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Lunes, 20 de octubre de 2014
Jornadas sobre la antiguedad
EL HUMOR EN LA ANTIGUA GRECIA
El cinismo o la transmutación de los valores

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Introducción

El interés suscitado hasta hoy por la influencia filosófica, literaria y social del cinismo lo recoge de modo excelente la reciente obra que R. Bracht Branham y M.-O. Goulet-Cazé acaban de editar 1. Su publicación misma es una muestra más del interés que suscita este movimiento. Pero la pregunta que muchos de ustedes se harán, como yo, es ¿cuál es la razón que lo ha suscitado? Podríamos aventurar una primera hipótesis y es que, se non é vero, é ben trovato, nuestras circunstancias históricas guardan cierta similitud con la que les tocó vivir a los cínicos. Su aparición, como el posterior interés manifestado por él, está relacionada, a mi juicio, con la crisis de la concepción del mundo dominante o de la razón que la sustenta 2 .El último tercio del siglo V a.C. está marcado, especialmente en Atenas, por la denominada crisis de la polis. La polis no era sólo el espacio físico dentro del cual transcurría la vida de una comunidad, sino aquél espacio ideal, aquella retícula teórica, que engarzaba los comportamientos individuales en un ensamblaje colectivo y les permitía la proyección exterior hacia objetivos comunes. Para el ciudadano de la polis, el sistema político (la ley y el "gobierno") es la expresión misma del cuerpo del que él es miembro: la identidad del ciudadano y la identidad política son una misma cosa. La identidad política definía a toda la sociedad, lo que significaba que sus miembros eran, ante todo, ciudadanos, precisamente por participar en la justicia y en el gobierno que ellos mismos se habían dado. El ciudadano, por serlo, no delegaba en terceros sus decisiones, sino que las asumía directamente.

Otro de los pilares sobre los que se asentaba la polis era la religión cívica o estatal. Para los griegos religión y estado no estaban disociados, sino que la actividad política y la práctica religiosa estaban estrechamente ligadas, formaban parte de la misma identidad ciudadana. La religión cohesionaba aún más a la comunidad: la armonía política era expresión de la protección de los dioses sobre la ciudad. La felicidad del ciudadano venía dada por esta simbiosis. Pero esta estabilidad venía siendo amenazada desde hacía tiempo. La Atenas de Pericles había perdido en la Guerra del Peloponeso gran parte de su poderío militar, de su independencia política y, sobre todo, la confianza en su democracia. A ello se le añadía una recesión económica importante y una fuerte presión del imperialismo macedónico.

Por todo ello, la concepción política fue sometida a una profunda revisión en la cual se cuestionó tanto el orden institucional 3 como su suerte futura. La polis, que había sido el centro del mundo, el ombligo de la relación del hom bre con todo lo demás, comenzaba a perder su carácter central hasta convertirse en simulacro. Dejaba de ser un estado libre y autónomo, un organismo autosuficiente y primario (autarkés) en el que los ciudadanos encontraban inmediatamente dadas sus señas de identidad y las posibilidades de su realización vital. El ciudadano comenzaba a experimentar que su papel en la comunidad cívica era cada vez más aleatorio, menos necesario que el que había sido en la polis tradicional.

