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EL HUMOR EN LA ANTIGUA GRECIA
El cinismo o la transmutación de los valores

Itzuli

La "secta del Perro": hijos de la Ciudad

Sin duda Sócrates representaba un terrible juez que preconizaba una reforma profunda de las instituciones y el estado griego. Irónicamente o con franqueza (parhesía), se presentó como "juez" de jueces (interprete de su tiempo), y esto es, precisamente, lo que el pueblo de Atenas no le perdonó. Se le imputaba, por una parte, corromper a la juventud, no creyendo en los dioses en los que cree la polis, sino en divinidades nuevas, diferentes y, por otra, que inducía a los jóvenes a obedecerle más a él que a sus propios padres, aunque, para ser más exactos, se debería haber dicho que les inducía a seguir los dictados del saber propio más que a sus propios padres. Pero esto es lo que Sócrates, poco antes de que se efectúe la sentencia del tribunal, les recuerda a los atenienses, que diga lo que diga no lograrán entenderle: "Si... digo que el mayor bien para un hombre es precisamente éste, tener conversaciones cada día acerca de la virtud y de los otros temas de los que vosotros me habéis oído dialogar cuando me examinaba a mí mismo y a otros, y si digo que una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre, me creeréis aún menos. Sin embargo, la verdad es así, como yo digo, atenienses, pero no es fácil convenceros (Apología, 38a)". Sócrates planteaba la necesidad de volver a pensar los fundamentos de la ciudad y el papel que el individuo jugaba dentro de ella. El filo-sofós, aún en los momentos previos a su muerte, ironiza una vez más. Sabe perfectamente que sus conciudadanos lo han entendido y por eso, al conocer su sentencia, declara: "He sido condenado por falta no ciertamente de palabras, sino de osadía y desvergüenza, y por no querer deciros lo que os habría sido más agradable oír" (38d). Esta ironía, esta desvergüenza, esta libertad de pensamiento, esta censura a todo artificio teórico que llevara a una vana palabrería, esta "devaluación" que Sócrates hacía de sí mismo en relación con los adversarios con que discutía, está representada de manera ejemplar y llamativa por los cínicos.

El adjetivo "cínico" se usa para señalar a una persona o acto que muestra alguna forma de indiferencia por el esquema de valores aceptado socialmente. Se aplica también a quien acepta como verdaderos, sin sonrojo y con naturalidad, juicios de valor adversos sobre su persona e intenciones. El Diccionario de la Academia lo define como desvergüenza [atrevimiento] en defender o practicar acciones o doctrinas censurables, de ahí que se identifique con impúdico. Estas acepciones nos aproximan, en cierta medida, al personaje cínico histórico, sin embargo, su papel en la historia del pensamiento representó mucho más, aunque básicamente era estimado como el hombre a quien las cosas del mundo le eran indiferentes.

Cabría preguntarse, como se hizo en la antigüedad, si el cinismo es una escuela filosófica o una actitud ante la sociedad y la vida. No es una "escuela", si por ello entendemos dar clases en un lugar concreto y que a la cabeza de la institución siga otro jefe (el discípulo), ni su filosofía es una materia que se imparta en ellas, sino, más bien, un "movimiento" filosófico, e incluso cultural, que, si bien diversificado, se mantuvo más o menos fiel a los principios de uno de sus más ilustres o significativos representantes, Diógenes de Sínope. Si se considera a Antístines (IV a.C.) como su primer representante y a Salustio 11(VI d.C.) el último, la presencia del cinismo antiguo es de nueve siglos y abarca desde Atenas, donde se origina, hasta el ámbito cultural del Imperio Romano, pasando por todo el oriente helenizado. Tanto su extensión temporal como geográfica serán dos elementos que afectarán a su pureza doctrinal. En realidad, el cinismo como tal desaparece con la antigüedad clásica, aunque como fuerza ideológica y tradición literaria tuviera una posteridad notable, cuyas consecuencias sólo ahora están empezando a comprenderse.

