseos pasionales ni a actuar conforme a ellos, sino más bien conforme al interés. Y esta es la razón de que parezcan moderados, porque sus deseos pasionales han remitido y son esclavos del interés ... Por lo demás, son quejumbrosos y no tienen buen humor ni gozan con la risa, pues la inclinación a la queja es lo contrario del gusto por la vida.

En el contexto de su obra más naturalista o biológica, Sobre la reproducción de los animales, Aristóteles identifica vejez con enfermedad (784b): «Es correcto decir que la enfermedad es una vejez adquirida, y la vejez, una enfermedad natural».

No voy a tocar el teatro ateniense de época clásica porque de él les hablarán a ustedes mañana. Tan solo querría citar unos versos de Alcestis, la tragedia de Eurípides en que la heroína homónima está dispuesta a entregar su vida para prolongar la de su marido Admeto, rey de Tesalia, como exige el acuerdo propuesto por Apolo (669-672):

 

No son sinceros, no, los viejos que prefieren

la muerte a una vida longeva en demasía;

cuando se acerca aquélla nadie quiere morir

y ya los muchos años tan graves no resultan.

 

Es el reproche de Admeto a su padre, Feres, quien ha rehusado ofrecerse en su lugar pese a ser anciano y que admite que la vida no es menos preciosa cuanto más se acerca a su final. Este último sentimiento fue sin duda ampliamente compartido por la gente común. En una tumba ateniense, la difunta considera una "bendición" haber podido ver a sus nietos antes de pasar al Más Allá, mientras que no parece probable que los familiares de los caídos en la guerra de Corinto se vieran consolados por el alegato retórico de Lisias (2.78-79) de que así habían escapado a la enfermedad y a la vejez. Al fin y al cabo, cuando Creso preguntó a Solón a quién consideraba el más dichoso de los hombres, pensando el opulento rey lidio que él era el más obvio candidato, el Sabio contestó que el ateniense Telo, porque tuvo una muerte gloriosa en combate por la que recibió honores públicos, pero sobre todo porque vio crecer a todos sus hijos y nietos (Heródoto, 1.30.2-5).

Después de lo que hemos visto, podemos concluir que la mayoría de los griegos deseaba alcanzar una edad avanzada, pero sin arrostrar terribles enfermedades o padecimientos, es decir, con una cierta calidad de vida, y que el final de ésta llegara cuando, plácidamente, Apolo o Ártemis les atravesaran con sus flechas durante el sueño. ¿Hay alguien que no quiera eso mismo en pleno siglo XXI? Incluso encontramos parecidos consejos a los que hoy nos brindan médicos y nutricionistas. Hace dos mil quinientos años, Sócrates no podía recomendar el control de la tensión o del colesterol, pero sí avisaba de que «si no se cuida el cuerpo y se lleva una vida saludable, se envejece prematuramente, por negligencia, antes de ver qué clase de hombre se habría podido llegar a ser con la mayor hermosura y fortaleza física» (Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, 3.12.8); de la misma forma, Aristóteles (Retórica, 1369b26-31) estima que «la buena vejez es la vejez lenta y sin dolor (frente a quien envejece rápidamente o bien lentamente pero con sufrimiento), la cual procede de la fortaleza del cuerpo y también de la suerte». Al fin y al cabo, por más que los avances en la medicina y en la calidad de vida hayan permitido alargar ésta considerablemente, la naturaleza humana sigue siendo la misma.

 

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[*] Siempre que ha sido posible, se han utilizado las traducciones al castellano de la Biblioteca Clásica Gredos, excepto la de Eurípides, que es de M. Fernández Galiano en Clásicos Universales Planeta. De otra forma, son propias.

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