Del mismo modo, la religión cívica, que había servido para enhebrar en un lenguaje común toda una serie de símbolos y cuya suerte estaba estrechamente vinculada a la suerte de la polis, también se cuestiona: si los dioses de la religión cívica eran dioses protectores de la ciudad, la derrota de la ciudad conllevaba la derrota y falsación de estos dioses. La religión se afrontaba ahora como un hecho plenamente cultural, y su crítica, que no era una novedad 4, se ejercía contra la función política que ésta desempeñaba 5.Como último rasgo de esta crisis se debería subrayar que la polis o, lo que es lo mismo, la comunidad misma de los ciudadanos, aunque no anulaba las potencialidades individuales ni la conciencia que el individuo poseía de su propio valor, es decir, no excluía al individuo, sí anulaba la interpretación individualista del mismo, su concepción como átomo aislado, fuera del estado y contrapuesto a él. La aparición de la concepción individualista suponía una ruptura de la inmediatez con que el individuo vivía su pertenencia a la polis. (Lo que ha entrado en crisis, como dice el profesor F. Jarauta refiriéndose a la crisis moderna, es la imagen totalizante que conectaba la experiencia socio-cultural con un centro pleno y armónico ... crisis de un orden, de un modelo de representación y comprensión de la experiencia humana 6.)Por ello, desde la distancia o la soledad que esa ruptura provocaba, había que enfrentarse a la búsqueda de un nuevo repertorio de fundamentos y motivaciones, dando lugar a nuevos tipos de religiosidad, nuevas corrientes de pensamiento preocupadas por ofrecer un nuevo ideal de vida que procurase la felicidad del individuo.

Para el profesor Remo Bodei, reflexionando sobre el presente, "el individualismo crece tanto más cuanto más limitado es el terreno de la experiencia compartida y compartible, a causa de la disminución del sentido de pertenencia a tradiciones o a comunidades relativamente homogéneas, o del tipo de consenso y comunicación racional, del `actuar comunicativo'. Pero, justamente porque los horizontes de expectativa del individuo se han reducido... ocurre que en la medida que él mismo pretende valorarse y darse importancia, en esa misma medida puede ser humillado en sus aspiraciones y deseos. Se ve así arrojado en dos direcciones: o al narcisismo aislacionista (a cerrarse en sí mismo y en el ámbito de la propia existencia, coartando las relaciones verticales con el pasado o el futuro, o las horizontales, con sus contemporáneos), o al espíritu gregario (o coexistiendo ambas posiciones)" 7. Es decir, que antes como hoy, cuando la razón (logos) que trasciende las circunstancias de la vida del individuo y que, a su vez las explica, se rompe, se hace necesaria la búsqueda de soluciones.

En este sentido, el mismo profesor ofrecía dos tesis para ser pensadas: "la primera es que no se pueden moralizar los efectos indeseables del individualismo y del pluralismo, una vez que han sido sacralizados y convertidos en tabú indiscutible. Necesitamos el coraje teórico y ético para mirar dentro de este abismo, para soltar estos nudos, sin renunciar a la libre explicación de las potencialidades individuales, pero sin que éstas imposibiliten el crecimiento colectivo. La segunda es que es necesario y urgente replantear las tareas de la reflexión y la acción, ampliar el horizonte de las expectativas y de la experiencia, mirar más lejos, asumir mayores responsabilidades frente al futuro, aun cuando esto no signifique construir otras filosofías de la historia de acuerdo a diseños preestablecidos, recuperar religiones salvadoras o dejarse llevar por las buenas intenciones de la veleidad. Más simplemente, es necesario pensar el futuro" 8 . Sus palabras me llevan a otras, a las de otro profesor, gran admirador de los cínicos a los que les dedicó una de las pocas obras de síntesis sobre ellos, si no la única, que existía en castellano hasta la aparición de la que acabo de mencionar. Me refiero al filólogo Carlos García Gual, que inicia el prólogo de su obra con estas palabras:

"Estos son buenos tiempos para el cinismo, inmejorables para el sarcasmo como forma crítica. El "malestar en la cultura" se nos ha vuelto tan agobiante, que lo más eficaz de nuestra sofisticada farmacopea nos estimula a renunciar a ella, la cultura, en la mayor medida posible, o más taimadamente, a consumirla en una forma abaratada y light, en píldoras de fórmula reconocida. El consumismo frenético y la propaganda ensordecedora de tantos productos nos invitan a comprarnos gafas y orejeras para ver y oír menos a fin de no embotarnos del todo. Tal vez lo más prudente sería escapar de la civilización que nos abruma, a la "naturaleza", o lo que nos hayan dejado de ella, porque cualquiera sabe ahora qué es lo natural, después de tanta perversión civilizadora y tanto progreso desconcertado" 9 .