El nombre de cínico deriva de kywn, perro, aunque también se le hizo derivar de Cynosarges, el gimnasio donde enseñaba Antístines, y por ello sus discípulos fueron llamados kynicoi, aunque el primero en ser denominado propiamente "perro", y lo asume como una virtud, fue Diógenes. Para los griegos, desde antiguo, el perro fue el animal impúdico por excelencia, y el calificativo de "perro" evocaba ante todo ese franco impudor del animal. Era pues un insulto adecuado tildar de "perro" a quien, por afán de provecho o por un arrebato pasional, conculcaba las normas del mutuo respeto, el decoro y la decencia. Al "perro" le caracterizaba la falta de aidós que simboliza la anaídeia bestial, franca y fresca. La importancia de lo que los griegos llamaban aidós (vergüenza 12, respeto, sentido moral) para la convivencia cívica queda bien subrayado en el mito de Prometeo y los humanos que Platón expone en su diálogo Protágoras 13 . Al final del relato se cuenta que Zeus, apiadado de los hombres (a los que Prometeo ya había obsequiado el fuego, base del progreso técnico, pero aún carentes de capacidad política), envió a Hermes para que les repartiera a todos los fundamentos básicos del sentido moral (aidós) y la justicia (díke) 14. La convivencia cívica encontraba sus apoyos básicos en la participación universal de estos dos pilares (aidós y díke) y sobre ellos levantaba sus convenciones legales (como hoy, la nuestra). Y en este punto es donde la "desvergüenza" del cínico centra toda su crítica personal 15.

La ciudad, que había nacido "por darse la circunstancia de que ninguno de nosotros se basta a sí mismo, sino que necesita de muchas cosas 16 " o, tal vez, "no con vistas a lo necesario, sino a lo bueno y honesto 17",había fracasado y, por tanto, habrá que romper con las leyes, las costumbres y la moral adquiridas para vivir como los animales y recuperar la primitiva vida del hombre conforme a la naturaleza 18. No resulta extraño que los cínicos adoptasen el nombre de "perro", insultante para unos, como bandera. Al preguntarle a Diógenes qué había hecho para que le llamasen así, respondió: "Acariciar a quien me da algo, ladrar a los que no me dan y morder a los malvados" (D.L. 6, 60). Y si alguien pretende confundir sus mordeduras, ante la pregunta "cuál es la criatura cuya mordedura es la peor, dijo: Entre las bestias salvajes, la del sicofante; entre los animales domésticos, la del adulador" (D.L. 6, 51). Pero no se proponían sólo sacar de su complacencia a su audiencia inmediata, sino proyectarse en la posteridad con sus ladridos. Y así ha sido como nos han transmitido su filosófica carga de profundidad, mediante su libertad de palabra (parhesia) y su libertad de acción (anaideia).

 

*Notas

11 - Al que no hay que confundir con Salustio el neoplatónico (370).
12 - Pero una vergüenza que se experimenta en público y ante sí mismo.
13 - Protágoras 320d – 324ª.
14 - En el sentido de lo justo, como algo previo a su realización en normas legales. Hesíodo había subrayado ya que la justicia –el sentido de lo justo- es lo que define el ámbito de lo humano, en contraposición a los animales, que sólo conocen la ley de la fuerza y se devoran unos a otros. 
15 - La actitud del cínico ante éste como otros mitos de la tradición, son buenos ejemplos del eje sobre el que gira la crítica cínica. Cfr. GIL, L.: El cinismo y la remodelación de los arquetipos culturales griegos, en: Nueva Revista de la Universidad Complutense, 1980, pp. 43-78.
16 - Platón, Rep. 369b.
17 - Aristóteles, Pol. 1921a.
18 - Volver a la naturaleza, prescindir de todo por hallar la libertad y la no dependencia de los demás, ésto no puede menos que revelarse quimérico, o incluso inhumano, a los ojos de quienes, instalados en la civilización, admiten la necesidad de cuestionarla, de mejorarla –incluso a través de la subversión-, pero reconocen que el hombre no puede, ya, prescindir totalmente de ella.

Gora

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