Pero si el profesor Bodey nos pedía pensar el futuro, yo añadiría, y en este contexto, que para ello lo mejor será "volver a pensar" 10 el pasado.

 

*Notas

1 - R. BRACHT y M.-O. GOULET-CAZÉ (Eds.): Los Cínicos. El movimiento cínico en la antigüedad y su legado. Seix Barral, 2000; (U.C.P., 1996). La obra, como dice en su prólogo C. García Gual, ofrece un “enfoque del contexto histórico y filosófico, las ideas, las figuras, los motivos y las repercusión filosófica y literaria” del mismo, así como “una perspectiva sobre su extensa y abigarrada impronta en la historia del pensamiento y de la literatura, no sólo en el mundo antiguo, sino también en sus reflejos modernos”, p. 8. Su lectura es, por tanto, imprescindible para quien desee hoy profundizar sobre el tema.
2 - Aunque, de acuerdo con los editores de la obra citada, “las razones de que una nueva ideología surja en una época y lugar determinados y alcance influencia son complejas y oscuras”, pp., 16-17.
3 - Se cuestionó el derecho consuetudinario de la aristocracia para ejercer el poder, derecho fundado en el origen, supuestamente divino de las familias nobles, que conservaron su poder religioso. En Grecia, las cosas de la ciudad incluían la institucionalización de la mediación entre el orden divino y el humano. Tan político parecía a los ojos de un ateniense de los siglos V y IV a.C. alcanzar la conciliación de los ciudadanos bajo una forma de gobierno que garantizase a cada uno su integridad física y la conservación de su patrimonio, como alcanzar una forma colectiva de relación con lo divino, es decir, que tan político era intervenir en una asamblea, como celebrar una ceremonia religiosa en representación de la polis.
4 - Comparto los matices que sobre el tema plantea en su artículo GOULET-CAZÉ, M.-O.: La religión y los primeros cínicos, op. cit., pp. 69-110.
5 - Un ejemplo elocuente es el de Crítias, cuando en su obra Sísifo dice: hubo una época en que la vida de los hombres era desordenada, sometida a impulsos brutales; en ella no había recompensa para la virtud ni castigo para el malvado. Entonces los hombres inventaron las leyes para que prevaleciera la justicia. Pero con ello no se impedía que los crímenes se cometieran en secreto. Por ello alguien, muy sabio e inteligente, descubrió el temor de los dioses para contener la perversidad, amedrentando a los malvados. Afirmó que hay dioses que viven eternamente, que lo conocen todo, incluso las calladas intenciones de los mortales. Dijo que moraban en lugares que despertaban el mayor respeto entre los humanos: en la bóveda celeste de donde surge el rayo, el trueno y la benéfica lluvia, en la que luce el radiente sol. Con ello combatió la indisciplina de los hombres” (Critias, Fr. B25).
6 - JARAUTA, F. (Ed..): La crisis de la razón. Universidad de Murcia, 1986, p. 10. Ver también, en esta misma edición, su artículo: De la razón clásica al saber de la precariedad, pp. 47-60.
7 - BODEI, R.: Pensar el futuro: individualismo y valores morales en la sociedad contemporánea. Conferencia impartida en el Debate Internacional PENSAR EL PRESENTE celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid (del 29 Mayo al 2 de Junio de 1989), recogida en “Cuadernos del Círculo”,1(1993), p.78.
8 - Ibídem, p. 85.
9 - GARCIA GUAL, C.: La secta del Perro. Alianza, 1987, p. 11.
10 - Cfr. CRUZ, M.: Del pensar y sus objetos. Sobre filosofía y filosofía contemporánea. Tecnos, 1988, especialmente su primera parte: “Consideraciones elementales acerca de la historia de la filosofía”, pp.9-33.

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